Letras Salvajes Número
5 2004
HUGO RÍOS-COrdero
OBITUARIOS
Desde chico había gustado mucho
de los temas relacionados a la muerte. Cuando moría un familiar era el único
que nunca decía no a los funerales. Una vez vencido el bachillerato y cuando
ingresó al tedio del mundo laboral, siempre le pareció curioso ojear los
obituarios en los periódicos y de cierto modo estudiar el modo de su confección.
Tenía una libreta llena de ideas tomadas de las esquelas publicadas y otras de
su autoría. Practicaba en secreto su arte y su obsesión hasta tal punto, que comenzó
a hacer planes para publicar uno. Estuvo algunas semanas confeccionándolo hasta
que al fin estuvo listo, salvo por un pequeño detalle. No tenía un muerto para ocupar el encabezado.
Vivía solo en la ciudad y el
círculo de sus escasos amigos sufría de buena salud. Pensó en adoptar uno de
esos muertos no reclamados en la morgue, pero le pareció demasiada frívola la
idea por lo que optó por inventarse un muerto. Estudió los catálogos
telefónicos y los archivos demográficos del pueblo para evitar la duplicación
del nombre de su muerto. La búsqueda le tomó mucho tiempo, pero al cabo de unas
semanas se encontró satisfecho con su trabajo y decidió publicar su obituario.
Pagar la esquela mortuoria resultó
ser más fácil de lo que pensaba. En el periódico no hicieron muchas preguntas,
pagó con un giro y se marchó con la certeza de que al otro día su obra sería
publicada. Madrugó y esperó junto al puesto de periódicos hasta que llegara el
número del día. Pasó largas horas sentado con el periódico, admirando el obituario
de un hombre que no existía. En el autobús de regreso a su casa comentó su obra
con el vecino de su asiento buscando esa caridad anónima que distrae a los
extraños para matar el tiempo. El extraño lo despachó con algún casual
comentario breve y siguió leyendo una revista que tenía en sus manos. Llegó a
su casa y dedicó largas horas a comparar su obra con las notas que tenía y las
esquelas que coleccionaba. Le pareció que era bueno y descansó por el día.
Despertó en medio de la negra
noche bañado en un sudor frío y envuelto por el horror de la nada. Había creado
una muerte, pero peor aún había extinguido un ser con un nombre inverosímil que
nunca existió. Le pareció una crueldad que rebasaba los límites de su afección
por los obituarios, un acto de irresponsabilidad. Debió haber optado por los
muertos de la morgue, desamparados, caídos en un nicho de una historia anónima,
que los arropaba en el olvido. Él pudo rescatar a uno de éstos, pero prefirió
crear un vacío adicional. Medio dormido se le ocurrió una solución más absurda
que su problema y al menos le dejaría descansar. Decidió utilizar sus ahorros y
cambiar su nombre por el del occiso imaginario.
De ese modo sobre la tierra andaría alguien que de cierto modo se
emparentaría con el muerto. El proceso era costoso y largo, pero tenía un amigo
abogado que seguramente le ayudaría.
Al otro día se levantó con su
motivación renovada. Se dirigió al banco, retiró todos sus ahorros y buscó a su
amigo. Aunque el proceso suele tomar tiempo le pidió a su amigo que terminara
el papeleo en la semana y que por favor le adelantara una cédula de identidad
que le otorgara su nuevo nombre. El abogado, amigo y de pocos escrúpulos, no
hizo muchas preguntas y accedió. Salió de allí feliz con su nueva identidad y
con su conciencia tranquila por haberle otorgado algo de sentido a la
existencia de su muerto. Distraído por la emoción sacó de un sobre algunos
papeles que el amigo le había adelantado y no se fijó mientras cruzaba la calle
en el camión que dobló la esquina y lo golpeó dejándolo tirado en el suelo con
una mirada perdida y un nuevo nombre casi sin estrenar. Bajo su brazo llevaba el periódico del día
anterior que en un obituario muy logrado, anticipaba su muerte.
Hugo
Ríos-cordero. Nace en Mayagüez, Puerto
Rico, en 1972. Es narrador y poeta. Su cuento “Vestida de blanco” recibió el
Primer Premio en el Certamen de los Juegos Florales de la Ciudad de San Germán
en 2000. En 2003 recibe el Primer Premio
del Certamen de Cuento del diario El Nuevo Día por su relato “En nombre del
padre.” En 2002 había obtenido una mención
de honor en ese mismo certamen por “Rostros de cera.” En 2003 publica su
primera colección de relatos narrativos breves Marcos sin retratos. Tiene a su
haber un poemario que está próximo a publicarse. Actualmente trabaja en la
novela Vendaval.