Letras Salvajes Número
5 2004
René Rodríguez Soriano
SADE
Ahora que han pasado
casi diez años me vuelven al recuerdo mis días con ella en aquel amplio ventanal
frente al Caribe. La soledad es un territorio vasto y pleno de matices que sólo
podemos ver los que aprendemos a descifrar los códigos y símbolos que adornan
las paredes de las tardes sin fondo. Cierta música, determinados colores, algún
sabor, olor y una piel transmiten sensaciones que convierten cualquier pequeño
espacio en un mundo que puede tardar toda una vida en recorrerse y del que, a
veces, no se quisiera retornar. La música, por ejemplo, tiene la particularidad
de empujar a uno por senderos tan queridos...
This is no ordinary
love
No ordinary love
Keep tryin’ for you
Keep
cryin’ for you
Keep buyin’ for you
Keep flyin’, I’m
fallin’
And I’m fallin’...
Y el color preciso del mar en aquellos atardeceres,
cuando ya la ciudad comenzaba a recobrar la calma de la cotidiana hégira de empleados
y viandantes y que la gran avenida comenzaba a maquillarse con la misma melosa
vanidad con que ella me esperaba tan pronto intuía mis pasos al dejar el
ascensor. Conocía perfectamente todos los sonidos que me acompañaban: mis
pasos, mis llaves y hasta el momento en que me detenía en el buzón a recoger
los diarios, la correspondencia. Hasta el ínfimo instante en que miraba hacia
ningún lado, cotejando al descuido el manojo de llaves para escoger aquella con
los bordes gastados que daba paso a nuestro efusivo encuentro. ¿Cómo llegó ella
a mi vida, en qué momento? No creo que pueda precisarlo, mi vida nunca ha
estado marcada por momentos específicos. Ni siquiera por estados de ánimo.
Siempre he sido el mismo, el mismo solitario que entre libros, música, placas y
películas he vivido en todos los lugares y todos los momentos con la misma
intensidad y el mismo ritmo. Por más grande y agitada que haya sido la ciudad
donde me ha tocado vivir o permanecer por algún tiempo, he logrado sobrevivir
sin tener que acelerar ni un ápice mi marcha. Sólo tengo que apretar el
obturador y el mundo comienza a girar alrededor de mi órbita. En ese mundo, mi
mundo, finalizando el 91, me encontré con Ramón en una sesión fotográfica para
un grupo de muchachas que participarían ese año en el Concurso Nacional de
Belleza. A través de Ramón, precisamente en esos días, llegó ella a mi vida.
Desde ese instante tuve un motivo para terminar más temprano con mis
compromisos, llegar al apartamento donde durante mi ausencia ella no había
hecho otra cosa que inundarlo todo con su suave y deleitosa presencia. ¿Qué
sentido tiene esta tarde junto al mar, frente a las más hermosas mujeres del
mundo posando para mí, tratando todas de opacar con un gesto, un guiño o una
sonrisa toda la cosmética del mundo? Aún suena en aquella terraza la canción y
de verdad siento que, de entonces acá, he perdido una parte vital de mí.
And I’m fallin’…
Primero fue París, a través de la agencia local de la
UNESCO, gané el concurso para producir las fotografías para un libro que sobre
la niñez abandonada en el mundo elaboraba la institución y tuve que trasladarme
a su sede en la capital francesa para, desde allí, viajar por todo el mundo y
ponerme en contacto con las diferentes culturas y rostros que conforman el dossier
por el que durante estos casi diez años me mantengo con un pie en el estribo de
un avión. No regresé jamás a San José del Puerto, lo más cerca que he estado en
todo este tiempo es esta tarde aquí en Cayo Hueso, escapándome por momentos de
los caprichos y vanidades de estas chicas para perderme en el paisaje que me
recuerda tanto el norte de la isla, sobre todo Sánchez, Puerto Plata y Samaná. Ahora, hace un rato, posaba para mí la representante
de Nigeria. Alta, elegante y con una seductora forma de mirar y caminar, Arie (así es como se llama) la hermosa mujer que ha
concitado la atención de todos en este encantador paraíso tropical, al sur de
la Florida.
Frente a Arie, volví a recordar
aquellos años, las puestas de sol frente al mar Caribe, como ese inmenso disco
anaranjado se bañaba y se mecía en el vaivén de las olas. Ella en mis piernas,
toda melosa, rendida ante el arrullo de mis dedos, al mismo vaivén de las olas
que mecían al sol, se perdían en la calma chicha de su piel. Una de esas
tardes, no recuerdo precisamente cuándo, fue que descubrimos la canción. Esa
canción que nos remitía quizás a nuestros ancestros marinos, quién sabe de
dónde habíamos venido, qué misterios ocultos nos habían empujado hasta esa
orilla del mundo, un mundo que, a coletazos, trataba de erguirse y a cada
vuelta esferoidal de agujas tenía que empezar de nuevo. Volvía a caer. Si por
lo menos, si desde el fondo de las milagrosas aguas, emergiera una luz, una
promesa de vida como la que esa tarde descubrimos ella y yo viéndola salir como
sirena, desde el fondo del mar, nada ordinaria, innombrable. Sade, vestida de novia, salida de las aguas cantaba la
canción y se mostraba ante nuestros ojos como la mágica visión, el conjunto vista-oído,
volumen, espacio-tiempo, instante...
When you came my way
You brightened every
day
With your sweet smile…
Desde ese instante, claro está, había otro motivo para
sentarnos frente al televisor y esperar que apareciera la visión, tal vez ese
otro mundo que soñábamos o que nos transportaba a un lejano antes que fuimos
antes de ser quienes éramos entonces. Alana no tenía ojos nada más que para mí,
no tenía tiempo para nadie más. Si pudiera cambiar todas las fotos de mi
dossier por las que le hice frente a la ventana de aquellos atardeceres, seguro
que lo haría. Nunca me he desprendido de ellas, tampoco dejo que mucha gente
las vea, las toque. Son mi mayor tesoro, mi talismán para navegar la soledad
hacia puerto seguro cada tarde en cualquier orilla del mundo. No importa, es lo
único que me mantiene unido a ella que no pudo acompañarme en aquel apurado
viaje a Paris. Había que llenar ciertos trámites y de ello dejé encargados a mi
hermana y a su esposo, ellos me lo contaron todo. Tuvieron que grabarle en un cassette la canción para que frente a ella, la Sade, cantando y emergiendo del centro del mundo de las
aguas, apurara su ínfima ración de cada día. Terminaron llamándola Sade, más que por su porte y la reverencia con la que caminaba
y se giraba a mirarlos a todos y a no verlos (quizás porque me buscaba a mí,
que regresara cada tarde), por la atención y reverencia con la que se entregaba
a esa canción. No la entendieron nunca, nunca pudieron descifrar los misterios
ocultos que animaban a su triste alma a refugiarse en el extraño símbolo en que
se convirtió aquella canción, clave secreta para viajar conmigo a ese mundo tan
particular y tan secretamente nuestro. Una tarde, era agosto, asegura mi
cuñado, con quien hablaba cada tarde y a quien le urgía en el papeleo para que
pudiéramos estar juntos nuevamente, Alana saltó por la ventana en el preciso
instante en que Sade surgía de las aguas. Desde
entonces, cada vez que estoy frente al mar, espero que desde el centro de las
aguas, tal vez escoltada por medusas y delfines, emerja, melosa, seductora y
dueña de sí misma, Alana, la hermosa gata que con sus uñas afiladas iluminó las
tardes más felices de mi vida, y venga a llenar de nuevo mi ancha y honda soledad.
René
Rodríguez Soriano. Constanza, República Dominicana, 1950. Escritor y docente
universitario, que ha desarrollado una intensa labor en diferentes áreas de la
comunicación masiva (publicidad, periodismo, cine, televisión y relaciones
públicas). Premio Nacional de Cuentos “Casa de Teatro” (Losing my religión, 1996) y “José Ramón López” (La radio y otros boleros, 1977). Ha
publicado: Raíces con dos comienzos y
un final (1977-1981); Canciones
rosa para una niña gris metal (1981); Muestra gratis (1986); Todos
los juegos el juego (1986); Su
nombre, Julia (1991); La radio
y otros boleros (1996); El
diablo sabe por diablo (1998) y
Queda la música (2003), entre otros. Así como también, a toda
complicidad, y a dos manos: Probablemente
es virgen, todavía (1993) y Blasfemia
angelical (1995), junto a Ramón Tejada Holguín, y Salvo el insomnio (2002), con Plinio Chahín. Desde 1998 reside en Miami, Florida donde se
desempeña como editor, corresponsal de importantes medios de comunicación tanto
de su país natal como del mundo hispano de Estados Unidos. Actualmente es
columnista del diario El Caribe de República Dominicana. Mayor información en www.rodriguesoriano.com