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EL
SOFISMA DEL EXITO “Me arrepiento con todo mi corazón de
no haber sido feliz..." (Jorge Luis Borges) Luis Hernando Rosas Galeano. Vendedora de ilusiones, sociedad de
plástico y apariencias, son algunos distintivos de la sociedad globalizada
del fin de milenio. Sociedad de cambios vertiginosos y agudas crisis, de
logros y contradicciones, de esperanzas y frustraciones, pero definitivamente
una sociedad que, atrapada en el pequeño mundo de las contingencias,
construye una cultura sin trascendencia, inmediatista y fugaz, cuyos síntomas
son el estrés y la depresión; una cultura en la que el viejo axioma
cartesiano se reemplazó por la práctica reguladora del: aparento: luego
existo!. Una cultura que construye ídolos que son flor de un día, a quienes
se les ofrenda la ceguera del fanatismo y el incienso de la irracionalidad;
modelos del éxito, construidos por la industria del espectáculo, la
farándula, la música, el deporte o cuanto se venda. Surge así, un nuevo
culto, la nueva religión del éxito, que deslumbra a las multitudes y a la
cual todos quieren alcanzar y retener para siempre. Como toda moda,
acompañada por intereses mercantilistas, surgen predicadores de ilusiones,
textos que ofrecen las claves mágicas para alcanzarlo, slogans que sumergen
en el mundo de los vencedores, en el mundo de la arrogancia y la soberbia que
ignora y aplasta. El imaginario fantasioso del éxito,
se mide por la regla de lo cuantitativo y se rige por la variable del poder
imperante, el poder económico, no importa quién, ni cómo, ni los medios, solo
los resultados, así sea un vendedor de muerte o un venerable actor de la
corrupción. Lo que importa es el éxito, el status, el tener, aunque todo se
deba. Vivir para trabajar, trabajar para tener y tener para existir en
sociedad, he aquí la paradoja de nuestros tiempos. Cuando el éxito depende de elementos
exógenos al sistema del desarrollo personal, cuando depende de la aprobación
y reconocimiento de los otros, cuando depende del tener y no del ser, de
inmediato el individuo se convierte en esclavo que hipoteca su vida, su
libertad y autonomía. Que falsa es entonces, la ecuación que reza: éxito,
igual felicidad. Entendámonos: No rechazamos el éxito
en sí mismo, pero sí, la manera de concebirlo, pues en muchos casos se
convierte en un sofisma que aliena. ¿Quién no desea el éxito?, ¿Quién no
desea ser feliz?. Pero también, aunque lo evadamos, no podemos ignorar el
dolor y el fracaso, como parte de la vida y de la historia. Sin embargo,
éxito y fracaso más que dos conceptos contradictorios, me atrevería a
afirmar, son dos realidades complementarias, así lo atestiguan vidas como las
de Ghandi, Teresa de Calcuta, Luther King o la de Aquel "fracasado"
en la cruz. El éxito, por definición, es el logro
de lo que se propone, una meta alcanzada. Pero a la vez, es producto de la
perseverancia, la disciplina, el rigor, la lucha, el esfuerzo e incluso la
capacidad de aprender del fracaso, para volver a intentarlo, mejorando lo que
se ha descuidado. El éxito, tiene que ver con la forma de afrontar los
fracasos, pues es allí donde se reavivan los valores y se fortalecen las
virtudes. Así, más que una ilusión, más que depender de la aprobación o
rechazo de los demás, el verdadero éxito, la auténtica felicidad depende del
grado de compromiso que cada cual tiene con su proyecto de vida, con su
realización personal, con la satisfacción de su propio ser, sin pasar por
encima de los demás, para lo cual debe proponerse hacer lo correcto y tomar
las decisiones y medios justos que se requieren para alcanzarlo. En los tiempos de crisis, como los
que vivimos hoy, más que nunca necesitamos gente capaz de aprender del
fracaso, de reconocer las debilidades y fortalecer el espíritu con los
valores que perduran y las virtudes de la disciplina, el rigor y la
perseverancia que robustecen el espíritu. Sólo así podremos no morir, sin
beber el elixir de la verdadera felicidad. |