Letras Salvajes                     Número 5                                        2004

 

 

 

FRANCISCO FONT

 

 

 

Melancolía de un escritor obtuso

 

 

Mejor admitirlo desde el principio. Mi ficción nunca ha sido memorable, y con el tiempo se ha vuelto peor: pura tautología o lisa estupidez. Nunca he producido una idea original y me paso borroneando cuentos y novelas que no pasan de ser eso, precarios borrones. De modo que soy un escritor mediocre, aunque la categoría no me haga cabal justicia.  Escritor, no: escribidor. Soy un escribidor mediocre que ha mentido, miente y mentirá una historia. La ficción consiste en decir verdades mintiendo. Bello oxímoron que, por cierto, no inventé yo.

 

He aquí un fragmento de mi más reciente borrón:

 

Benjamín procura vivir en el mayor anonimato posible, enclaustrado en su propio mundo, ajeno a los periódicos y a sus vecinos. Es el modus vivendi estándar de la ciudad: vivir menos pero más seguro. Duerme en un estudio de soltero en la calle L, esquina #17, de una urbanización cualquiera. Cuando no duerme está en su trabajo como supervisor de obras de una compañía de construcción o, en su tiempo libre, de juerga en los pubs. Es divorciado, no tiene hijos. Fuma socialmente, bebe todo tipo de alcohol y le encantan los crustáceos. De las mujeres prefiere las piernas, son su fetiche. No quiere ni tiene compromisos con nadie ni con nada. Es su forma de sentirse más libre. 

 

Así vive durante años.

 

Durante varias líneas fluye el relato con un ritmo preciso y eficaz, periodístico si se quiere, hasta que de pronto caigo de bruces en el páramo blanco de la página inmaculada. ¿Y ahora qué?, me pregunto. Ni idea de cómo continuar. Me siento entonces lerdo, idiotizado, como si sufriera de afasia crónica. Incapaz de escribir una palabra adicional, leo y releo maniáticamente lo escrito hasta que soy preso de mil y una suspicacias.  Tacho y añado palabras, cambio el orden de las oraciones, el orden de los sintagmas de cada oración hasta que lo escrito deviene jerigonza alambicada que no hay lector que le meta el ojo. Cuando ya estoy abatido por el cansancio y la impericia verbal, abandono los papeles garabateados y me sumo en un sueño depresivo. El problema no es la depresión, sino el optimismo que inevitablemente le sigue a la mañana siguiente, esa necia confianza en que hoy es un nuevo día, borrón y cuenta nueva, y con renovado brío me dispongo a insuflarle vida al papel estrujado de la víspera. En balde: malgasto horas frente al páramo blanco cual un esquizofrénico balanceando su cuerpo en un solo pie. Así continúo durante varios días hasta que por fin reconozco la derrota: otra vez el páramo blanco ha erigido su muro infranqueable añadiendo un borrón más a mi colección. Entonces renuncio a la escritura por un tiempo y me entrego a la bebida como un despechado de amor.

 

En una de esas noches de despecho, conocí a Benjamín. Era viernes, noche de joda citadina, de entrega a la lujuria alcohólica contenida durante tantos días de trabajo y estrés. Me encontraba en un pub de una avenida apiñada de comercios, sentado solo --como siempre-- en uno de los extremos de la barra. Desde ahí acostumbro observar todo cuanto pasa en el local y me recreo inventándole nombres e historias a todas las personas que van y vienen, sin excluirme a mí mismo. Me gusta llamarme Nono o K.K. (en homenaje a Kafka), según las oscilaciones de mi humor, y casi siempre soy bien atendido por un bartender que me trata como un mueble viejo, como uno de esos objetos que la costumbre hace invisibles. La noche comenzaba a empozarse en la madrugada, ya me había bebido medio litro de ron y me aburría de inventar tanta historia insulsa a un grupo de hombres que conversaban y se reían a carcajadas. De pronto, uno del grupo se tapó las orejas y gritó un improperio. Me di cuenta enseguida que algo andaba mal, pero los compañeros de farra del hombre creyeron que eran aspavientos de borracho. Éste retiró sus manos de las orejas y le preguntó a los del grupo si habían escuchado el ruido. Enseguida volvió a taparse las orejas haciendo una mueca de dolor.

 

Sus compañeros de farra, dándose cuenta de que no estaba bromeando, trataron de inquirir qué le ocurría. 

 

--El ruido, animales, el ruido --les dijo con brusquedad, sin quitarse las manos de las orejas. Sin esperar una reacción, salió corriendo de la barra. 

 

Pagué la cuenta y salí del pub.  No vi al hombre afuera.  En camino a mi estudio me dije que acababa de presenciar una escena literaria. El descubrimiento deshizo las brumas melancólicas del alcohol. Llegué a mi hogar excitadísimo. Me senté frente al papel en blanco y enseguida comencé a reescribir sobre Benjamín, ahora un hombre atormentado por el eco de sus propias palabras.  Tenía al menos una promesa de relato, un feto de ficción.

 

La coherencia no parece ser una de mis cualidades como escritor y este infortunado rasgo terminó transparentándose en mi relato de Benjamín. Tarde me di cuenta que el personaje, que al principio vivía atormentado por el eco de sus propias palabras, se había convertido, trece páginas más tarde, en un hombre que descubre que ha perdido su sombra y con ella su tridimensionalidad. Por varios días barajé innumerables soluciones literarias sin hallar una alternativa satisfactoria. El relato estaba bizco, en dos direcciones mutuamente excluyentes. Incapaz de mutilar a un Benjamín por salvar al otro, dejé que la melancolía alcohólica me condujera hasta mi pub habitual, donde me acodé en mi acostumbrada esquina de la barra. Al par de tragos ya me aburría inventándole nombres e historias a algunos imbéciles con corbata, cuando de pronto detuve mi mirada en un mosaico que adornaba una pared del local. El mosaico, hecho de trozos de espejo, formaba las letras del nombre de la ciudad. Gente, objetos, luces, humo: todo lo que cruzaba frente a la ciudad así deletreada se refractaba y perdía unidad. Alelado por este recién descubierto espejismo, me quedé indiferente al ver a Benjamín, al hombre que había inspirado al personaje Benjamín, entrar por la puerta del pub.  Estaba solo, tranquilo, sin el nerviosismo ni el aura de protagonista atormentado de la primera vez que lo vi. Parecía, más bien, un hombre anodino y vulgar. Se sentó al extremo opuesto de donde yo me encontraba.  Sentí deseos de orinar y cuando caminaba hacia los urinales busqué mi reflejo en la ciudad deletreada de espejos. Cuando volví a la barra mi taburete estaba ocupado por K.K.

 

K.K. trabajaba de día como catalogador de libros en una biblioteca municipal, pero devoraba sus noches escribiendo relatos ominosos. Su excesiva timidez se manifestaba como una hosquedad casi animal, por lo cual la gente evitaba su trato. Cuando no ocupaba sus noches escribiendo, frecuentaba esta barra donde se sentía cómodo pues hasta el bartender lo trataba como un mueble viejo, como uno de esos objetos que la costumbre hace invisibles. Tenía un solo amigo: yo. Nuestros encuentros, ocasionales, siempre se daban sin premeditación en este mismo lugar.

 

--¿Cómo estás, Nono? --me saludó efusivo.

 

--Jodido, hermano, jodido --le contesté con honestidad. 

 

Le conté los avatares del relato que había intentado escribir sobre el personaje Benjamín, sin omitir el detalle de que había sido inspirado en el hombre que estaba al otro lado de la barra bebiendo solo. Le expliqué entonces la desgarradora disyuntiva en que me hallaba: mutilar a uno de los Benjamines o golpearme una vez más contra el muro del páramo blanco. 

 

Entendí a Nono. Lo conocía hacía suficiente tiempo para darme cuenta de su afición al drama, incluso al melodrama. Su vida (trabajo diurno en una biblioteca municipal y soliloquios nocturnos en un estudio) rara vez le ofrecía las experiencias para saciar ese trillado gusto, pero compensaba apalabrando mundos agitados de emoción. Era un poco obtuso como escritor por lo cual casi nunca terminaba sus relatos. Para dilatar la noche de palabras y alcohol,  le propuse a Nono que entre los dos termináramos de contar, siquiera oral y esquemáticamente, las historias de Benjamín.

 

Resulta que Benjamín descubre que es un hombre divisible. Una noche, en un pub de una avenida apiñada de comercios, un ruido ensordecedor le taladra los oídos. Poco después cae en cuenta de que son ecos. Trata de comunicarse, pero resulta en vano: está atrapado en una burbuja impenetrable para los demás. Desquiciado, luego de varias vicisitudes nocturnas en la ciudad, termina en su estudio de soltero despeñándose en el sueño. Al despertar, descubre que los ecos se han disipado, es decir, ya no escucha ecos al hablar. Más tarde, descubre, anonadado, que si bien ya no escucha los ecos al hablar, tampoco puede escuchar a nadie. El vendedor en el semáforo, los conductores en el tapón y los obreros de la construcción donde trabaja son todos mimos para los ojos y oídos de Benjamín. No está sordo, como presume primero. La realidad es más atroz: todos en la ciudad, salvo él, están atrapados en burbujas impenetrables. Benjamín, hombre dividido de los demás, queda irremediablemente separado de sus conciudadanos.

 

Resulta que Benjamín descubre que es un hombre divisible una tarde mientras camina en una calle del distrito financiero de la ciudad. Tratando de distraerse de la sensación de que alguien le está aguijoneando la nuca con la mirada, busca su reflejo en la vitrina de un comercio y descubre un espejismo. Ve su imagen, pero no su sombra. Más tarde descubre que ha perdido también tridimensionalidad. Cuando busca su imagen en el espejo retrovisor del carro, apenas logra ver una ráfaga gris que enseguida se disipa.  En ningún momento, sin embargo, ha dejado de sentir la mirada en la nuca.  Su persistencia le aterra y comienza a huir de ella. Pero no hay manera de que escape de su destino de hombre divisible y según discurren los párrafos, Benjamín, siempre huyendo de la mirada que lo persigue, va difuminándose.  Cuando pierde su sombra, Benjamín queda reducido a Benja; al descubrir que su imagen es niebla, es apenas el apócope Ben; cuando la mirada, el ojo voraz del lector, lo alcanza no es más que el punto que concluye el relato.

 

La noche comenzaba a empozarse en la madrugada, cuando Nono y K.K. terminaron de contar mis historias.  Cada cual se empinó un último trago de ron y después de que les pagara la cuenta, nos despedimos con un abrazo.  Mientras salía del pub, miré un momento hacia la barra.  Con un trago en la mano, Benjamín, el hombre que había inspirado mi personaje Benjamín, seguía allí. 

 

 

Francisco Font Acevedo.  Narrador y ensayista puertorriqueño nacido en la ciudad de Chicago, Estados Unidos, en 1970.  Es autor del volumen de cuentos Caleidoscopio (2004).  Ha publicado en los suplementos En Rojo, del semanario Claridad, y Domingo, del diario El Nuevo Día.  Otros escritos suyos pueden encontrarse en el periódico universitario Expresiones  y en las revistas literarias Desde el límite, Letralia, La-lectura.com, Tierra de Letras. 


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