Letras Salvajes                     Número 6                                        2004

 

 

 

Alfredo villanueva collado

 

 

 

POLAROIDS

 

 

20. JUEGOS EN EL SAN CRISTOBAL

 

        Un abarrotado bar gay en el viejo San Juan.  Un tipo de unos cuarenta y cinco, con abrigo y una corbata arrugada se me acerca, se sienta, me pregunta que si soy pato, como todos los demás hombres en la barra, un mariconcito.  Le caigo bien; tiene mujer e hijos y no le gustan los patos pero le gusto por mi juventud.  Tengo 17 y aparento 15. Quiere que le mame su enorme bicho puertorriqueño bien duro, su mujer no hace cosas asquerosas como esas, y las putas son un peligro.  Paga por mis tragos; no soy peligroso como una puta.  Me pide que se la apriete por debajo de la mesa. Se la retuerzo sin contemplaciones y se estremece de gusto.   Necesita echar una meada.  Debo esperarlo, no moverme de la mesa, me llevará en su enorme auto puertorriqueño a una playa cualquiera en Piñones, donde le mamaré su enorme bicho puertorriqueño.  Como prueba de confianza, añade mientras se levanta oscilando sin control, me dejará su billetera, para que pida una última ronda.     

 

Examino la billetera, le saco alrededor de cien dólares, la entrego al bartender, quien me guiña un ojo y me dice: “Siempre hace lo mismo; lo que lo excita es que pretender que le roban,  ya  debe estar puñeteándose en el baño.”  Me sonrío, le dejo una generosa propina, tomo un taxi, me marcho a casa.

 

 

 

22. MAMI Y LA DISCRECIÓN

 

        Mami me dice que quiere que tengamos una conversación seria cuando regrese de la universidad.  Me espera en la terraza, me llama a la cocina.  “Sabes,” me dice, “no debieras estar saliendo tanto con él.  Es un chico raro, y circulan rumores de que se junta con indeseables, no tengo que explicarte, ya sabes lo que quiero decir.”

 

        El mismo cuento de cuando estaba saliendo con el gringo de la telefónica.  La miro de frente.  Mami,” le digo, “es mi mejor amigo.  Y lo que acabas de decir de él es lo su familia dice de mí.  Es por eso, que la otra noche su padre no dejó que me quedara a dormir.  Así que recuerda, cada vez que hablas del hijo ajeno, hablas del tuyo.”

 

Se le aguan los ojos, nunca más vuelve a prevenirme contra mis amistades o novios.

 

 

 

29.  BAILANDO AL SOL

 

Hemos llegado muy tarde al funeral de papi.  Su quinta mujer, quien se casara con él creyendo que era un viudo rico, ha llamado par de años antes a las cinco de la mañana diciendo: “Tu padre está en cama y no despierta, ven a bregar con él, que yo no puedo.”  El Rubio toma el teléfono, le informa a gritos que ella tiene la responsabilidad legal sobre su marido, que si le pasa algo, nos aseguraremos que termine en la cárcel. Llamo al tío de San Germán, quien acude al rescate.  Tarde se ha dado cuenta ella de que mi padre no solo es un pobrete, sino que nunca ha dejado de querer a su Arminda, cuyo luto observa visitando su tumba el 22 de cada mes.  Y por eso lo odia.  Pero ha tenido que pasar dos años cuidándolo mientras deteriora, pierde sus poderes mentales, su cuerpo paralizado por sucesivos derrames.

 

Y ahora, la venganza.  Otra llamada.  “Ven a enterrarlo, que no tengo los medios.” Es dos de enero, no tengo dinero en el banco, al otro día vendo el diamante que de él heredara, llamo a mi hermana, atrapada en Haití, ambos conseguimos pasaje, pero llegamos demasiado tarde. .  Mi tío ha llamado a la casa para informarse de los arreglos y le ha respondido una voz de mujer que se identifica como “la hija de Narciso.”  Qué raro,” contesta tío, “él no tiene sino una hija, que no ha llegado todavía…”  Le contestan: “es que algo hemos tenido que hacer, pues los hijos se han negado a venir al entierro.”

 

Lo ha sepultado en el cementerio nuevo de Mayagüez, lejos de mi madre. Se ha negado a recibirnos cuando hemos ido por sus pertenencias, fotos de la familia, sus manuscritos.  Regresamos a San Juan después de una breve visita a la tumba.  “No hay nada que se pueda hacer”, dice mi hermana, “vamos a la playa.”

 

        Luquillo abre sus brazos verdemar a los pródigos vástagos de Narciso y Arminda.  Mi pseudo-cuñado lee un manuscrito que le he entregado, poesía política de la que me siento muy orgulloso.  Una pareja que baila entre las palmeras captura mi atención.  Son ellos, girando lentamente al compás de un vals, música que sólo puedo imaginar.  Su falda verde esmeralda se abre y flota suavemente en la brisa.  Se miran intensamente, absortos en el baile, fijan la mirada en mí, me dicen que no sufra, que éste es el momento que han estado esperando.

 

        Sacudo a mi hermana; tan pálida como yo, me dice, “¿También tú los estás viendo?”

 

 

 

41. PAPI Y LA INMORTALIDAD

 

        “Papi,” le digo, “si hay algo de lo que probablemente me arrepiento,  es el hecho de que nunca te daré nietos.  Soy el último de tu estirpe, lo que somos, lo que hemos sido como individuos, como familia, muere conmigo.”

 

Fredo,” contesta, “cada vez que tu nombre aparece en uno de tus artículos o libros o poemas, también aparezco yo.  Es mi nombre al que estás haciendo inmortal, esos son los nietos que me das, vástagos eternos.  Sólo te pido que nunca dejes de escribir; entonces tu madre y yo moriríamos de veras.”

 

 

 

129. HASTA AQUÍ EL PROLETARIADO

 

Es una noche pegajosa de Julio. El novio de mi hermana pasa por casa para invitarnos a dar una vuelta hasta el viejo San Juan.  Hay una feria en el parque Muñoz Rivera, podríamos tomarnos unas cervecitas.  Porque tales eventos atraen elementos indeseables de los caseríos cercanos, a mi madre no le parece muy buena idea que mi hermana vaya, pero a mí me lo permite.  Otros dos amigos, como yo recientes graduandos de la Universidad de Puerto Rico, están de visita.  Se agregan al grupo.  Ya para esta época, mamá confía en ellos.

 

Caminamos entre la multitud en el parque.  Hablamos de nuestros planes para el futuro, de cómo todos nos sentimos comprometidos a una vida de servicio a la comunidad.  Nuestros planes inmediatos, sin embargo, incluyen terminar nuestras maestrías.  Filosofía en Alemania, italiano en Milán, inglés en el recientemente abierto programa local. Ya nos afecta la ansiedad de la separación pero sabemos que nos veremos de nuevo en Río Piedras, donde pasaremos el resto de nuestras vidas batallando al presidente de la institución, como tantas otras generaciones de estudiantes convertidos en profesores lo han hecho.  Mas por el momento, ya nos hacen faltas las cervecitas y los bacalaitos.

 

Al acercarnos al centro del parque, nos encontramos con grupos de gente que huyen despavoridas, corriendo hacia sus autos.  Nadie quiere parar para explicar lo que está pasando. Nosotros también retrocedemos corriendo, llegamos al VW de mi futuro cuñadito,  arrancamos sin que nos haya pasado nada.  Ya en el auto, comenzamos a hablar todos a la vez.  ¡Mi madre, qué susto, qué estaría pasando, qué suerte que no lo pensamos y salimos a tiempo!

 

Al rato nuestro anfitrión y chofer comienza a quejarse de sudores excesivos, debilidad, un temblequeo. Bromeando le comentamos que es ahora que le están saliendo los miedos, mejor se revisa los interiores.  Pero si que se ve demasiado pálido.  “¡Al-guien toque mi camiseta, por atrás, para que vea cuán mojada está!”  Uno lo hace.  La mano sale bañada en sangre. Es sólo entonces que nos damos cuenta de que lo han acuchillado en la espalda, no se ha dado cuenta, pero sangra profusamente.  Paramos, cambiamos de chofer, nos comemos todas las luces rojas camino a la casa, recogemos mis padres aún en sus pijamas, volamos al hospital más cercano.

 

Y ahí acaba el compromiso con el proletariado.

 

 

 

148. LA MUJER DEL PROFESOR

 

Me han aceptado en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.  Apenas un adolescente, mis padres temen por lo que me pueda pasar si voy a parar a un pensionado.  Pero papi encuentra una solución.  Tiene un íntimo amigo, compañero. de antiguas juergas, quien es ahora un respetable profesor de Estudios Hispánicos. Este hombre le debe la vida por haberlo rescatado, muchos años atrás, de una pelea a cuchillo en una casa de citas Vive en la carretera hacia Caguas con su esposa. No han tenido hijos. ¿Qué mejor compañía para el escritor en ciernes? 

 

         Así que todos los días salgo y regreso con el profesor, quien me trata con el afecto que mostraría por un hijo propio. Pronto me doy cuenta que no es feliz.  La esposa vive montándole peleítas mongas, quejándose de jaquecas y malestares todo el tiempo para mantenerlo sentado en el baúl.  Resulta que viene de una familia muy adinerada,--dato que le saca en cara al marido cada vez que se agarran en una discusión—y que, según una vecina que me habla a través de la verja cuando estoy solo, no anda bien de la cabeza, habiendo sido internada en varias ocasiones.  Y su última obsesión soy yo, su rival por las atenciones y el tiempo del marido.  Me hace la vida insoportable con reglas.  No puedo ir a ninguna parte, me supervisa mis escasas llamadas telefónicas y, sin que yo lo sepa, lee las cartas en las que mis padres comentan sobre la situación y me aconsejan paciencia.

 

        Un domingo los parientes de la energúmena dan una fiesta en su finca—un lugar enorme con un criadero de conejos, que constituyen el plato principal de la velada. La propiedad queda en una colina al lado de la carretera. Nadie se molesta en hablarme después de los saludos y presentaciones de entrada.  Nadie lleva cuenta de mis innumerables  Cuba libres.”   Camino por la grama, me siento a mirar los autos e insensiblemente me quedo dormido, rodando cuesta abajo hasta parar en una cuneta.  De repente, alguien me toma en brazos mientras se ríe y carga conmigo de nuevo para la casa.  Un hombre joven, bajito, musculoso, duro, con chispeantes ojazos negros.

 

        En el trayecto me cuenta que es sobrino de la arpía, que tiene viente años, que llega tarde a la fiesta porque viene de la base del ejercito donde se halla destacado, y que ya le habían contado del muchachito revoltoso ese que tenía tan alterada a su parienta.   Entra por una puerta lateral y me lleva directamente a un baño en la parte atrás de la casa, lejos del jolgorio, donde me informa que me va a quitar la rasqueta  con una buena ducha.. Me desnuda y me arrastra hasta el chorro de agua helada, bajo el cual me aguanta mientras me hace el amor. Respondo con toda la furia de mis dieciséis años, y me susurra caliente al oído: “!Ah,  la tía te ha leído, y tiene miedo que un chico tan lindo como tú le quite el marido!” Después, me frota para hacerme entrar en calor, advirtiéndome que no le debo contar a nadie, me hace salir del baño primero, ya vestido y sobrio, y se aparece inocentemente un rato después, para regocijo general de la concurrencia..  Como lo ha  previsto, nadie se da cuenta de la movida.

 

        Los días y las noches después de la escapada se convierten en una pesadilla.  La bruja me arrostra que soy un antisocial, que he despreciado a sus parientes, ¡sobre todo al agasajado, su sobrino, a quien apenas le dirigí la palabra! Registra mi cuarto y encuentra la carta a medio escribir en que le ruego a mis padres que me saquen de aquel infierno, les informo que la mujer del profesor ha llegado a amenazar con matarse si permanezco en su casa.   Se la muestra al marido y le monta tremenda gritería: ¡Tienes que escoger!  ¡O se va él, o me voy yo!  Los interrumpo, pido permiso para usar el teléfono. Llamo la tía que vive en Hato Rey, con la que mis padres ya también se han comunicado. Al otro día mi profesor me deposita en su puerta. De despedida, con lágrimas en los ojos, me entrega una copia de su libro sobre P.H. Hernández.

 

 

Alfredo Villanueva Collado.  Nace en Santurce, Puerto Rico, en 1944. Poeta, narrador y ensayista.  Es autor de numerosos artículos en Confluencia, Revista Iberoamericana, INTI, Caribbean Review, Hipanófila, Revista de estudios Hispánicos, Explicación de textos literarios, INTI, Alba de América, y Romance Language Annual entre otras. Ha publicado los poemarios Las transformaciones del vidrio (1985), Grimorio (1988), Guerrilla fantasma (1989), En el Imperio de la papa frita (1989), La voz de la mujer que llevo dentro (1990),  Pato salvaje (1991) Entre la inocencia y la manzana: Antología (1996),   La voz de su dueño, (1999)  y De antiguo amor (2003).  Sus textos poéticos y narrativos han sido incluidos en las siguientes antologías: Where Angels Tread at Dawn (1990),  Papiros de Babel (1991), Cuentos Hispánicos de Estados Unidos (1993), Low Rent (1994), Hecho(s) en Nueva York: Cuentos (1994), PoeSIDA (1996),  Noche Buena: Hispanic American Christmas Stories (2000) y Literatura Puertorriqueña del Siglo XX: Antologia (2004).

 

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