Soledad.
¡Shalón Soledad!
Mientras camino por la avenida que me lleva al malecón, en una de esas soleadas tardes de verano, me siento invadido por una canción que viene a mis
oídos desde un auto, que lleva el radio a todo volumen. Lamentablemente, ese auto pasa demasiado rápido, y en un momento dado, pese a lo fuerte del sonido,
aquella canción se me ha ido, pero, su esencia y su fragancia no. Y sigue -¡no solo se queda!- sigue a mi lado. Debe ser por eso que yo creo que el sol
todavía no se va, pese a que la tarde avanza y la noche se prepara. Gracias -¡gracias!- por no hacer que yo deje de creer aquello, y porque así me siento
muy bien.
Me da la impresión que el tiempo se ha detenido, y sospecho que a lo mejor he dado sin pensarlo, con aquella esquina donde un segundo es infinito. Te
digo una cosa, parece que allí no se hace de noche. ¿Conocías tú esa esquina? ¿No pasaste por allí alguna vez con tu bicicleta, cuando tu pelo jugaba
con el viento? Yo sé que hoy ya no montas esa bicicleta, pero también sé que el viento quisiera seguir jugando con tu pelo, y desearía seguirte, viendo
cómo echas a volar tus pensamientos, tus fantasías y también tu cometa, esa que hasta ahora conservas -¡aunque está rota!- porque todavía tienes de niña.
Sí, aún hoy conservas a la niña que entonces desafiaba incluso al tiempo. Por favor, no me lo niegues, porque yo la he visto, por mucho que tú hayas tratado
de cerrar los ojos.
Ah, pero qué engreimiento. Está allí, y juega que te juega. No quiere dejar de ser inocente, ni dulce, ni tierna, ni graciosa, Y como no desea que
me vaya solo por aquella avenida, me acompaña con su risa traviesa, la cual llega mucho más allá del centro de Miraflores, sin detenerse un solo instante
para preguntarme cuánto hemos caminado. ¿Tú te lo imaginas? Fíjate que el parque Kennedy se detiene, y mis oídos perciben un raro crujir.
"¡Sus árboles se inclinan como haciendo reverencia!", exclama una pintora ambulante, que sin saberlo me explica. "¡Oe, mira ve!", dice un vendedor de
sánguches. "¿Y ante quién?", me pregunto yo. ¿Será que estás llegando tú?
Bueno -¡tú siempre vas conmigo!- Y conoces muy bien las calles, las avenidas por las que me gusta pasear. Ya sé que a veces te hago andar mucho por
ellas, y dicho sea de paso gracias -¡sí, muchas gracias!- por no hacer ningún reclamo. Yo sé que eres muy tolerante, pero antes que ello afectiva, y siento
que es por esto último que me acompañas, al igual que yo. Si tú quieres, vamos lento pero vamos.
El recuerdo nos alcanza y nos invita un helado de chocolate, tan rico como los que vendían en el Lamborghini, frente al Óvalo Gutierrez, y cómo decirle
que no al recuerdo. ¿Los probaste tú? Perdóname por provocarte. Resulta que ese óvalo, donde vendían esos heladitos, donde también se podían comer deliciosas
hamburguesas, ha cambiado; ya no es el de los años 80, y menos aún el de los 70. Aquel, se fue detrás del siglo, del mismo modo que lo hicieron varias
de mis ilusiones, algunos amigos, algunos discos, y creo que hasta una guitarra que también se esfumó. A propósito, yo sé que tú también eres nostálgica
-¡no me lo niegues!- y te hago una apuessta: Un helado más que habrán mil cosas que me querrás contar.
Pongámonos a conversar, y déjame que te pregunte: ¿Qué hacías en el 65? ¿Te sacabas buenas notas en el colegio? Tengo la sospecha que sí. ¿Te molestaban
algunos prejuicios? ¿Veías a los Picapiedras? Cuántas preguntas, ya lo sé, pero no me digas -¡no me jodas!- y vamos, cuéntame.
Yo me acuerdo que entonces estaba pequeño, y creo que eso me permitía estar más cerca de la tierra; bastaba con inclinarme para poner mis manos en la
canaleta por donde corría el agua que yo a veces bebía, o sobre el pasto, el pavimento, la arena, el barro, el cemento fresco que los albañiles iban poniendo
en las vereditas de la casa que mis padres habían mandado a construir. Tenía manos de niño travieso; es verdad, pero tú sabes que poner mis manos era
mi única forma de conocer.
La naturaleza me dejaba que la toque, cual mujer nada egoísta, inteligente -¡muy parecida a ti!- que deseaba mostrárseme, también a mí, tal como era,
para que yo no fuese ajeno a esa belleza que la adorna, haciéndola brillar como un tesoro que algunos hombres no han aprendido a encontrar, pero que espera,
soñando como lo hace aquella niña juguetona que, entre que sueña, canta, baila y ríe, no quiere dejar de esperar, porque el sol todavía no se va, pese
a que la tarde avanza y la noche se prepara.
Que ese sol no se vaya, no por favor -¡que no se vaya!- y -¿dónde está el acordeón?- para tocarlo mientras tú sirves algo de vino. Quisiera que la música
invada esta fantasía de tarde de sol, de alegría, de emoción, de ternura, de canciones, que así como vienen se van, y... Trata de sacar de ti tu mejor
melodía. No te sientas corta. Vamos, que en tu interior hay algo más que un gueto; hay todo un universo pequeñamente inmenso, aunque en la inmensidad
tú lo sientas pequeño. No, no -¡pequeño no lo es!- y solo falta que tú misma lo descubras.
Fíjate que dentro de ese universo hay tanto por descubrir: Penas que no faltan; pero, también alegrías que cantan como pajaritos que habitan en la calidez
de tu propia ecología, en aquellos adentros tuyos, donde hay una y mil flores que se ponen a bailar cuando escuchan que la música comienza y te hacen cosquillas,
invitándote a moverte, a mover al mundo entero. Entonces, hasta el sol se mueve, se sale de su órbita, y no se puede volver a guardar, a menos que tú
lo dispongas, y cuando eso ocurre, recién sale la luna.
Lic. Luis Hernández Patiño
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