Moisés Fuentes
El Código Da Vinci
LA PROVOCACIÓN TITUBEANTE

(El Código Da Vinci ha sido hasta la fecha el fenómeno editorial de este año convirtiéndose en un best-seller que viene a confirmar el éxito comercial de las novelas escritas para un público masivo, mezclando la Historia y la Ficción con préstamos de la novela policíaca. Muchos han criticado esta corriente surgida desde las editoriales anglosajonas como literatura fácil y de mercado, pero no han sido muchos los lugares del mundo que han resistido el éxito de ventas de esta obra del estadounidense Dan Brown. Un poco de Historia, otro poco de Religión, el Poder, en general los temas de siempre, pero ¿qué más hay dentro de esta novela para que todo el mundo hable de ella?)

El boom de las ciencias naturales y exactas en los siglos de las grandes revoluciones –la revolución inglesa en el XVII, la francesa y la estadounidense en el XVIII-, y el de las ciencias sociales en el XIX –acelerado en buena medida por dos hechos opuestos aunque complementarios: las luchas por las libertades civiles de 1848 y el expansionismo neocolonialista-, vinieron a minar, de forma irreversible –pero, contra lo que se cree, sin buscar ese resultado- las bases teológicas de las grandes religiones monoteístas preponderantes. En su libro Historia del tiempo el científico Stephen W. Hawkins apunta que en el universo tal y como se comprende ahora cabe la posibilidad de que exista un Dios, pero sería un Dios limitado por las leyes del universo –a nivel matemático, el filósofo Bertrand Russell también había llegado a la misma conclusión-.

Ciencias sociales como la antropología, la arqueología y la filología, han develado la naturaleza netamente humana de los distintos Mesías y profetas de las religiones monoteístas, así como el carácter metafórico y muchas veces temporal –en el sentido de que dictan ciertas leyes, restricciones o condenas sólo para algún momento histórico específico, y no como regla imperturbable para toda época- de sus libros sagrados. Se sabe ahora, entre muchas otras cosas, que la misoginia beligerante en los textos sagrados monoteístas, responde a la caída de las religiones paganas, que daban una naturaleza divina a la mujer, capaz de entrañar vida dentro de sí misma, lo que no convenía a los intereses que representaba el monoteísmo, inclinado al poder masculino.

La numerosa literatura alterna a La Biblia –los Rollos del Mar Muerto, los Manuscritos egipcios, los fragmentos de textos testimoniales de origen griego, hebreo, etcétera-, así como las contradicciones del mismo libro sagrado de los cristianos, han develado por su parte la humanidad real de Jesucristo, un hombre sin duda de inigualable capacidad de liderazgo y de un extraordinario conocimiento del ser humano, pero un hombre al fin llano y terreno. A contracorriente de la idea de un Cristo obsesionado con el pecado, las restricciones emocionales, el desprecio al cuerpo y la sumisión abyecta a los preceptos religiosos, la otra literatura cristiana nos ofrece a un profeta que basa su pensamiento en dos premisas revolucionarias para cualquier época y para todos los seres humanos: el libre albedrío y el amor de Dios hacia nosotros. La religión cristiana, vista con esta luz, no es una imposición, sino una proposición.

En su hermoso libro Cuando nada te basta, el rabino Harold Kushner habla de la necesidad de que el creyente aprenda a crecer con su creencia religiosa, es decir, que aprenda a vivir por sí mismo la fe, sin sentirse aplastado por ésta. Esta fe en libertad implica, para Kushner, el desarrollo de una autoestima real en el individuo, así como la madurez de las creencias, que deben evolucionar intelectual y moralmente con los creyentes, y no reducirse a monolitos inamovibles e inapelables.

La inmovilidad y la inapelación son síntomas típicos del fundamentalismo. Inmerso en un mundo que ha madurado y aprendido a ser libre, el fundamentalismo religioso contraataca con furia y sordera ante el peligro de desaparecer. Negándose a vivir en el mundo real, el fundamentalismo ofrece a los problemas del mundo contemporáneo, el anquilosamiento y la represión como únicas soluciones posibles. Ciertos sectores del cristianismo también han caído en la cerrazón dogmática del fundamentalismos. Iglesias cristianas de distinta índole –bautistas, anglicanos, católicos ortodoxos y romanos- se han mostrado intransigentes, agresivas y acobardadas frente a la diversidad y riqueza de pensamientos que entraña la libertad y que desea vivir el mundo actual. En los últimos tiempos, la iglesia católica romana se ha visto afectada también por esta oleada fundamentalista, como lo manifiesta la radicalización de ciertas autoridades eclesiásticas en su oposición al aborto, al suicidio, al papel de la mujer en la sociedad laboral, lo que ha dañado los avances notorios que tuviera el catolicismo durante los papados de Juan XXIII y Paulo VI, y que hace aún más ambigua y polémica la actuación del Juan Pablo II al frente del Vaticano.

A la luz de estos hechos –la humanidad de Cristo, el aspecto divino de la mujer en las religiones paganas, el fundamentalismo católico-, el escritor estadounidense Dan Brown ha concebido una novela que ha despertado lo mismo agrios comentarios que encendidos entusiasmos, elogios desbordados que escepticismo y desprecio. El código da Vinci (Umbriel editores. México, 2003. Traducción de Juanjo Estrella) ha sido calificada de insolente e irrespetuosa, pero también de revolucionaria y visionaria. En realidad, tanto en uno como en otro sentido, la novela es menos pretenciosa, y las intenciones del autor son más inmediatas: tomar un tema polémico y escribir un libro ameno y llamativo para todo tipo de lectores. Dicho de otra forma, Brown concibió y consiguió un best seller; la polémica alrededor del libro, es lo que suelen llamar efecto colateral.

Escritor por contrato, Brown planifica sus libros como proyectos de mercado, apoyado en investigaciones académicas y documentales para ofrecer productos atractivos al público consumidor. Su prosa, ligera y precisa a un tiempo, le permite a Brown emparentar temas de estudio erudito con aventuras ficticias ágilmente narradas. Sin embargo, Brown no es un escritor original, ni siquiera arriesgado.

El tema de la humanidad de Cristo ha sido tratado, de una forma asaz agresiva y sumamente inspirada en dos novelas que siguen cosechando admiradores y enemigos por igual: La última tentación de Cristo de Nikos Kasantakis y El evangelio según Jesucristo de José Saramago. Para sustentar la historia de El código da Vinci Brown recurre a un bagaje impresionante de información, que incluye al Priorato de Sion, hermandad dedicada a resguardar los secretos del Santo Grial y que contara entre sus filas nombres tan ilustres como Leonardo da Vinci, Isaac Newton y Víctor Hugo. Pero, a pesar de contar con información tan polémica y seductora, Brown no se arriesgó a ficcionalizar la historia del Priorato, y lo ha dejado estático en su halo de misterio. Con menos documentación, pero con mayor ambición creativa, Kasantakis y Saramago escribieron sobre el otro Cristo, un ser más real y entrañable que el mesías que acepta pasivamente su muerte en la cruz. El Priorato, con su carga de rebeldía y oposición a una estructura eclesiástica represora e intransigente, habría merecido una historia propositiva que Brown, con todo y su innegable calidad narrativa, no se atrevió a darle.

Si atendemos al origen griego de la palabra, hereje significa el que opta o selecciona, y si atendemos a la connotación eclesiástica, es el que quiere romper un orden establecido, el que desequilibra. Las novelas de Kasantakis y de Saramago son doblemente heréticas, ya que proponen a un Jesús hecho a imagen y semejanza del hombre. La otredad del Cristo es el tema que ocupa al caudillo ortodoxo Kasantakis y al ateo Saramago. Brown tampoco se arriesga a crear un Jesús personal, y prefiere solazarse en jugar con símbolos, claves y mensajes cifrados que, por oscuros que parezcan, resultan bastante obvios.

Preocupado por escribir una novela en el límite de lo políticamente correcto, pero que no llega a polemizar con otras ideas o maneras de pensar la religiosidad, Brown construye una trama en que altas autoridades de la organización católica Opus dei persiguen a los últimos miembros del Priorato para quitarles los secretos del Grial, en los que se revela el matrimonio de Jesús y María Magdalena y la suerte de su descendencia, enlazada a la realeza a través de la familia de los merovingios. El profesor Robert Langdon –alter ego de Brown que apareciera en su anterior novela, Ángeles y demonios- protagoniza una aventura de horas de angustia con Sophie Neveu, la nieta del último maestre del Priorato, para rescatar los secretos del Grial de la ambición del Opus dei.

El código da Vinci es la novela más exitosa que ha escrito Brown, pero a la vez la que deja más en claro su falta de voluntad literaria y su sobra de inmediatez mercadotécnica. Brown juega a cuestionar al catolicismo y al Opus dei, pero pierde el arrojo y se retracta. El Opus dei, grupo fundamentalista implicado en negocios turbios y en actos de agresión y de manipulación social contra otras organizaciones religiosas y contra los católicos de avanzada, es visto por Brown como un grupo de hombres equivocados, pero esencialmente ingenuos, lo que da al traste con toda posible crítica a la intolerancia imperante en el Opus dei. De la misma forma da al traste con el Cristo humanizado y con su relación amorosa con María Magdalena, al emparentarlos con una casa real francesa, ya que no se sale de la imagen de un Jesús europeo, que nada tiene que ver con el Jesús real, que era de tipo semítico. A la vez, tampoco da el paso decisivo en lo que respecta a la figura femenina y, en una novela que exalta la vena divina de la mujer, es decepcionante encontrar una protagonista tan lineal y gris como Sophie Neveu.

Brown podría ser un gran escritor si se arriesgara, pero está lleno de miedos y prejuicios característicos de ciertos intelectuales estadounidenses, demasiado apegados al dogma y que sólo se visten de revolucionarios en las paredes de la academia, sin trascendencia fuera de ella. Dan Brown muestra las limitaciones de un escritor inmaduro que no puede enfrentarse a aquello que escribe y menos a sí mismo como escritor, y que únicamente puede redactar productos inmediatos, y no obras perdurables.

 

Tomado de http://www.caratula.net

Hosted by www.Geocities.ws

1