Texto del periódico EL PAIS no cedido a este espacio. Esperemos que ni Umberto Eco ni ELPAIS se moletesten.
dada la importancia del texto la junta directiva de La Numeroteca cree imprescindible su publicación.

NOTA: a petición de los becarios y afiliados de La Numeroteca queda con esta NOTA  constancia  
de su desacuerdo con la publicación de  textos como éste, que entienden son ajenos a ella.





·El 'r�gimen' de Berlusconi

y ahora nuevo:
·Los ojos del Duce

 

 

 

 

 

 

 

 






El 'r�gimen' de Berlusconi
EL PERIODISTA Y SEMI�LOGO UMBERTO ECO ANALIZA 
LA MANERA DE HACER POL�TICA DEL PRIMER MINISTRO ITALIANO

UMBERTO ECO

DOMINGO 16-11-2003 EL PAIS sección DOMINGO

Todos los d�as se escuchan en�rgicas reacciones (y por suerte tambi�n por
parte de la opini�n p�blica de otros pa�ses europeos, tal vez m�s que en
Italia) ante el golpe de Estado subrepticio que Berlusconi est� tratando de
llevar a cabo. Con todo, ha sido un error de planteamiento la discusi�n de
si Berlusconi estaba instaurando o no un r�gimen, dado que la palabra
"r�gimen" evoca autom�ticamente en Italia el r�gimen fascista. En tal caso,
es necesario admitir que Berlusconi no est� confinando a�n a los disidentes,
no est� imponiendo la camisa negra a los j�venes, no reconstruye la C�mara
de los Fasci y de las Corporaciones.

Si con la palabra "r�gimen", en cambio, se entiende una forma de gobierno
(al igual que hay reg�menes democr�ticos, reg�menes mon�rquicos, etc�tera),
es evidente que Berlusconi est� instaurando, d�a tras d�a, una forma de
gobierno autoritario, basado en la identificaci�n del partido, del pa�s y
del Estado con una serie de intereses empresariales. No lo hace mediante
operaciones de polic�a, arresto de diputados o abolici�n violenta de la
libertad de prensa, sino poniendo en marcha una ocupaci�n gradual de los
medios de comunicaci�n m�s importantes, y creando con los mecanismos
adecuados formas de consenso fundadas sobre llamamientos populistas.

Frente a esta operaci�n se ha afirmado, por orden, que: i) Berlusconi se
meti� en la pol�tica con la �nica finalidad de bloquear o desviar los
procesos judiciales que pod�an llevarle a la c�rcel; ii) como ha dicho un
periodista franc�s, Berlusconi est� instaurando un pedegisme (de pdg, que 
en Francia es el "pr�sident directeur g�n�ral", el boss, el manager, el 
jefe absoluto de una empresa); iii) Berlusconi realiza su proyecto avalado 
por un �xito electoral indiscutible, y sustrayendo, por tanto, a la oposici�n 
el arma del tiranicidio, en cuanto deben oponerse respetando la voluntad 
de la mayor�a, y lo �nico que le cabe hacer es convencer a parte de esa 
mayor�a para que reconozca y acepte las consideraciones que junto a la presente
forman esta lista; iv) Berlusconi, bas�ndose en este �xito electoral, 
se dedica a hacer aprobar leyes concebidas para su personal inter�s y no 
para el del pa�s (y en eso consiste el pedegisme); v) Berlusconi, por las 
razones hasta ahora expuestas, no act�a como un estadista ni tan siquiera como 
un pol�tico tradicional, sino siguiendo otras t�cnicas -y precisamente por 
ello es m�s peligroso que un caudillo de los de otros tiempos, porque esas
t�cnicas se presentan como adecuadas aparentemente a los principios de 
un r�gimen democr�tico-; vi) Berlusconi ha superado la fase del conflicto 
de intereses para llevar a cabo, cada d�a m�s, la absoluta convergencia de
intereses, es decir, haciendo aceptar al pa�s la idea de que sus intereses
personales coinciden con los de la comunidad nacional.

Un concepto de gobierno
Eso constituye sin duda un r�gimen, una forma y una concepci�n de gobierno,
y se est� llevando a cabo de una forma tan eficaz que las preocupaciones de
la prensa europea no se deben a la piedad y el amor hacia Italia, sino
simplemente al temor de que Italia, como en un reciente pasado infausto, sea
el laboratorio de experimentos que podr�an extenderse a Europa entera.

El problema es que la oposici�n a Berlusconi, incluso en el extranjero,
act�a a la luz de una s�ptima convicci�n, que en mi opini�n es errada. Se
considera, en efecto, que, al no ser un estadista, sino un dirigente
empresarial dedicado solamente a mantener los equilibrios precarios de su
propia formaci�n pol�tica, Berlusconi no es consciente de que el lunes dice
una cosa y el martes lo contrario, que no teniendo experiencia pol�tica ni
diplom�tica tiende al patinazo, habla cuando no debe hablar, deja que se le
escapen afirmaciones que se ve obligado a tragarse al d�a siguiente, confunde 
hasta tal extremo su propio provecho particular con el p�blico que
se permite ante ministros extranjeros ocurrencias de p�simo gusto sobre su
propia consorte, etc�tera. En tal sentido, la figura de Berlusconi se presta
a la s�tira, sus adversarios se consuelan en ocasiones pensando que ha
perdido el sentido de la medida, y confiando, por tanto, en que corra sin
darse cuenta hacia su propia ruina.

Creo, en cambio, que es necesario partir del principio de que, en cuanto
pol�tico de nov�sima naturaleza, digamos, si se quiere, posmoderno,
Berlusconi est� poniendo en acto, precisamente con sus gestos m�s
incomprensibles, una estrategia compleja, avisada y sutil, que es testimonio
del plano control de sus nervios y de su alta inteligencia operativa (y si
no de su inteligencia te�rica, de su prodigioso instinto de vendedor).

Sorprende en efecto en Berlusconi (y por desgracia, divierte) el exceso de
t�cnicas de vendedor. Muchos recuerdan en Italia a un tal Mendella que
aparec�a en la televisi�n, en un canal especializado, para convencer a
jubilados y familias de renta media y baja a fin de que le confiaran sus
capitales, asegur�ndoles ganancias del cien por cien. El que, tras haber
arruinado a algunos miles de personas, Mendella fuera arrestado mientras
hu�a con la caja, es otra historia: hab�a exagerado y se hab�a precipitado.
Pero lo t�pico de Mendella era presentarse a las diez de la noche diciendo
que �l no ten�a inter�s personal en aquella recogida de ahorros ajenos,
porque no era m�s que el portavoz de una empresa mucho m�s grande y s�lida;
sin embargo, a las once afirmaba en�rgicamente que en aquellas operaciones,
de las que se presentaba como el �nico garante, hab�a invertido todo su
capital, y por tanto sus intereses coincid�an con los de sus clientes. 
Quien le envi� su dinero no advert�a esas contradicciones, porque escogi�
centrarse en el elemento que le infund�a mayor confianza. La fuerza de
Mendella no estribaba en los argumentos que empleaba, sino en ametrallar a
los espectadores con muchos.

T�cnicas de venta
Las t�cnicas de venta de Berlusconi son evidentemente de esa clase (os
aumento las pensiones y rebajo los impuestos), pero infinitamente m�s
complejas. Debe vender consenso, pero no habla de t� a t� con los clientes,
como Mendella. Tiene que echar cuentas con la oposici�n, con la opini�n
p�blica, incluida la extranjera, y con los medios de comunicaci�n (que a�n
no son todos suyos) y ha descubierto la forma de volver a su favor las
cr�ticas de todos estos sujetos. Por tanto, debe hacer promesas, por buenas,
malas o neutras que parezcan a sus propios partidarios, que se presenten
ante los ojos de sus detractores como una provocaci�n. Y debe producir una
provocaci�n al d�a, mucho mejor si inconcebible o inaceptable. Ello le
consiente ocupar las primeras planas y las noticias de apertura de los
medios de comunicaci�n y de situarse siempre en el centro de atenci�n. 
En segundo lugar, la provocaci�n debe ser de tal calibre que sus opositores no
puedan darse por no enterados, y se vean obligados a reaccionar con energ�a.
Ser capaz de arrancar todos los d�as una reacci�n indignada de sus
opositores (y hasta de medios que no pertenecen a la oposici�n, pero que no
pueden dejar pasar en silencio propuestas que conllevan alteraciones
constitucionales) permite a Berlusconi presentarse ante su electorado como
v�ctima de una persecuci�n ("ya lo veis, diga lo que diga, me atacan").

El victimismo, que parece contrastar con el triunfalismo que caracteriza las
promesas berlusconianas, es una t�cnica fundamental y es t�pica de todo
populismo. Mussolini provoc� con su ataque a Etiop�a sanciones de otros
pa�ses y jug� despu�s como propaganda con el complot internacional 
contra
Italia. Defend�a la superioridad de la raza italiana y procuraba suscitar un
nuevo orgullo nacional, pero lo hac�a lamentando que el resto de los pa�ses
despreciaran al nuestro. Hitler parti� para la conquista de Europa
sosteniendo que eran los dem�s quienes sustra�an el espacio vital al pueblo
alem�n. Que en el fondo es la estrategia del lobo frente al cordero. 
Toda prevaricaci�n debe ser justificada mediante la denuncia de una injusticia
contra ti. En definitiva, el victimismo es una de las muchas formas con las
que un r�gimen sostiene la cohesi�n de su propio frente interior mediante el
chovinismo: para exaltarnos es necesario demostrar que hay otros que nos
odian y quieren cortarnos las alas. Toda exaltaci�n nacionalista y populista
presupone el cultivo de un estado de continua frustraci�n.

Y no s�lo eso, porque el poder lamentarse cada d�a del complot ajeno permite
aparecer en los medios de comunicaci�n cada d�a denunciando al adversario.
Esa es tambi�n una t�cnica antiqu�sima, que conocen bien los ni�os: t� le
das un empuj�n a tu compa�ero de pupitre, �ste te tira una bolita de papel y
t� te quejas al maestro.

Otro elemento de esta estrategia es que, para crear provocaciones en cadena,
no debes hablar t� solo, sino dejar mano libre a los m�s insensatos de tus
colaboradores, y cuanto m�s insensatas sean las provocaciones, mejor.

No importa si la provocaci�n va m�s all� de lo cre�ble. Al contrario, cuanto
m�s inaceptable parezca, m�s obligado se ver� el adversario a reaccionar,
pues en caso contrario perder�a hasta su propia identidad y su propia
funci�n de opositor como garante. La t�cnica consiste en lanzar la
provocaci�n, desmentirla al d�a siguiente ("he sido malinterpretado") y
lanzar inmediatamente una nueva, de manera que sobre �sta se concentre la
subsiguiente reacci�n de la oposici�n y el renovado inter�s de la opini�n
p�blica, y todos olviden que la provocaci�n precedente hab�a sido
sencillamente flatus vocis.

Provocaci�n
La inaceptabilidad de la provocaci�n consiente adem�s alcanzar otros dos
objetivos esenciales. El primero es que, a fin de cuentas, por extrema que
haya sido la provocaci�n, no deja de constituir un ballon d'essai. Si 
la opini�n p�blica no reacciona con la suficiente energ�a, eso significa 
que hasta la m�s ultrajante de las sendas podr�a llegar a ser, con la debida
calma, practicable. Ese es el motivo por el que la oposici�n se ve obligada
a reaccionar, aunque sepa que se trata de pura y simple provocaci�n, porque
si callara abrir�a el camino a otras tentativas. La oposici�n hace, por
tanto, lo que no puede dejar de hacer para oponerse al golpe de Estado
subrepticio, pero, al actuar as�, lo corrobora porque sigue su l�gica.

El segundo objetivo que se lleva a cabo es lo que podr�a definirse como el
efecto bomba. Siempre he sostenido que si yo fuera un hombre con poder
enredado en muchos y oscuros asuntos, y si llegara a saber que en un par de
d�as estallar� en la prensa una revelaci�n que podr�a sacar a la luz mis
fechor�as, me quedar�a una �nica soluci�n: pondr�a u ordenar�a que se
pusiera una bomba en una estaci�n, en un banco o en una plaza a la salida de
misa. Con ello estar�a seguro de que al menos durante quince d�as las
primeras p�ginas de los peri�dicos y las noticias de apertura de los
telediarios estar�an ocupadas por el atentado, y la noticia que me preocupa,
aunque apareciera, quedar�a confinada en las p�ginas interiores y pasar�a
inobservada (o, en todo caso, afectar�a de refil�n a una opini�n p�blica
mucho m�s preocupada por otras cuestiones).

Un caso t�pico de efecto bomba fue la salida de Berlusconi en el Parlamento
europeo calificando de kapo a un diputado alem�n que le criticaba, seguida
por las declaraciones de refuerzo del pol�tico de la Liga Stefani contra los
turistas alemanes, tachados de borrachines y alborotadores. �Metedura de
pata incomprensible, dado que suscitaba un incidente internacional y justo
al principio del semestre italiano? En absoluto. En esos mismos d�as se
debat�a en el Parlamento italiano la ley Gasparri, con la cual Mediaset, la
compa��a televisiva privada propiedad de Berlusconi, hund�a a la RAI y
multiplicaba sus dividendos. Pero yo (y qui�n sabe cu�nta gente como yo) no
me hubiera dado cuenta de no haber sido porque, conduciendo por la
autopista, escuch� la Radio del Partido Radical en directo desde el
Parlamento. Los peri�dicos dedicaban p�ginas y p�ginas al patinazo de
nuestro primer ministro; al hecho de que los turistas alemanes, en cualquier
caso, no dejar�an de veranear en Italia; al problema lancinante de si 
Berlusconi se hab�a excusado de verdad con Schr�der o no. El efecto bomba
funcion� a la perfecci�n.

Podr�amos volvernos a leer todas las portadas de los diarios de los �ltimos
dos a�os para poder calcular cu�ntos efectos bomba han sido producidos.
Frente a una afirmaci�n como la de que los jueces deben ser sometidos a
curas psiqui�tricas, la pregunta que hemos de plantearnos es qu� otra
iniciativa hizo pasar esa bomba a un segundo plano.

Canallada
En este sentido, Berlusconi pedegista controla y dirige las reacciones de
sus opositores, las confunde, puede usarlas para demostrar que esa gente
pretende su ruina, que cualquier llamamiento a la opini�n p�blica es una
canallada ad hominem.

�C�mo oponerse a tal estrategia? Hay una forma, pero se parece a la
sugerencia de McLuhan, quien para bloquear al terrorismo (que vive del eco
propagand�stico de sus iniciativas y del malestar que difunden) propon�a un
apag�n informativo. La consecuencia era que tal vez la prensa no se
convirtiera ya en meg�fono de los terroristas, pero se entraba en un r�gimen
de censura, que era lo que los terroristas esperaban provocar.

Es f�cil decirlo: concentra tus reacciones s�lo en los casos verdaderamente
importantes (ataques a la magistratura, leyes en beneficio de los intereses
privados del jefe de Gobierno, etc�tera), y si en cambio Berlusconi da a
entender que quiere modificar la Constituci�n para convertirse en presidente
de la Rep�blica, coloca la noticia en un suelto de la sexta p�gina, por
estricto deber informativo, sin someterte a su juego. Pero �qui�n aceptar�a
un pacto as�? La prensa espec�ficamente de oposici�n, no, pues se ver�a
inmediatamente a la derecha de la prensa independiente. La prensa
independiente, no, por la sencilla raz�n de que ese pacto presupondr�a una
alineaci�n expl�cita. Adem�s, una decisi�n semejante resultar�a inaceptable
para cualquier tipo de medio de comunicaci�n, pues ir�a en contra de su
propio deber/inter�s, el de aprovechar el m�nimo incidente para producir y
vender noticias, y noticias picantes y apetecibles. Si Berlusconi insulta a
un parlamentario europeo, no puedes relegar la noticia en la secci�n de
cr�nica o los recuadros de sociedad, porque perder�as los miles de
ejemplares que te hace ganar el battage sobre el sabroso acontecimiento.

Por tanto, s�lo queda una decisi�n que tomar, aunque no sea m�s que sobre la
base de la simple hip�tesis de que resulte buena y realizable: visto que,
mientras que el juego no deje de estar en manos de Berlusconi, la oposici�n
debe seguir sus reglas, la oposici�n debe tomar la iniciativa adoptando,
aunque en positivo, las mismas reglas berlusconianas.

Esto no conlleva que la oposici�n deba dejar de demonizar a Berlusconi. 
Ya se ha visto que si no reacciona ante sus provocaciones, en cierto sentido
las avala, y en todo caso no cumple con su propio deber institucional. Pero
esta funci�n de reacci�n cr�tica ante las provocaciones deber�a ser asignada
a un ala de la formaci�n pol�tica, comprometida a tiempo completo. Y deber�a
manifestarse por canales alternativos. Si es cierto, como lo es, que los
medios de comunicaci�n todav�a libres del control de Berlusconi llegan s�lo
hasta los ya convencidos y que la mayor parte de la opini�n p�blica est�
sometida a medios bajo control, no queda m�s remedio que saltarse los medios
de comunicaci�n. A su manera, los girotondi o cortejos espont�neos de
ciudadanos han sido un elemento de esta nueva estrategia, pero si uno o dos
de ellos hacen ruido, miles provocar�an una costumbre. Si tengo que decir
que el telediario ha ocultado una noticia no puedo decirlo a trav�s del
telediario. Debo volver a t�cticas de reparto de octavillas, distribuci�n de
v�deos, teatro callejero, tamtan en Internet, comunicaciones en pantallas
m�viles colocadas en distintos lugares de la ciudad, y a cuantas otras
invenciones pueda sugerir la nueva fantas�a virtual. Visto que no puede
hablarse al electorado desinformado a trav�s de los medios de comunicaci�n
tradicionales, habr� que inventar otros nuevos.

Al mismo tiempo, y en un nivel de acci�n m�s tradicional, el de los
partidos, las entrevistas y la participaci�n en programas televisivos (pero
sorprendiendo al adversario con manifestaciones inesperadas), la oposici�n
debe hacer arrancar sus propias provocaciones.

�Qu� entiendo por provocaci�n de la oposici�n? La capacidad de concebir
planes de gobierno acerca de problemas hacia los que la opini�n p�blica se
muestre sensible y de lanzar ideas sobre una futura ordenaci�n del pa�s, de
tal calibre que obliguen a los medios de comunicaci�n a ocuparse de ello al
menos con el mismo relieve que se concede a las provocaciones de Berlusconi.

Ejemplo de laboratorio
Por poner un ejemplo de laboratorio, la difusi�n de un plan que prevea,
digamos, una ley que la izquierda en el Gobierno har�a aprobar de inmediato
y que prohibiera a un solo sujeto poseer m�s de una emisora de televisi�n (o
un peri�dico o una estaci�n de radio) estallar�a como una bomba. Berlusconi
se ver�a obligado a reaccionar, esta vez a la defensiva y no al ataque, y al
hacerlo dar�a voz a sus adversarios. Ser�a �l quien declarara la existencia
de un conflicto (o de una convergencia) de intereses, y no podr�a atribuir
el mito a la voluntad perversa de sus adversarios. Y tampoco podr�a acusar
de comunismo a una ley antimonopolio que tiende a ensanchar el acceso a la
propiedad privada de los medios de comunicaci�n.

En resumidas cuentas, se tratar�a de lanzar, de forma continuada y en
positivo, propuestas que permitan entrever a la opini�n p�blica otra manera
de gobernar y que pongan a la actual mayor�a pol�tica contra las cuerdas, en
el sentido de que se viera forzada a decir si est� de acuerdo o no -y en tal
caso estar�a obligada a discutir y a defender sus propios proyectos y a
justificar sus propios incumplimientos- sin poder enrocarse en la acusaci�n
gen�rica a una oposici�n pendenciera. S�lo que, para elaborar estrategias de
esa clase, la oposici�n deber�a estar unida, porque no se elaboran proyectos
aceptables y dotados de capacidad de fascinaci�n si se emplean doce horas al
d�a en luchas intestinas. Y aqu� entramos en otro universo, donde el
obst�culo infranqueable parece ser esa tradici�n ya m�s que secular por 
la
que las izquierdas de todo el mundo se han ejercitado siempre en la
destrucci�n de sus propias herej�as internas, anteponiendo las exigencias de
esta lucha entre hermanos a la batalla frontal contra el adversario.

Y, sin embargo, s�lo superando este escollo puede pensarse en un sujeto
pol�tico capaz de atraer la atenci�n de los medios de comunicaci�n con
proyectos con capacidad de provocaci�n, y de derrotar a Berlusconi
utilizando, por lo menos en parte, sus mismas armas.

Umberto Eco es escritor y semi�logo italiano. 
Traducci�n de Carlos Gumpert.

 

 



Los ojos del Duce 
EL PERIODISTA Y SEMI�LOGO UMBERTO ECO ANALIZA 
EL USO DEL PODER MEDIÁTICO DEL PRIMER MINISTRO ITALIANO 

UMBERTO ECO 

SÁBADO 24-01-2004 EL PAIS Opini�n TRIBUNA 

Recientemente celebr� mi cumplea�os, y con mis allegados, que hab�an acudido a felicitarme, volv� a evocar el d�a de mi nacimiento. Si bien estoy dotado de excelente memoria, aquel momento no lo recuerdo, pero he podido reconstruirlo a trav�s del relato que de �l me hicieron mis padres. Al parecer, cuando el ginec�logo me extrajo del vientre de mi madre, una vez hechas todas las cosas que requieren tales casos, y present�ndole el admirable resultado de sus contracciones, exclam�: "�Mire qu� ojos, parece el Duce!". Mi familia no era fascista, al igual que no era antifascista -como la mayor parte de la peque�a burgues�a italiana, tomaba la dictadura como un hecho meteorol�gico: si llueve, se coge el paraguas-, pero para un padre y para una madre, o�r decir que el reci�n nacido ten�a los ojos del Duce supon�a indudablemente una bonita emoci�n.

Ahora, cuando los a�os me han hecho m�s esc�ptico, me inclino a pensar que aquel buen ginec�logo dec�a lo mismo a cualquier madre y a cualquier padre -y mir�ndome al espejo, me descubro m�s bien parecido a un grizzly que al Duce, pero eso poco importa-. Mis padres fueron felices al saber mi semejanza con el Duce.

Me pregunto qu� podr�a decir un ginec�logo adulador de hoy a una pu�rpera. �Que el producto de su gestaci�n se parece a Berlusconi? La sumir�a en un preocupante estado depresivo. Por par condicio, asumo que ning�n ginec�logo sensible dir�a a la pu�rpera que su hijo parece tan rollizo como Fassino, tan simp�tico como Schifani, tan guapo como La Russa, tan inteligente como Bossi, o tan fresco como Prodi, por citar algunas de las personalidades pol�ticas italianas m�s destacadas.

Un ginec�logo sensato comparar�a m�s bien al reci�n nacido con alg�n famoso televisivo, y dir�a as� que tiene los ojos penetrantes del periodista Bruno Vespa, el aire agudo de Paolo Bonolis, el popular presentador, la sonrisa del actor Christian de Sica (y no dir� que es tan guapo como Boidi, tan arrogante como Fantozzi o -trat�ndose de mujer- tan sexy como Sconsolata).

Cada �poca tiene sus mitos. La �poca en la que nac� ten�a como mito al Hombre de Estado; �sta en la que se nace hoy tiene como mito al Hombre de Televisi�n. Con la consabida ceguera de la cultura de izquierdas, la afirmaci�n de Berlusconi de que los peri�dicos no los lee nadie mientras que todos ven la televisi�n se ha entendido como uno m�s de sus patinazos insultantes. No lo era, era un acto de arrogancia, pero no una estupidez. Reuniendo todas las tiradas de los peri�dicos italianos se alcanza una cifra bastante risible si se la compara con la de quienes s�lo ven la televisi�n. Calculando, adem�s, que s�lo una parte de la prensa italiana mantiene a�n una actitud cr�tica ante el Gobierno actual, y que toda la televisi�n, la RAI m�s Mediaset, se ha convertido en la voz del poder, no cabe duda de que Berlusconi tiene toda la raz�n: el problema es controlar la televisi�n, y que los peri�dicos digan lo que les venga en gana.

�stos son hechos, nos gusten o no, y los hechos son tales precisamente porque son independientes de nuestras preferencias (�que se te ha muerto el gato? Pues muerto est�, te guste o no).

He arrancado de estas premisas para sugerir que, en nuestro tiempo, si dictadura ha de haber, ser� una dictadura medi�tica y no pol�tica. Hace casi cincuenta a�os que se viene diciendo que en el mundo contempor�neo, salvo algunos remotos pa�ses del Tercer Mundo, para dar un golpe de Estado ha dejado de ser necesario formar los tanques, basta con ocupar las estaciones radiotelevisivas (el �ltimo en no haberse enterado es Bush, l�der tercermundista que ha llegado por error a gobernar un pa�s con un alto grado de desarrollo). Ahora el teorema ha quedado demostrado.

Por lo tanto, es una equivocaci�n decir que no puede hablarse de "r�gimen" berlusconiano, puesto que la palabra "r�gimen" evoca el r�gimen fascista, y el r�gimen en el que vivimos carece de las caracter�sticas de las dos d�cadas de dominio mussoliniano. Un r�gimen es una forma de gobierno no necesariamente fascista. El fascismo obligaba a los chicos (y a los adultos) a ponerse un uniforme, acab� con la libertad de prensa y enviaba a los disidentes al confinamiento. El r�gimen medi�tico de Berlusconi no es tan zafio y anticuado. Sabe que el consenso se controla controlando los medios de informaci�n m�s difundidos. Por lo dem�s, no cuesta nada permitir que disientan muchos peri�dicos (hasta que no puedan ser adquiridos). �A qu� servir�a confinar al prestigioso periodista Biagi? �A que se convierta acaso en un h�roe? Basta con no dejar que hable en la televisi�n.

La diferencia entre un r�gimen "al estilo fascista" y un r�gimen medi�tico es que en un r�gimen al estilo fascista la gente sab�a que los peri�dicos y la radio no comunicaban m�s que circulares gobernativas, y que no pod�a escucharse Radio Londres, bajo pena de c�rcel. Precisamente por eso, bajo el fascismo la gente desconfiaba de los peri�dicos y de la radio, escuchaba Radio Londres con el volumen bajo y confiaba s�lo en las noticias que le llegaban a trav�s del murmullos, del boca a boca, de la maledicencia. En un r�gimen medi�tico donde, pongamos, s�lo el diez por ciento de la poblaci�n tiene acceso a la prensa de oposici�n y el resto recibe las noticias a trav�s de una televisi�n bajo control, si por un lado est� extendido el convencimiento de que se acepta el disenso ("hay peri�dicos que hablan contra el Gobierno, prueba de ello es que Berlusconi se queja siempre al respecto, por lo tanto existe libertad"), por otro el efecto de realismo de la noticia televisiva (si recibo la noticia de que un avi�n se ha precipitado en el mar, es indudablemente cierta, de la misma forma que es verdad que veo las sandalias de los muertos flotar, y no importa si por casualidad son las sandalias de una cat�strofe precedente, usadas como material de repertorio), hace que se sepa y se crea s�lo aquello que dice la televisi�n.

Una televisi�n controlada por el poder no debe necesariamente censurar las noticias. Naturalmente, por parte de los esclavos del poder no faltan tampoco tentativas de censura, como una muy reciente (afortunadamente ex post, como dicen quienes dicen un moment�n y pool position), por la que se juzg� inadmisible que en un programa televisivo se pudiera hablar mal del jefe del Gobierno (olvidando que en un r�gimen democr�tico se puede y se debe hablar mal del jefe del Gobierno; en caso contrario, nos hallamos en un r�gimen dictatorial). Pero se trata s�lo de los casos m�s visibles (y, si no fueran tr�gicos, risibles). El problema es que se puede instaurar un r�gimen medi�tico en positivo, con la apariencia de decirlo todo. Basta saber c�mo decirlo.i ninguna televisi�n dijera lo que piensa Fassino [l�der de la oposici�n], acerca de la ley tal de cual, entre los espectadores nacer�a la sospecha de que la televisi�n oculta algo, porque se sabe que en alguna parte hay una oposici�n. La televisi�n de un r�gimen medi�tico usa en cambio ese artificio ret�rico que se llama "concesi�n". Pongamos un ejemplo. Acerca de la conveniencia de tener un perro hay aproximadamente cincuenta razones a favor y cincuenta razones en contra. Las razones a favor son que el perro es el mejor amigo del hombre, que puede ladrar si entran ladrones, que es adorado por los ni�os, etc�tera. Las razones en contra son que hay que sacarlo cada d�a para que haga sus necesidades, que nos cuesta en alimentos y veterinario, que es dif�cil llev�rselo de viaje y otras cosas. Admitiendo que queramos hablar a favor de los perros, el artificio de la concesi�n podr�a ser as�: "Es cierto que los perros cuestan, que representan una esclavitud, que no se les puede llevar de viaje" (y los adversarios de los perros son conquistados por nuestra honestidad), "pero es necesario recordar que son una estupenda compa��a, que los ni�os los adoran, que se muestran vigilantes contra los ladrones, etc�tera". �sta ser�a una argumentaci�n persuasiva a favor de los perros. Contra los perros podr�a concederse que es cierto que los perros son una compa��a deliciosa, que son adorados por los ni�os, que nos defienden de los ladrones, pero a continuaci�n seguir�a la argumentaci�n opuesta: que, sin embargo, los perros representan una esclavitud, una fuente de gastos, un engorro para los viajes, y �sta ser�a una argumentaci�n persuasiva en contra de los perros.

La televisi�n act�a de esta forma. Si se discute la ley tal de cual, se enuncia �sta en primer lugar, despu�s se da la palabra de inmediato a la oposici�n, con todas sus argumentaciones. A continuaci�n aparecen los partidarios del Gobierno que objetan las objeciones. El resultado persuasivo se da por descontado: tiene raz�n quien habla el �ltimo. Si se siguen con atenci�n todos los telediarios, podr� verse que la estrategia es esa: en ning�n caso tras la enunciaci�n del proyecto aparecen primero los partidarios del Gobierno y despu�s las objeciones de la oposici�n. Siempre ocurre lo contrario.

A un r�gimen medi�tico no le hace falta meter en la c�rcel a sus opositores. Los reduce al silencio, m�s que con la censura, dejando o�r sus razones en primer lugar.

�C�mo se reacciona, pues, ante un r�gimen medi�tico, visto que para reaccionar ser�a necesario tener ese acceso a los medios de informaci�n que el r�gimen medi�tico precisamente controla?

Hasta que la oposici�n, en Italia, no sepa hallar una soluci�n a este problema y contin�e recre�ndose en diferencias internas, Berlusconi ser� el vencedor, nos guste o no.

 

Umberto Eco es escritor y semi�logo italiano.
Traducci�n de Carlos Gumpert.

 

 

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