EL EJÉRCITO Y LOS HOMOSEXUALES

O UN CASO CLÍNICO ENTRE EL GRAN HERMANO Y EL ORGULLO GAY

Una historia de orgullo gay

Por Ángel García Prieto. Psiquiatra.



Un colega psiquiatra, que trabaja en determinada ciudad del Mediterráneo, me comentó que hace no mucho tiempo había acudido a su clínica una mujer joven, acompañada de su madre y, por lo que pudo ver luego cuando salieron, de su novio, que no entró a la consulta. Se trataba de una soldado, con varios años en el ejército y destinada en otra región, aunque su origen y familia estaban en aquella ciudad. Sin apenas preámbulos pasó a contarle la razón de su ansiedad que, por la peculiaridad de su causa, le hizo reaccionar con una risa clara, que no llegó a carcajada. Inmediatamente les pidió disculpas, para decirles que aunque estaba ya desde hace años curtido por historias la mar de curiosas, la suya le había producido esa impropia respuesta, que servía para no dejarse llevar de la pena.

La paciente planteaba el problema de que llevaba ya varias semanas con angustia y desasosiego. La razón la cifraba en que en el dormitorio compartido de su cuartel había dos lesbianas que, lejos de tener una conducta sexual discreta, se jactaban de llevar a cabo sus relaciones íntimas con exhibición delante de ella. No sólo no habían reaccionado a las quejas de la paciente, sino que le habían dado a entender que tendría que ser ella la que se plegase a las costumbres de la pareja homosexual. "Les tengo miedo, algunos días llegan pasadas de alcohol o de coca. Y, francamente, las temo" - decía.

Este temor estaba en la base de su negativa a denunciar la conducta exhibicionista - y quizá también para ser considerada como un acoso - ante los altos mandos del cuartel que, deseosos de acabar con esas conductas, esperaban la reacción de alguna compañera. Ella no estaba dispuesta a iniciar dicha batalla. Por otra parte, su sueldo como soldado no le daba para vivir por cuenta propia en una pensión o apartamento alquilado, afirmaba.

Por todo ello, el problema, como dicen los protocolos diagnósticos al uso, "interfería significativamente con el trabajo y la vida social", "causaba un malestar significativo a la paciente" y podía ser considerado causa de lo que se denomina Trastorno adaptativo ansioso. Su situación era calificable de enfermedad y debía ser tratada del modo que se considerase más oportuno. Que en aquel caso fue la baja laboral.

La madre de la paciente apostillaba: "Estamos degenerando. Lo mismo que los animales degeneran, también nosotros, la humanidad. �Adónde vamos a llegar?". Lo que le hizo recordar un artículo de prensa médica que había leído días antes, en el que el Dr. Rubio, organizador de una reunión internacional sobre trastornos de la personalidad en Zaragoza, decía: "El déficit de valores deja el terreno abonado para la aparición de trastornos de personalidad a cualquier edad". Para referirse luego a los programas de telebasura, que tanto se critican y tanto se ven - "precisamente las personas que peor se comportan, las que peor hablan, las que se pegan...son modelos de referencia; y no lo es un genio de las matemáticas".

Desde luego, con demasiada frecuencia se están viendo conductas, sensibilidades - faltas de sensibilidad, mejor dicho - y actitudes que hacen pensar en que hay en nuestra sociedad cosas que no van nada bien. Y son precisamente aquellas que se refieren a lo más nuclear del hombre. A lo que nos hace personas, a lo que eleva al ser humano en concreto y a la sociedad en conjunto del plano de los mamíferos, de las manadas, de las jaurías y de las piaras.





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