LLUVIA, LLUVIA, VETE LEJOS
Isaac Asimov
LLUVIA, LLUVIA, VETE LEJOS - Isaac Asimov
Revisado y corregido por: El Trauko
Última revisión: julio de 2002
Edición electrónica: El Trauko
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Chile - Julio de 2002
Texto digital # 142
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LLUVIA, LLUVIA, VETE LEJOS[1]
Isaac Asimov
-Ahí está otra vez -decía Lillian Wright, colocando las celosías de la
manera más conveniente para mirar-. Ahí está, George.
-¿Quién está ahí? -preguntó el marido, inttentando conseguir el contraste
adecuado en el televisor, para poder contemplar a gusto el partido de
béisbol.
-La señora Sakkaro -respondió la mujer, y luego, para evitar el inevitable:
«¿Quién es la señora Sakkaro?», añadió precipitadamente-: Son los nuevos
vecinos, ¡por amor de Dios!
-¡Ah!
-Tomando un baño de sol. Siempre tomando bbaños de sol. Me pregunto dónde
estará su chico. Suele estar fuera de casa, en un día bueno como éste, allí
en aquel patio tan grande que tienen, tirando la pelota contra las paredes
de la casa. ¿No le has visto nunca, George?
-Le he oído. Es una variante del tormento chino del agua. ¡Bang! contra la
pared, ¡biff! en el suelo, ¡plaff! en la mano. Bang, biff, plaff, bang,
bilf, plaff...
-Es un muchacho agradable, tranquilo y bieen educado. Ojalá Tommie trabara
amistad con él. Además, tiene la edad conveniente; unos diez años, diría yo.
-No sabía que Tommie tuviera dificultad enn ganarse amigos.
-Pues con los Sakkaro es difícil hacer amiistad. ¡Viven tan retraídos! Ni
siquiera sé a qué se dedica el señor Sakkaro.
-¿Para qué has de saberlo? A nadie le impoorta un pepino lo que haga ese
hombre.
-Es raro que nunca le vea salir a trabajarr.
-A mí nadie me ve salir yendo al trabajo.
-Tú te quedas en casa y escribes. ¿Y él? ¿¿Qué hace?
-Me atrevería a decir que la señora Sakkarro sabe qué hace el señor Sakkaro,
y que está muy consternada porque no sabe qué hago yo.
-¡Oh, George! -Lillian se apartó de la venntana y dirigió una mirada de
disgusto a la televisión (Schoendienst estaba en el puesto de bateador).
Creo que deberíamos hacer un esfuerzo; sí, los vecinos deberíamos hacerlo.
-¿Qué clase de esfuerzo? -Ahora George esttaba cómodamente sentado en el
canapé, con una «Coca Cola» de las grandes en la mano, recién abierta y con
el líquido casi convertido en escarcha.
-El de conocerlos bien.
-Oye, ¿no la conociste cuando se trasladarron aquí? Me dijiste que fuiste a
visitarla.
-Sí, le dije: «Hola»; pero ella se metió ddentro, y como todavía tenían la
casa en desorden, no podía pasar de eso, de decirle «Hola». Pero hace ya más
de dos meses que están, y todavía no hemos pasado de un «hola» de vez en
cuando... ¡Es tan rara!
-¿De veras?
-Siempre está mirando al cielo. La he vistto en esa actitud un centenar de
veces, y basta que haya la menor nube en el firmamento para que no salga. Un
día que el chico estaba fuera, jugando, le gritó que entrase, diciendo que
iba a llover. Yo la oí y pensé: «¡Santo Dios! ¿Quién lo diría? Y yo que
tengo la ropa tendida...» De modo que salí corriendo y, ¿sabes?, hacía un
sol deslumbrante. Ah, sí, había unas nubecillas; pero nada, en realidad.
-¿Llovió más tarde?
-Claro que no. Había salido corriendo al ppatio por nada.
George se había perdido entre dos blancos en la base y un fallo de los más
enojosos, que provocaría una carrera. Calmados los ánimos y habiendo
recobrado la compostura el lanzador de la pelota, George le gritó a Lillian,
que estaba desapareciendo dentro de la cocina:
-Bueno, como son de Arizona, me atrevería a decir que no distinguen las
nubes que traen lluvia de las que no.
Lillian regresó a la sala con un repicar de tacones altos.
-¿De dónde?
-De Arizona, dice Tommie.
-¿Y cómo lo sabe Tommie?
-Habló con aquel muchacho, entre manotazo y manotazo a la pelota, me figuro,
y el chico le dijo que habían venido de Arizona; pero en aquel momento lo
llamaron para que entrase en casa. Al menos Tommie dice que era Arizona... o
quizá Alabáma, o algo que suena por el estilo. Ya conoces a Tommie y su
falta absoluta de memoria. Pero si están tan preocupados por el tiempo, me
figuro que procederán de Arizona y no saben gozar de un buen clima lluvioso
como el nuestro.
-¿Cómo no me lo dijiste?
-Porque Tommie me lo ha dicho esta mañana,, precisamente, y porque he pensado
que te lo habría contado también a ti, y a decir verdad, porque pensaba que
serías capaz de llevar una existencia normal incluso en el caso de que no te
enterases nunca, Puaf...
La pelota había salido volando hacia la parte indicada del campo para que el
lanzador pudiera dar por terminada su actuación.
Lillian regresó junto a sus celosías y dijo:
-Sencillamente, he de intentar conocerla. Parece muy simpática... ¡Oh, mira
eso, George!
George no miraba otra cosa que el televisor.
-Sé que está absorta mirando aquella nube -añadió Lillian-. Y ahora se
meterá dentro de casa. Seguro.
Dos días después, George fue a la biblioteca en busca de datos, y volvió a
casa con un cargamento de libros. Lillian le saludó radiante de
satisfacción.
-Bueno. Mañana no harás nada -exclamó.
-Eso parece una aseveración, no una pregunnta.
-Es una aseveración. Saldremos con los Sakkkaro; Iremos al parque Murphy.
-Con...
-Con nuestros vecinos, George. ¿Cómo es poosible que no recuerdes nunca su
nombre?
-Soy un superdotado. ¿Y cómo ha sido?
-Simplemente, esta mañana he ido a su casaa y he tocado el timbre.
-¿Tan fácilmente?
-No ha sido fácil. Ha sido duro. Allí me ttenías, temblando de puro
nerviosismo, con el dedo apoyado en el timbre; hasta que se me ha ocurrido
pensar que era más cómodo tocar el timbre que esperar a que abriesen la
puerta y me sorprendieran plantada allí, como una tonta.
-¿Y no te ha echado a puntapiés?
-No. Ha sido muy afectuosa. Me ha invitadoo a entrar, me ha reconocido en
seguida y me ha dicho que estaba muy contenta de que hubiera ido a
visitarla. Ya sabes.
-Y tú le has propuesto que fuésemos al parrque Murphy.
-Sí. He pensado que si proponía algo que ppudiera significar una diversión
para los niños, le seria más fácil aceptar. No querría perder una buena
oportunidad para su chico.
-Psicología maternal.
-Pero deberías ver su casa.
-¡Ah! La visita tenía un objetivo. Ahí esttá. Querías realizar una
exploración completa. Pero, por favor, ahórrame los pequeños detalles. No me
interesan los cubrecamas, y puedo pasarme lo mismo sin saber las dimensiones
de los armarios.
El secreto de la felicidad de aquel matrimonio estaba en que Lillian no le
hacía el menor caso a George. En consecuencia, se metió en pequeños
detalles, describió meticulosamente los cubrecamas, y le dio noticia
detalladísima de las dimensiones de los armarios.
-¡Y limpio...! No había visto jamás una viivienda tan inmaculada.
-Entonces, si tienes mucho trato con ella,, te marcará unas normas imposibles
y, en defensa propia, tendrás que renunciar a su amistad.
-Tiene una cocina -continuó Lillian, ignorrándole por completo- tan
relucientemente limpia que no parece posible que la utilice nunca. Le he
pedido un vaso de agua, y lo ha sostenido bajo el grifo con tal perfección
que no se ha derramado ni una gota sobre el fregadero. Y no era afectación.
Lo ha hecho con tal naturalidad que he comprendido que siempre lo hace así.
Y cuando me ha dado el vaso, lo sostenía envuelto en una servilleta limpia.
Con la asepsia de una clínica.
-Debe de ser un tormento para sí misma. ¿AAceptó sin titubeos y al instante
la invitación de salir con nosotros?
-Pues... al instante no. Ha preguntado a ssu marido qué previsión había para
el tiempo, y él le ha contestado que todos los periódicos decían que mañana
haría buen tiempo, pero que aguardaba el último parte de la radio.
-Todos los periódicos lo decían, ¿eh?
-Naturalmente, todos publican el parte metteorológico oficial; de modo que
todos coinciden. Pero creo que están suscritos a todos los periódicos. Al
menos me he fijado en el paquete que deja el muchacho...
-No se te pasan muchos detalles por alto, ¿verdad?
-De todos modos -replicó Lillian con aire severo-, ha telefoneado a la
Oficina Meteorológica y les ha pedido el último parte y se lo ha comunicado,
a gritos, a su marido, y ambos han dicho que nos acompañarían, aunque
advirtiendo que si se produjeran cambios inesperados en el tiempo, nos
telefonearían.
-Muy bien. Entonces, iremos.
Los Sakkaro eran jóvenes y agradables, morenos y guapos. Mientras bajaban
por el largo paseo desde su casa hacia donde aguardaba el coche de los
Wright, George se inclinó hacia su esposa y le susurró al oído:
-De modo que el motivo de tanto interés ess él.
-Ojalá lo fuera -replicó Lillian-. ¿No es un bolso aquello que lleva?
-Una radio de bolsillo. Para escuchar los partes meteorológicos, apuesto.
El hijo de los Sakkaro venía corriendo tras ellos, blandiendo un objeto que
resultó ser un barómetro aneroide, y los tres subieron al asiento trasero.
La conversación se puso en marcha y duró, con un limpio peloteo sobre
cuestiones impersonales, hasta el parque Murphy.
El muchacho se mostraba tan cortés y razonable que hasta Tommie Wright,
incrustado entre sus progenitores en el asiento delantero, se sintió
arrastrado por el ejemplo a mantener una apariencia de civilización. Lillian
no recordaba cuándo hubiera gozado de un paseo en coche tan serenamente
agradable.
Y no la inquietaba lo más mínimo el hecho de que, si bien apenas audible
bajo el chorro continuo de la conversación, la radio del señor Sakkaro
seguía abierta, aunque nunca le viese acercársela al oído.
En el parque Murphy hacia un día delicioso; caliente y seco, pero sin un
calor excesivo, y animado por un sol resplandeciente en un cielo azul, muy
azul. Ni siquiera el señor Sakkaro, a pesar de estar inspeccionando
continuamente todos los rincones del firmamento con mirada atenta y fijar
luego un ojo penetrante en el barómetro, parecía encontrar motivo de queja.
Lillian acompañó a los dos muchachos a la sección de diversiones y compró
los billetes suficientes para que ambos pudieran gozar de todas y cada una
de las emociones centrífugas que el parque ofrecía.
-Por favor -le dijo a la señora Sakkaro, qque no quería permitirlo-, deje que
esta vez invite yo. Le prometo que la próxima dejaré que invite usted.
Cuando regresó, George estaba solo.
-¿Dónde...? -preguntaba ella.
-Allá abajo, en el puesto de los refrescoss. Les he dicho que te esperaría
aquí y nos reuniríamos con ellos. -Él parecía sombrío.
-¿Pasa algo?
-No, en realidad no; excepto que pienso quue ese hombre debe de ser
riquísimo.
-¿Qué?
-No sé cómo se gana la vida. He insinuado....
-¿Quién es el curioso ahora?
-Lo hice por ti. Me ha dicho que se dedicaa, simplemente, a estudiar la
naturaleza humana.
-¡Qué filosófico! Eso explicaría aquellos montones de periódicos.
-Sí, pero teniendo a un hombre guapo y ricco en la puerta de al lado, parece
como si también a mí me marcaran unos modelos imposibles.
-No seas tonto.
-Ah, y no procede de Arizona.
-¿No?
-Le he dicho que había tenido noticia de qque era de Arizona. Ha parecido tan
sorprendido que se ha visto claramente que no es de allá. Después se ha
puesto a reír y me ha preguntado si tiene el acento de Arizona.
Lillian comentó pensativamente:
-Sí, tiene un acento especial. En el suroeeste hay muchísima gente que
desciende de españoles, de modo que, en fin de cuentas, podría proceder de
Arizona. Sakkaro podría ser un apellido español.
-A mí me suena a japonés... Vamos, nos esttán haciendo señas. ¡Oh, buen Dios,
mira lo que han comprado!
Cada uno de los miembros de la familia Sakkaro tenía en las manos tres palos
de algodón de azúcar, grandes volutas de espuma rosada consistente en hebras
de azúcar obtenidas a partir de un jarabe como escarcha que habían batido en
un recipiente caliente. Era una golosina de sabor dulce que se desvanecía en
la boca y le dejaba a uno todo pegajoso.
Los Sakkaro ofrecieron uno de aquellos bastones a cada uno de los Wright, y
éstos, por pura cortesía, aceptaron.
Luego probaron suerte con los dardos, en esa especie de póquer en que unas
bolas han de rodar hacia unos hoyos, y en derribar cilindros de madera de
encima de unos pedestales. Se retrataron, grabaron sus voces y probaron la
fuerza de sus manos.
Al cabo de un rato, recogieron a los chicos, que habían quedado reducidos a
un gozoso estado de diarrea y de entrañas irritadas, y los Sakkaro
acompañaron inmediatamente al suyo al puesto de los refrigerios. Tommie
insinuó la posibilidad de prolongar sus placeres adquiriendo un «perro
caliente», y George le dio un cuarto de dólar. Tommie salió corriendo en pos
de los vecinos.
-Francamente, prefiero quedarme aquí -dijoo George-. Si les veo mordisquear
otro palo de algodón de azúcar me pondré verde y me darán arcadas. Si no se
han comido una docena cada uno, me la como yo.
-Lo sé, y ahora están comprando un puñado para el chico.
-He invitado al marido a despachar un par de hamburguesas mano a mano; pero
él ha puesto mala cara y ha meneado la cabeza. Claro, una hamburguesa no es
gran cosa; pero después de tanto algodón de azúcar habría de parecer un
festín.
-Lo sé. Yo le he ofrecido una naranjada a ella, y, por el salto que ha dado
al decir que no, habrías pensado que se la había arrojado a la cara... Sin
embargo, me figuro que no habían estado nunca en un lugar como éste y
necesitan un tiempo para adaptarse a la novedad. Se hartarán de algodón de
azúcar y luego se pasarán diez años sin probarlo.
-Sí, es posible. -Y fueron a reunirse con los Sakkaro-. Mira, Lil, se está
nublando.
El señor Sakkaro sostenía el aparatito de radio junto al oído y miraba
ansiosamente hacia el Oeste.
-Oh, oh, lo ha visto -dijo George-. Te apuuesto cincuenta contra uno a que
querrá irse a casa.
Los tres Sakkaro se le echaron encima, muy corteses, pero insistentes. Lo
sentían en extremo, lo habían pasado maravillosamente, imponderablemente
bien, y los Wright habrían de ser sus invitados tan pronto como pudieran
arreglarlo; pero ahora, de veras, tenían que irse a casa. Se acercaba una
tormenta. La señora Sakkaro gemía y lloriqueaba diciendo que todos los
partes de la radio habían anunciado buen tiempo.
George intentó consolarlos.
-Es difícil predecir una tormenta local; ppero, aún en el caso de que
viniera, y es posible que no, no duraría más de media hora a lo sumo.
Explicación que puso al menor de los Sakkaro a punto de derramar lágrimas, e
hizo temblar visiblemente la mano de la señora Sakkaro, que sujetaba un
pañuelo.
-Volvamos a casa -concluyó George-, resignnado.
El viaje de regreso parecía prolongarse interminablemente. La conversación
brillaba por su ausencia. Ahora la radio del señor Sakkaro bramaba con
fuerza, mientras su dueño sintonizaba una emisora tras otra, dando cada vez
con un parte meteorológico. En estos momentos todos hablaban de «aguaceros
locales».
El pequeño Sakkaro se quejó con un hilo de voz de que el barómetro estaba
bajando, y la señora Sakkaro, con el mentón apoyado en la palma de la mano,
contemplaba el cielo con mirada lúgubre y le pedía a George si podía hacer
el favor de correr más.
-No parece muy amenazador, ¿verdad que no?? -comentaba Lillian en un cortés
intento de identificarse con el estado de ánimo de su invitada. Aunque luego
George le oyó murmurar entre dientes:
-¿Qué te parece?
Cuando entraron en la calle en que vivían, se había levantado un viento que
empujaba el polvo formado en semanas de no llover, y las hojas susurraban
con acento amenazador. Un relámpago cruzó el firmamento.
-Amigos míos, dentro de un par de minutos estarán en casa -prometió George-.
Lo conseguiremos.
Paró ante la puerta de la verja que daba acceso al espacioso patio de los
Sakkaro y saltó del coche para abrir la portezuela trasera. Creyó recibir
una gota de lluvia. Llegaban justo a tiempo.
Los Sakkaro bajaron precipitadamente, las caras estiradas por la tensión,
murmurando unas frases de agradecimiento, y se lanzaron a la carrera hacia
el largo paseo que llevaba a la puerta de la fachada.
-¿Qué te parece? -empezó Lillian-. Uno dirría que son de...
Los cielos se abrieron y la lluvia descendió en forma de gotas gigantes,
como si se hubiera reventado de pronto alguna presa celestial. Un centenar
de palos de tambor repicaban sobre la capota del coche... Y a mitad de
camino de la puerta de su casa, los Sakkaro se habían parado y levantaban la
vista al cielo con aire desesperado.
Bajo el azote de la lluvia, sus rostros se disolvían; se disolvieron y
contrajeron y resbalaron hacia el suelo. Los tres cuerpos se reducían,
desplomándose dentro de las ropas, que se deshincharon sobre el suelo,
formando tres montoncitos mojados y pegajosos.
Y mientras los Wright continuaban sentados en su coche, transfigurados de
horror, Lillian fue incapaz de reprimirse y dejar de terminar el comentario
iniciado:
-... que son de azúcar y tienen miedo de ddisolverse.
F I N
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[1] En inglés, «Rain, Rain, Go Away» que es el comienzo de una tonadilla
infantil para alejar la lluvia.
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