Letras Salvajes Número
5 2004
Edgardo Nieves Mieles
Volverás a soñar con superhéroes
a Dinorah Cortés Vélez y Carmen Centeno Añeses;
a Pedro Antonio Valdez, para comunicarle 2 cosillas: que anteayer en las
telenoticias presentaron a un fortachón espejuelado
con rostro idéntico al del queridísimo amigo Alberto Martínez Márquez quien,
tras accidentarse mientras laboraba en la construcción de un tramo del archiesperado (y archirretrasado)
Tren Urbano, al momento de recibir los primeros auxilios, no paraba de
asegurarle a los paramédicos que se apellidaba Kent;
que anoche, en el fragor de la bebelata, se nos
acercó una despampanante morena (de esas cuyos cuerpos dibujan una y otra vez
las mismas piruetas silicónicas en el tubo enclavado
justo en el epicentro de un frecuentado altar de la libido) para responder la
pregunta de rigor con un aterciopelado “Papi, a mí me llaman La Mujer
Maravilla”, girar sobre sus talones, regalarnos una vista panorámica de su bien
cuidado traspatio y alejarse contoneando la alegre promiscuidad de sus nalgas
Ella levanta las cejas. El ejército de criaturas salidas de la
mano de un fulano llamado Disney, Walt
Disney, abandona bruscamente la apretada almendra del
más preciado de sus sentidos. En el pecho nuevamente se le sublevan la ternura
y sus deliciosas ramas salvajes. Un espejismo lejano abandona la caja de
Pandora y le sustrae del festivo hormiguero. Hiere la tranquilidad aceitosa de
su mirada y la empuja a alimentar su desconsuelo pensando que, al igual que
aquel famoso poeta, él amaba el amor de los marineros que besan y se van y que
alguna noche imprevista se acuestan con la muerte en el fondo del mar.
De manera casi
supersticiosa, como quien consulta su horóscopo, penetra en ese círculo de
angustia y gozo. Con la eficacia renovada de todos los cuchillos que en el mundo
son, acaricia la imagen de un hermoso mancebo con la presunción de lord
inglés balconeando su amor por sí mismo.
Ya no se hace acompañar más por aquella enorme cucaracha dormida
que cargaba dentro de un estuche de terciopelo anaranjado en la cual sus dedos
de mayonesa Hellmann’s entonaban pegajosas melodías
del cancionero popular. Ahora finge atalayar los confines de la hacienda
Virtudes que parecen perderse en la raya de un horizonte soberbiamente azul
tropical. Mientras, se asegura de dejar al alcance de la vista el lujoso reloj
de cebolla con una larga y dorada leontina. Tras convertir en insuperable
disciplina el doloroso y lento aprendizaje del hambre, acababa de completar
estudios de medicina en la norteña “Gran Nación”. (Así nombraba al vecino imperio
la almidonada vanidad del abuelo. El abuelo que, soberbio y dominante, llevaba
en fila a sus hijas al colegio, como la pata guía a sus crías a tomar el baño
en una laguna.) Él es vivo ejemplo del sector ascendente de hijos de gente que
no tenía en qué caerse muerta y que, poco a poco, al plegarse servilmente de
los nuevos amos estadounidenses, llegaron a convertirse en prósperos banqueros,
industriales, comerciantes y médicos. De cómo, tarde o temprano, la cambiante y
moderna sociedad habría de facilitar el que otras familias de dinero recién
acumulado recibieran atenciones y reconocimientos que antes sólo pertenecían a los Soler de Riollano. Así,
atrás quedaría la mística de exclusividad sustentada mayormente por una
filantropía tan aséptica como pública. También así, ella habría de aceptar que
el tiempo, tan implacable como laborioso, ni da tregua ni toma en cuenta
colores de sangre, rebuscados abolengos o encumbradas alcurnias.
En el abismo del recuerdo, aún le ve extraer con los labios un
cigarrillo de la cajetilla para encenderlo luego con la colilla del anterior.
La mirada le relampaguea. En silencio, la arquitectura de sus gestos parece
bordar alguna deslumbrante ocurrencia. Excitada, como adolescente camino de su
primera fiesta, ella traga saliva. Se le corta la respiración. (La cabellera
del cigarrillo dibuja en el aire algún sinuoso gato de Baudelaire.)
Entonces, él le guiña un ojo y, con más cromosomas que vergüenza, por sus
carnosos labios deja escapar aquella voz fría como el hielo: “Yo quisiera
hacerte lo que le hace la primavera a los robles...” Ella sonríe y se sonroja.
Como una cámara fotográfica, cierra y abre los ojos.
Aprieta los húmedos párpados y, sin esfuerzo, también logra ver
el fuego y la hiriente arrogancia que goteaban de las pupilas del irresistible
galán. Recuerda la impotencia de su rabia comejenéandole
los huesos; el sopor asfixiante que le ahogaba los sentidos como si hubiera
bebido cicuta.
De pronto, le pareció que sobre los techos de cinc de las
humildes casuchas de los peones caía granizo del tamaño de uvas. En un abrir y
cerrar de ojos, vislumbró los engañosos médanos por donde sutilmente él se
empeñaba en encaminarla. Era obvio, pues carecía de medios y de apellidos para
empinarse sobre ellos. Como si le hubieran clavado una estaca de hielo en el
corazón, sintió su mundo herido de muerte. Más que en esposa, ella se
convertiría en inversión y garantía de sus propósitos para ascender por la
codiciada y dorada escalera social. Esta vez, sintió que, igual que un cañaveral
ardiendo, a sus mejillas de quenepa madura les subía
la temperatura.
Permaneció callada. Se resistía a ese espejo con ventanas que
son las palabras. A los detalles, esas especias indias. En su lugar, se
sumergió en las santas lealtades de la memoria y comenzó a desmigajar
recuerdos. Pasaron no pocas nubes de otros horizontes, pero al fin regresó al
gustoso jardín de la infancia por donde anduvo a horcajadas sobre un caballo de
palo. Allí también una vez más saborearía aquellas riquísimas galletas mojadas
en la humeante taza del café con leche del abuelo consentidor.
Desde la otra orilla del tiempo, cruzó su pensamiento la imagen
de la tía Rosario, quien arrastrada por el corazón y las leyes biológicas,
sufrió un amargo traspié que trajo consigo un escandaloso escarnio público y el
repudio del augusto patriarca. (Esa noche, don Andrés Antonio Soler de Riollano no se animaría siquiera a probar el suculento
salmorejo de jueyes que según sus rigurosas
indicaciones y con tanto esmero para él prepararía Jacinta, la cocinera de la
casa.)
Apoltronada en la sabiduría del silencio, como si sólo viviera
en su mente, la tía Rosarito (por ser la menor, así
la llamaban) ya nunca más le leería Los viajes de Marco Polo ni las
aventuras de El medio pollito. En su lugar, ella optaría por envejecer
fabricando unas extrañas muñecas rellenas de miel, cuando no tocando danzas de
Morel Campos en el piano de cola Steinway o
redactando azucarados versos con torres de espuma y ríos de pétalos. Así iría
por la vida, a solas, paladeando y degustando la porción de soledad que esta
vez le correspondía en este mundo.
Desvió una lenta y espesa mirada hacia los cañaverales que con
su verdor arropaban el extenso valle. Más allá, alcanzó a ver las relucientes hojas de plátano bailando al son de la brisa
marina y el mar como una quieta lámina de acero. Embriagó su cerebro con la
inolvidable y verdeamarilla fragancia del ilán-ilán plantado justo en el
epicentro del patio de la hacienda hasta tropezar con la adormilada
complacencia del buey Mariposa ramoneando al pie del quenepo
machorro. (Ahí mismo, a solas y bajo la generosa sombra, despojada ya de toda
vanidad, luego ella habría de derramar su cuota de lágrimas para el altar del
odio, pues no podía recordar que tenía que olvidarle. Pero, por más que lo
intentaba, no lograba borrarle esa sonrisa perfecta, tenebrosa, desbordándole
siempre el mapa de los recuerdos.)
El círculo de asombro había dejado de crecer. Bajó la cabeza y,
antes de volverse para mirarle con todo el desprecio con que fuera capaz, se
quitó uno de sus aretes de oro. Sin dejar de acariciar la exquisita esmeralda
que le había hecho traer de Colombia el abuelo para su quinceañero, le clavó
una mirada hostil. Tomó el embrujo de esos ojos con los que iluminaba a todos, como
la luz de un faro, el dulce olor a mandarina de su sudor, su alborotada y roja
cabellera y los amplios hombros y los metió en el fondo carmesí del cofre de
sándalo de su memoria. Giró sobre sus talones y airosamente alcanzó a sortear
el imprevisible y caprichoso ajedrez de su destino con un sencillo pero firme
“Hasta nunca, Pedro Antonio...”
Con los ojos abiertos hacia adentro, mira y ve las azucenas que
por orden de su abuela Edelmira, Ventura Villanueva trajo de Cubuy sembradas en unas latitas de café Yaucono.
Ventura, el chofer de la familia, las plantó al pie del balcón para que
disfrutaran de su perfume en las noches. (Recuerda a una asustada Jacinta
frotando una manita de azabache y asegurándole por lo bajo que cada vez que
llovía, el aroma de las azucenas atraía a los fantasmas.) Mira y ve cómo al
amanecer, a puerta cerrada, su abnegada madre cumple con el remedio que en
medio de un trance le dictara Elvira, una espiritista del barrio Santana en Arecibo. Así, la ve frente a su cama, hincada en las aún
frías losetas bordadas con alegres arabescos dorados, grises y rojos. Está
mojando la bolita de añil en aceite de cocinar para entonces dibujarle
amorosamente una cruz debajo de la planta de cada pie. Culminada la extraña y
silenciosa ceremonia, comienza a enfundarle los piecitos en unas medias de
algodón blanquísimas y a vestirla con su uniforme para que Ventura la lleve al
colegio de niñas Nuestra Señora del Carmen. Ese ritual habría de repetirse en
completo silencio todas las mañanas durante un año, de lunes a viernes, justo
antes de levantarse y poner un pie en el piso. Ve, además, cómo aquella misma
desventurada tarde, Zeus, el líder de la escandalosa docena de gansos que
custodiaban la casa con celo feroz, la emprendió contra el presumido Pedro
Antonio Rodríguez Calderón y no dejaba de perseguirle por todo el jardín
mientras éste huía horrorizado por las anaranjadas fauces erizadas de dientes a
punto de darle alcance. Todos los que presenciaron tan inesperado espectáculo,
desde el jardinero hasta los sirvientes, rieron de buena gana a más no poder.
Con la parte de atrás de los ojos, también logra ver al abuelo.
Esta vez lo ve enfundado en su tradicional traje de dril blanco, ahora
estrujado para siempre. Mesándose los poblados bigotes de manubrio de
bicicleta. Constelado de enigmas. Desde la anciana mecedora del amplio balcón,
sus lentas y nubladas pupilas ya no logran percibir el círculo de tiza que se
cierne amenazadoramente sobre los cada vez más menoscabados dominios de los
suyos. Tal vez escucha la arena mientras ésta resbala irremediablemente en el
cristal del reloj. Quizá a solas conversa consigo mismo en un idioma que sólo
él entiende. O a lo mejor se aferra a las crines verdes de su caballo porque
esa nube púrpura estacionada sobre su nevada cabeza le avisa de la cercana y
última vuelta del tiovivo.
El café de los ojos se le diluye entre lágrimas hasta que un
prolongado y agudo bocinazo le despinta sus más secretos paisajes. Suspira en
mitad de la desdicha. La ilusión retira las escamas de plata de sus pupilas
para mirar el ya no tan ancho y ajeno mundo de antaño. Un vapor con olor a
alquitrán se levanta del pavimento. Ve que, del otro lado de la calle,
empapados y felices, un grupo de niños juega con el chorro de agua de un hidrante. Por unos instantes escucha el ruido de una sirena
de la policía que se aleja rápidamente. Otra vez por las arenas del ensueño se
le hunde Narciso. En su lugar, un fauno feo parece untarle mantequilla a un
puñado de rosas rojas para luego devorarlas con unos dientes blanquísimos.
Entonces, nota cómo la coqueta brisa recorre las largas galerías
de balaustres hasta desmenuzar las flores del centenario bucayo.
Una sensación de mullido bienestar le afloja los pies hasta dejar atrás la
estación de la melancolía y el recuerdo de aquel hombre irresistible rodeado de
gente que no dejaba de abrazarle y a la que él siempre respondía sonriendo
complacientemente, desparramando en el aire ingeniosos chistes que desataban el
estallido de risotadas, como si él solo fuese una fiesta innombrable. Atenta
ahora a las nubes, mareas y sobresaltos de su corazón, desanda el camino. Como
si la lluvia escapara de su jaula, todo se borra en la bruma de la distancia.
Todo, excepto la yedra que desborda los muros que
apenas cobijan las ruinas de la central y la respetabilidad burguesa que en
otros tiempos ésta representaba. Todo excepto ese sabor en los labios a perdido paraíso y la a veces insoportable verruga de la
incertidumbre.
Así fue como la tía María Juliana logró al fin bajar de la
colina de los tontos y decidió también permanecer sola, como si a voluntad
propia su piel adquiriese la textura del nopal y, de golpe, ésta se le forrase
de rencorosas espinas. Así fue que el recuerdo del ambicioso adonis pasó a ser
sólo un cielo embarrado de rancia manteca Crisco.
Sacudiéndose los inquietos pensamientos, se recoge el pelo.
Abandona al fin la maltrecha mecedora del balcón que daba al ahora desaparecido
cañaveral de la hacienda Virtudes. Aún tiene las manos como Frida Kahlo, resplandecientes de sortijas. (Con esto, ella parece
recalcar obstinadamente que es el último miembro legítimo de la extinta
aristocracia cañera de un pueblo costero.) Son esas mismas manos las que en la
memoria colectiva de sus compueblanos tal vez alguna vez alguien recordará como
las más diestras hilando el largo y perfumado rosario de hojas de tabaco
puestas a madurar en el abandonado almacén detrás de la hacienda.
De cara a una pared de
ladrillos rojos, solloza desconsoladamente el Niño de Hojalata. Es su cumpleaños
número 12 y parece que aún no decide con cuál regalo quedarse.
La tía María Juliana le acaricia la espalda con
ternura maternal. Su dulce voz le consuela:
--No te preocupes… Todo saldrá bien.
De nada le sirven sus palabras, pues,
luego de interrumpir su llanto y levantar la cabeza sobre el hombro izquierdo,
el Niño de Hojalata continúa llorando, esta vez con más ganas.
El Espantapájaros y la tía María Juliana se miran entre sí. En una mano,
el Espantapájaros trae un platillo con un pedazo de bizcocho de vainilla y, en
la otra, una Coca-Cola. Un tanto más allá está Dorothy.
Tiene la boca llena de galletas de higo. En su mano derecha sostiene un vaso de
leche fría. Luce embelesada contemplando los brillantes colores que adornan la
panza de la enorme piñata.
Atraído por la
hipnótica paz que emana de la fuente, el Espantapájaros se aleja del grupo para
plantarse frente a ésta. Zambulle las semillas de guanábana de sus ojos en las
aguas. Sobre el espejo líquido logra leer que el que mira es culpable de saber
demasiado.
Entonces, comienza a
echarle pequeñitos trozos de su bizcocho a la media docena de raudos y
hambrientos goldfish. Luego levanta la
vista y contempla el prado de amapolas rojas que hay detrás de la fuente. No
puede reprimir un escalofrío de placer casi primitivo. Siente que le nacen alas
y botas de siete leguas. Sabe que en cualquier momento, de entre las amapolas,
hará su aparición el amigo de nuevo cuño: Nenén el
vejigante. Sabe que, además, volverán a escabullirse libeluleando
por un paraíso bordeado de uvas playeras. Esta alegría secreta le pinta la
mejor sonrisa en su boca de paja fresca perfumada de menta y yerbabuena.
--Créeme, Dorothy y el León son tus amigos y sólo bromeaban cuando
dijeron que la Malvada Bruja del Oeste regresaría por ti para reciclarte... Esa
es toda la verdad-- le asegura la tía María Juliana, echándole el brazo derecho
por encima de los hombros. Las lágrimas dejan de rodarle por el rostro al Niño
de Hojalata. Con los ojos aún húmedos, él la mira fijamente y comprende que
ella dice la verdad. En un instante, otra vez el rostro se le ilumina de
felicidad. La tía María Juliana extrae de uno de los bolsillos laterales de su
bata un pañuelo azul cianótico y en éste atrapa las 3 últimas lágrimas de
aceite que manchaban el rostro del adolescente homenajeado.
Una ráfaga de viento
frío le pellizca las mejillas a Dorothy. Ella siente
que bajo sus pies el suelo arde como un tronco podrido lleno de termitas. Un
nudo de preguntas le aprieta la garganta. Desvía su atención de la panza de la
piñata. Nota que a lo lejos, por encima del flamboyán amarillo que parece un
candelabro de 8 brazos, un gran dragón con lengua de serpiente se desdibuja en
el cielo. Es el negro penacho que despide la central termoeléctrica de Palo
Seco. Todavía un tanto más allá de los cientos de kilómetros de asfalto y
hormigón producido y monopolizado por una sola familia desde mediados de siglo
y del martirio de la congestión vehicular, ella ve el Sol rebotar como una
pelota roja en el horizonte. Tiene una extraña sensación, como si alguien
respirara cerca de su nuca. El miedo le come los labios y le hormiguea en el
pecho la certeza de ser la única culpable de todos los recuerdos que en este
momento caen sobre su cabeza.
Los vértigos de la
memoria devuelven a María Juliana al pasado. A ese pasado en el cual su antiguo
enamorado ahora sólo existe como una piedra pisada por el buey Mariposa. Los
acordes misteriosos del recuerdo le conducen al traspatio. Allí, las acacias y
los ramos de novia florecidos enmarcan la delgada figura de la tía Rosarito
en comunión consigo misma. La que por lo bajo en el
pueblo llamaban “la loca encerrada en el ático de los Soler de Riollano”. María Juliana siente como si se escuchara a un
ángel sufriendo el inesperado robo de sus alas. A los pies de su tía, el césped
está cubierto por una alfombra de margaritas africanas. Ya no rellena de miel
las cuencas de la última muñeca con un vivísimo rencor en la punta de los
dedos. La ve plantada como si hubiera echado raíces en la tierra. Trae puesto
un vestido de organdí azul celeste con mangas y cuello blancos. Sobre su cabeza
lleva una corona de miosotis invisible. Ahora la ve abrir sus brazos como aspas
de molino. A María Juliana le parece que de la comisura de sus labios al fin
alza vuelo una sonrisa como ninguna otra. Sólo alcanza a mascullar para sí
misma un “¡Azúcar, maldito tesoro!”
Junto a la mecedora, el León se despereza agitando su hermosa melena
dorada. Ha olvidado su Fanta china y su mantecado de
fresa que recién comienza a derretirse. En su lugar, ha preferido tirarse al
piso y ponerse a ojear las vistosas portadas de las más recientes revistas de
aventuras de Batman, El Monje Loco, Los
Hombres X y Tarzán. Todo hasta que sus
maravilladas pupilas comienzan a brillarle como bolas de fuego. Para su asombro
y diversión, éstas acaban de tropezar con la más impresionante de todas: ésa
que, cuadrito a cuadrito, relata cómo el tímido y espejuelado
fotógrafo llamado Peter Parker,
al ser picado por una araña en medio de un experimento, adquiere la fuerza,
astucia y demás facultades del arácnido. El mismo que, tras actuar
negligentemente y dejar escapar al criminal que poco más tarde asesinará a su
tío Ben, decide convertirse en el nuevo paladín de la
justicia.
Así, mientras tú y yo dormimos, acosado por sus demonios interiores y
enfundado en un atractivo atuendo azul y rojo, El sorprendente Hombre Araña
no puede evitar recorrer solitariamente el cerebro de cristal, acero y neón de
la ciudad. En el nuevo episodio, se las arregla para salvar a Mary Jane Watson, su amada
pelirroja y, de paso, derrotar a un malvado villano verdiamarillo
que no se cansa de, ¡zzzap!, arrojarle unos
poderosísimos y destructores rayos eléctricos.
Edgardo
Nieves Mieles. Hatillo, Puerto Rico, 1957.
Pertenece a la Generación de los Ochenta. Su obra poética y narrativa ha sido publicada
tanto en revistas nacionales como en revistas internacionales. También ha sido
ampliamente premiado a nivel nacional. Sus
cuentos han sido publicados en las importantes colecciones antológicas El
rostro y la máscara, 1995, y Mal(h)ab(l)ar, 1996. En estos
momentos tiene en prensa su primer volumen de cuentos, Los mejores placeres
suelen ser verdes. Ha publicado los
siguientes poemarios: El ramalazo de semen en la mejilla ortodoxa (De cómo un
poeta recién casado corteja la poesía a escondidas de su esposa y otras
taquicardias),1987; El amor es una enfermedad del
hígado, 1993; y Las muchas aguas no podrán apagar el amor, 2001. .