El 'r�gimen' de Berlusconi
EL PERIODISTA Y SEMI�LOGO UMBERTO ECO ANALIZA
LA MANERA DE HACER POL�TICA DEL PRIMER MINISTRO ITALIANO
UMBERTO ECO
DOMINGO 16-11-2003 EL PAIS sección DOMINGO
Todos los d�as se escuchan en�rgicas reacciones (y por suerte tambi�n por
parte de la opini�n p�blica de otros pa�ses europeos, tal vez m�s que en
Italia) ante el golpe de Estado subrepticio que Berlusconi est� tratando de
llevar a cabo. Con todo, ha sido un error de planteamiento la discusi�n de
si Berlusconi estaba instaurando o no un r�gimen, dado que la palabra
"r�gimen" evoca autom�ticamente en Italia el r�gimen fascista. En tal caso,
es necesario admitir que Berlusconi no est� confinando a�n a los disidentes,
no est� imponiendo la camisa negra a los j�venes, no reconstruye la C�mara
de los Fasci y de las Corporaciones.
Si con la palabra "r�gimen", en cambio, se entiende una forma de gobierno
(al igual que hay reg�menes democr�ticos, reg�menes mon�rquicos, etc�tera),
es evidente que Berlusconi est� instaurando, d�a tras d�a, una forma de
gobierno autoritario, basado en la identificaci�n del partido, del pa�s y
del Estado con una serie de intereses empresariales. No lo hace mediante
operaciones de polic�a, arresto de diputados o abolici�n violenta de la
libertad de prensa, sino poniendo en marcha una ocupaci�n gradual de los
medios de comunicaci�n m�s importantes, y creando con los mecanismos
adecuados formas de consenso fundadas sobre llamamientos populistas.
Frente a esta operaci�n se ha afirmado, por orden, que: i) Berlusconi se
meti� en la pol�tica con la �nica finalidad de bloquear o desviar los
procesos judiciales que pod�an llevarle a la c�rcel; ii) como ha dicho un
periodista franc�s, Berlusconi est� instaurando un pedegisme (de pdg, que
en Francia es el "pr�sident directeur g�n�ral", el boss, el manager, el
jefe absoluto de una empresa); iii) Berlusconi realiza su proyecto avalado
por un �xito electoral indiscutible, y sustrayendo, por tanto, a la oposici�n
el arma del tiranicidio, en cuanto deben oponerse respetando la voluntad
de la mayor�a, y lo �nico que le cabe hacer es convencer a parte de esa
mayor�a para que reconozca y acepte las consideraciones que junto a la presente
forman esta lista; iv) Berlusconi, bas�ndose en este �xito electoral,
se dedica a hacer aprobar leyes concebidas para su personal inter�s y no
para el del pa�s (y en eso consiste el pedegisme); v) Berlusconi, por las
razones hasta ahora expuestas, no act�a como un estadista ni tan siquiera como
un pol�tico tradicional, sino siguiendo otras t�cnicas -y precisamente por
ello es m�s peligroso que un caudillo de los de otros tiempos, porque esas
t�cnicas se presentan como adecuadas aparentemente a los principios de
un r�gimen democr�tico-; vi) Berlusconi ha superado la fase del conflicto
de intereses para llevar a cabo, cada d�a m�s, la absoluta convergencia de
intereses, es decir, haciendo aceptar al pa�s la idea de que sus intereses
personales coinciden con los de la comunidad nacional.
Un concepto de gobierno
Eso constituye sin duda un r�gimen, una forma y una concepci�n de gobierno,
y se est� llevando a cabo de una forma tan eficaz que las preocupaciones de
la prensa europea no se deben a la piedad y el amor hacia Italia, sino
simplemente al temor de que Italia, como en un reciente pasado infausto, sea
el laboratorio de experimentos que podr�an extenderse a Europa entera.
El problema es que la oposici�n a Berlusconi, incluso en el extranjero,
act�a a la luz de una s�ptima convicci�n, que en mi opini�n es errada. Se
considera, en efecto, que, al no ser un estadista, sino un dirigente
empresarial dedicado solamente a mantener los equilibrios precarios de su
propia formaci�n pol�tica, Berlusconi no es consciente de que el lunes dice
una cosa y el martes lo contrario, que no teniendo experiencia pol�tica ni
diplom�tica tiende al patinazo, habla cuando no debe hablar, deja que se le
escapen afirmaciones que se ve obligado a tragarse al d�a siguiente, confunde
hasta tal extremo su propio provecho particular con el p�blico que
se permite ante ministros extranjeros ocurrencias de p�simo gusto sobre su
propia consorte, etc�tera. En tal sentido, la figura de Berlusconi se presta
a la s�tira, sus adversarios se consuelan en ocasiones pensando que ha
perdido el sentido de la medida, y confiando, por tanto, en que corra sin
darse cuenta hacia su propia ruina.
Creo, en cambio, que es necesario partir del principio de que, en cuanto
pol�tico de nov�sima naturaleza, digamos, si se quiere, posmoderno,
Berlusconi est� poniendo en acto, precisamente con sus gestos m�s
incomprensibles, una estrategia compleja, avisada y sutil, que es testimonio
del plano control de sus nervios y de su alta inteligencia operativa (y si
no de su inteligencia te�rica, de su prodigioso instinto de vendedor).
Sorprende en efecto en Berlusconi (y por desgracia, divierte) el exceso de
t�cnicas de vendedor. Muchos recuerdan en Italia a un tal Mendella que
aparec�a en la televisi�n, en un canal especializado, para convencer a
jubilados y familias de renta media y baja a fin de que le confiaran sus
capitales, asegur�ndoles ganancias del cien por cien. El que, tras haber
arruinado a algunos miles de personas, Mendella fuera arrestado mientras
hu�a con la caja, es otra historia: hab�a exagerado y se hab�a precipitado.
Pero lo t�pico de Mendella era presentarse a las diez de la noche diciendo
que �l no ten�a inter�s personal en aquella recogida de ahorros ajenos,
porque no era m�s que el portavoz de una empresa mucho m�s grande y s�lida;
sin embargo, a las once afirmaba en�rgicamente que en aquellas operaciones,
de las que se presentaba como el �nico garante, hab�a invertido todo su
capital, y por tanto sus intereses coincid�an con los de sus clientes.
Quien le envi� su dinero no advert�a esas contradicciones, porque escogi�
centrarse en el elemento que le infund�a mayor confianza. La fuerza de
Mendella no estribaba en los argumentos que empleaba, sino en ametrallar a
los espectadores con muchos.
T�cnicas de venta
Las t�cnicas de venta de Berlusconi son evidentemente de esa clase (os
aumento las pensiones y rebajo los impuestos), pero infinitamente m�s
complejas. Debe vender consenso, pero no habla de t� a t� con los clientes,
como Mendella. Tiene que echar cuentas con la oposici�n, con la opini�n
p�blica, incluida la extranjera, y con los medios de comunicaci�n (que a�n
no son todos suyos) y ha descubierto la forma de volver a su favor las
cr�ticas de todos estos sujetos. Por tanto, debe hacer promesas, por buenas,
malas o neutras que parezcan a sus propios partidarios, que se presenten
ante los ojos de sus detractores como una provocaci�n. Y debe producir una
provocaci�n al d�a, mucho mejor si inconcebible o inaceptable. Ello le
consiente ocupar las primeras planas y las noticias de apertura de los
medios de comunicaci�n y de situarse siempre en el centro de atenci�n.
En segundo lugar, la provocaci�n debe ser de tal calibre que sus opositores no
puedan darse por no enterados, y se vean obligados a reaccionar con energ�a.
Ser capaz de arrancar todos los d�as una reacci�n indignada de sus
opositores (y hasta de medios que no pertenecen a la oposici�n, pero que no
pueden dejar pasar en silencio propuestas que conllevan alteraciones
constitucionales) permite a Berlusconi presentarse ante su electorado como
v�ctima de una persecuci�n ("ya lo veis, diga lo que diga, me atacan").
El victimismo, que parece contrastar con el triunfalismo que caracteriza las
promesas berlusconianas, es una t�cnica fundamental y es t�pica de todo
populismo. Mussolini provoc� con su ataque a Etiop�a sanciones de otros
pa�ses y jug� despu�s como propaganda con el complot internacional
contra
Italia. Defend�a la superioridad de la raza italiana y procuraba suscitar un
nuevo orgullo nacional, pero lo hac�a lamentando que el resto de los pa�ses
despreciaran al nuestro. Hitler parti� para la conquista de Europa
sosteniendo que eran los dem�s quienes sustra�an el espacio vital al pueblo
alem�n. Que en el fondo es la estrategia del lobo frente al cordero.
Toda prevaricaci�n debe ser justificada mediante la denuncia de una injusticia
contra ti. En definitiva, el victimismo es una de las muchas formas con las
que un r�gimen sostiene la cohesi�n de su propio frente interior mediante el
chovinismo: para exaltarnos es necesario demostrar que hay otros que nos
odian y quieren cortarnos las alas. Toda exaltaci�n nacionalista y populista
presupone el cultivo de un estado de continua frustraci�n.
Y no s�lo eso, porque el poder lamentarse cada d�a del complot ajeno permite
aparecer en los medios de comunicaci�n cada d�a denunciando al adversario.
Esa es tambi�n una t�cnica antiqu�sima, que conocen bien los ni�os: t� le
das un empuj�n a tu compa�ero de pupitre, �ste te tira una bolita de papel y
t� te quejas al maestro.
Otro elemento de esta estrategia es que, para crear provocaciones en cadena,
no debes hablar t� solo, sino dejar mano libre a los m�s insensatos de tus
colaboradores, y cuanto m�s insensatas sean las provocaciones, mejor.
No importa si la provocaci�n va m�s all� de lo cre�ble. Al contrario, cuanto
m�s inaceptable parezca, m�s obligado se ver� el adversario a reaccionar,
pues en caso contrario perder�a hasta su propia identidad y su propia
funci�n de opositor como garante. La t�cnica consiste en lanzar la
provocaci�n, desmentirla al d�a siguiente ("he sido malinterpretado") y
lanzar inmediatamente una nueva, de manera que sobre �sta se concentre la
subsiguiente reacci�n de la oposici�n y el renovado inter�s de la opini�n
p�blica, y todos olviden que la provocaci�n precedente hab�a sido
sencillamente flatus vocis.
Provocaci�n
La inaceptabilidad de la provocaci�n consiente adem�s alcanzar otros dos
objetivos esenciales. El primero es que, a fin de cuentas, por extrema que
haya sido la provocaci�n, no deja de constituir un ballon d'essai. Si
la opini�n p�blica no reacciona con la suficiente energ�a, eso significa
que hasta la m�s ultrajante de las sendas podr�a llegar a ser, con la debida
calma, practicable. Ese es el motivo por el que la oposici�n se ve obligada
a reaccionar, aunque sepa que se trata de pura y simple provocaci�n, porque
si callara abrir�a el camino a otras tentativas. La oposici�n hace, por
tanto, lo que no puede dejar de hacer para oponerse al golpe de Estado
subrepticio, pero, al actuar as�, lo corrobora porque sigue su l�gica.
El segundo objetivo que se lleva a cabo es lo que podr�a definirse como el
efecto bomba. Siempre he sostenido que si yo fuera un hombre con poder
enredado en muchos y oscuros asuntos, y si llegara a saber que en un par de
d�as estallar� en la prensa una revelaci�n que podr�a sacar a la luz mis
fechor�as, me quedar�a una �nica soluci�n: pondr�a u ordenar�a que se
pusiera una bomba en una estaci�n, en un banco o en una plaza a la salida de
misa. Con ello estar�a seguro de que al menos durante quince d�as las
primeras p�ginas de los peri�dicos y las noticias de apertura de los
telediarios estar�an ocupadas por el atentado, y la noticia que me preocupa,
aunque apareciera, quedar�a confinada en las p�ginas interiores y pasar�a
inobservada (o, en todo caso, afectar�a de refil�n a una opini�n p�blica
mucho m�s preocupada por otras cuestiones).
Un caso t�pico de efecto bomba fue la salida de Berlusconi en el Parlamento
europeo calificando de kapo a un diputado alem�n que le criticaba, seguida
por las declaraciones de refuerzo del pol�tico de la Liga Stefani contra los
turistas alemanes, tachados de borrachines y alborotadores. �Metedura de
pata incomprensible, dado que suscitaba un incidente internacional y justo
al principio del semestre italiano? En absoluto. En esos mismos d�as se
debat�a en el Parlamento italiano la ley Gasparri, con la cual Mediaset, la
compa��a televisiva privada propiedad de Berlusconi, hund�a a la RAI y
multiplicaba sus dividendos. Pero yo (y qui�n sabe cu�nta gente como yo) no
me hubiera dado cuenta de no haber sido porque, conduciendo por la
autopista, escuch� la Radio del Partido Radical en directo desde el
Parlamento. Los peri�dicos dedicaban p�ginas y p�ginas al patinazo de
nuestro primer ministro; al hecho de que los turistas alemanes, en cualquier
caso, no dejar�an de veranear en Italia; al problema lancinante de si
Berlusconi se hab�a excusado de verdad con Schr�der o no. El efecto bomba
funcion� a la perfecci�n.
Podr�amos volvernos a leer todas las portadas de los diarios de los �ltimos
dos a�os para poder calcular cu�ntos efectos bomba han sido producidos.
Frente a una afirmaci�n como la de que los jueces deben ser sometidos a
curas psiqui�tricas, la pregunta que hemos de plantearnos es qu� otra
iniciativa hizo pasar esa bomba a un segundo plano.
Canallada
En este sentido, Berlusconi pedegista controla y dirige las reacciones de
sus opositores, las confunde, puede usarlas para demostrar que esa gente
pretende su ruina, que cualquier llamamiento a la opini�n p�blica es una
canallada ad hominem.
�C�mo oponerse a tal estrategia? Hay una forma, pero se parece a la
sugerencia de McLuhan, quien para bloquear al terrorismo (que vive del eco
propagand�stico de sus iniciativas y del malestar que difunden) propon�a un
apag�n informativo. La consecuencia era que tal vez la prensa no se
convirtiera ya en meg�fono de los terroristas, pero se entraba en un r�gimen
de censura, que era lo que los terroristas esperaban provocar.
Es f�cil decirlo: concentra tus reacciones s�lo en los casos verdaderamente
importantes (ataques a la magistratura, leyes en beneficio de los intereses
privados del jefe de Gobierno, etc�tera), y si en cambio Berlusconi da a
entender que quiere modificar la Constituci�n para convertirse en presidente
de la Rep�blica, coloca la noticia en un suelto de la sexta p�gina, por
estricto deber informativo, sin someterte a su juego. Pero �qui�n aceptar�a
un pacto as�? La prensa espec�ficamente de oposici�n, no, pues se ver�a
inmediatamente a la derecha de la prensa independiente. La prensa
independiente, no, por la sencilla raz�n de que ese pacto presupondr�a una
alineaci�n expl�cita. Adem�s, una decisi�n semejante resultar�a inaceptable
para cualquier tipo de medio de comunicaci�n, pues ir�a en contra de su
propio deber/inter�s, el de aprovechar el m�nimo incidente para producir y
vender noticias, y noticias picantes y apetecibles. Si Berlusconi insulta a
un parlamentario europeo, no puedes relegar la noticia en la secci�n de
cr�nica o los recuadros de sociedad, porque perder�as los miles de
ejemplares que te hace ganar el battage sobre el sabroso acontecimiento.
Por tanto, s�lo queda una decisi�n que tomar, aunque no sea m�s que sobre la
base de la simple hip�tesis de que resulte buena y realizable: visto que,
mientras que el juego no deje de estar en manos de Berlusconi, la oposici�n
debe seguir sus reglas, la oposici�n debe tomar la iniciativa adoptando,
aunque en positivo, las mismas reglas berlusconianas.
Esto no conlleva que la oposici�n deba dejar de demonizar a Berlusconi.
Ya se ha visto que si no reacciona ante sus provocaciones, en cierto sentido
las avala, y en todo caso no cumple con su propio deber institucional. Pero
esta funci�n de reacci�n cr�tica ante las provocaciones deber�a ser asignada
a un ala de la formaci�n pol�tica, comprometida a tiempo completo. Y deber�a
manifestarse por canales alternativos. Si es cierto, como lo es, que los
medios de comunicaci�n todav�a libres del control de Berlusconi llegan s�lo
hasta los ya convencidos y que la mayor parte de la opini�n p�blica est�
sometida a medios bajo control, no queda m�s remedio que saltarse los medios
de comunicaci�n. A su manera, los girotondi o cortejos espont�neos de
ciudadanos han sido un elemento de esta nueva estrategia, pero si uno o dos
de ellos hacen ruido, miles provocar�an una costumbre. Si tengo que decir
que el telediario ha ocultado una noticia no puedo decirlo a trav�s del
telediario. Debo volver a t�cticas de reparto de octavillas, distribuci�n de
v�deos, teatro callejero, tamtan en Internet, comunicaciones en pantallas
m�viles colocadas en distintos lugares de la ciudad, y a cuantas otras
invenciones pueda sugerir la nueva fantas�a virtual. Visto que no puede
hablarse al electorado desinformado a trav�s de los medios de comunicaci�n
tradicionales, habr� que inventar otros nuevos.
Al mismo tiempo, y en un nivel de acci�n m�s tradicional, el de los
partidos, las entrevistas y la participaci�n en programas televisivos (pero
sorprendiendo al adversario con manifestaciones inesperadas), la oposici�n
debe hacer arrancar sus propias provocaciones.
�Qu� entiendo por provocaci�n de la oposici�n? La capacidad de concebir
planes de gobierno acerca de problemas hacia los que la opini�n p�blica se
muestre sensible y de lanzar ideas sobre una futura ordenaci�n del pa�s, de
tal calibre que obliguen a los medios de comunicaci�n a ocuparse de ello al
menos con el mismo relieve que se concede a las provocaciones de Berlusconi.
Ejemplo de laboratorio
Por poner un ejemplo de laboratorio, la difusi�n de un plan que prevea,
digamos, una ley que la izquierda en el Gobierno har�a aprobar de inmediato
y que prohibiera a un solo sujeto poseer m�s de una emisora de televisi�n (o
un peri�dico o una estaci�n de radio) estallar�a como una bomba. Berlusconi
se ver�a obligado a reaccionar, esta vez a la defensiva y no al ataque, y al
hacerlo dar�a voz a sus adversarios. Ser�a �l quien declarara la existencia
de un conflicto (o de una convergencia) de intereses, y no podr�a atribuir
el mito a la voluntad perversa de sus adversarios. Y tampoco podr�a acusar
de comunismo a una ley antimonopolio que tiende a ensanchar el acceso a la
propiedad privada de los medios de comunicaci�n.
En resumidas cuentas, se tratar�a de lanzar, de forma continuada y en
positivo, propuestas que permitan entrever a la opini�n p�blica otra manera
de gobernar y que pongan a la actual mayor�a pol�tica contra las cuerdas, en
el sentido de que se viera forzada a decir si est� de acuerdo o no -y en tal
caso estar�a obligada a discutir y a defender sus propios proyectos y a
justificar sus propios incumplimientos- sin poder enrocarse en la acusaci�n
gen�rica a una oposici�n pendenciera. S�lo que, para elaborar estrategias de
esa clase, la oposici�n deber�a estar unida, porque no se elaboran proyectos
aceptables y dotados de capacidad de fascinaci�n si se emplean doce horas al
d�a en luchas intestinas. Y aqu� entramos en otro universo, donde el
obst�culo infranqueable parece ser esa tradici�n ya m�s que secular por
la
que las izquierdas de todo el mundo se han ejercitado siempre en la
destrucci�n de sus propias herej�as internas, anteponiendo las exigencias de
esta lucha entre hermanos a la batalla frontal contra el adversario.
Y, sin embargo, s�lo superando este escollo puede pensarse en un sujeto
pol�tico capaz de atraer la atenci�n de los medios de comunicaci�n con
proyectos con capacidad de provocaci�n, y de derrotar a Berlusconi
utilizando, por lo menos en parte, sus mismas armas.
Umberto Eco es escritor y semi�logo italiano.
Traducci�n de Carlos Gumpert.
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