Letras Salvajes                     Número 5                                        2004

 

 

 

ALFONSO RODRÍGUEZ CASTELAO

 

 

Selección  de  Cousas (1929).

(Traducción del gallego por Alberto Míguez)

 

 

SI YO FUESE AUTOR DE TEATRO

 

          Si yo fuese autor de teatro escribiría una obra en dos actos. La obrita duraría diez minutos nada más.

 

 

Acto primero

 

          Se levanta el telón y aparece una cuadra aldeana.  Encima del estiércol hay una vaca muerta.  Alrededor de la vaca hay una mujer muy vieja, una mujer avejentada, una real moza, dos chicas  guapas, un viejo aldeano y tres chiquillos rubios.  Todos lloran a mares y se limpian con las manos.  Todos lloran y dicen cosas que hacen reír, cosas simples de gentes de campo, angustiadas y codiciosas, que piensan que la muerte de una vaca es una gran desgracia.  El llanto debe tener una gracia vulgar para que se mueran de risa los del “patio de butacas.”

 

          Y cuando se cansen de reír los señoritos, bajará el telón.

 

 

Acto segundo

 

          Se levanta el telón y aparece una estancia elegante, decorada con mucho gusto.  Encima de una mesa de pies de bronce hay una bandeja de plata, encima de la bandeja hay un cojín de damasco, y encima del cojín hay una perrita muerta.  La perrita muerta semejará un copo de nieve.  A su alrededor llora una gran señora y dos señoritas jóvenes. Todas ellas lloran y se enjuagan las lágrimas con pañuelitos de encaje. Todas van diciendo, una a una, las mismas tonterías que dijeron los labriegos delante de  la vaca muerta, cosas tristes que hacen reír porque la muerte de una perra no es para tanto.

         

          Y cuando la gente del “gallinero” se canse de reír a discreción, bajará el telón poco a poco.

 

 

 

 

DOÑA FLORINDA SE CASÓ CON FUNGUEIRIÑO

 

          Doña Florinda se casó con Figueiriño y vivió en espera de un hijo que no llegó.  Compadeciéndose de su mala suerte, doña Florinda se pasaba las horas en el balcón, escuchando el cacareo de las gallinas ponedoras.  Fungueiriño era jugador y murió del corazón, dejándole a la pobre señora los deseos frustrados de acariciar un hijo.

 

          El luto le sentaba bien a doña Florinda y la carne blanca de sus brazos llamó la atención de don Roque.  La buena señora supo despertar un amor serio en el pecho del solterón y logró casarse en segundas nupcias.  Y después de casada le renació el deseo de ser madre, y siguió viviendo a la espera de un hijo que no llegó.  Don Roque se marchó de este mundo, y doña Florinda se quedó sola, ante sus deseos frustrados.

         

          Pasaron muchos años.  Ahora doña Florinda es una vieja arrugada por el tiempo, tan vieja y tan arrugada que parece una reliquia.  Ahora, al final de su larga vida, doña Florinda ve cumplidos sus viejos deseos.  La chochera le hizo creer que tiene un hijo, y cualquier día se queda muerta de alegría por ser madre.

         

          La buena señora le anda diciendo a todo el mundo:

 

          -¿No lo sabéis?  Me nació un hijo.

 

          Y todos se echan a reír porque las gentes ya no saben emocionarse.

 

 

 

 

RAMÓN CARBALLO

 

1

 

          Cuando yo era un chiquillo llegó Ramón Carballo; venía con una chaqueta de paño grueso forrada con bayeta roja y una gorra con visera de carey, como vienen los que van a navegar.  También traía el pecho tatuado, que bien se lo vi yo, con un pájaro con una carta en la boca y su nombre debajo.

 

          Me acuerdo que Ramón Carballo se fue a Buenos Aires y volvió sin cuartos.  Luego se fue a la Habana y tampoco trajo dinero.  Después a Nueva York y volvió tan pobre como había ido.  Ramón Carballo fue también a no sé dónde, y no volvió más.

 

 

2

 

          Aquí podría escribirse una novela, pero yo soy un hombre de bien y no debo contar lo que no sé.  Pero novela, la hay.

 

 

3

 

          M. Lavelet gana el pan vendiendo restos humanos.  M. Lavelet es un hombre horrible: ojos de vidrio, cabellos muertos de peluca vieja, arrugas secas de sudor sucio en la cabeza, sensación fría de tener en las manos y en los labios la sustancia de muchos venenos.

 

          Este hombre vive en el tercer piso de una calle estrecha de París. 

 

Un día llamé con los nudillos en su puerta y entré…  Una sala llena de huesos humanos, algunos todavía frescos, componían las existencias de este “comercio” para médicos.  En la sala de curiosités para cosmopolitas, había muchas cosas:  un feto momificado mirándose el ombligo, una clavera de gorila con su cresta de casco guerrero, la piel de la cabeza de un chino para ser colocada en una armadura de escayola.

 

          Cuando M. Lavelet supo que yo era pintor, me mostró una gran colección de pieles humanas tatuadas y curtidas para hacer petacas, carteras…

 

          Una de la pieles era del pecho de un hombre y representaba un pájaro con una carta en el pico y debajo del dibujo se leía este nombre: Ramón Carballo.

 

 

 

 

DESDE LA VENTANA DE LA TORRE

 

          Desde la ventana de la torre la condesita mira con ojos llorosos hacia la última vuelta del camino por donde un día huyó su alegría de enamorada.  Con el gusano de los celos royéndole el corazón, la condesita se va muriendo, poco a poco, en la ventana de la torre.

 

          Y pasan días, y meses, y años, esperando en el camino la vuelta de su amor.  Y en un atardecer de pensamientos tristes, recordando aquel beso que se dieron furtivamente, la bella condesita se murió de amor. 

         

          He aquí cómo cuentan las gentes la muerte de la enamorada.

 

          Este sarcófago encierra desde hace cientos de años las cenizas de la desgraciada condesita, y la leyenda que pasa de viejos a jóvenes ha tomado impulso sentimental en el monumento de piedra, cofre misterioso para todos los espíritus románticos.

 

          Una vez fue abierto por los “intelectuales” del pueblo y dentro encontraron huesos, pedazos de tela, polvo y  pepitas de cerezas como para llenar dos tazas.

 

          Por cierto que el médico, hombre de gafas gruesas y de mucha caspa en la chaqueta, le dijo al boticario:

 

          -La condesita de lo que murió fue de una indigestión de cerezas…

         

          Hay hombres que no saben callarse.

 

 

 

 

ERA UN BARBERO DE SÁBADO

 

          Era un barbero de sábado que amaba los libros que no entendía, y que gozaba leyéndolos enteros.

 

          Una vez lo encontré con la cabeza entre las manos, a modos de un pensador, y me dijo:

 

          -Estoy “profundizando.”

 

          Y desde aquel día para mí hay hombres que “profundizan.”

 

          El tal barbero de sábado se pasó la vida con los sentidos vueltos hacia su ignorancia, trabajando al lado de un compañero que tenía los sentidos abiertos al mundo.

 

          Se sumía dentro de sí mismo para “profundizar” sobre los misterios de la otra vida y siempre terminaba quejándose:

 

          -No puedo “profundizar” más porque no sé latín.

 

          Un día posó sus ojos en el mar –jamás reparaba en cosas “menudas”— y, después de haber “profundizado” un buen rato, le confió a su compañero lo siguiente:

 

          -El mar, ¿sabes?...  El mar es un fenómeno!

 

          El pobre barbero de sábado asombraba a todos con su “sabiduría.” Una vez se puso serio como un fraile de madera y le aseguró a su compañero:

 

          -Yo tengo que morir y tengo que ser juzgado, “pese a quien pese.”   

 

          Y lo decía deletreando el “pese a quien pese.”

 

          La mayoría de las veces el barbero de sábado dudaba después de “profundizar” en cosas del otro mundo.

 

          El pobre barbero murió y lo pusieron en una caja de pino, y su compañero fue a verlo y echó unas lágrimas.

 

          Y una mujer de las que lloraban dijo:

 

          -¡Ahora ya no profundizas!  ¡Ahora no profundizas porque ya lo sabes todo!

 

 

 

Alfonso Rodríguez Castelao.  Nace en 1880 en Rianxo, Galicia, y muere en Buenos Aires, Argentina, en 1950.  Médico, diputado, pintor, dibujante, humorista, periodista, cuentista, novelista y dramaturgo.  Publicó el libro de relatos y dibujos Cousas (Cosas) en 1929 y la novela Os dous de sempre (Los dos de siempre) en 1934. 

 

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