Leyenda gaelica
Mabinogi se denominaba cada una de las leyendas galesas que todo bardo debía aprender. Una de estas reliquias de la memoria mitológica era la historia
del
rey Pwyll, parte de la cual cuento aquí en una adaptación libre y personal.
Cabalgaba por un bosque cerrado y oscuro, a la caza del ciervo, un caballero llamado Pwyll, señor de las tierras de Dyfed. Habiáse quedado sólo, y hasta
la vista de sus propios perros había perdido entre tanta espesura. Por eso se extrañó y su caballó se removió inquieto cuando vió aparecer entre los árboles
un ciervo a la carrera, perseguido de cerca por una manada pequeña de perros que no eran los suyos, ladrando y aullando enloquecidos. Su primer impulso
fue seguirlos, pero enseguida se dió cuenta de que los perros no eran normales: tenían las orejas completamente rojas, como brasas brillantes que refulgían
en medio del pelaje blanco. Todo buen galés sabe que eso es mala señal, pelirrojos son los hombres y las mujeres tocados por las hadas, y lo mejor es alejarse
de ellos. Así lo hizo el cazador, pero ya era demasiado tarde. Había traspasado los límites del Reino de las Hadas, llamado Annwn, la Tierra de los Muertos.
Entre las brumas que de repente parecían trepar por los troncos apareció un hombre montado a caballo, al paso. Por los belfos, el animal humeaba
aliento caliente. Bajo un yelmo de brillante plata, el extraño habló:
-Esperaba más de vos, Pwyll. Confiaba en ccontar con vuestros brazos en esta cacería...
-Siento haberos defraudado, señor, pero peensé que era ajeno...
-Pues hicistéis mal al no seguir vuestro pprimer impulso: la pieza se ha perdido.
-Lo siento de veras, señor, y si en mí esttá el arreglarlo, os ofrezco cuanto soy y tengo en reparación de tal afrenta, mi señor. Más decidme, ¿cuál es
vuestra gracia?
-Mi nombre es Arawn, rey de Annwn, y no essperaba menos de vos. El Hado ha querido reunirnos aquí y ahora y vuestro compromiso es bienvenido y aceptado.
-Sea, mi señor Arawn. Decídme que queréis de mí.
-Puesto que aceptáis antes de escuchar, saabed que vuestra lanza deberá erguirse en vuestro brazo al término de un año. Sois el elegido para batiros en
duelo
contra mi enemigo, el caballero Havgan, que se ha apropiado de buena parte de mis tierras.
-De nobles es ofrecer antes de pedir, mi sseñor. Nunca rechacé un lance, y no lo haré al término de un año, que sea aquí donde nos reunamos.
-Sea pues este el lugar, el bosque de Glynn Cuch, pero escuchad, durante este tiempo vos seréis Arawn y yo seré vos, vos gobernaréis mis tierras y mis gentes
en Annwn y yo lo haré bajo vuestra misma apariencia en vuestro reino, Dyfed. Nadie sospechará nada, pues la figura de Arawn será la vuestra, y la de Pwyll
será la mía. Ese es el trato. Ahora, cabalguemos hacia nuestros nuevos destinos, y volveremos a vernos cumplido un año.
Volvió grupas el rey de Annwn, pero apenas había recorrido unos metros cuando volvió, gritando:
-Un momento, Pwyll, debéis saber que mi ennemigo Havgan, goza de mágicas protecciones. Cuando os enfrentéis a él, dadle sólo un golpe, y no le déis el de
gracia, pues si lo hicieráis reviviría con igual fuerza.
Corcoveaba nervioso el caballo mientras el Rey de las Hadas hablaba, y al fin arrancó al galope, perdiéndose entre los árboles, camino de Dyfed.
Pwyll apenas salía de su asombro, pero la palabra estaba dada. Parecía que su montura conociera el camino, pues en breve lo llevó hacia un castillo, que
supuso era el que iba a tener que gobernar durante un año bajo la apariencia física de Arawn.
Mas no había supuesto Pwyll que los problemas vendrían después de tratar con guerreros, terratenientes y ciudadanos. Esa parte fue fácil, la justicia fluía
de sus manos pues tenía la verdad asentada en su mente. Lo dificil vino cuando se retiró a sus habitaciones al término del primer día.
Allí lo esperaba la mujer de Arawn, pensando que era él, y deseando, supuso, el mismo trato de todas las noches. La mujer era bella, como sólo
pueden serlo las hijas de las hadas. El compromiso era gobernar un territorio, mas no mancillar sus posesiones, pensaba en su interior Pwyll, por eso se
mantuvo firme, se volvió contra la pared de piedra, en silencio, sin contestar a las preguntas ni a los ruegos de la desconcertada esposa. Toda la noche
la pasó así, y tras la primera noche, las siguientes, hasta cumplir el año acordado.
Entonces fué Pwyll en la figura de Arawn con sus pertrechos de combate al vado del río en medio del bosque de Glyn Cuch, y allí estaba esperando
Havgan, su enemigo, impresionante con su armadura negra y su lanza inmensa. Y no se lo pensaron dos veces, que tal como se vieron se calaron los yelmos,
empuñaron las picas y lanzaron a galope las monturas envueltas en bardas volando al viento. El choque fue brutal. Havgan dejó caer su lanza, estaba malherido
y a duras penas se mantenía en la silla:
-Por compasión, termina lo que empezaste, remátame y vuelve vencedor- gritó el guerrero. Pero Pwyll recordó lo que le dijó Arawn y no quiso embestir de
nuevo, aunque estaba preparado:
-Sé con seguridad que me habría de arrepenntir si tratara de terminar contigo con otro mandoble; no habra más te digo.
Con un torva mirada, comprendiendo que su final estaba cerca, Havgan el usurpador llamó a sus criados y éstos se lo llevaron de allí. Pwyll,
todavía bajo la apariencia y pertrechado con las armaduras de Arawn, recorrió todas las tierras, castillos y señoríos, y los recuperó para Annwn. Sólo
entonces volvió al bosque. Ya lo esperaba allí el verdadero Arawn, sonriendo.
-Sabía que confiaba en un buen hombre y unn gran guerrero. Recupera tu físico, pues has cumplido de sobras con tu palabra, vuelve a Dyfed y ve lo que allí
he hecho en este año.
Volvió Pwyll a la carrera, y convocó a sus caballeros. Y les pidió que con sinceridad respondieran sobre cómo había gobernado él mismo durante un año.
Y todos a una respondieron que nunca hubo mayor justicia, ni más dones de su mano, ni mejor suerte para tierras, animales y gentes. Y Pwyll agradeció en
su interior a Arawn los favores recibidos.
Por su parte, Arawn regresó a su reino y lo encontró como esperaba, pero cuando se reunió con su esposa esa noche, y la abrazó, y la besó, y la cubrió
de caricias como antaño, no recibió ni palabras ni caricias ni besos de ella. Y cuando le preguntó por qué era así con él, ella le respondió que no hacía
más que comportarse como él había hecho durante un año. Y entonces Arawn comprendió, y le contó la verdad a su esposa, y ésta se alegró, y folgaron, y
fueron felices, y ella le dijo:
-Prueba mayor de amistad no existe en el mmundo. Agradece a los dioses haber topado entre los mortales con un verdadero amigo, y no lo pierdas; ni a él,
ni tampoco a mí, si osárais enfrentarme de nuevo a la duda.
Ambos reyes y sus descendientes mantuvieron la amistad desde entonces, y se intercambiaron regalos: caballos de guerra, perros de caza, armaduras y cadenas.
Y el rey Arawn dió a su amigo el nombre de Señor de Anwn para siempre.
© 2002 Lorena Sertorio
En esta historia de la mitología celta encontramos algunos rasgos que nos llaman la atención, pues perviven en muchas otras tradiciones e historias populares.
En primer lugar, la importancia del bosque como lugar de encuentro con los seres mágicos. Templo sagrado desde antiguo, rincón de misterios y presencias
vivas, símbolo de la naturaleza más pura. Allí aparecen, y allí comienza su territorio.
Después, el río, la frontera entre los dos mundos, donde se enfrentan los seres de la razón y de la mitología. Los perros y la caza, presentes en tantas
y tantas leyendas. El color rojo, símbolo de las hadas, como rojos son los gorros de gnomos y duendes, los ojos de los diablos, las sábanas manchadas de
sangre de las hadas lavanderas, los crabons royos...
Por último, un pequeño detalle: al caballero Havgan no puede dársele un segundo golpe, pues en vez de matarlo lo reviviría. En la mitología popular de
muchos países, entre ellos España, a las brujas no se les puede dar un número par de golpes, pues el primero las hiere, pero el segundo las sana...
© copyright 2002 de los autores
© copyright 2002 Chema Gutiérrez Lera
Revista ELFOS
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