Letras Salvajes                     Número 5                                        2004

 

 

 

JOSÉ ACOSTA

 

 

 

Enciendo un fósforo

 

Enciendo un fósforo y nace mi mano.

Sobre el fondo una moneda flota o quizá

la redondez luminosa del ojo de un gato.

Hago ascender mi mirada arañando las tinieblas

y se hace libre allá, a lo lejos, en la cima

de todos los quejidos.

Es que estás a mi lado y aún no lo sabía

es que viajan en mí todos los pueblos

y ahora, precisamente, llaman a mi puerta.

Enciendo un fósforo y nace

tu cuerpo tejido con la noche.

Todo está tan cerca a veces, a un frágil dolor

de distancia

pero en verdad tememos horriblemente

saberlo.

 

 

 

 

Y de repente

 

        (Aún hay un árbol en mi niñez

          que siempre quise trepar)

 

 

Y de repente encontrar en mi memoria

el misterio de una puerta

que una vez no quise abrir.

Trasponerla y descubrir del otro lado

el otro destino que nunca tomé.

Verme, entonces, bajo la lluvia

de una ciudad desconocida

ignorando el amor de este perro

que silencioso sigue tras de mí.

Y sentir en mi inconsciente que esta calle

me conoce, y que, tras otra puerta que ahora

me detiene frente a sí, pueden estar

los objetos amados de otra casa mía

o el espanto de hallar de nuevo

la realidad del lugar donde siempre

he permanecido.

 

 

 

 

El relámpago

 

El relámpago nace y no tiene tiempo

de recordarse a sí mismo.

Rasga el rostro del cielo, y no llega a comprender

que es la única herida de la nada.

¡Quién pudiera escalar

su esquelética forma de raíz

para mirar por sus rendijas

el escondite de Dios!

 

 

 

 

Antes de la luz

 

Me atormenta sobremanera esta casa tan oscura

y más, el que no esté en mi destino encenderle

una lámpara.

He intentado arrojarle luciérnagas a sus espejos,

guiar el alba hasta sus ventanas,

atarla a otro horizonte fuera de la noche.

 

Pero todo es trunco, vano...

Rotos mis dedos buscan a tientas

algún rincón favorable para el fuego

alguna puerta posible para el día

o esa luz

de la que está hecha la tiniebla.

 

Temo que esta casa ya no exista

cuando se ilumine en el mundo

la existencia.

 

 

 

 

Mi abuelo murió cuando yo nací

 

Mi abuelo murió cuando yo nací, alguna pared

divide su tiempo del mío. Cuando cerró los ojos

yo los abría al mundo. Mientras él se marchaba

mirando atrás las huellas de su vida, yo llegaba

iniciando sin él la continuación del camino.

Pero hay una región donde estamos juntos, un

territorio limpio donde jugamos con la misma

edad, cómplices de sonrisas, en la nube de sol

de un corazón de mujer.

De allí él jamás partirá, de allí no me

marcharé.

 

 

 

 

A mi madre

 

(In memoriam)

 

Aquí hubo una mujer, lo huelo, lo adivino

comprendiendo este vacío donde el aire

teme integrarse a su nada y ser mujer

adquirir vientre y figura para que

yo la ame y la atormente como un hijo.

Nada quiere  ocupar este hueco

este borde azul que ha dejado una mujer.

Nada se escancia, se derrama adentro

se arriesga a ser su forma, su pecho

su alegría. Sólo yo avanzo triste

por el secreto misterio de su mano

y subo a su memoria

donde ella está intacta aún como un

perfume

y la busco desde donde ella partió

a ser eterna.

 

 


 

 

De Catequesis del Íncubo

 

 

I

 

El universo resuena como llovizna

sobre el agua,

imperceptible como el susurro de un árbol al crecer.

Estamos encerrados en una dimensión oscura;

la noche es la sombra de una pared lejana;

Dios vive del otro lado.

No te has preguntado ¿a quién le ladran

los perros?

¿Qué ven que tú no puedes descubrir con tu linterna?

Es al sonido de la eternidad,

al espacio que tú sólo conoces en sueños

y crees irreal.

Es a él mismo a quien el perro le ladra,

al ladrido que rebota al colisionar con la noche

y regresa irreconocible.

Es a ti a quien le ladran los perros,

a tu presencia que por tus pensamientos se desborda

llenando la Tierra de murmullos.

 

 

III

 

Hay tanta paz en regresar de la cocina,

volver a la cama donde la carne se pudre

para llenarla con nuestro misterio.

Atravesar el pasillo como si fuera la vida,

sentir el resplandor de todo lo que huye

y se convierte en paredes.

Apartar las cortinas y hallar lo que fue en los rincones:

las pequeñas maldades, la llovizna,

y eso informe que jamás entenderemos.

Un tumulto de pensamientos esperando su turno

a la sombra de la desesperación

cuando ya es demasiado tarde.

Y una voz ausente golpeando la luz,

penetrando en las palabras,

tratando de ser nuestra.

Hay tanta paz en el trayecto, desde el olor del café

hasta el armario, desde los pasos

que ya no parecen nuestros.

 

 

VII

 

Vivimos como un consuelo,

como si nos estuvieran pagando algún mal.

No sabemos qué daño nos hicieron

allá en el Paraíso, pero la luz nos dice

que vivir es un premio de alguien que sólo conoce

de eternidad.

En el fondo sabemos que aquel dolor padecido

jamás nos abandonará, que la vida es insuficiente

para curarnos aquel mal, que arrastramos

cadenas que resuenan en el más allá.

Qué profundidad nos asalta cada noche.

Lo que llamamos sueño no es más que una disculpa,

un pedirle perdón a nuestro espíritu

para que jamás devele el hueco del olvido

por donde podríamos regresar.

El temor es la señal de que aún no hemos sanado,

de que eso monstruoso de algún modo nos asedia

y nos hace rezar.

 

 

 

José Acosta. Nacido en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, en 1964. Escritor, agrónomo y reportero del rotativo neoyorquino El diario/La prensa.  Con su primer libro Territorios extraños ganó el Premio Nacional de Poesía de su país en 1993. Su segundo libro Destrucciones obtuvo el Premio Internacional de Poesía "Odón Betanzos Palacios" de la ciudad de Nueva York en 1998. En el 2000 su libro de cuentos El efecto dominó recibió el Premio Nacional de la Universidad Central del Este (República Dominicana). En el 2001 ganó el premio único de cuentos en el Concurso Internacional de Cuentos de Pecx, una organización colombiana de Nueva York.  En 1999, el gobierno dominicano reunió su obra poética en la Colección Fin de Siglo. En el 2001 Catequesis del Íncubo, fue accésit premio Casa de Teatro; y en el 2004 su libro El evangelio según la Muerte ganó el Premio Internacional de Poesía "Nicolás Guillén" en  México.


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