Letras
Salvajes Número 6 2004
ana maría fuster
LA PALOMA
“...ningún hombre
puede vivir donde habita una paloma, una paloma es el compendio del caos y la
anarquía... un ejército de palomas te asediará, ya no podrás abandonar tu habitación,
te morirás de hambre, te ahogarás en tus propios excrementos...”
La paloma, Patrick Süskind.
«Una paloma negra
exangüe a la entrada de su casa era la revelación del último sello. El profesor
abrió la puerta de la casa y cayó muerto. Fin.»
Esta novela no pare más ¡Sensacional, ya puedo apagar la
computadora!
El reloj marcó las
2:00am; finalmente había terminado
mi tercera novela: El último sello.
Llevaba tres novelas sobre el último sello, sin explicar lo que era, algún día
se me revelará, aunque eso marque el final de mis best sellers. Sentí una sensación de
agotamiento y euforia, llevaba seis meses sumergida en ese manuscrito,
terminarlo me liberaba del encierro que llevaba noche tras noche, en que las
propias palabras me iban amarrando al teclado de la computadora. A veces
percibía que los personajes tomaban vida y sus sombras danzaban en mi
habitación mientras escribía y me iban susurrando sus terribles secretos.
Terminar cada novela los exorcizaba y podía descansar tranquila durante par de
semanas hasta que comenzara a elaborar otro texto.
Aunque en la mañana tenía que despertarme muy temprano para
pasar por la editorial a entregar el manuscrito y luego ir a la oficina, tuve
la necesidad de tomarme una buena copa de vino y fumarme un cigarrillo. Era
parte de mis rituales cuando terminaba de escribir una obra.
Me di un refrescante
duchazo y me puse un mahón ajustado, una camisilla negra que trasparentaba mis
sostenes rojos, unas botas negras de cuero y salí al bar
de la esquina. Después de todo, tenía que celebrar esta pequeña victoria, y si
era acompañada, mucho mejor.
En realidad, no voy
mucho a la barra cercana a mi apartamento, sólo cuando termino una historia y
quiero brindar con algún desconocido. Quizás un rato de placer en una esquina
oscura, si la cosa se ponía buena en mi apartamento... pero, por principios, no
lo volvería a ver o lo ignoraba, como ellos suelen hacernos.
Llegué y pedí una copa de tinto. Sólo había una pareja besándose
tras el billar y un hombre joven al final de la barra que jugaba concentrado
con un reloj de arena. La nube de humo y nicotina no me dejaba ver su rostro,
sin embargo lucía muy atractivo. Afortunadamente esa noche la bartender era mi
amiga Ester.
—Vienes por mí o
terminaste de escribir algo. Querida, ésta va por la casa, que las luces se
apagan pronto y sólo quedan los espíritus. Cierro en media hora. —Me dijo
Ester, sirviéndome una segunda copa de vino y encendiendo mi cigarrillo.
—Terminé de escribir
una novela. Necesito liberarme, si no siento que los personajes se apoderan de
mí, me da insomnio y todas esas pendejaces.—Le dije mirando de reojo al chico del reloj de arena.
—Por ti lo que sea. Ese es tuyo. —Me susurró señalando con sus largas uñas negras al
joven y mirándome de reojo con las hormonas encendidas…
Nosotras habíamos tenido nuestra historia, pero no había
funcionado, era buena en la cama y una amiga muy leal. Sin embargo, sus celos,
su pasión por la violencia, la sangre, sus extraños ritos góticos, me habían
incomodado mucho. Además, sabía que al terminar de escribir me gustaba dejarme
poseer por un hombre y poseerlo. Aún así seguimos siendo amigas y siempre me
complacía, me protegía y hasta en una ocasión golpeó tan fuerte a un hombre que
me hostigaba, que le rompió tres costillas y le dejó una mano inútil. Estuvo
dos meses en cárcel por mí.
—En unos minutos
vendrá a ti. Oye, sabes, que el profesor ese, el cabrón que te hizo sufrir
tanto, le dio ayer en la tarde un infarto masivo al llegar a su casa. Venía de
su estúpido vivero de aves. El desgraciado las pagó.—Me
dijo riendo maliciosamente. Le sirvió un trago al joven del reloj de arena y le
entregó un papel con algo escrito. Luego
me quedé mirando una sombra en el piso.
¡La paloma! pensé, mientras un frío sudor
bajaba por mi espalda, otra vez...
— Si te vas, cierra
la puerta y baja la tormentera. Uno nunca sabe, yo
salgo por atrás. Este es el último que pongo a tus pies, preciosa. Tú también
me has hecho sufrir, pero por ti el mundo o la muerte.—Me dijo al oído, era la
primera vez que verdaderamente me asustaba, y se secó las manos con un paño,
luego se dirigió al almacén del negocio, apagó las luces y letreros de neón,
quedando el lugar casi a oscuras. La pareja que se había estado desfogando tras
el billar ya se había marchado.
—Dicen que las
palomas negras anuncian el final de una vida.—Me dijo al oído el joven que se
había parado de su silla y dirigido tras mí sin que me percatara, poniendo el
reloj de arena entre mis muslos.
—¿De
qué me hablas?- Le contesté, pero mis palabras ya estaban hundidas en su boca.
La pasión comenzaba a dominar todo mi cuerpo y mi razón.
—Eres escritora, he
leído tus libros, eres terriblemente buena. Sabes, debería darte miedo lo que
escribes. Hace tiempo que sigo tus pasos, descifro los misterios de tus textos
más allá del tiempo, que podemos paralizar como este reloj de arena. Soy tu
admirador, pero también puedo ser tu perdición.
No escuché sus
últimas palabras, pues ya me había metido una mano entre el pantalón y sus
dedos jugaban dentro de mí. Su voz me seducía y me producía escalofríos, aún no
veía su rostro. Mis manos desinhibidas acariciaban sus cabellos. Estaba
totalmente mojada, un orgasmo que me había nublado hasta la vista. Sus manos
tomaron las mías y sin darme cuenta ya estaba abriendo la puerta de mi
apartamento.
Al entrar y encender la luz de la sala, noté que se apagaba la de
mi habitación, pensé que era parte de mi euforia y traté de no darle importancia.
Sin embargo, escuché unas pisadas rápidas que huían por el pasillo.
—¿Oíste
algo?—Le dije a mi acompañante, que acababa de poner el reloj de arena sobre la
mesita de la entrada, junto a la puerta. Mi nuevo amante, a quien todavía no le
había visto el rostro, se había sentado en el sofá y prendía un cigarrillo. Por
unos segundos, mi corazón se heló al ver que el tiempo no bajaba en el reloj,
sentí miedo, volví a oír pisadas y la luz de sala se apagó.
—Son tus fantasmas,
mi querida escritora.—Me dijo con voz seductora, sentí
miedo, pero poco a poco me fue seduciendo.
Nos quitamos la ropa dejando el rastro hasta la entrada de mi
habitación. Cada vez tenía más frío, pero según nos íbamos besando y haciendo
el amor, el placer se convertía en una eufórica paz. Su miembro estaba
caliente, duro, inmenso y cerré los ojos, dejándome llevar en el roce de su
cuerpo navegando en el mío.
—Siempre te he
amado. Soy tu último sello.-La voz de mi amante sonó parecía a la de Ester, sin
embargo sentía el miembro viril aún dentro de mí.
Al abrir los ojos, vi el rostro de mi ex
novia mirándome fija con odio, poco a poco fui sintiendo su cuerpo de mujer
sobre el mío, sus grandes pechos acojinados, sus delgadas manos con las uñas
muy largas..., De
pronto mordió mi cuello succionándome con fuerza. El terror se había apoderado
de mis reflejos, inmovilizándome. Un
riachuelo hirviente manaba de mi cuello y vagina.
Aunque inmóvil, abrí de nuevo los ojos y vi a Ester
vistiendo las ropas del hombre que me había seducido, y al voltearse ya no era
ella sino él, sin rostro, sólo vi su sonrisa que me exhaló el último aliento.
No sé cuándo me quedé dormida.
En la mañana sonó el despertador, lo oí replicar lejano, como yo
estuviese perdida en un largo laberinto. Me levanté, sí, estaba sola, aunque en mi cama
había rastros de la violenta madrugada y algo de sangre, pero me alegraba
pensar que al menos estaba viva. Me vestí como pude, pues me sentía débil y
adolorida; tomé el manuscrito y lo guardé en mi maletín para ir a la editorial.
Al abrir la puerta había una paloma negra, muerta. Luché
contra mi cuerpo para no desmayarme. ¡Una paloma, el último sello! Miré hacia
la calle, no había nada, sólo un gran destello que me deslumbraba y me causaba
un gran dolor en los ojos y la piel. Miré mis manos, que iban desapareciendo,
mi cuerpo transparentaba... Cerré la puerta, todo estaba oscuro, un eco,
nada...
Ana María Fuster
Lavín. Nace en
San Juan, Puerto Rico, en 1967. Ha
publicado poesía, cuento y ensayo en las publicaciones puertorriqueñas En
rojo-Claridad, El Nuevo Día, El Vocero, Zurde, Biekesí, Zurde; también en la
revista Novum de México y las antologías Entresiglos 2 (2003) y Círculo de Poesía, ambas
publicaciones uruguayas. Su primer libro de narraciones breves Verdades
Caprichosas, publicado en 2002, le valió una mención honorífica del Instituto
de Literatura Puertorriqueña en 2003. Ha
publicado en diversas revistas y páginas electrónicas. Actualmente es editora de la revista virtual
Borinquen Literario.