Letras Salvajes Número
5 2004
CARLOS Esteban CANA
Palabras
La noche parecía
ser interminable y el día (que había comenzado con mi entrevista) había sido
demasiado largo para la pequeña Wanda. Después de
tantos qué, cómo y dónde de un incisivo fiscal, entre prepotentes policías
alineados en aquella fría sala y un juez que parecía indolente a su cansancio, Wandita se había agotado de aquella vista preliminar. Con
gesto de sentirse castigada las palabras de la niña fueron una y otra vez: “Yo
ya lo dije...”, “Yo ya lo dije” y yo como trabajadora social sabía que en esas
circunstancias nada podía estimular la fragmentada memoria de un niño. Fue por
eso que la orden del juez, de que se detuviera todo para practicarle a Wandita un éxamen médico, me pareció
adecuada. Cuando la tomé en mis brazos para llevarla al especialista noté cómo
temblaba. Su respiración era precipitada. Nuestras miradas se encontraron
cuando unas lágrimas contenidas comenzaron a bañar su rostro, entonces entendí
que esas presiones del caso comenzaban a ser onerosas para su salud emocional.
Yo le acariciaba el cabello. Le susurraba: “Tranquila, todo va a estar bien Wandita”. La mecía mientras nos transportaban en el
vehículo oficial. Hasta una pequeña nana sobre sueños dorados le canté. Ya
cuando entrábamos al Centro Médico vi nacer de la
comisura de sus labios una tímida sonrisa. Mientras la colocaba en una camilla
noté lo suave que en ese instante respiraba. Eso me hizo sentir aliviada y
permanecí a su lado, observándola. El ceño de la niña cambió cuando el
ginecólogo asignado se acercó. Ella con un gesto serio fijó en él su atención.
Sus pequeños ojos se posaron en esas manos que tocaron sus rodillas. Cada vez
más sombrío, su rostro seguía cómo eran apartadas sus piernitas. Parecía concentrada
hasta en los vellos de aquellos dedos que le subían la falda, hasta que
escuchó: “Abre las piernitas. Lo que te voy a hacer no te va a doler, y esto va
durar poco tiempo”. Wandita
me agarró y con fuerza me abrazaba. Cuando su mirada de angustia se encontró
con la mía, recordé que su papá había utilizado esas mismas palabras.
revelaban
para Ana
Cuando
encontré el espejo que reflejaba aquellas luces y colores, cual historias corporeas escritas desde el alma, quise comprarlo a la hermosa
mujer silenciosa que lo vendía. Ella estaba ensimismada como si buscara aquello
que la nombrara más allá de unas palabras o unos versos. Entonces tomé su mano.
Sentí un rubor que ingresó en mi pecho. Giré hacia ella lo que estaba vendiendo
y vio de dónde emanaba lo hermoso del reflejo. Cerró sus ojos y entendió.
Cuando la miré ya había regresado... sus ojos revelaban y no había secreto.
Carlos Esteban Cana. Nacido en Bayamón, Puerto Rico, en 1971, y criado
en la vecina ciudad de Cataño. Escritor y comunicador y coordinador editorial. Fundador de la
revista y colectivo Taller Literario, un espacio
de democratización dentro de las letras puertorriqueñas que celebra diez años
de presencia cultural. Sus cuentos y poesías han sido publicados en revistas
como El Sótano 00931, Borinquen Literario, Cultura y Cundiamor,
entre otras. Algunos de sus ensayos y reflexiones sobre la cultura editorial
puertorriqueña han llegado al lector a través de periódicos como El Nuevo Día y
el mensuario Diálogo. Tiene varios libros inéditos:
Novo vía crucis (poesía), Versos apócrifos para la innombrable
(poesía) y Fragmentos del mosaico humano vol. 1, vol.
2 y vol. 3 (cuentos).