Letras Salvajes Número
5 2004
teonilda Madera
REGISTROS CANÓNICOS Y SIMBOLISMO EN BACHATA
DEL ÁNGEL CAÍDO
Los libros,
cuando son buenos, son como esos amores que se apoderan de uno; seducen y
roban, muchas veces, hasta la voluntad. Bachata
del ángel caído es uno de esos libros que embrujan. El autor, Pedro Antonio Valdez, sabe que la
palabra tiene poder y magnetismo, por eso, se vale de ella para crear una
historia que nos cautiva a la vez que nos hace recordar las reflexiones de
Gorgias, sofista del siglo VI A. C. que decía:” La palabra es un poderoso
soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas
absolutamente divinas. En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la
tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión.” [1] Bachata del
ángel caído es una novela que nos reta a navegar por senderos donde los
destellos creativos dicen presente en el universo de cada uno de los personajes
que configuran la obra y que comparten con nosotros su visión ontológica de la
vida a través de símbolos y de un discurso energético que resquebraja un mundo
revertido (el Riíto), carente de recursos económicos, pero fértil en
imaginación y en creatividad. Para leer,
en el sentido más amplio de la expresión, a Pedro Antonio Valdez es necesario
que el lector tenga presente que el que escribe ha bebido de las fuentes
canónicas y que las corrientes de esas fuentes han servido para fertilizar las
páginas que el autor ha escrito, pero que de ninguna manera le quitan
originalidad ni ahogan su texto.
Los
registros del saber canónico se pueden, sin dificultad, identificar a través de
los personajes de Bachata del Ángel Caído e incluso, se puede establecer una
complicidad o un paralelismo entre ellos y los personajes de obras cumbres, Don Quijote, por ejemplo. Geofredo de la Dulcísima Cruz, Santiago,
Morgana y Benedicto, los integrantes de la orden de la Última Virtud, son
trabajados sicológicamente por Pedro Antonio Valdez. Estos entes de ficción buscan a través de los
alucinógenos un escapismo que les
permita ir detrás de unos ideales ilusorios como podemos ver en la siguiente
cita:
Fastidiada, Morgana rebuscó en la
cartera y sacó un sobrecito. El muchacho
vio la operación girando en medio de todo el universo que le daba vueltas. El desierto era un espejo. Su rostro se reflejaba agigantado. Una minúscula pirámide de polvo se vertió en
el horizonte, modelada por una navaja desechable. “Abre la nariz”, dijo en arameo la bestia con
voz de mujer. [2]
El autor de Bachata
del ángel caído nos trae reminiscencias cervantinas a través de Geofredo de
la Dulcísima Cruz. El personaje de
Valdez anda como Don Quijote detrás de una misión, de una utopía que lo lleva
finalmente al suicidio. Ếl vive en
el mundo de las ideas, de la ilusión y va en busca de su filosofía. Los misterios del Santo Grial y el hallazgo
significan la muerte de Geofredo.
El primer
capítulo de la novela se titula” Las rosas azules de la Inmaculada” y se inicia
con una invocación que nos recuerda al Señor Presidente de Miguel Ángel
Asturias.
“San
Miguel arcángel, como tú eres el encargado de todos los trabajos en el mundo
entero, te envío y te imploro en esta solemne hora y día, y prendo una vela al revés
para que vires cuanta lámpara, cirio, trabajo, enviación o sortilegio venga en
contra mía, y se revoque en el cuerpo, sentidos y material de mi enemigo y
venga en mi favor…[3]
La religiosidad
popular, elemento intrínseco de nuestros pueblos, inaugura la obra como pudimos
ver en la cita anterior. Después de la
invocación un narrador heterodiegético con focalización variable inicia la
novela. Pedro Antonio Valdez utiliza
exquisitamente el ingenio por medio de un discurso que muestra la exuberancia y
la sublimización de las palabras en la obra:
Llovía.
Llovía con insistencia y saña, hasta el aburrimiento. La lluvia debe sentir hastío de tanta
verticalidad, de tanto desgano frío.
Desde su cuarto, Liberata veía pasar la lluvia como un baúl de ropa vieja
o meados de bruja cayendo desde una escoba.
En la penumbra devorada por la trémula luz de la lámpara, sacó de la
Biblia el último papelito que le hicieran llegar discretamente al salir de la
iglesia. Lo leyó sin curiosidad. Lo de
siempre: el sacristán pidiéndole amores por medio de la presente. Mujer poco impresionable -de las del número
que si una noche fuera por el Riíto y viera caer la luna sobre un charco,
pensaría “la luna ha caído sobre un charco”, y seguiría como si nada -no se
inquietó por el papelito de amor… No sabía por qué llorar, pero tenía
ganas. Llorar con desconsuelo bajo la
lluvia, con entrega absoluta, con ganas; llorar incluso uno a uno el llanto de
los otros para así no parar de llorar.
Pero esa noche no lloró.[4]
Como pudimos notar
en el trozo seleccionado, el narrador utiliza un lente parabólico que capta el
entorno que rodea a Liberata, el primer personaje que aparece en la obra. La voz narrativa hace una focalización
interna del personaje para extraerle cierta información y con eso logra
despertar el interés del lector. La
aparente inmutabilidad de Liberata ante el mundo que la rodea, llama la
atención. La lluvia es literal y
simbólica y produce efectos sensoriales diversos. La lluvia literal lo moja todo, salvo el
rostro de Liberata. El imperfecto con el
que se inicia la novela (llovía) nos coloca en un plano de simultaneidad donde
las acciones de la naturaleza y el hombre aparecen encadenadas en el escenario
fantasmagórico, alucinante, maravilloso, del Riíto donde los imposibles son
posibles como diría Aristóteles.
El escritor
Pedro Antonio Valdez sigue en esta novela los consejos del decálogo del maestro
Horacio Quiroga. Por ejemplo, Valdez
prefiere la sustantivación, la mayoría de las veces, en vez de la adjetivación porque como
sabemos nos coloca en un mundo multidimensional. Por lo antes señalado, sabido es que los
grandes narradores entre los que podemos mencionar a Ernest Hemingway, Albert Camus, Juan Rulfo, Cortázar, García Márquez, entre otros,
prefirieron la sustantivación a la hora de narrar. Horacio Quiroga nos dice en el decálogo
número IX que “los adjetivos suelen ser la cola de un sustantivo mal empleado”[5]. Las palabras del maestro están en armonía con
lo que decía Huidobro:” el adjetivo cuando no ayuda, mata”. No obstante, cuando Valdez emplea los
adjetivos lo hace avasalladoramente bien.
Disfrutemos del siguiente ejemplo:
El padre Ruperto llegó a la casa
curial abriéndose paso entre las torres heladas de la lluvia. Liberata esperó que se desvistiera la sotana
y lo ayudó a secarse con la toalla; luego encendió un cirio, le dio una
cucharada del remedio para la maldad de estómago y lo ayudó a entrar en la
cama. En el limbo de la sábana limpia
y perdido en el aroma penetrante del alcanfor recordó la confesión de
Policarpio el Tuerto.[6]
Bachata
del ángel caído es una obra que muestra la belleza y la riqueza del idioma
español a través de una serie de recursos literarios. Abundan las figuras de pensamientos tales
como la metáfora, la hipérbole, y el símil.
Disfrutemos de dos ejemplos metafóricos divinos:
1) La pieza nublóse de gris. Aunque no sepamos
que, algo infinitamente grande muere en cada atardecer: la prueba es esa
lágrima de sombra que el crepúsculo tiende sobre el mundo.[7]
2) La mancha herrumbrosa de los
ocasos siempre nos condenarán de alguna manera a la tristeza.[8]
La
intertextualidad aparece como un fantasma que saca frecuentemente la cabeza en
esta obra lo cual reitera que el autor conoce los grandes monumentos que forman
el canon literario. El padre
Ruperto, personaje de Pedro Antonio Valdez guarda una estrecha relación con
Mosén Millán, (personaje de Ramón J. Sender en Réquiem por un campesino);
con Rentería (personaje de Juan Rulfo en Pedro Páramo); y con don
Manuel, (personaje de Miguel de Unamuno en San Manuel Bueno Mártir). Ruperto se niega a ofrecer la misa de cuerpo
presente que los feligreses quieren hacerle a Policarpio como el padre Rentería
que se niega a otorgarle el perdón a Miguel Páramo. Ruperto, al igual que el cura de San Manuel
Bueno Mártir, pierde la fe esto lo vemos claramente cuando dice: “Si esas rosas hicieran milagros,
ya me hubieran sanado de esta maldad estomacal”, pensó, con esa
racionalidad sombría que a menudo raya en el desprecio”[9]. El escritor Pedro Antonio Valdez nos presenta
a un cura que le da rienda suelta a sus instintos carnales, que no cree en los
milagros y que se niega a que Policarpio tenga cristiana sepultura. Valdez pasea a sus lectores por un universo
cultural que abarca desde los clásicos griegos hasta los contemporáneos
poniendo de manifiesto el cúmulo de lecturas que ha hecho. La Liberata de
Valdez es la antítesis de Helena aquella mujer excepcionalmente bella que hizo
que Troya ardiera y a la que Gorgias defiende magistralmente en el Elogio de
Helena.
BACHATA DEL ANGEL CAÍDO: UN CONNUBIO
DE SÍMBOLOS
La
novela tiene varios símbolos entre los que caben señalar: El título Bachata
del ángel caído, las rosas azules de la Inmaculada, los alucinógenos, los
misterios del Santo Grial, y la vellonera.
Empecemos con el título: Bachata del ángel caído. La bachata, género musical, asociado con el
bajo mundo funciona perfectamente con éste ángel caído que representa a Lucifer
o a Mefistófeles. La bachata
originalmente era la música de los burdeles y sus temas aludían al amargue, a
la comercialización de la carne y al sufrimiento de los desposeídos. La bachata era y sigue siendo una especie de
flagelación espiritual que despierta en los que la escuchan los deseos y las frustraciones que los hombres llevan
por dentro en un mundo que no les ofrece mayores oportunidades para
realizarse. Por otro lado, aparece este
ángel caído que es el contrapunto del querubín mayor que desea hacerse un dios
y que es el artífice de su destino como Geofredo. El novelista, Pedro Antonio Valdez, combina
la bachata con la religión y nos lleva al génesis, al origen del hombre y de su
conflicto con Dios. El autor nos conecta
sutilmente con un plano espiritual y terrenal que refleja los deseos, los instintos,
las creencias y los ideales de los hombres.
Los personajes
se rebelan equitativamente independientemente de su género. Ninguno tiene miedo de profanar lo sacro
incluyendo al cura Ruperto. Valdez deja
claramente establecido, a través de sus personajes, que el hombre es el
arquitecto de su destino. Benedicto,
personaje principal de la novela, pretende seguir los pasos que le traza un
escritor “logrado”, pero descubre que si uno en verdad quiere ser auténtico y
hacer algo creativo tiene que seguir sus propios pasos. Por eso, la ruptura con
la dependencia literaria es inminentemente necesaria para ir en pos de la
libertad que lo llevará a la creación original, a su estilo. Benedicto parodia el canon literario y
termina creando su propio canon cuya fuente de nutrición es un barrio marginal,
el Riíto que le sirve realmente de inspiración.
Las
rosas azules de la Inmaculada es el símbolo de un ideal. Sabemos que no existen rosas azules de forma
natural, pero el autor de esta obra las inventa y con ello entramos a lo que
conocemos en literatura como lo real maravilloso.
“La primera vez que salen rosas azules
de la tierra; eso no se veía ni cuando Cuca bailaba con Roquetán”, corroboró la
vieja, mientras secaba con los cabellos las lágrimas derramadas en los
pies. “Y mire usted justamente donde
vinieron a nacer: donde estuvo la imagen de la Virgen de la Inmaculada
Concepción”, añadió el sacristán. [10]
Se produce un milagro: nacen las rosas
azules en el lugar donde estuvo colocada la imagen de la Virgen de la
Inmaculada Concepción y es justo ahí donde los integrantes de la sociedad
secreta de la orden de la Última Virtud descubren el misterio del Santo
Grial. Los personajes de Valdez se valen
de la causalidad para descubrir el misterio del sepulcro. Pero veamos lo que nos dice Cirlot acerca de
la rosa y en particular de la rosa azul:
…rose is, in essence, a
symbol of completion, of consummate achievement and perfection. Hence, accruing to it are all those ideas
associated with these qualities: the mystic Centre, the heart, the garden of
Eros, the paradise of Dante, the beloved, the emblem of Venus and so on. … The blue rose is symbolic of the impossible.[11]
Como vemos al final de la novela, Benedicto
no logra desenterrar el Santo Grial porque era un símbolo que pertenecía al
plano de un ideal utópico, de lo imposible de alcanzar en término material y
esto encaja perfectamente con lo que nos dice Cirlot de la rosa azul:” La
rosa azul es el símbolo de lo imposible”.
Santiago, uno de los miembros de la
orden de la Última Virtud, lo explica de la siguiente manera:
-La
vanidad de poseer el Santo Grial ha sido la causa principal del fracaso de
numerosas expediciones-explicó Santiago desde la ventana, con un acento
conciliador-. El grave sacrificio que conlleva alcanzarlo es el crisol que
premia al caballero. Querer apoderarse
de él es reducir su valor eterno al de un mero objeto temporal. [12]
Las alusiones a
los personajes bíblicos es una constante en esta novela como pudimos ver en los
trozos antes citados. La vieja secando
las lágrimas con los cabellos representa a la Magdalena bíblica tirada a los
pies de Jesús. Por otro lado, los
alucinógenos representan el mundo del escapismo; un refugio donde el hombre
pretende alcanzar lo imposible: penetrar a un plano metafísico que le puede
conducir hacia la realización de lo imposible como podemos ver en la siguiente
escena:
La
bienvenida al mundo de las visiones. Fue la voz de Geofredo de la Dulcísima
Cruz. Santiago dio a inhalar el
vapor que brotaba de una pipa de cristal.
Benedicto quedó inerte hasta sentir que se dormía. Una nube polvorienta se encendió ante sus
ojos. “Dejasteis secar la sangre del
Grial”, advirtió le José de Arimatea… “Mas no importa, la sangre tarde o
temprano se evapora; lo vital es que conservemos este grial que recogió la
sangre de Nuestro Señor en la cruz”… El Santo Grial bajo una media
luna. “En nombre de Dios, juro donar
mi vida, si es preciso, con tal de llevar a buen término la empresa de librar
de manos impías el Santo Grial”, aseveró el caballero Perceval frente al
estandarte de la santa cruzada que dirigía Benedicto. Morirán en la hoguera los templarios,
pero sinceraos, Vuestra Alteza, no os interesa realmente castigar la supuesta
herejía de estos guerreros, sino hacerles caer en desgracia para apoderaros de
sus ricos tesoros, yo soy el Papa, Vuestra Alteza, ante mí no podéis
mentir. Si: he renegado de Dios, he
escupido tres veces sobre la cruz, he sido besado en el trasero y he adorado
también el Baphoneto… He hecho todo lo que vosotros queráis imaginar; mas no me
torturéis de Nuevo en potro, os imploro.[13]
Lo que acabamos
de escuchar y de imaginar corresponde a una escena caballeresca a la altura de
las que solía escribir Cervantes en el Quijote. Pedro Antonio Valdez, parodia el mundo de las
ideas a través de un discurso rimbombante, elaborado con arcaísmos que ponen en
ridículo a la figura máxima de la cristiandad, el Papa. La nube polvorienta que aparece reiteradas
veces en la novela crea un mundo fantástico que permite que la ficción se
convierta en realidad para estos personajes y que además, nos conduce a la Introducción a la literatura fantástica
de Todorov.
Pasemos ahora a
la vellonera que juega un rol muy importante y al simbolismo que tiene en ésta
novela. Una de las interpretaciones
posibles corresponde a la congelación del tiempo. Esta viene a ser la máquina del tiempo y
aparece sigilosa unas veces y bulliciosa otra indicando que es el tiempo que
decide cuando activarse o cuando hundirse en un estado inerte que simplemente
ve pasar los siglos dentro del tiempo mismo.
La vellonera, es ese artefacto técnico que guarda el secreto de la
cédula que contiene el código que completa la criptografía (ecuación
trigonométrica) que revelara el paradero del Santo Grial. El narrador nos dice que “la vellonera circunscribe el tiempo a una
sucesión de bachatas”[14], pero a medida que avanzamos en la lectura de la obra
descubrimos que la vellonera es mucho más que “una sucesión de bachatas”. La vellonera encierra una verdad, un misterio
que guarda una estrecha relación entre los deseos y el ideal sublime de los
hombres: el Santo Grial. Por eso aparece vigilada por una mujer espectral que
quiere evitar que el secreto se revele.
La vellonera es vigilada por una mujer
espectral advirtió, después de regresar el mapa a las fauces polvorientas del
baúl. Esta vigilante puede parecer inofensiva, pero en realidad es muy
peligrosa… Si no lo hacemos dentro de esos precisos siete minutos, no Habrá forma
de recuperar el Santo Grial.[15]
En un Rincón
entretejido por arañas agazapadas, descubrieron el armatoste herrumbroso y mudo
de la vellonera. Sus cristales coloridos
permanecían opacos bajo la ruina polvorienta de los años, trabajados con
industria por la corrosión que provee el abandono. A poca distancia de la vellonera, vieron
además una mujer descansando de espaldas en un viejo diván.
-Al fin has llegado, querido mío dijo
la mujer, amparada por una dulce voz temblorosa. Se puso de pie con flirt y extendió sus
brazos indecisa hacia cada uno de los hombres, hasta que se decidió por
Benedicto. Lo contempló seductora. Te he estado esperando toda la vida.
El
muchacho la observó pasmado. La mujer
traía un vestido rojo ceñido al cuello.
El atrevido escote develaba un collar de perlas que dejaba caer un
diamante acorazonado sobre el vacío de los senos. Sus brazos adornados con serpientes de
oro. Sobre sus hombres descansaba una
boa de plumas amarillas. La perfecta
simetría de su pelo ensortijado denunciaba la presencia inequívoca de una
peluca. La mujer tomó una bocanada del
pitillo y dio varios pasos abanicando la boa hasta detenerse junto a la
vellonera sin dejar de contemplar a Benedicto.
La fuente de la luz naranja la definió con detalles. Era una anciana. Su rostro se veía arrugado por la impiedad de
los años. El muchacho, apresado en esa
rara solemnidad que despierta a veces lo ridículo, descubrió sobre la pared
varios afiches de artistas de antaño rodeando una foto en que la mujer bailaba
con el Generalísimo. Luego quedó alelado
ante su Mirada insinuante.
Geofredo presintió con angustia que
los siete minutos casi se agotaban. Con un
impulso repentino roció una cruz de agua bendita sobre la mujer espectral y de
un golpe brutal enterró el hacha virgen en la vellonera. La mujer profirió un grito desgarrante, como
si la hubiesen rociado con ácido, mientras que la máquina se quebró despachando
un detritus de tornillos y cristales.
Geofredo rebuscó ansioso en el mecanismo roto, hasta que al fin pudo.[16]
La teatralidad
de la escena es brillante. En un momento
de flaqueza Benedicto casi echa a perder la misión. La mujer se vale del recurso de la compasión
en su intento por distraer a los integrantes de la orden de la Última
Virtud. Geofredo lleva a cabo el
exorcismo de la máquina en tanto que Santiago le da un pescozón a Benedicto que
lo hace volver a sus cabales. La
vellonera es el símbolo concreto de las pasiones y ataduras de la carne que a
su vez es representada, casi al final de la novela, por una anciana. Es preciso romper con esas ataduras para que
la elevación espiritual y la libertad sean factibles. El vestido color rojo ceñido y los atuendos
nos transportan al mundo de los burdeles.
Es importante señalar que el escritor Pedro Antonio Valdez trata a la
mujer con mucha sensibilidad en la obra.
Se percibe una visión feminista desde una óptica masculina que aboga por
la libertad sexual de la hembra sin entrar en juzgamientos de ninguna
clase. La descripción de la mujer es,
hasta cierto punto, apocalíptica. El
enfrentamiento entre ella y Benedicto representa la lucha con la vida. Benedicto tenía que encontrarse a sí mismo y
para hacerlo tuvo que ir rompiendo eslabones.
El primero fue la dependencia con el escritor que le había suministrado
el recetario literario. El Segundo fue
experimentar con los alucinógenos para poder llegar al mundo de las visiones;
lo tercero era vivir los placeres de la carne con la China y finalmente, romper
con todas esas ataduras para que la libertad llegara a ser una realidad para
él. Pero la incredulidad se interpuso
impidiendo que lograra ascender hacia un plano carente de materia. La convicción le llega al hombre a través de
la fe. Una fe que no se limita a la
religiosidad. Fe en lo que creemos que
es lo que nos permite realizarnos libremente como individuos. Santiago le reprocha la falta de fe a
Benedicto de la siguiente manera:
“El Santo
Grial todavía sigue bajo las rosas azules - insistió Santiago con la voz
apagada, lejana, como si estuviese medio dormido-. La incredulidad no os
permitió verlo, pero está allí, en el patio de la iglesia, en el hoyo… Lo
importante es que fue descubierto… Ahora gravitará sobre un hombre que así será
redimido y, con este hombre, será redimida la humanidad…Arrancaos esos ojos,
muchacho, que no son suficientes para ver… Mirad que os habéis perdido de ver
el Santo Grial y los ángeles… [17]
Bachata del
ángel caído es
una obra que nos invita a seguir nuestra propia filosofía. Las reflexiones van desde un plano terrenal
hasta un plano metafísico que hurga en los senderos más profundos de la
humanidad. La universalización temática
de la obra nos enriquece y nos pone frente a una propuesta artística
nueva:
La novela,
como todo el arte, es un error del hombre.
Una ilusión de la ilusión. Una
vergüenza. ¿Cuántas veces no hemos visto
al hombre creerse demiurgo o dios por el simple hecho de inventar algo que sobra?
…
-Sobra,
porque no es invención vital. Si
destruyeras por siempre todas las obras de arte que existen, el universo
seguiría su curso. ¿O acaso se detuvo
cuando los árabes incendiaron la Biblioteca de Alejandría o Mao Tse-tung desató
la Revolución cultural? Pero si escondieras por un solo día digamos el aire, el
mundo desaparecería para siempre… y más que el mundo, la realidad. Únicamente
la obra de Dios es justificable; el arte es redundancia inútil y vanidad. [18]
El diálogo que
tiene Benedicto con los perros del cuadro que tapaba el boquete en la pared,
con la niñita que se está sacando la espinita y con Santiago replantea el punto
filosófico de Platón que decía que los artistas y en especial los escritores,
no eran necesarios porque mentían y que se dedicaban solamente a la mimesis es
decir, a imitar lo que veían. Santiago
define la novela en los siguientes términos:
La novela
patentiza el dolor del hombre. Recuerda
perpetuamente su caída. Un ejercicio
vano. Un pecado no solo en el sentido religioso,
sino en el de las cosas vulnerables que no deberían ser…[19]
Finalmente,
puedo decir que Bachata del ángel caído es una obra digna de ser
leída. Es una novela que tiene temas
serios y bien planteados. Es un universo
de personajes que nos cautivan y que aportan algo nuevo a la obra. La verticalidad y la fluidez de este escritor
me hacen pensar en aquello que decía Kafka refiriéndose al acto de escribir: “Escribir como un perro que escarba su hoyo,
una rata que hace su madriguera. Para
eso: encontrar su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio
tercer mundo, su propio desierto.”[20] El autor, Pedro Antonio Valdez,
nos seduce con la palabra. Se hace
apetecible leerlo.
NOTAS:
1. Gorgias, El elogio de Elena.
2. Valdez,
Pedro Antonio. Bachata del ángel caído
(San Juan, PR: Editorial Isla Negra, 2000): 66.
3. Bachata.
15
4. Bachata.
15
5. Quiroga,
Horacio. Decálogo IX
6. Bachata.
17
7. Bachata. 153
8. Bachata. 168
9. Bachata. 55
10. Bachata.
33
11. Cirlot, J.E. A Dictionary of Symbols. (New York:
Vail-Ballou Press, Inc., 1981): 275.
12. Bachata. 158
13. Bachata. 67
14. Bachata. 176
15. Bachata.
142
16. Bachata.
147 -148
17. Bachata.
179-180
18. Bachata.
144-145
19. Bachata. 145
20. Gilles
Deleuze y Félix Guattari. Kafka por una literatura menor.
(México: Ediciones Era, S.A. de C. V., 1998):
31
Teonilda
Madera. Nacida en Esperanza, República
Dominicana en 1961. Residente en los
Estados Unidos. Poeta, narradora y
educadora. Es Coordinadora del Club
Amantes de la Literatura, de DeWitt Clinton High School. Integra el Círculo de
Escritores y Poetas Iberoamericanos de Nueva York (CEPI). En 1993 obtuvo, con su poemario Canela y
miel, la Primera Mención Honorífica en el XXX Certamen Literario Internacional
Odón Betanzos Palacios, organizado por el CEPI. Ha publicado artículos y textos
literarios en varios periódicos de EEUU, entre ellos, El Diario La Prensa, La
Causa, The Dominican Times, Meridiam, Rumbo y América Latina. Ha publicado tres poemarios: Corazón de jade
con lágrimas de miel (1995), Van llegando los recuerdos (1998) y Sorbitos
de café en paisajes y yermos (2003).