Letras Salvajes                     Número 5                                        2004

 

 

 

WINSTON MORALES CHAVARRO

 

 

 

EL HOMBRE

 

Mashiaj es mi Pastor

Nada me falta.

Me sobrarán las frutas, las hojas, las veletas,

Las esferas que transitan por el éter,

El poema que crece silencioso

En el árbol prohibido y permisivo de la noche.

Mashiaj es mi Pastor

Nada me falta.

Me supliré de las cosas  que circundan por el mundo:

Los cantos, las quebradas, las orillas

Y recostaré mi espalda

Sobre las piedras del desierto,

Contemplaré el vuelo estrepitoso de los ríos

Sobre el lienzo claro-oscuro de los valles.

En la época en que escasee la vida

Y Satanás se levante como un himno en la baraja

Mashiaj me surtirá de la frescura:

Caminaré desnudo por el cosmos

 

 

 

 

LA CANCIÓN DE LUCIFER

 

Mi ídolo de bronce es el abismo

El fuego, las cavernas.

La vida del maldito

-desterrado de la luz y las alturas-

Se pendula entre el mal, el bien, lo dionisiaco.

No maldigo de las sombras

No aspiro a las venganzas,

Continúo con mi vestidura satánica

Instruyéndome en el bien

Y solazándome en el mal

Los más doctos dicen que fui expulsado del espejo,

Que mi imagen vagabundea por los laberintos y paradigmas de la muerte.

Pocos saben que conservo mi posición de ángel

Que aparezco majestuoso cuando miro mi belleza ante las nubes

Que mi sabiduría multiplica la ignominia de los justos

Y la nobleza de los desterrados

Contagia de belleza a los malditos.

Voy del ascenso al descenso

Como el viento que hila los caminos:

No creo en la maldad, en el bien

En el pasado, en el futuro

Pues los cuatro están confinados en las sombras

Y las sombras

En el hades de un espejo orbicular.

No maldigo a las alturas

No me duele la caída

Hay un punto en que todo deja de ser contradictorio

Y nada en este punto se excluye sino que interacciona.

¿Quién ha dicho que el abismo no es la altura?

Qué la maldad,- producto de la belleza-,

No es el bien?

Que las sombras no son la luz?

Que el caído no es el levantado?

Pocos saben que sobrevuelo el infinito,

El paraíso, la manzana,

Que mi vestidura de Vampiro

Me da el elixir de la noche,

Que sustraigo del día los frutos del iluminado

Y que espero sabiamente el último camino

Para empezar mis andananzas

Por la otredad,  por la vaguedad,

Por lo inmensurable,

Por lo indefinible.

 

 

 

 

A EVA EN EL DESTIERRO

 

Qué hermosa es Eva

Qué hermosa la serpiente que le rodea

El árbol que crece en su talle

El fruto carnoso que despliegan sus labios

Al posar sobre la ocarina

Su música en las orillas del bosque.

Qué hermoso su cabello

-Grajillas oscuras que caen sobre sus hombros perfumados-

su nariz que respira otros mundos

y crea para tantos laberintos

el azahar y las guirnaldas que los sustituya.

Qué hermosa es Eva

Qué hermosos sus tobillos

Las huellas que dibuja sobre la arena

Para marcar el camino hacia la luz y hacia las sombras.

Qué hermosos los hijos que le ha arrojado al mundo

El río que desciende por las colinas de su vientre

El volcán de sus ojos de fuego.

Qué hermosa esta costilla pensante

Este polvo sagrado

Esta caña aromática

Que guarda en sus pechos fragantes

Otra manzana para las épocas de lluvia.

 

 

 

 

PAPIRO ESCRITO A ORILLAS

DEL MAR DE GALILEA

 

Yo no escribo para complacer a los hombres de la tierra

Mi propósito en la vid

Consiste en escanciar

La ruta de los otros

Y hacer menos difícil el camino

En el vasto principado de las sombras.

Yo no vine a este planeta

A complacer a los hombres de los cielos

Mi reino no es de este mundo

Ni del otro tampoco:

La tierra a la Tierra

La ceniza a la ceniza

Y el espíritu a la luz, Ésa es la trilogía más perfecta.

Como una lámpara rapsódica de conocimientos

Sé cosas tan pequeñas

Como la resurrección de los muertos,

 

El libre albedrío

de multiplicar panes y peces;

cosas tan complejas

como lavar los pies a mis amigos,

quitar la lepra, sanar enfermos;

y lo que es peor para escribas y saduceos

contemplar por horas, la belleza sugerente de los astros.

Yo no vine a estas estrellas

A complacer a los hombres del infierno.

Nada me conmueve tanto

Como el hombre por el hombre,

La quietud de los mercaderes de Sajonia,

El tenue batir de pescadores,

Sus redes oceánicas

Sobre las vastas cavilaciones del mar de Galilea.

Nada me consuela tanto

Como la absoluta belleza:

El ronroneo de la noche,

El canto de los ríos,

La polifonía de la lluvia

Bajo el rumor soterrado de las piedras.

Yo no escribo para complacer a los hombres de la tierra,

 

-Y no creo que todo esté perdido-:

Aún escucho la oración de las cebollas

Y sé que el universo es joven todavía;

Escucho el pájaro del aire

Que golpea con su música delgada

Los techos de Getsemaní y Jericó

Y sé que su voz traerá buenas nuevas para el alma.

Haré de este lugar

Un paraíso para todos,

Construiré para mis hijos

Un mundo que esté vigente

En los planos absolutos de la nada,

Un reino que exista para todos

Y que ofrezca a sus viandantes

Un tibio leño donde reposar

La perennidad de las hogueras,

La música infinita de la muerte,

Los sortilegios fantásticos de la vida.

 

 

 

 

LÁZARO

 

A Jader Rivera Monje

 

 

Ahora que soy tantas cosas al tiempo

Ahora que asumo mis vidas pretéritas

Y las lanzo a la carne o al barro

para que se vuelvan poemas

o pequeñas hojas que se enfrenten

al aire rizado del Zaire

me llaman Lázaro.

Soy Lázaro

El hijo de Betania

El hermano de Martha y de María

He conocido la muerte

Su río de rosas, gladiolos, violetas, mirtos y lirios

Que he transitado, navegado y respirado

En los cuatro días que duró

Esa odisea por el mundo fascinante de las sombras.

Soy Lázaro

Tengo setenta nombres

Música, viento, pájaro, buey, lluvia

Son algunos de ellos

Creo en la resurrección

En la pervivencia

En el soplo cálido que trasciende

Más allá de estas tribus.

Me he levantado del barro nueve veces

Y ahora

Soy el polvo que no vuelve al polvo.

Mis manos y pies

Todavía están atados con envolturas de entierro

Pero también es cierto

Que bajo mi cuerpo crece la hierba

Circundan el gusano, el ciempiés, las calambrinas olorosas,

La gaviota que remonta su vuelo

En busca de otras corrientes de aire.

Soy Lázaro

Habitante de Betania

Amigo de las sinagogas

De Canaám, de Cafarnaum, de Nazaret, de Galilea

=Y de otras tierras lejanas

Cuyos nombres no entenderían

Tengo el rostro cubierto con un paño

Pero cada vez que me levanto a la vida

 

Cada vez que una mariposa

Me recuerda que he nacido de nuevo

El paño va cediendo paso

A otras estrellas, a otras luces, a nuevas especies de animales

A otros caminos.

Soy Lázaro

Y en este viaje al final de la vida

Me sentaré sobre otra roca

A hilar el cordón sagrado

El pedazo de río

Que me devuelva a otra corriente

En donde todas las voces clamen,

Todos los músicos canten,

Todas las lluvias digan:

“Lázaro, levántate!

 

 

 

 

JACOB

 

He descubierto a la sombra de la escala,

Que el número del hombre

Continúa siendo, inclusive hasta la muerte,

El número desigual de la escalera.

Que mi lucha banal con las alturas

Me arroja hacia el fuego, hacia el agua, hacia el aire;

Hacia el rojo, hacia el azul, al amarillo

Y que a través de mi visión por la escalada,

No existe el arriba, la izquierda, el abajo, la derecha,

El horizonte.

Escuchen!

Cambio mi primogenitura, mi herencia, mi camino

Por un peldaño hacia las sombras;

Cambio mi batalla con el ángel

Por un pequeño surco,

Por la siega,

Por el viejo campanario que se dobla como muchacha triste

Cambio toda disposición de altura

-Ahora ni siquiera mi espíritu es del aire-

Por aferrarme a un centímetro de tierra.

El trueno, la lluvia, el viento, la roca

Regatean a costillas de mi enfado

Una hectárea de velámenes y olores.

No sé si fue Auriel, Rafael o un fantasma

No sé si fueron Ondinas, Sílfides o Gnomos;

Tal vez me enfrenté al reflejo vibratorio de mi imagen,

Al movimiento mezclado de mis formas:

Al águila, al león, al toro,

Al pisón, al gihón, al hiddikel, al nilo;

Tal vez al sepulcro, a las sombras,

Al espectro imposible que me habita,

A la blasfemia de saberme casi humano.

 

 

 

 

CARTA  DE UN ESCRIBA A MAGDALENA

 

Yo no sé de dobleces de campanas

De sanear o purificar sepulcros

Pero un torbellino de hojas secas me conduce hacia tu vientre

Y alguna parte de esa música secreta

Que tú reinventas y traduces.

Yo no sé de multiplicación de pájaros y peces

Ni siquiera escanciar las ánforas de vino

Pero busco tu cuerpo Magdalena

Como si fuera ese santuario

Donde redimir mis carnes y mis velas

Agobiadas por los golpes de las sombras.

Yo no sé de resurrecciones

-Acaso mi carne no soporte tantas instancias-

No se perdonar las querellas con el polvo

Pronosticar las épocas de lluvia

Pero estoy seguro Magdalena

Que mi amor te reivindica de las culpas

 

Y talla en tu ofertorio

Una parvada de pájaros azules

Donde sopesar tus deudas y tus vinos.

Yo no sé de estrellas y ovellones

De esferas cuyo fin esté más allá del cosmos,

Pero mi conocimiento en tu cabello

Quiebra los mapas

Y mis manos no poseen otro lenguaje

Que el mismo que tú diagramas

En el río de la muerte.

Desde las selvas sirias

Hasta el mar occidental,

Desde el monte Nebo

Hasta el río Rogitama

Irá mi ancho y dulce amor, bella Magdalena,

Revestido de luz para tus hombros

Y un collar de caracolas

Hará tejido con peces de distintas geografías

Para adornar tu pubis

Y tus cabellos crispados por los astros.

Yo no sé de oratorias y viejas enseñanzas

Mi lenguaje no supera los silencios de la tierra

Pero acaso me domina la palabra

 

Y un Te Amo

No sea otra respuesta

Que el peso enamorado de esta cruz.

 

 

 

 

CARTA DE JOSÉ DE ARIMATEA

A LOS APÓSTOLES

 

La muerte es la máscara

suprema de la Vida.

     A. Modigliani

 

 

 

Yo vi la muerte

Antes de la crucifixión de mi maestro.

La vi rondando con sus pasos

La quietud de los caminos

Y envolver con sus cabellos crispados por el viento

Las fisuras de su rostro.

Yo vi a esa hermosa adolescente

Transitar los naranjales y ovellones,

Desfilar los anchos territorios de la acequia y de las sombras.

Yo sé que mi Señor

Se percató de su presencia

¿Cómo no diferenciar el calor de sus leños  y sus ropas?

¿Cómo no distinguir su belleza por encima de todas las mujeres?

Yo vi la muerte

Desfilando por el valle de Cedrón,

una música distinta,

la vi mecida por la danza de las flores

en las afueras de la luna

y las cabelleras ondulantes de la tierra.

El maestro la miraba,

Yo creo que inclusive le sostuvo la sonrisa

¿Qué podía ser peor que la traición del apóstol,

las negaciones de la piedra

o el asesinato de tantos cananeos?

Aun en las horas más adversas

Mi Señor era capaz de sonreír.

Así su alma estuviese contristada,

Aquella noche levantó sus brazos en señal de regocijo

Y disfrutó la lluvia de tijeretes

Que seguían descendiendo

Por los valles y los ríos de la noche.

Yo vi la muerte

Negociando con el Iscariote unos denarios,

Vi su rostro infame y bellamente maquillado

En el rostro de Anás, Caifás y los saduceos,

Vi sus trampas en el Sanedrín

Su resistencia en el madero

Y en la hendidura de otras superficies.

Yo vi la muerte

En el lugar que todos conocen como Gólgota o calavera;

El espíritu del agua me habló de aquellas intenciones.

 

Vi la muerte

Y creo que era insoportablemente ciega:

-Ciega e inclusive testaruda-

Yo llegué a llamarla como novia muerta,

Como si sus antorchas fueran mías,

Como si se tratara de mi madre

O de la dulce volatinera

Que yo soñara desde joven.

Pero, ¡No!

Ella insistía en abrigar al Nazareno;

Necia se trepaba en sus húmeros,

Tonta gozaba la corona y sus  espinos.

Yo hubiese querido escuchar las campanadas de la muerte,

El trasegar de las trompetas por los caballos de la muerte,

Pero tarde he comprendido

Que así la bella adolescente sea ciega

Nosotros somos lazarillos

Que conducimos sus espejos

Por los caminos bifurcados de la vida.

 

 

 

Winston Morales Chavarro.  Nace en Neiva-Huila, Colombia en 1969.  Fue Director editorial-fundador del Periódico Neiva y es co-director de la revista Índice de Literatura,  miembro del Consejo editorial de la revista de literatura Puesto de Combate-Bogotá, director  de la Revista Hojas Sueltas-Neiva, Corresponsal de la revista de literatura Alhucema-España y Corresponsal de la Revista de Literatura Il Convivio-Italia.  Ha publicado Aniquirona (1998), La Lluvia y el ángel (Coautoría, 1999), De Regreso a Schuaima (2001), y Memorias de Alexander de Brucco (2002).

 

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