OTRA MIRADA DE JUAN LUIS
Lo conocí
hace diez años. Desde entonces nos encontramos con frecuencia en eventos
académicos y en debates públicos sobre los temas que nos eran comunes:
políticas públicas, salud, seguridad
social y violencia. Nos correspondía intervenir casi siempre desde orillas
opuestas del pensamiento, los compromisos y las propuestas. Y siempre reconocí
y respeté en Juan Luis Londoño cuatro cosas, que creo comparto con muchos. Una
inteligencia brillante y muy bien cultivada. Una hiperactividad desbordada, que
supo convertir en un acelerado y productivo ritmo de trabajo. Una
honestidad incuestionable, en el doble
sentido de jamás robarse un peso y de coherencia permanente entre lo que
pensaba, lo que proponía y lo que hacía. Y, por todo lo anterior, un merecido y
reconocido liderazgo en los campos que conocía y en los que se propuso y logró
ser un reformador a nivel nacional, con
proyección internacional.
La
tragedia aérea que le costó la vida en la tarde del 6 de febrero y que mantuvo
a familiares, amigos, medios de comunicación
y diversos sectores de opinión entre
la incertidumbre y el dolor durante una semana, remató con tintes
heroicos su intensa presencia en la vida pública colombiana. Me duele su muerte
como me duele la de cualquier colombiano, y
más aún por tratarse de un
colombiano excepcionalmente dotado y
en la plenitud de su trayectoria
humana. Y ese dolor me acerca a todos y todas los que también lo
sienten.
Pero una
cosa es sentir y reconocer lo anterior y otra muy distinta pretender
convertirlo post-mortem en lo que realmente no fue en vida y en símbolo de todo
lo contrario a lo que siempre
representó. Juan Luis fue un convencido de los postulados de la
corriente de pensamiento económico-político todavía dominante en el mundo
occidental – concretamente el modelo neoliberal -. Y no sólo un convencido
teórico sino un militante de vanguardia, en especial en los terrenos laboral y
de salud. Por eso creyó y practicó que la salud, más que un derecho humano
fundamental, es un negocio muy rentable que hay que aprovechar y administrar
muy bien. Que el Estado más que un garante efectivo de derechos sociales debe
ser un facilitador del mercado. Que la salud de los negocios y de los grandes
capitales nacionales y trasnacionales amerita el sacrificio y la pérdida de
derechos duramente logrados por millones de trabajadores y trabajadoras. Que
los fondos de pensiones más que un ahorro sagrado del trabajo para respaldar
oportunamente a quien enfermó, envejeció o perdió su empleo, son una mina
multimillonaria a la que deben aportar cada vez más los que trabajan y de la que deben lucrar casi sin medida los
mismos grandes capitales. Y que las convicciones y construcciones realmente
democráticas, equitativas, solidarias y participativas de muchos y muchas son
remanentes ideológicos opuestos a la modernidad, al sueño neutral de la
tecnocracia y al imperio feliz del mercado.
Este credo
no se le quedó a Juan Luis en los secretos de su corazón enorme ni en las
circunvoluciones de su inteligencia privilegiada. Intentó, y por su tesón y su
funcionalidad con el modelo en boga, logró convertirlo en leyes, decretos y
resoluciones. Por eso La Ley 100 de 1993 en el gobierno del Presidente Gaviria,
del que fue ministro de Salud, y las recientes reformas laboral y
pensional en el actual gobierno. Con la primera logró hace diez años la más
radical reforma a la concepción de la salud y a las prácticas de la
compra-venta de servicios asistenciales de salud en la historia de Colombia. Él
fue el cerebro y el entonces senador Alvaro Uribe Vélez el vocero y ponente
ante el Senado de la República. Una década después, los saldos negativos en
términos de mayor distanciamiento estatal de su responsabilidad irrenunciable
en salud; de persistencia del problema de la cobertura, con tendencia inclusive
regresiva en el régimen contributivo; de agudización de la crisis hospitalaria;
de reducción hasta niveles alarmantes de los porcentajes de vacunación
infantil; de resurgimiento de patologías previamente controladas; de desmantelamiento
de la salud pública como nunca antes, y
de mercantilización de la salud y de la atención de las enfermedades,
están a la vista con el respaldo incontrastable de cifras, historias y
testimonios que se repiten dolorosamente a lo largo y ancho del país. Uno de
los puntos más críticos de la Ley es
sin duda el de su contribución real al incremento de las inequidades en salud
en el país, a pesar del controvertido Informe de la Organización Mundial de la
Salud sobre el tema – al que no fue
ajeno Juan Luis – en el que se
atrevieron contra toda evidencia a presentar a Colombia como modelo de equidad
financiera en salud. Obviamente Juan
Luis, como nos lo dijo el 23 de marzo pasado, cuando aún no era Ministro de
Salud y Trabajo, en un Panel académico sobre el tema en la Universidad
Nacional, seguía convencido de las bondades de la Ley y dispuesto a reforzarla
y radicalizarla, como bien lo hizo en los que resultaron ser los últimos seis
meses de su vida.
De las reformas
laboral y pensional del gobierno Uribe Vélez, lideradas por Juan Luis con la
pasión que lo caracterizaba, se ha escrito suficiente y ya se empiezan a sentir
las consecuencias nefastas para los trabajadores y benéficas para empleadores y
empresarios. Lo peor, sin embargo, está por venir; lo pagarán los actuales
trabajadores y desempleados y lo sufriremos quienes envejezcamos en las
próximas tres décadas. Del trato dado por el Ministerio de Salud a la población
desplazada por la violencia, siempre me quedará doliendo que Juan Luis haya firmado
el 22 de noviembre del año pasado la Circular 000042, publicada en el Diario
Oficial No. 45.013 de noviembre 28 del
mismo año. En dicha circular, entre otras cosas, se disponía que la facturación
de la atención a desplazados sólo se pagaría previa certificación de la
institución prestadora de que los servicios “eran inherentes al
desplazamiento”, y que en caso de que el desplazado no estuviera afiliado al
Sistema General de Seguridad Social – como no lo está la inmensa mayoría de
ellos – la institución que lo atiende “deberá facturar los servicios a la
entidad territorial de la cual emigró”. Es decir: los desplazados sólo se
pueden enfermar de desplazamiento, y quien
se arriesgue a atenderlos en Bogotá, Medellín o Barranquilla, sin estar vinculados al SGSSS, deberá
facturar a cargo de las Alcaldías de Bojayá, Pavarandó, Mutatá, etc. Y
de la fusión de los Ministerios de Salud y Trabajo, con la regresiva
denominación de Ministerio de la Protección
Social - cuando lo que se requiere es justicia y seguridad social -,
proyecto que podría estar en la dirección correcta de construir una política
social unificada, empezaron ya a evidenciarse los saldos rojos de más
desempleo, las grietas de serias inconsistencias y los riesgos de seguir sin
encontrar la ruta socialmente requerida.
Resulta triste y significativo al mismo tiempo que uno de los últimos
actos de Juan Luis haya sido la firma de una cascada de despidos en ambos
Ministerios anteriores. Y que el que resultó un trágico viaje hacia la muerte
haya sido originalmente otra etapa en el intento paliativo por la generación de
empleos.
Como
investigador de la violencia en el país en los últimos quince años, tengo que
afirmar también lo riesgosa y desafortunada que resultó la incursión de Juan
Luis en la investigación del que continúa siendo el principal problema de salud
pública en el país. En un trabajo que realizó en 1996 siendo funcionario del
BID y a petición del Banco Mundial para su segunda Conferencia Anual, a partir
de la revisión de algunas cifras e indicadores a los que puedo calificar como
mínimo de sesgados y poco rigurosos, concluyó que no existe correlación entre
las tasas de pobreza, desempleo y crecimiento económico del país y las tasas de homicidio. Encontró en cambio
“correlación sistemática y significativa”
entre consumo de alcohol e incidencia de enfermedades neuro-psiquiátricas. Y concluyó, en consecuencia: “el exceso de
enfermedad mental y alcoholismo podría explicar todo el exceso de violencia de
la región” . El propio Banco Mundial captó la gravedad del despropósito y
encomendó un nuevo trabajo, encabezado por Pablo Fajnzylber y publicado en 1997, en el que concluyeron con rigor la fuerte y
casi obvia relación entre inequidad en
los ingresos y tasa de homicidio.
Es por todo lo
anterior que no puedo compartir que ahora, al calor de la tragedia y con los
combustibles del dolor y el unanimismo de moda - generosamente amplificado por
los medios de comunicación ya monopolizados - se presente a Juan Luis como el
abogado de los pobres, como un luchador de la equidad y como un obsesionado por
la generación de empleo para todos los colombianos. Claro que fue un líder.
Pero no al servicio de los pobres. Claro que fue un reformador. Pero no al
servicio de intereses populares y de valores solidarios y equitativos. Claro
que le preocupaba el desempleo. Pero fueron muchos más los miles de colombianos
y colombianas que lanzó a sus abismos, que los que liberó de sus horrores.
Claro que algo sabía de salud pública. Pero fue mucho mayor la desnaturalización
y desprotección que le propinó que los campos que le abrió y el apoyo que le
brindó.
Me duele
sinceramente, repito, la muerte de Juan Luis. Pero no comparto que traten
de presentarlo ahora como lo que nunca
fue. Y desearía que su merecidísimo puesto en la historia del país sea el que
real y justamente le corresponde, y no el que las emociones del momento trágico
y el discurso heroico de los beneficiarios de las ideas e intereses que firme e
inteligentemente defendió quieren asignarle, a nombre de los que nunca defendió.
Saúl Franco A. M.D. ,
Ph.D.
Profesor
Asociado. Universidad Nacional de Colombia.