Neruda entre nosotros
Escrita por Julio Cortázar en Ginebra en 1973, esta
semblanza del Nobel chileno es precisa para un año en
que se cumplen conmemoraciones de los dos.
Tan
cercano como está en la vida y en la muerte, toda tentativa de fijarlo desde la escritura corre riesgo
de cualquier fotografía, de cualquier testimonio unilateral: Neruda de perfil,
Neruda poeta social, las aproximaciones usuales y casi siempre falibles. La
historia, la arqueología, la biografía, coinciden en la misma terrible tarea: clavar
la mariposa en el cartón. Y el único rescate que la justifica viene de la zona
imaginaria de la inteligencia, de su capacidad para ver en pleno vuelo esas
alas que ya son ceniza en cada pequeño ataúd de museo. Cuando entré por la
última vez a su dormitorio de
Así,
como paseando a su lado y escuchándolo, quisiera decir aquí mi palabra de
latinoamericano ya viejo, porque muchas veces en el torbellino de la casi
impensable aceleración histórica del siglo he sentido dolorosamente que la
imagen universal de Pablo Neruda era para muchos una imagen maniquea, una
estatua ya erigida que los ojos de las nuevas generaciones miraban con ese
respeto mezclado de indiferencia que parece ser el destino de todo bronce en
toda plaza. A esos jóvenes de cualquier país del mundo quisiera contarles, con
la llaneza del que encuentra a sus amigos en el café, las razones de un amor
que trasciende la poesía por sí misma, un amor que tiene otro sentido que mi
amor por la poesía de John Keats
o de César Vallejo o de Paul Eluard;
hablarles de lo que sucedió en mis tierras latinoamericanas en esa primera
mitad de un siglo que para ellos se confunde ya en la continuidad de un pasado
que todo lo devora y confunde.
En
el principio fue la mujer; para nosotros, Eva precedió a Adán en mi Buenos
Aires de los años treinta. Éramos muy jóvenes, la poesía nos había llegado bajo
el signo imperial del simbolismo y del modernismo, Mallarmé
y Rubén Darío, Rimbaud y Rainer
María Rilke: la poesía era gnosis, revelación,
apertura órfica, desdén de la realidad convencional, aristocracia, rechazando
el lirismo fatigado y rancio de tanto bardo sudamericano. Jóvenes pumas
ansiosos de morder en lo más hondo de una vida profunda y secreta, de espaldas
a nuestras tierras, a nuestras voces, traidores inocentes y apasionados,
cerrándose en cónclaves de café y de pensiones bohemias: entonces entró Eva
hablando español desde un librito de bolsillo nacido en Chile, Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
Muy pocos conocían a Neruda, a ese poeta que bruscamente nos devolvía a lo
nuestro, nos arrancaba a la vaga teoría de las amadas y las musas europeas para
echarnos en los brazos a una mujer inmediata y tangible, para enseñarnos que un
amor de poeta latinoamericano podía darse y escribirse hic et nunc, con las simples palabras
del día, con los olores de nuestras calles, con la simplicidad del que descubre
la belleza sin el asentimiento de los grandes heliotropos y la divina
proporción.
Pablo
lo sabía, lo supo muy pronto: no opusimos resistencia a esa invasión que nos
liberaba, a esa fulminante reconquista.
Por
eso, cuando leímos Residencia en la tierra
no éramos ya los mismos, los jóvenes pumas se lanzaban ya por su cuenta a la
caza de presas tanto tiempo despreciadas. Después de
Eva veíamos llegar al Demiurgo, resuelto a trastrocar un orden bíblico que no
habíamos establecido los latinoamericanos; ahora íbamos a asistir a la creación
verbal del continente, el pez iba a llamarse pez por boca americana, las cosas
y los seres se proponían y se dibujaban desde la matriz original que nos había
hecho a todos, sin la sanción tranquilizadora de los Linneo
y los Cuvier
y los Humboldt y los Darwin que nos habían legado
paternalmente sus modelos y sus nomenclaturas. Me acuerdo, me acuerdo tanto:
Rubén Darío se desplazó vertiginosamente en mi geografía poética, de la noche a
la mañana pasó a ser un gran poeta lejano, como Quevedo o Shelley
o Walt Whitman; en nuestra
dilatada, desierta y salvaje tierra mental, que habíamos llenado de necesarias
y vagorosas
mitologías, Residencia se
precipitó en
Neruda
no nos dio demasiado tiempo para recobrarnos, para tomar esa distancia que la
inteligencia establece hasta con lo más amado puesto que su razón de ser está
en un plus ultra incesante.
Aceptar, asimilar Residencia en la tierra
exigía acceder a una dimensión diferente de la lengua y, desde allí, ver americano como jamás se había visto
hasta entonces. (Ya algunos de nosotros, movidos por el azar de librerías o
amistades, entrábamos con el mismo asombro en una nueva faceta de esa
inconcebible metamorfosis de nuestra palabra: Trilce, de César Vallejo, llegaba
a Buenos Aires desde el norte, viajera secreta y temblorosa trayendo claves
diferentes para un mismo reconocimiento americano). Pero Pablo no nos dio
tiempo a mirar en torno, a hacer un primer balance de esa multiplicada
explosión de la poesía. Vastos poemas que formarían luego parte de la tercera Residencia se sumaban tumultuosos a la
primera gran cosmogonía para afinarla, especializarla, traerla cada vez más al
presente y a la historia. Cuando la guerra civil española lo lleva a escribir España en el corazón, Neruda ha dado el
paso final que lo desplaza del escenario a los actores, de la tierra a los
hombres; su definición política, que tanto malentendido innoble haría surgir (y
pudrir) en América Latina, tiene la necesidad y la llaneza del cumplimiento
amoroso, de la posesión en la entrega última; y es fácil advertir que el signo
ha cambiado, que a la lenta, apasionada enumeración de los frutos terrestres
por boca de un hombre solitario y melancólico, sucede ahora la insistente
llamada a recobrar esos frutos jamás gozados o injustamente perdidos, la
proposición de una poesía de combate lentamente forjada desde la palabra y
desde la acción.
En
Buenos Aires, capital de la prescindencia histórica, este segundo y más
terrible espolazo de Neruda bastó para hacer caer muchas máscaras; me tocó ver,
testigo irónico, cómo nerudianos fanáticos repudiaban
bruscamente su poesía, mientras oportunistas al viento de las reivindicaciones
exaltaban una obra que les era palpablemente ininteligible salvo en sus
significados más obvios. Quedaron los que lo merecían, comprometidos o no en el
plano político (lo digo expresamente, puesto que a mí me faltaba aún
Sé
que le debo a Neruda el acceso a Vallejo, a Octavio Paz, a Lezama
Lima, a Cardenal, poetas tan diferentes como unidos, tan individuales como
fraternos. Pero lo repito, él no nos daba tregua, no nos dio nunca tregua;
poema tras poema, libro tras libro, su imperiosa brújula exigía la revisión de
nuestros rumbos, nos llamaba sin proponérselo, sin el menor paternalismo de
poeta mayor, de abuelo Hugo latinoamericano; simplemente ponía otro libro sobre
la mesa, y pálidos fantasmas corrían a esconderse. Cuando llegó el Canto general, el ciclo de creación entró
en su último día necesario; luego seguirían muchos otros, memorables o de
simple fiesta, vendrían los poemas bien ganados del que se sienta a recordar su
vida con los amigos, como el entrañable Extravagario y tantos momentos del
Memorial de Isla Negra; Neruda
envejecía sin renunciar a su sonrisa de muchacho travieso, entraba por la
fuerza de las cosas en el ciclo de las solemnidades, los paseos utilizables, la
más que innecesaria consagración del Premio Nobel,
último manotazo del sistema para recuperar lo irrecuperable, el aire libre, el
gato en el tejado jugando con la luna.
Mucho
se ha escrito sobre el Canto general,
pero su sentido más hondo escapa a la crítica textual, a toda reducción solo
centrada en la expresión poética. Esa obra inmensa es una monstruosidad
anacrónica (se lo dije un día a Pablo, que me contestó con una de sus lentas
miradas de tiburón varado), y por ello una prueba de que América Latina no
solamente está fuera del tiempo histórico europeo sino que tiene el perfecto
derecho y, lo que es más, la penetrante obligación de estarlo. Como, en un
terreno no demasiado diferente al fin y al cabo, Paradiso, de José Lezama Lima, el Canto
general decide hacer tabla rasa y empezar de nuevo; por si fuera
poco, lo hace. Porque apenas se piensa en esto, es casi obvio que la poesía
contemporánea de Europa y de las Américas es una
empresa definitivamente limitada, una provincia, un territorio, a la vez dentro
del campo de expresión verbal y dentro de la circunstancia personal del poeta.
Quiero
decir que la poesía contemporánea, incluso la de intención social como la de un
Aragon, un Nazim Hikmet o un Nicolás Guillén, que me vienen los primeros a
la memoria y están lejos de ser los únicos, se da circunscrita a determinadas
situaciones e intenciones. Más perceptible es esto todavía en la poesía no
comprometida, que en nuestros tiempos y en todos los tiempos tiende a concentrarse
en lo elegíaco, lo erótico o lo costumbrista. Y en ese contexto, cuya infinita
riqueza y hermosura no solo no niego sino que me ha ayudado a vivir, llega un
día el Canto general como una
especie de absurda, prodigiosa geogonía latinoamericana, quiero decir, una
empresa poética de ramos generales, un gigantesco almacén de ultramarinos, una
de esas ferreterías donde todo se da, desde un tractor hasta un tornillito; con la diferencia de que Neruda rechaza
soberanamente lo prefabricado en el plano de la palabra, sus museos, galerías,
catálogos y ficheros que de alguna manera nos venían proponiendo un
conocimiento vicario de nuestras tierras físicas y mentales, deja de lado todo
lo hecho por la cultura e incluso por la naturaleza, él es un ojo insaciable retrocediendo
al caos original, una lengua que lame las piedras una a una para saber de su
textura y sus sabores, un oído donde empiezan a entrar los pájaros, un olfato
emborrachándose de arena, de salitre, del humo de las fábricas. No otra cosa
había hecho Hesíodo para acabar los cielos
mitológicos y las labores rurales; no otra cosa intentó Lucrecio,
y por qué no Dante, cosmonauta de almas. Como algunos de los cronistas
españoles de la conquista, como Humboldt, como los
viajeros ingleses del Río de
Por
cosas así pienso que la obra de Neruda ha sido para los latinoamericanos de mi
tiempo algo que trasciende los parámetros usuales en que dialécticamente se
mueven el hacedor y el lector de poesía. Cuando pienso en ella, la palabra obra tiene para mí una consistencia
arquitectónica, un peso de mampostería, porque su acción en muchos de nosotros
no solo se cumplió en ese plano general de enriquecimiento ontológico que da
toda gran poesía, sino en el de una toma directa de contacto con materias,
formas, espacios y tiempos de nuestra América. ¿Quién podrá llegar hasta el
litoral chileno y asomarse al Pacífico implacable sin que los versos de
Por
eso, a los que demasiado fácilmente olvidan, los invito a releer el Canto para que a la luz (no a la tiniebla) de lo que ocurre en Chile, en Uruguay, en
Bolivia complete usted mismo la lista interminable, verifiquen la implacable
profecía y la invencible esperanza de uno de los hombres más lúcidos de nuestro
tiempo. Imposible abarcar ese horizonte, esa rosa de los vientos que se vuelve
húmedo erizo para apuntar a sus multiplicados rumbos; solo aludiré al retrato
de tanto dictador, de tanto tirano que Neruda nombró y describió sin vacilar en
ese libro como si supiera que iba más allá de sus miserables personas, que su
denuncia abarcaba un futuro donde habría de esperarlo otra vez la pesadilla.
Los invito, para no citar más que uno, a releer el poema en que González Videla es acusado de traidor a su patria; y a sustituir su
nombre por el de Pinochet, a quien Allende también
habría de llamar traidor antes de caer asesinado; los invito a releer los
versos en que Neruda transcribe cartas y testimonios de chilenos torturados,
vejados y muertos por la dictadura; habría que estar ciego y sordo para no
sentir que esas páginas del Canto general
fueron escritas hace dos meses, hace quince días, anoche, ahora mismo, escritas
por un poeta muerto, escritas para nuestra vergüenza y acaso, si alguna vez lo
merecemos, para nuestra esperanza.
Conocí
muy poco al hombre Neruda, porque entre mis defectos está el de no acercarme a
los escritores, preferir egoístamente la obra a la persona. Dos testimonios
había tenido de su afecto por mí: un par de libros dedicados que me hizo llegar
a París, sin que jamás hubiera recibido nada mío, y una página que envió a
alguna revista cuyo nombre no recuerdo, y en la que generosamente trataba de
aplacar una falsa, absurda polémica entre Arguedas y
yo a propósito de escritores “residentes” y escritores “exiliados”. Cuando
Allende asumió la presidencia en noviembre de 1970, quise estar en Santiago
cerca de mis hermanos chilenos, asistir a algo que para mí era harto más que
una ceremonia, la primera apertura hacia el socialismo en el sector austral del
Continente. Alguien llamó a mi hotel, con una voz de lento río: “Me dicen que
estás muy cansado, ven a Isla Negra y quédate unos días, ya sé que no te gusta
ver gente, estaremos solos con Matilde y mi hermana, Jorge Edwards
te traerá en auto, vendrán Matta y Teresa a almorzar,
nadie más”.
Fui,
claro y Pablo me regaló un poncho de Temuco y me mostró la casa, el mar, los
solitarios campos. Como si tuviera miedo de cansarme, me dejó andar por los
salones vacíos, mirar despacio y a mi gusto la caverna de Aladino,
su Xanadú de interminables maravillas. Casi inmediatamente
comprendí esa correspondencia rigurosa entre la poesía y las cosas, entre el
verbo y la materia. Pensé en Anna de Noailles preguntándole a una amiga el nombre de una flor
entrevista en un paseo, y asombrándose: “Ah, pero si es la misma que tantas
veces he nombrado en mis poemas”, y sentí lo que iba de eso a un poeta que
jamás nombró sin antes palpar, vivir lo nombrado. Cuánto resentido, cuánto
envidioso ironizó en su día sobre los mascarones de proa, los atlas, los
compases, los barcos en las botellas, las primeras ediciones, las estampas y
los muñecos, sin comprender que esa casa, que todas las casas de Neruda eran
también poemas, réplica y corroboración de las nomenclaturas de Residencia y del Canto, prueba de que nada, ninguna
sustancia, ninguna flor había entrado en sus versos sin ser lentamente mirada y
olida, sin darle y ganarse el derecho a vivir siempre en la memoria de los que
recibirían en pleno pecho esa poesía de encarnación verbal, de contacto sin
mediaciones.
Incluso
la muerte de Neruda entre escombros y alimañas uniformadas, ¿no es un último
poema de combate? Sabíamos que estaba condenado por el cáncer, que era una
cuestión de tiempo y que acaso hubiera muerto el día en que murió aunque la
ralea vencedora no le hubiera destrozado y saqueado la casa. Pero el destino
habría de dibujarlo hasta el fin como lo que él había querido ser;
voluntariamente o no, ya ajeno a lo circundante o mirando las ruinas de su casa
con esos ojos de alcatraz a los que nada escapaba, su muerte es hoy su verso
más terrible, el salivazo en plena cara del verdugo. Como en su día el Che
Guevara, como Nguyen Van Troy,
como tantos que mueren sin rendirse. Me acuerdo de la última vez que lo vi, en febrero de este año; cuando llegué a
Matilde
y la hermana de Pablo nos llevaron al dormitorio desde donde él confirmaba su
diálogo con el océano, con esas olas en las que había visto los gigantescos
párpados de la vida. Lúcido y esperanzado (eran las vísperas de las elecciones
en las que
Era
así, no había que despedirse; esto que he escrito es mi presencia junto a él y
junto a Chile. Sé que un día volveremos a Isla Negra, que su pueblo entrará por
esa puerta y encontrará en cada piedra, en cada hoja de árbol, en cada grito de
pájaro marino, la poesía siempre viva de ese hombre que tanto lo amó.
Julio
Cortázar