El Rincón de los Relatos

Microcuentos de Manuel Enríquez

Tan solo porque te quiero.. Miró el andén repleto de gente esperando la llegada del próximo metro. Tomó posición en la primera fila del andén, inicio de línea y el tren llegará vacío, pensó. Se acordó de Marcela, la había dejado en casa llorando veinte minutos antes. Ella tenía que comprender que esas bofetadas eran fruto del mucho amor que le tenía. No estaba dispuesto a dejar que se marchara. Además esta vez no había sido como las otras como aquella cuando le rompió el labio. Las veces anteriores ella le había perdonado y un par de rosas rojas le harían olvidar lo sucedido. Sintió el aire desplazarse a la salida del túnel, el convoy llegaba a gran velocidad. Notó un empujón en la espalda y cayó hacia delante. Chirriar de frenos, un grito de mujer, el crujir de una pierna, su pierna, que se quiebra bajo una rueda de acero. Antes de que la siguiente rueda del siguiente vagón aplastara su cabeza contra la vía, pudo ver en un último flash la figura de Marcela subiendo tranquilamente las escaleras que daban acceso al vestíbulo. Réquiem por un gánster Sabía que Gino cumplía sus promesas y reconoció la voz de “Oso Joe” detrás de la puerta. La conversación con Gino había durado no más de diez minutos. “Gino, he perdido el paquete, fue anoche, estaba borracho y me fui con aquella prostituta. Recuerdo haberlo dejado en el asiento del Ford azul. Subí a casa y esta mañana el paquete no estaba”. La voz de Gino había sonado tranquila: “Caro, no te preocupes, te mando a Joe que te ayudará a recuperar la memoria, Due kilos de nieve sono molti dólari y bien merecen uno picolo esforzo de la túa testa”. Sabía lo que eso significaba. Además Oso Joe se la tenía jurada desde que le levantó a aquella chica. Dos puños en la boca del estómago le mantendrían callado, luego golpes en la cara con el puño americano y un tiro en la rodilla antes de recibir un último balazo en la cabeza. Abrió la ventana decidido a tomar el camino más fácil. Tres segundos en descender los 25 pisos hasta el suelo de la calle. Un vacío en el estómago y el suelo acercándose inexorable. Maldita casualidad, pensó, iba a caer justo encima del maletero del Ford azul. Su cabeza recordó un gesto mecánico realizado la noche anterior. Antes de subir aquella zorra al coche y como medida de precaución, había sacado el paquete del asiento trasero y lo había guardado en la cajuela del vehículo.     Generación incomprendida. Terminó de pulir su última obra. Había estado trabajando en ella desde el verano pasado. Primero fue la selección del material en que sería creada. Sería el granito lo más adecuado. Ahora, tras varios meses de tallado incesante el trabajo había terminado. La voz del abuelo interrumpió sus pensamientos: “Así nunca llegarás a nada. Y es que los jóvenes de ahora no tenéis los arrestos que teníamos nosotros. ¡Mírale ahí perdiendo el tiempo! ¡Trabajando tendrías que estar!”. Él se encogió de hombros, estaba acostumbrado a este tipo de reproches que no comprendían su espíritu creativo. En ese momento vio a su padre aparecer por la boca de la caverna. Hubo de reconocer que su presencia resultaba imponente vestido con esa elegante piel de oso pardo, llevando una moderna hacha de sílex en su mano derecha mientras cargaba al hombro un venado muerto. “¿Y eso, para qué sirve?”, preguntó el recién llegado, con un inequívoco tono de enfado, mientras señalaba la escultura. Para nada, no sirve para nada – contestó el aludido – . Es mi última obra, la llamo rueda.   El Enamorado. supo que la deseaba desde el primer día que se vieron. Su mirada sensual, su andar cadencioso y provocativo, su aroma penetrante que evocaba placeres inimaginables. Luego supo que se llamaba Liria. El nombre también le gustaba como todo lo demás en ella. Pero las cosas no podían ser tan perfectas. Carlos, ¡cómo odiaba a ese hombre! no se separaba de Liria ni un solo momento cortando de raíz cualquier aproximación. Y por si fuera poco también estaba Sara, su inseparable acompañante por la cual ya había dejado de sentir todo aquello que alguna vez inundó su corazón. -         - Hola Carlos -         ¡Buenos días Sara! -         - ¿Sigue Liria en celo? -         Le falta todavía una semana, mejor será que no dejes que se acerque tu perro.   El reo y el obispo. El reo con la cabeza, manos y pies sujetos al cepo tenía poca probabilidad de escapar de la hoguera. Había sido capturado por soldados del Obispo cuando salía de la catedral portando un cáliz de oro que había sustraído del Sagrario un momento antes. El Obispo acusador del Tribunal del Santo Oficio lanzó su petición al Cielo. “En nombre de nuestro Señor Jesucristo que todo lo ve pido al Cielo que mande un rayo sobre mí y que este rufián sea liberado de sus ataduras si no es él culpable del sacrílego robo”. Al instante de un cielo sin nubes se desprendió un rayo que cayó sobre el obispo a la vez que el cepo se abría dejando libre al reo. -“Mi Señor Jesús. Ese hombre era culpable del robo”. -“Ya lo sé, Pedro, pero es que ese Obispo me tenía harto”.       La bañera asesina. Reconoció que su miedo había sido algo irracional. La superficie blanca de la bañera no era tan peligrosa. Había oído historias de desaparecidos y de ahogados en bañeras similares a esa. Miró el grifo, estaba goteando y la sensación de la gota sobre su cuerpo le resultó especialmente agradable. Entonces un estruendo rompió el silencio y lo que hasta entonces había sido una gota se convirtió en un poderoso caudal. Intentó correr pero el chorro le perseguía arrastrándola inmisericorde hacia el negro abismo.  Si eres cucaracha, evita las bañeras.     La nueva vida. Quizás fuera el sedante que momentos antes había empezado a hacer sus efectos, pero fuera como fuera Gino Manzetti estaba tranquilo tumbado sobre la camilla del quirófano 4 del prestigioso Roi Louis Centre d´Estetique. Todo gestionado por su eficiente y leal Piero Mastroiovanni, hijo de una prostituta italiana al que años atrás había sacado del arrabal. Dedicó un pensamiento al bueno de Piero, nunca conocería su nueva cara. Después de la gestión, su última gestión, un tiro en la cabeza habría de garantizar su silencio. Una nueva cara, una nueva vida lejos de bofia, jueces y viejos sicarios con cuentas pendientes. Miró unos ojos azules que se inclinaban sobre él encima de una mascarilla verde y reconoció la mirada. Su corazón latió más rápido. Intentó moverse pero no pudo. Recordó esa mirada, veinte años atrás. Un juicio, un testigo más, una llamada a Piero y un chivato menos. La familia del difunto había emigrado a Europa tras el juicio. De nuevo inocente, a pesar de los numerosos testigos. Pronto olvidó a un chico huérfano de 15 años que al terminar el juicio le clavó esa misma mirada de ojos azules a la vez que decía. “Juro que me lo pagarás, Gino, lo juro”. La Rana encantada. El príncipe miró la rana que estaba sobre una de las baldosas de mármol del camino que surcaba los jardines de palacio. “Bicho repugnante”, pensó y con un palo se dispuso a aplastar al feo animal que saltaba en dirección a un estanque no muy lejano. De pronto la rana se giró y dirigiéndose al príncipe le dijo: “No me matéis, pues mi feo aspecto no denota mi sangre real, pues una hermosa princesa soy y si queréis desposaros conmigo solo habréis de besarme. Después, seremos felices para siempre y prometo deleitaros con placeres que ni siquiera sospecháis. El príncipe, venciendo su repugnancia besó la viscosa piel... En el camino de baldosas que surcaba los jardines de palacio la princesa y el príncipe de las ranas saltaban en dirección a una cercana laguna.   La carta Al ver el sobre su corazón le dio un vuelco. Reconoció la letra de inmediato. Era de María, su hija, desaparecida un martes de carnaval cinco años atrás. No se llevó ninguno de sus objetos personales, tampoco su documentación. Denunciaron la desaparición a la policía acudiendo incluso a varias televisiones donde había aparecido en repetidas ocasiones mostrando su fotografíía, pero su llamamiento no recibió respuesta alguna. Dio la vuelta al sobre y leyó un remite sin dirección. El nombre y los dos apellidos de su hija, escritos a bolígrafo azul, también con letra de ella confirmaron sus pensamientos. Sin perder un minuto rasgó el sobre por uno de sus extremos para comprobar con desilusión que estaba vacío.   .  Historia del Cholito Juan. Nada le gustaba más a Cholito Juan que ver la televisión. Cholito Juan recorría diariamente con un pequeño carro el trecho que va desde el barrio de Irpavi hasta el poblado de El Alto en la ciudad de La Paz. En su camino recogía cartones, papeles y cualquier cosa útil que pudiera encontrar destinada al basurero. De manera sistemática simpre se detenía, a última hora de la tarde, cuando todos los establecimientos ya habían cerrado, en una pequeña tienda de electrodomésticos que mantenía en su escaparate un bonito televisor, siempre encendido. Aquel día Cholito Juan comprobó con desilusión que, por primera vez, el precioso aparato no estaba en el escaparate. “Quizás lo hayan vendido”, pensó con pena. Siguió aproximándose por la acera sin dejar de empujar el pesado carro. En la puerta de la tienda estaba una gran caja destinada a ser recogida por cualquier barrendero. Cholito Juan se dispuso a cargar la caja vacía pero cuando lo intentó comprobó que su peso era excesivo. Levantó la tapa superior y se maravilló de su buena suerte. El televisor de sus sueños estaba impecablemente embalado en el interior. Miró la calle desierta y colocó la caja en el carro. Empujó éste con más fuerza que nunca tratando de llegar a su pequeña casa cuanto antes. Resoplando en cada cuesta, jadeando en cada bache y evitando barrizales llegó ya anochecido a su hogar. Dejó la caja en el suelo y sacó el brillante aparato en un instante. Al verlo, impecable, sus ojos se llenaron de lágrimas. La casa de Cholito Juan no tenía luz eléctrica. La Boda. De manera unánime todos reconocieron que nunca una novia había sido tan bella. Su talle esbelto, su mirada profunda, el vestido impecable con una larga, eterna cola de tules y sedas preciosas. Acompañándola el novio, impecable militar, de porte sereno y altivo. La madrina sonrió complacida, en el exterior la gente vitoreaba a los recién casados que sonreían y saludaban sin un momento de descanso. Después había venido la comida. Sin un fallo, abundante en vinos y manjares dignos de las mil y una noches. Los camareros, con una elegancia profesional cumpliendo la misión de atender a los más de mil invitados. En un momento dado un ademán imperceptible del padre del novio hizo que el maitre se acercara. Al llegar dobló su cintura en un gesto casi contorsionista para tocar con su engominado tupé las rodillas. “Por favor, me prepara la nota y no se olvide incluír en ella una generosa propina”, comentó el padrino en un imperceptible susurro. - Por supuesto, señor, contestó el aludido. ¿Tomarán el señor y sus invitados un chupito antes de marcharse?. Es regalo de la casa. - Si, muchas gracias. Para mí una copita aguardiente. ¡Ah!, y sobre todo, no se le olvide. La factura se la presenta a los imbéciles que están afuera aplaudiendo.   La bañera asesina. Reconoció que su miedo había sido algo irracional. La superficie blanca de la bañera no era tan peligrosa. Había oído historias de desaparecidos y de ahogados en bañeras similares a esa. Miró el grifo, estaba goteando y la sensación de la gota sobre su cuerpo le resultó especialmente agradable. Entonces un estruendo rompió el silencio y lo que hasta entonces había sido una gota se convirtió en un poderoso caudal. Intentó correr pero el chorro le perseguía arrastrándola inmisericorde hacia el negro abismo. Si eres cucaracha, evita las bañeras. La nueva vida. Quizás fuera el sedante que momentos antes había empezado a hacer sus efectos, pero fuera como fuera Gino Manzetti estaba tranquilo tumbado sobre la camilla del quirófano 4 del prestigioso Roi Louis Centre d´Estetique. Todo gestionado por su eficiente y leal Piero Mastroiovanni, hijo de una prostituta italiana al que años atrás había sacado del arrabal. Dedicó un pensamiento al bueno de Piero, nunca conocería su nueva cara. Después de la gestión, su última gestión, un tiro en la cabeza habría de garantizar su silencio. Una nueva cara, una nueva vida lejos de bofia, jueces y viejos sicarios con cuentas pendientes. Miró unos ojos azules que se inclinaban sobre él encima de una mascarilla verde y reconoció la mirada. Su corazón latió más rápido. Intentó moverse pero no pudo. Recordó esa mirada, veinte años atrás. Un juicio, un testigo más, una llamada a Piero y un chivato menos. La familia del difunto había emigrado a Europa tras el juicio. De nuevo inocente, a pesar de los numerosos testigos. Pronto olvidó a un chico huérfano de 15 años que al terminar el juicio le clavó esa misma mirada de ojos azules a la vez que decía. “Juro que me lo pagarás, Gino, lo juro”. La Rana encantada. El príncipe miró la rana que estaba sobre una de las baldosas de mármol del camino que surcaba los jardines de palacio. “Bicho repugnante”, pensó y con un palo se dispuso a aplastar al feo animal que saltaba en dirección a un estanque no muy lejano. De pronto la rana se giró y dirigiéndose al príncipe le dijo: “No me matéis, pues mi feo aspecto no denota mi sangre real, pues una hermosa princesa soy y si queréis desposaros conmigo solo habréis de besarme. Después, seremos felices para siempre y prometo deleitaros con placeres que ni siquiera sospecháis. El príncipe, venciendo su repugnancia besó la viscosa piel... En el camino de baldosas que surcaba los jardines de palacio la princesa y el príncipe de las ranas saltaban en dirección a una cercana laguna.
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