Letras
Salvajes Número 6 2004
ALFREDO VILLANUEVA COLLADO
CIUDADANO DEL AIRE
Para Güiso
(José Luis Colón Santiago)
Nunca quiero llegar.
Quiero siempre
partir.
Miento porque no sé
justificarme.
Siempre quiero
llegar.
Nunca quiero partir.
Al llegar a la isla
del mar infinito
añoro los descarnados cañones de
cemento,
el poder ser lo que mi suelo no me
deja ser,
sin pasaporte, bandera, identidad.
Cuando llego a la
isla del infinito asfalto
añoro la piel verde de las montañas,
el poder ser lo que el exilio no me
deja ser,
crisol de razas bronceadas al sol.
Vivo la angustia del
no aterrizar.
Cada aeropuerto me
llena de terror.
Las almas juzgadas no tienen control;
ansiosas flotan frente a las puertas de un
averno.
Dos infiernos
reclaman mi atención.
Varado en el limbo de
la imaginación,
los espejos no reflejan ningún rostro,
la lengua extraña no rescata el sabor.
Ciudadano del aire, y
nada más,
cuelga el cuerpo sobre la alambrada
marcando frontera sin clasificación.
De/forman las
definiciones, las ficciones.
Quiero partir,
permanecer, no
estar.
SOBRE LOS CIELOS DEL
CARIBE
Pedro
Mir, Francisco Matos Paoli, in memoriam.
Sobre los cielos del
Caribe
ninguna nube se atreve a mover ni un
músculo.
Sobre los cielos del
Caribe
el sol ha paralizado su rutina de
fuego
El más que nunca
insondable mar del Caribe
se tiñe de bermeja hemorragia
pulsante.
Las palmeras del
inverosímil archipiélago
vierten hacia la fruta lágrimas dulces.
La luna del Caribe
oculta el rostro y huye.
Sus gemidos levantan
un confuso oleaje.
Los poetas del Caribe
giran en la noche, aullando
el dolor que los une y separa y
hermana.
Ha muerto el más
dulce ruiseñor del Caribe.
Llevo su voz en mi
pecho ciborio.
Ha muerto el caballero
de la triste figura.
Cabalgué a su lado la
patria y la locura.
Cuando un poeta
muere, su silencio ensordece.
Se desordena el
universo un instante.
DESPUÉS DEL 9/11
En la ciudad imperial,
herida hasta el fondo de su corazón mecánico;
arropados los edificios y las calles
con el tricolor del poder absoluto
repetido hasta el vómito
en bufandas, sostenes, corbatas, calzoncillos,
se aprestan multitudes
al anual rito obsceno de las fiestas
de acción de gracias
y el nacimiento del dios de turno.
Se abalanzan febriles
hacia el supremo sacrificio patriótico:
el ir de compras por lo que no necesitan,
la lujuria del consumo conspicuo,
el frenesí del pague-más-tarde.
Los formadores del pensamiento público
predican las virtudes cardinales
de las que se alimenta el alma colectiva:
el Alzheimer’s histórico,
la retórica de las medias
verdades,
la castidad que lleva al adulterio,
las beatitudes del cristianismo anticristiano,
el valor moral de la comida rápida,
las ventajas de renunciar a los orígenes,
la fe en el dios inmanente en el dólar,
el creer que el resto del mundo les odia
porque son tan buenos, y libres de pecado..
Y todo esto,
para honrar la memoria de los sacrificados
a la soberbia del Becerro de Oro
ESPECTÁCULO DE MEDIANOCHE
Por la noche, la casa,
circula el fantasma.
Los habitantes,
sentados en cómodas poltronas invisibles
lo miran divertidos cargar de un lado a otro
un desgastado osito y una copa de leche,
atrapado
en el entremundos del aquí y el ahora,
tropezando
contra el mobiliario de los recuerdos,
jirimiqueando
frente a fotografías enmarcadas de ausencias.
Por la casa, la música,
circula el fantasma.
Los habitantes
lánguidamente recostados contra el techo
le contemplan
los talones flacos de mercurio varado,
incapaz de sobrevolar las alfombras;
lo perciben a medias
noctámbulo sonámbulo sentarse al teclado,
recrear de memoria durezas y orificios,
oficiar ditirambos, cópulas, rugidos;
con fluidos goteando de dedos medio ciegos,
escribir los arpegios del silencio absoluto.
Por la música, el tiempo,
circula el fantasma.
Los otros
vagamente recuerdan que un día los quiso.
Localizados fuera de relojes y calles
ya ni atención le prestan.
Desde sus habitaciones de metal o de plástico,
permiten que lo inunde
una súbita diástole de piano y de sangre.
El fantasma hemorragia en su torre abolido.
hacia el charco de leche donde la sombra
flota.
Se disuelve el fantasma en un orgasmo aullido.
Ruedan espectadores bajo las aguas rotas.
El fantasma se encoge abriéndose al abismo.
Se cierran las cortinas sobre el sueño fantoche.
El fantasma se extiende licántropo espejismo.
Se acaba el espectáculo de medianoche.
TRÍO PARA INSTRUMENTOS ROTOS
Regresa como siempre
demasiado tarde.
Le hago el amor a un
fantasma entretanto.
Es el momento de las
grandes distancias.
Cada montaña se
convierte en isla.
¿Mas qué cuenta la sangre que hierve
en la amarga retorta de la carne
viva?
Ficción innecesaria
la presencia de un cuerpo,
vacío todo espacio del olor de esos
muslos.
Insuficiente el
fármaco de saliva y semen,
la apresurada exploración de los
cáñamos.
Se pudren los relojes
marcando la rutina
De saludos y entradas
y adioses y salidas.
La noche presta su
frío manto de saudades,
su gran indiferencia serena y
cruenta.
Devuelve a la
impaciente angustia de la muerte,
pasada la temporada del amor, para
siempre.
BIENVENIDOS A AMÉRIKA
Uno más
asqueado
por el jauja/ la jaula
de las oportunidades;
el
Dorado,
donde somos
clientes
del Águila Calva.
Los ya no cubanos,
chupando el trasero
de los fascistas,
montando espectá/culos
desde Miami.,
sin sal ni salsa
ni cul/antro.
Los chicanos
asimilistas
aunque en Texas
sean menos
que gusanos,
y los maten
como a perros viejos.
Los Nuyoricans,
los Dominicoricans,
los Nuyodominicans,
encamándose
con el
enemigo;
pretendiendo
literatura,
congresistas
y concejales;
repartiendo becas
para que sus vástagos
sirvan al imperio
que se los pasa
por el forro.
La basura irlandesa
e italiana
buscando legitimidad
en la blancura,
los programas
de los medios
incomunicativos;
importando la mierda
de la senil Europa,
donde tampoco
valen un carajo.
Los negros,
sirviendo de sirvientes
de la casa blanca,
animales salvajes
que se masacran
unos a los otros,
como
las bestias
prehumanas en Kosovo;
im/puteadas
mulas de carga
todavía os/culando
el rotito insaciable
del Señor Amo.
Los israelitas,
que nada aprendieron
del holocausto,
(se
lo negaron
a mis muertos
con el triángulo rosa),
y fundaron
el fascismo
Vaticano,
seguidores
del falso demiurgo,
nuevos asesinos
de un tiempo bíblico.
Los argentinos,
saliendo ratas
de la tierra
que sembraron de sangre.
Los colombianos
esperanzados
en la cocaína,
pajeros sin orgasmo,
creyéndose
algo más que colonia.
Cuánto asco.
todos los cobardes
que se acogen
a
los zoológicos
Del Norte.
Que sigan
en la jodedera.
Anglocristianos
y sus parásitos.
La especie norteameri/
nunca humana
Cómo aquéllos
en la Commedia,
apresurados
se agolpan
a las puertas
del Averno,
se desenfrenan
hacia
la desaparición
de la especie,
el imperio del dólar,
el reino de la Bestia.
El Anticristo.
LAS HORAS
¿Qué alguien me mira?
No puede ser.
Las horas
poco a poco se llevan
los trazos,
las siluetas,
las huellas,
todo lo que pueda
identificar
a la loca
con los bolsillos llenos
de piedras;
a la abnegada esposa,
a la mujer preñada
inundada
por aguas subversivas;
a la amiga fiel
que combate
la fatal biología
con bandejas
de entremeses
y racimos
de flores.
¿Que alguien me lee?
No puede ser.
Deja que parta.
Llaman los ríos
inexorables.
Soy uno
de los muchos
espectros
cibernéticos,
de las innumerables
criaturas
que pululan
los momentos
liminares.
Casi no puedo
con el peso
de la llamada carne.
Reclaman los fantasmas,
reclaman.
El amor no retiene,
ni la esperanza.
La ventana abierta
canta sirénida.
La corriente murmura
caminos, coordenadas.
Todo en mí apunta
hacia el otro afuera.
Para que siga
el mundo dando vueltas.
¿Quién tiene que morir?
El poeta.
LA DIVORCIADA
Casé, apenas salida de
un lugar en la nada,
con un hombre mayor, que me
quiso. A su modo.
Ansiaba más que nada
tener una familia
por aquello de haberme criado
solitaria.
Anhelaba un amante
que fuera mi padre;
para quien yo pudiera jugar a la muñeca.
Él entraba y salía. Él entraba y salía.
Yo, preñada y
parida. Yo, preñada y parida.
Era fácil quererlo
cuando al hogar llegaba
porque al
irse dejaba tras de sí compañía.
Sus llaves demarcaban
fronteras definidas.
Yo cuidé los juguetes
de carne y sueño.
La casa, las comidas,
las cuentas, las flores,
las goteras, los llantos, bautismos,
funerales.
Siempre con la
esperanza de su regreso.
Siempre con el alivio
de sus despedidas.
Mas un día arribó, y
no partió de nuevo.
Desconocí al extraño
extendido en mi lecho.
¿Por que me requería, cuando no
deseaba
dar el pan de mi vientre, el vino de
mis manos?
Me fue creciendo roja
la flor de la angustia.
El espejo, empañado, me rehusó la
imagen.
Busqué en los
recovecos y en las enciclopedias.
Ni esquinas ni palabras
contenían mi nombre.
Pregunté a las
vecinas y a los desconocidos.
Me miraron sin
verme. Nunca hube existido.
Y al fin, para
encontrar a la mujer perdida,
el desgarramiento. Feroz, mas
necesario.
Que hace daño y
libera y hace daño y me lanza
desnuda,
transparente, a caminos que aterran.
Pero he descubierto
que soy fuerte. Sobrevivo.
En esta soledad
recupero mi nombre.
Alfredo Villanueva Collado. Nace en Santurce, Puerto Rico, en 1944.
Poeta, narrador y ensayista. Es autor de
numerosos artículos en Confluencia,
Revista Iberoamericana, INTI, Caribbean Review, Hipanófila, Revista de
estudios Hispánicos, Explicación de textos literarios, INTI, Alba de América, y Romance Language Annual entre otras. Ha publicado los poemarios Las transformaciones del vidrio
(1985), Grimorio
(1988), Guerrilla fantasma
(1989), En el Imperio de la papa frita
(1989), La voz de la mujer que llevo
dentro (1990), Pato salvaje (1991) Entre
la inocencia y la manzana: Antología (1996), La
voz de su dueño, (1999) y De
antiguo amor (2003). Sus textos poéticos
y narrativos han sido incluidos en las siguientes antologías: Where Angels Tread at Dawn
(1990), Papiros de Babel (1991), Cuentos
Hispánicos de Estados Unidos (1993), Low Rent (1994), Hecho(s) en Nueva York: Cuentos
(1994), PoeSIDA
(1996), Noche Buena: Hispanic American
Christmas Stories (2000)
y Literatura Puertorriqueña del Siglo XX: Antologia
(2004).