Letras Salvajes Número
5 2004
Jorge Carrasco
LA ULTIMA COBARDIA
Durante toda la noche Delfín Sotomayor se dejó arrastrar
por la desesperación. En los pocos momentos en que el sueño le quitó la
conciencia se vio atormentado por retazos de pesadillas. Con dos enormes ojeras,
el pelo desarreglado y las manos temblorosas, se enfrentaba al nuevo día que
nacía.
Mabel Fenzel, su mujer, le sirvió el desayuno a disgusto,
torciendo el rostro en un mohín de fastidio. El notó la violencia solapada de
su mujer, y sus nervios maltrechos, debilitados por la falta de sueño,
predispuestos a los ataques exteriores, sacudieron su cuerpo como una ráfaga
eléctrica. El café, humeante, dulce, le trajo al cuerpo un alivio momentáneo.
Apenas se levantó de la
cama, los objetos del mundo, insignificantes o evidentes, tomaron de pronto una
relevancia inusitada. La suavidad de las sábanas de raso, las ondas de las
cortinas de lino, la luz de un nuevo día, el paso solitario de una hormiga
junto a sus zapatos, la forma del humo que subía del café, todo parecía vivo y
reclamaba su enfermiza atención. Todo le traía a su espíritu una extraña
inquietud.
Se tomó todo el café,
pero no comió nada. No tenía hambre. Tampoco tenía ganas de hablar.
-Hace varios días que
no hablas ni duermes - dijo su mujer -. Desde que tu General perdió las
elecciones.
-Todavía esto no
termina.
-Mañana se termina - dijo la mujer con expresión
rencorosa -. Mañana.
Fue a la ventana del salón de recepciones y espió la
calle y la plaza. Su mirada fue hacia donde se erguía el busto de Pedro de
Valdivia para ver si su cuerpo yacía acribillado por las balas. Suspiró con
alivio. Pero luego su mirada volvió a moverse. ¨ Como siempre, ahí está ¨,
pensó mientras miraba el taxi destartalado, parado enfrente de la iglesia.
Desvió otra vez los ojos hacia el busto de Pedro de Valdivia, detrás de dos
hileras de tilos, y sintió que entre el y el conquistador había una afinidad de
destinos, que ambos habían entregado sus vidas para civilizar a salvajes
ingratos.
Salió a la calle. El
micro de las siete y media que provenía de Puerto Errázuriz
pasó frente a sus ojos con destino a Villa Bulnes. El
chofer, un hombre de bigotes, no le alzó el brazo en señal de saludo. La
enemistad áspera de su mujer y la indiferencia del chofer confirmaron sus
presentimientos. ¨ Se empieza a avinagrar todo ¨, pensó, suspirando con
desaliento.
De su boca, semicubierta por una bufanda, subía un vapor tenue. Los
pájaros, bulliciosos, se agitaban felices, y él se sentía ajeno a esa alegría,
a ese movimiento, a ese nacer palpitante de la naturaleza. Sus pasos eran
lentos como el andar de las carretas de bueyes que venía de los campos,
cargadas de leña o carbón. Avanzaba con desconfianza, temeroso de percibir la
reacción del entorno.
Ahora comprendía.
Diecisiete años de impunidad lo habían vestido con el ropaje ilusorio de una
divinidad pagana. Ahora, sin la protección del uniforme militar, se sentía
desnudo. ¨ Desconfíen de los privilegios terrenales porque en la comarca de los
iguales la ira puede no ser un mal atributo ¨, había dicho el padre Severino de
Andrade, con su verborragia oscura, en el sermón del
último domingo, y él, el alcalde de la dictadura durante más de tres lustros,
sabía que esas palabras atacaban su investidura y cargaban una amenaza. El
peligro se ramificaba. Ya no había lugar para estar seguro.
Cruzó a la plaza. A
poco andar, frente a la iglesia, estuvo cerca del taxi de Eladio Zamora, el
marxista andrajoso. Pasó sin mirarlo, sintiendo la presencia pringosa llena de
burla y consuelo en su espalda. De adentro del taxi se escapó el ruido apagado
de una carcajada, al menos así le pareció. Un escalofrío le recorrió la espalda
como agua hirviente. Luego, tieso, inmovilizado, desvió la mirada hacia el
taxi. Sentado tras el volante Graco Zamora sonreía.
El alcalde escudriñó de reojo el parabrisas. En un papel pegado con cinta
adhesiva leyó:
Que llueva sobre lo informe,
que ensucien los uniformes
festejados.
Castigo venga conforme
con la ley del inconforme
sublevado.
Estremecido, el
alcalde vio el perfil sonriente de Graco Zamora. Cerró
los ojos un instante y apretó las manos para reprimir el temblor. Contra esa
insolencia no podía luchar. Comprobó, con horror, que en su último día de
mandato ya no tenía poder, ya no amedrentaba a nadie. Cualquiera pisoteaba su
orgullo, se cagaba en su dignidad de enemigo en retirada. Un escalofrío le
hormigueó en la espalda.
Ahora se daba cuenta
de algunas cosas. Ahí estaba Graco Zamora, altivo
sobre su enclenque resistencia. Ante sus ojos impotentes esa valentía cobraba
una dimensión descomunal. El tiempo había pasado muy rápido. Diecisiete años.
El, en cambio, sabía que sólo era capaz de una resistencia organizada, junto a
individuos que defendieran sus mismos intereses, en la perspectiva segura de un
triunfo. Despreciaba la voluntad romántica y la lucha indefinida; de ese
profundo desprecio emanaba toda su cobardía. No por nada era parte de un poder
nacional, un poder que él creía invencible y que podía ser defendido con todas
las armas de la nación. No menos dolido que enfurecido pensaba que el General
claudicaba de una manera indigna, acosado por los marxistas, él, que con sólo
alzar la mano podía sacar los militares de los cuarteles. El, que podía dejarlo
otra vez al frente de la municipalidad, para castigar a los subversivos
andrajosos, como el abúlico taxista.
Siguió caminando. El
miedo le revolvía los intestinos, le helaba la sangre. Le hacía imaginar que
los comunistas lo tenían vigilado y esperaban el momento oportuno para matarlo.
Anoche soñó que Graco Zamora, junto a un grupo de
indios revoltosos, lo llevaba bajo el busto de Pedro de Valdivia y lo fusilaba
sin contemplaciones. El miedo se mezclaba al odio y juntos apuntaban a la
figura del taxista Zamora, reducían a un hombre de carne y hueso la forma
insondable de un enemigo multitudinario.
Por fin abrió la
puerta de la municipalidad y entró. Adentro de su despacho sintió un mareo.
Afirmándose en el escritorio se dejó caer en su poltrona. Estuvo unos minutos
acosado por las náuseas.
Una vez repuesto del
mareo, se fue a asomar a la ventana del balcón. Eladio Zamora seguía sentado en
su taxi. Delfín Sotomayor sintió que en los diecisiete años de gobierno no
había actuado con suficiente mano dura contra los salvajes. Igual que el
infortunado Pedro de Valdivia.
El escritorio se
extendía ante él como una tarima impersonal. La bandera tricolor colgaba
lánguida, sin vida. El retrato del general, tan bizarro en otros tiempos,
adoptaba ahora rasgos caricaturescos. La misma poltrona recibía sus nalgas con
una dureza de madera quemada.
En la debacle de su
espíritu una idea cruzó su mente. Tenía que matar a Graco
Zamora. Era el fin para él, pero también lo sería para el taxista inmundo.
Tenía que matarlo.
Abrió el cajón de su
escritorio y sacó un revólver. Era un Smith and Wesson, calibre 38, con seis
balas. Lo contempló un momento y se lo metió en el bolsillo del abrigo. Allí
esperó con los ojos entrecerrados, saboreando la agonía cruenta de su enemigo
ideológico.
En su mente se
desarrollaba la situación. El taxista, con los seis disparos en el pecho, yacía
recostado tras el volante. La sangre le salía a borbotones. El olor de la
sangre, de la bencina y del aceite quemado enrarecían
el aire. De detrás de los tilos de la plaza aparecía Mabel Fenzel,
su mujer, corriendo aterrorizada, y desde la iglesia cruzaba la calle el padre
Severino de Andrade, para recriminarle su locura. El horror de los demás sería
su consuelo.
Quince minutos estuvo
así, jugando con su imaginación. Cuando su acto de venganza imaginario ya no le
trajo alivio, se propuso actuar. Fue hasta la ventana y miró hacia la calle. El
taxi de Zamora estaba aún allí, sucio, destartalado, exponiendo a la mañana
luminosa los versos subversivos. Acariciando el revólver en su bolsillo bajó la
escalera hasta la planta baja. Salió a la calle en el preciso momento en que la
misa de las diez terminaba.
El taxista miraba
lánguidamente, apoyándose la nuca con las dos manos. Cuando lo vio abrir la
puerta, tocado por un providencial instinto, se enderezó en el asiento y
accionó las llaves del encendido. El taxi se sacudió entero y el taxista se
desatendió del llamado de dos viejecitas con cofia que le pedían sus servicios.
Aceleró a fondo, pasó junto a Delfín Sotomayor y sacó la cabeza por la ventanilla
para gritarle:
-La vida no se da
para levantar un muerto.
El alcalde se quedó
inmóvil en medio de la calle. Se sentía aniquilado por el desaire. Su venganza,
su postrer desquite contra todo lo que más odiaba, no se iba a realizar. El
condenado taxista había huido. Cerró los ojos, frustrado, y echó a caminar.
Mientras pasaba junto al primer tilo sintió un dulce cansancio que le subía por
los huesos y un vacío que le amedrentaba los pensamientos. En el torbellino de
ese fugaz alivio extrajo el revólver de su bolsillo y, aún caminando, se
descerrajó un tiro en la sien.
Jorge
Carrasco. Nació en Carahue, Chile, en 1964. Desde
1985 reside en la provincia de Río Negro, Patagonia,
Argentina. Tiene publicados dos libros de poemas: Permanencia de aves y La huella,
su andar. En narrativa posee inéditas dos novelas: El nido de la lluvia y
Sombras en el agua, y un libro de cuentos que lleva por título Último carbón de
invierno. En poesía espera edición el libro Primera última palabra. En Argentina ha obtenido premios regionales y
nacionales. Además, publica con regularidad en diarios del interior del país
artículos relacionados con la vida y la obra de Pablo Neruda.