Letras Salvajes                     Número 5                                        2004

 

 

 

Luis suardíaz

 

 

 

Canción

 

Cuánto amor
en un sorbo de café compartido...

 

En las manos
que de pronto se funden en una sola música.

 

En la tarde
que se abre y se cierra sobre los ojos de los
enamorados.

 

 

 

 

El venado

 

Es como la tristeza
mira, como los hombres en invierno.
Y, como el huérfano, apenas pone
sus huellas en la yerba.

Es como la tarde:
crece su piel hacia la soledad oliendo el monte.
(Por su perfil transcurren el disparo y la noche,
la memoria imprecisa del acoso.)

Pero bajo su ramo angustioso de cuernos
no cabe el pensamiento y muere, como de un salto,
con los ojos abiertos.

 

 

 

 

Cura de caballo  

 

Para  que salga de su melancolía el animal
se le baña con ensañamiento
desde los belfos a la luna casi llena de los cascos.
Las ramazones, los guijarros trazaron cangilones desiguales
en el trapecio, la grupa, las coronas y en ellos entró con rapidez el foete.

Para que despeje los agrios olores del monte,
se le baña de norte a sur y se le aplica el fuego en sus dolores.
Es una ciencia aguda, una cura bárbara
que despliega una herida grande sobre las muchas  heridas imprevistas.
Sus ojos de gente en agonía ven llover los ásperos remedios.
Para salvar al animal, para que vuelva entero a los peligros,
de nuevo a  los arroyos, de nuevo a la rosa de los vientos.

Para que monte en pelo la aventura en su lomo, para que no haya lejanías
más duras que sus ancas.

La cura es un dolor desnudo y es un rayo
que alza en dos patas la bestia y le hace morder y cargar contra el viento.

La cura pone su galope en el vacío y una creciente espuma tibia
en sus ollares.

Para que se enderece el animal,
para que brillen sus ijares y vuelva entero a los caminos.

 

 

 

 

El Navegante

 

Siempre que nos metíamos en la aventura
del Diario, nos admiraba el raro idioma
de los pájaros, los feroces gritos y juramentos,
y el confuso sentido histórico
de los tripulantes

El Almirante se empeñaba en conciliar
el orden con el buen éxito a toda costa,
y se desplazaba como un primer actor
entre los insultos y las amenazas
que golpeaban cada vez con más fuerza
en las velas y en el palo mayor.

El 19 de septiembre , cómo olvidarlo,
amaneció con un alcatraz a bordo.
Otro mayor pasó en la tarde, y decían unos
que se trataba del espíritu divino
y los más que esas nuevas tierras parecían,
después de todo, cercanas.

La joven ballena, las gaviotas, la yerba muy espesa
y los peces que iban y venían sin pizca de temor,
¿qué era sino anuncio de cosa grande?

El miércoles 10, sin embargo, sopló
un viento de desgracias.  Entonces fue
que El Almirante habló, sacudiéndose
imaginarios pájaros,
y esgrimiendo el temor a Dios, con gran demagogia
según la costumbre de la época,
y prometiendo sedas, glorias y castigos,
a los flojos que gemían, a los templados
que se cruzaban de brazos, y a los mansos
que seguían trajinando para que las naves
no se fueran a pique.

Aprovechándose con creces de la algarabía
dictaba aforismos que enseguida amortajaban
las ondas y el viento:

No es por maravedís que navego estas aguas,
no busco las Indias sino el Tiempo.
Me empleo como Almirante, porque es mi modo
de inventar los mundos que otros
dibujan en los falsos mapas del verso,
Noche grande.  El mar.  Y el miedo,
Y otra vez el ruido de las almas...
 Y el silencio.

¡Tierra! La conquista.  La fundación. El crimen.

 

 

 

 

Roma a las once

 

                   (Nocturno)

 

Llovizna piadosamente.

Un parpadeante horizonte de lumínicos
construye virtuales galaxias deshabitadas.

Persiste la llovizna en las tinajas de geranios.
Y un arpa desafía a las orquestas de metales.

¿Ha sonado la hora?

Bellas romanas inician su ronda de conquistas,
mientras los peregrinos suben la colina
al encuentro con sombras de lejanos milenios
(Mañana también nosotros seremos antiguos:
Un pájaro de amianto graznará sobre el polvo gris
de nuestros huesos. ¿Y entonces?
¿Qué habrá sido el humano y de la Tierra?
¿Qué improbables criaturas alumbrará
el sol en su extinción?)

La fría luz artificial
lame las columnas color estaño de la ruinas.
Roma es aún una Loba Generosa...
Mas, cada día nuevas legiones de vástagos
descaecen ante sus tetas exhaustas.

 

 

 

 

Que tendrá la princesa

 

Lady D, con su hostigada boca de fresa,
se baña en la alberca fría de un día sin sol.

Los fotógrafos han seguido su rastro hasta Mallorca
--y el de su amiga, su doble de sonrisa muustia—
pagando, pulsando y prometiendo, y al fin
la toman, cuando duerme de espaldas, cuando cruza
o descruza las piernas, cuando bosteza
con aire de plebeya.

Buscan la foto millonaria
que les permita veranear, vagar
entre supermercados y autopistas, beberse
el descanso de las cervezas enlatadas,
o su pinta de whisky contra el tedio.

Lady D, siempre acosada
por las impúdicas revistas del corazón,
desertora de sí misma, estruendosamente triste,
desciende al mallorquino cristal de las aguas,
al nirvana de no tener memoria,
y se despoja de su blusón azul.

Qué tiene, qué tuvo,
qué no tendrá nunca la princesa.

 

 

 

 

Gotas de lluvia sobre el sermón

del fuego (Selección)

                           

I

El  humo
se despide del fuego]
en su viaje sin retorno.

 

         II

Toda belleza tiene espinas 
y las bellas espinas
son las que hacen el daño mayor.

 

         IV

Nace una flor
y ya comienza su duro aprendizaje
de semilla.

 

         IX

El trovador
es un solitario
que a veces no está solo.

 

         XI

Dijo Martí: recordar es rehacerse,
debió decir: deshacerse.

 

         XIII

Tanto vivir ayer
para olvidar mañana.

        

         XIV
Capilla ardiente:
demasiada luz para unos ojos
que ya no pueden ver.

        

XVI
El águila
vuela muy alto
porque quiere alcanzar
al pensamiento.

                           

XII

Para convertir
los sueños en realidad
primero hay que transformar
la realidad en sueño

 

 

Luis Suardíaz. Nacido en Camagüey, Cuba, en 1936.  Poeta, ensayista, crítico, editor y periodista.  Su vasta obra en poesía y prosa ha sido traducida a veinte idiomas. Ha publicado los siguiente poemarios: Haber vivido (1966; Mención Casa de las Américas, 1966); Como quien vuelve de un largo viaje (1975); Leyenda de la Justa Belleza (1978); Todo lo que tiene fin es breve (Antología poética; 1983); Breve suma poética (1985); Éstas son mis sagradas escrituras (Antología poética; 1988); Un instante que sostiene toda la luz (1988); El pez en el agua (1988); Tiempo de vivir (1988); Cuadernos de clase (1989); Papel Mojado (1991); Voy a hablar de la esperanza (1996) y Exploraciones (1996).  Su poemario Como dan los pájaros el canto será publicado próximamente por una editorial italiana. 

 

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