Letras Salvajes                     Número 5                                        2004

 

 

 

MARioantonio Rosa

 

 

 

             Visitación

 

             No puedo hablarle al sueño

             ni verme creado de un sueño único.

             Parece que los párpados terminan

             levantados en los cirios de la edad del agua.

             Parece que sueño demasiado

              la oquedad dorada de las alas

             y la continua juventud en la sombra

             parpadeando la imaginación del vuelo.

             No escucho el yunque íntimo

             donde el sueño compone el globo de sus islas

             y comienza su aguacero de agujas.

             Nunca quiere pasar el océano por las manos

             a pesar de todos los laureles usados al dormir

             de quedarme bajo el trino de la hierba

             de buscar la sombra lunar de los cedros

             tibia y sonámbula en el girar de las lechuzas.

             Los pasos

             las huellas, el sismo de la ruta

             no tiene la levedad de una tierra triste.

 

             En aire circunda su frontera de corolas.

 

             No vengo del sueño:

             mis ojos no se cierran y duermen.

             Los toco y tienen la soledad llena

             la altura de su tiempo es amarilla

             bosques recordándose en su niebla enemiga

             nevada de los pájaros vacíos

             la compasión se repite

             y regresa en una plaza blanca y tendida de preguntas.

 

             Aquí ha nacido un erial.

             Una mariposa de maíz lleva los ojos a la tormenta

             se va anocheciendo como la azucena en el arranque

             son desiertos tan mojados y con tantos dueños heridos.

             Noche del sueño: escarlata desnudez esclava.

             Noche que no vuelve desde que parte en los latidos

             navega el marino agridulce, de vapor sedentario,

             se marcha la sangre hacia su incienso

             y descubre el quejoso aljibe de los soles

             el sol que no acaba nunca mirando a la conciencia.

 

             Y yo, que nunca me escribo por el sueño

             siempre escapo entre las olas de un relámpago

             tal vez, otra música en la memoria.

             Puedo decirme que alguna vez soñaba;

             cuando el cuerpo no visitaba liras, ni templos

             llameando en silencio, en un rocío nunca humano.

             Acercarme al tupido caballo de tantas mieles con los ríos

             bañarme en él, cortarme con los secretos de los astros

             como si el sueño me robase en lenta batalla con una sombra

             o me quedase tranquilo, en el viejo rastro de una madre

             como sucede en la fatiga al llegar al gran clamor del árbol            

             ya no eres tú, sólo turpiales, calandrias, navíos de las hojas:

            

             otro largo sueño.

 

 

 

                                                 

           DUELO A LA TRANSPARENCIA

 

XI

 

             Cuando siento miedo amo las tibias alas de la roca

             amo los médanos del mar viejo rendido en los barandales

             y destruyo el corazón con mucha lluvia

             hasta creerme de la soledad el fugitivo aguacero.

 

             Y este miedo amado de luz y vestidura, de brasa temblorosa

             miedo de muchas palabras que no digo y que me aman

             miedo que reluce como una desnudez que va brillando

             como un descubrimiento

             y como un náufrago a ropas de hermosura.

            

             Cuerpo de espejos en su red de llanto y niebla;

             la sensación del invierno arropando los ojos

             el sol blanco de las nevadas que comienzan

             como la canción de un despojo, como la señal de un abrazo.

 

             No puedo decirte adiós, porque como un placer tendido

             llegas hasta la piel, hasta la mirada, desmayada soberanía

             o desmayados muslos donde he buscado otro dolor sereno

             y donde con mi nombre desde otro miedo me libero.

            

             Ya te quedas, ya tus frutos alargan los próximos días

             y el próximo abandono, ya te quedas para el viaje.

             Donde no puedo temer porque me estas abrazando

             y en tu marea me voy extinguiendo como un sueño.

 

 

 

 

           Sea una libertad la palabra

 

              Mi despertar en las palabras

              con el insomnio de los hombres

             con la luna de lluvia, toda luz en el molino maduro

             con la electricidad suave y caminante de las violetas en la ruta

             donde las pisadas y la brisa levantan sus mismas sombras.

             Mi despertar con todos y sin nadie

             mi lecho vacío, la mesa ambulante por los ecos

             la holanda gastada sobre el largo rostro de la casa

             y la guerrilla sobre los balcones

             buscando esa palabra para hacerme un todo.                

            

Yo sabía que los viajeros no respiraban;

             la ambición de volar destruía las muchedumbres en los ojos

             el hambre por el cielo, el hambre por las islas,

             el andar descalzo en ese azul indomable donde las melodías

             eran más viento que el sueño del cañaveral.

             Y así dentro de mí, muchos viajeros lloraron

             esas estrellas sin nombre donde la noche vuelca el pulso

             y se extiende en un meditado carruaje de horas.

 

             Allí estuve con el amor y con el pan;

             callado, más vivo que un beso sobre las cosas de la angustia.

             Más que un río  rasgándose en la espuma de los árboles

             en esas soledades que los pájaros levantan al derrotar los rumbos

             y en todo el páramo de los soles escogidos a ser errantes.

             Yo estuve con la vieja palabra del hombre;

             nada puedo hacer contra esta sangre tan legítima

             la magia en la roca es mortal en el costado del que sueña.

   

             Yo vivo en un abrazo de la palabra;

             espero su amanecer, su andar, su miedo

             viven en mí sus sonidos como peñascos de cristales

             aún se maravillan las mismas presencias en la iluminación.

 

             La palabra es mi pasajero:

             me da la tierra, la cadencia del mar, los cuerpos amados

             me va dando otras palabras contra el dolor cercano

             me llena de soledad para descubrir palabras del infinito

             me hace hombre, me llena de niños los ojos y la sonrisa

             me pone a llorar si se pierde un rodaje en la belleza

             incendia en mí la arcilla conmovida de sus guerreros.

 

            

 

 

***

 

Has visto en la colina la mansedumbre del aire;

             parece que ante la quietud los colores se derraman

             el halcón y la paloma fulguran en agua matinal

             la hierba es un panorama, los guijarros mocedades

             la tierra es pura como lo es la desnudez ante los dedos.

 

             Todo lo que vez va más allá de un anillo o un soplo

             y cuando lo descubres vas enfilando el rostro

             sientes el insomnio dulce de la palabra.

             Tocas el aire con los brazos únicos, con la mirada única

 

 

             y la voz jamás se cierra

             en tu más callado conjuro para la libertad.

                                 

 

 

 

         ***

 

He soñado, la vuelta de las semillas.

He tenido una casa en el silencio y la locura

una casa

húmeda como un zodiaco de caracoles

con mares y juncos

con herida adivinada

y un tragaluz

fresco como la espalda de un bosque.

 

Dejé de ser hombre

y en la paloma oscura

como la roca hice una pregunta.

No tengo rumbos

ni abrazos ni números.

Ahora como en el mar, las semillas

cuando parten sueñan su corteza;

cerezo

ceiba o madreselva

siempre huyen hacia arriba

tocan la altura

y maduran

para el duelo al aguacero

y luego al polvo

desatan su profecía.

 

Por eso voy despierto

sabiendo que con silencio

de vuelta a las semillas

 

se abre como un lápiz antiguo

el eco a la primavera.

 

 

 

 

Dios Madre

 

              Yo estaba para ti, durante las multitudes rotas

              bajo las lámparas que cargan tu anunciación

              bajo el palio de ceniza, bajo la desnudez brava

              y hasta en un mar sereno me fuiste adorando con silencio.

 

              Yo estaba como sol perdido en toda selva

              la piel huyendo de tus climas de basalto

              las palabras huyendo como quetzales en amarguras

              en un viento de descubrimiento, en tibias escaleras

              por donde suben tus sueños sin calma

              buscando los ahogos en el agua que desaparece.

 

              Pero estabas en la voz de las lanzas de cenizas

              el pan quemado por la muerte, el trópico ciego,

              militabas en los papeles de la sangre

              torcidas tauromaquias que como torrentes

              te hicieron un rostro de mujer herida.

 

              Y no te amo, en el signario que deslumbras

              no puedo ser tu hombre de rodillas.

              No puedo vencerme en tu pozo de abandono

              apenas besar puedo tu espalda, me cansé de nacer

              o de entrar a tu golpe de caracolas.

 

              Celosa señora;

              mi último reposo he dejado en la boca.

              Bajo lunas fuertes entre caballos blancos

              descubrí la sangre que tenías a mis pasos.

              Besando tus máscaras, quedaba en la vida

              que las ruinas desnudan, y la sed bramaba

              el trueno vencido de sus círculos

              y a los paisajes en niebla

              iban cediendo a estas secas estrellas

              conque el amor y el miedo te conocían.

 

              Pero ya somos

              esa lumbre donde tiemblan los desiertos

              como si otro gran desierto brotara en ala hermosa

              ala de las cascadas, de los cristales en riachuelos

              y siempre existe fuga

              una estación donde lucha nuestra mirada

              y donde los ojos vuelven otra vez

              fulgurando estíos donde me calmas

              o donde conozco las derrotas del mundo

              el anochecer humano, la vuelta en sangre

              las arenas naturales donde respiras.

 

              Y hasta creo,

              que un milagro destroza la luz que poseo

              se destrozan aguaceros dedicados a tu nombre

              se va en esfinges tu celaje maduro y soñador

 

              en otro estilo de amor

              otro dios lejano que deseo entre sueños.

 

 

 

 

              PARA VIVIR A PEDRO PIETRI

 

 

              Yo digo que volviste a ser el ave

              que desgrana los azules del cielo futuro

              y lanza las palabras que vencieron los remolinos

              y vive en agua fresca

              cada vez que la poesía camina entre las luces desvalidas.

              Estuve contigo

              en ese rostro guerrero que resucita el mar

              cuando el enemigo con su cuchillo de naranjas

              rompe la lenta herida silenciosa

              y busca senderos podridos al cayado de la muerte

              bajo colores asesinos y guerras malditas.

             

              Nunca te vi como parte de una muerte

              tampoco la muerte tocaba tu mirada entre palabra y astro.

              Fuimos y somos los honderos contra el imperio;

              recuerdo que iba leyendo tu presencia tan soleada

              como el deseo del pan hacia todas sus rutas.

              Recuerdo tu mano sobre mi hombro

              aquella noche cuando la poesía inundaba sus cauces

              y la voz se hizo tierra nueva

              y nos pusimos a caminar sobre la fuentes más celebradas.

 

              Dicen que has muerto, ¿dónde y cuándo?

              Si ya venías de las trincheras, el dolor y las serpientes

              si ya tantas veces la sed huía de ti cuando la mirabas

              pintando en tu mano los flamboyanes, los tabonucos

              los girasoles que los sueños dejaban en el trueno.

    

              Ahora, ya tan vivo como el viento y la cigarra

              el turpial, los acordes del himno entre los héroes

              me voy contigo hasta la hora más cercana.

              Me voy, con esas aves que imitan la inmensidad

              bajo la tristeza más sagrada de los hombres.

 

 

 

 Marioantonio Rosa.  Nace en San Juan, Puerto Rico, en 1963.  Poeta, ensayista  y artista gráfico. En 1996 recibió el Primer Premio de Poesía en el Certamen del Ateneo de Ponce.  Sus poemas aparecen en varias revistas literarias puertorriqueñas: Exégesis, Íconos, A propósito, entre otras.  Ha publicado La amanecida (1994), Misivas para los tiempos de paz (1997) y Tristezas de la erótica (2004). Fungió como cronista de cultura en México durante las pasadas ediciones de la Feria Internacional del libro de Guadalajara (1997-2000).  Actualmente labora para el suplemento cultural En rojo del semanario Claridad.

 

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