Recreos poéticos

 

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NOVIEMBRE

 

 

LOS CUATRO ELEMENTOS

EL AGUA   II

Manuel Machado, Luis Cernuda, Salvador Rueda,

Octavio Paz, Luis García Montero y José Hierro

 

1    Manuel Machado

 

                        OCASO

Era un suspiro lánguido y sonoro
la voz del mar aquella tarde... El día,
no queriendo morir, con garras de oro
de los acantilados se prendía.

Pero su seno el mar alzó potente,
y el sol, al fin, como en soberbio lecho,
hundió en las olas la dorada frente,
en una brasa cárdena deshecho.

Para mi pobre cuerpo dolorido,
para mi triste alma lacerada,
para mi yerto corazón herido,

para mi amarga vida fatigada...
¡el mar amado, el mar apetecido,
el mar, el mar, y no pensar nada...!

 

 

2    Luis Cernuda

 

QUISIERA ESTAR SOLO EN EL SUR

 

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur 

de ligeros paisajes dormidos en el aire, 

con cuerpos a la sombra de ramas como flores 

o huyendo en un galope de caballos furiosos. 

El sur es un desierto que llora mientras canta, 

y esa voz no se extingue como pájaro muerto; 

hacia el mar encamina sus deseos amargos 

abriendo un eco débil que vive lentamente. 

En el sur tan distante quiero estar confundido. 

La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta; 

su niebla misma ríe, risa blanca en el viento. 

Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.

 

 

3     Salvador Rueda

 

LAS BODAS DEL MAR


Ya acudes a tu cita misteriosa
con el inquieto mar, luna constante,
y asoma las playas de Levante,
hostia de luz, tu cara milagrosa.

En la onda azul, cual nacarada rosa,
se abre tu seno con pasión de amante
y dibuja un reguero rutilante
tu pie sobre la espuma en que se posa.

El agua, como un tálamo amoroso,
te ofrece sus cristales movedizos
donde tiendes tu cuerpo luminoso.

Y al ostentar desnuda tus hechizos,
el mar, con un abrazo tembloroso,
te envuelve en haz de onduladores rizos...

 

 

4 Octavio Paz

           

  PRIMAVERA A LA VISTA


Pulida claridad de piedra diáfana,
lisa frente de estatua sin memoria:
cielo de invierno, espacio reflejado
en otro más profundo y más vacío.

El mar respira apenas, brilla apenas.
Se ha parado la luz entre los árboles,
ejército dormido. Los despierta
el viento con banderas de follajes.

Nace del mar, asalta la colina,
oleaje sin cuerpo que revienta
contra los eucaliptos amarillos
y se derrama en ecos por el llano.

El día abre los ojos y penetra
en una primavera anticipada.
Todo lo que mis manos tocan, vuela.
Está lleno de pájaros el mundo.

 

 

5 

BAJO TU CLARA SOMBRA


Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo 
un cuerpo como día derramado 
y noche devorada; 
la luz de unos cabellos 
que no apaciguan nunca 
la sombra de mi tacto; 
una garganta, un vientre que amanece 
como el mar que se enciende 
cuando toca la frente de la aurora; 
unos tobillos, puentes del verano; 
unos muslos nocturnos que se hunden 
en la música verde de la tarde; 
un pecho que se alza 
y arrasa las espumas; 
un cuello, sólo un cuello, 
unas manos tan sólo, 
unas palabras lentas que descienden 
como arena caída en otra arena.... 

Esto que se me escapa, 
agua y delicia obscura, 
mar naciendo o muriendo; 
estos labios y dientes, 
estos ojos hambrientos, 
me desnudan de mí 
y su furiosa gracia me levanta 
hasta los quietos cielos 
donde vibra el instante; 
la cima de los besos, 
la plenitud del mundo y de sus formas. 

 

 

6 García Montero

 

      ESE PERDIDO REINO...

Ese perdido reino
donde cualquier política tiene forma de beso,
de cicatriz privada
detrás de los abrazos,
nos está dominando con sus sueños,
de distancia a distancia.

Quiero que te levantes
con la misma impaciencia que los árboles,
creciendo hasta lo exacto
para rozar mis labios, para buscar en ellos
la humedad sin la lluvia.

Sé que descubriremos
siluetas desnudas por la casa,
recuerdos visitantes,
fantasmas de una noche sin verano,
que andarán en nosotros y pedirán su cuenta,

porque la oscuridad, como un espejo,
nos devuelve la imagen que le damos.

Pero conozco todas las preguntas
que no sé contestarte,
el cuerpo en donde viven las interrogaciones,
tu sueño en los pañuelos, como de haber llorado.

 

 

7

 

EL AMOR

 

     y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

 

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de
 palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

 

 

8

 

             COMO CADA MAÑANA

Ahora sé
que estas calles nos han hecho solitarios
y nuestro corazón
tiene el pulso amarillo
de las maderas lentas de un tranvía.

Sobre su cuerpo viejo
andábamos despacio, de forma irregular,
con una simetría parecida a los árboles.

Era hermoso acudir
cada mañana
y respetar la cita con la hiedra
del muro,
los ropajes cansados de las casas estrechas
y de las calles sucias. Agradable
cruzar sobre algún puente,
detenerse lo exacto
para ver cómo el agua discute en las orillas.

En su jardín olimos
los primeros inviernos, su curso indefinido
por entre las palmeras.
Casi nadie pasaba,
sólo había
cuarenta sillas rojas
de los bares cerrados y alguna soledad
definitiva.

Durante muchos años,
durante tantos días que pasaron
el uno tras el otro,
el deber era un cierto paseo solitario,
la cita con un rumbo que sólo desviamos
para pisar las horas que caían,
los sueños que faltaban,
la superficie helada de los charcos,
para saltar los setos
o besamos las uñas moradas por el frío.
Y llegando a la puerta solíamos comprar
pequeños caramelos de nata o de violetas.

 

 

En su jardín olimos
los primeros inviernos, su curso indefinido
por entre las palmeras.
Casi nadie pasaba,
sólo había
cuarenta sillas rojas
de los bares cerrados y alguna soledad
definitiva.

Durante muchos años,
durante tantos días que pasaron
el uno tras el otro,
el deber era un cierto paseo solitario,
la cita con un rumbo que sólo desviamos
para pisar las horas que caían,
los sueños que faltaban,
la superficie helada de los charcos,
para saltar los setos
o besamos las uñas moradas por el frío.
Y llegando a la puerta solíamos comprar
pequeños caramelos de nata o de violetas.

 

Entrábamos por fin para mezclamos
como cada mañana de la vida
con el paso cansado, los azulejos fríos
de un mundo hecho en latín
y números romanos.

Ahora sé
que en aquella ciudad deshabitada
la gente andaba triste,
con una soledad definitiva
llena de abrigos largos y paraguas.

 

 

9

 

  CANCIÓN 19 HORAS

¿Quién habla del amor? Yo tengo frío
y quiero ser diciembre.

Quiero llegar a un bosque apenas sensitivo,
hasta la maquinaria del corazón sin saldo.
Yo quiero ser diciembre.

Dormir
en la noche sin vida,
en la vida sin sueños,
en los tranquilizados sueños que desembocan
al río del olvido.

Hay ciudades que son fotografías
nocturnas de ciudades.
Yo quiero ser diciembre.

Para vivir al norte de un amor sucedido,
bajo el beso sin labios de hace ya mucho tiempo,
yo quiero ser diciembre.

Como el cadáver blanco de los ríos,
como los minerales del invierno,
yo quiero ser diciembre.

 

 

10

 

    CANCIÓN AMARGA


En la cara lleva
tres años perdidos
y el frío de las seis de la mañana.

Van a partirte el corazón.
De pronto
la luz apagada,
los pasillos turbios,
la puerta que clava su ruido en la espalda.

Van a partirle el corazón.
Y arrastra
una cadena oscura
de pasiones heladas,
ese frío que cabe solamente
detrás de una palabra.

Y yo la veo caminar,
despacio,
perderse en lo que anda,
fugitiva tristeza que va y viene
de la sombra a la puerta de mi casa.

La luz artificial deja en la calle
el temblor silencioso
de tres barcas ancladas.

     cuando ella cruza por mi lado siento
como un golpe de remos
y un murmullo de agua.

 

 

 

 

11    José Hierro

 

                           ASÍ ERA

 

     Canta, me dices. Y yo canto.
¿Cómo callar? Mi boca es tuya.
Rompo contento mis amarras,
dejo que el mundo se me funda.
Sueña, me dices. Y yo sueño.
¡Ojalá no soñara nunca!
No recordarte, no mirarte,
no nadar por aguas profundas,
no saltar los puentes del tiempo
hacia un pasado que me abruma,
no desgarrar ya más mi carne
por los zarzales, en tu busca.

    Canta, me dices. Yo te canto
a ti, dormida, fresca y única,
con tus ciudades en racimos,
como palomas sucias,
como gaviotas perezosas
que hacen sus nidos en la lluvia,
con nuestros cuerpos que a ti vuelven
como a una madre verde y húmeda.

     Eras de vientos y de otoños,
eras de agrio sabor a frutas,
eras de playas y de nieblas,
de mar reposando en la bruma,
de campos y albas ciudades,
con un gran corazón de música.

 

 

 

 

 

 

 

OCTUBRE

 

LOS CUATRO ELEMENTOS

EL AGUA   I

Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego, Jorge Guillén,

Rafael Alberti, Pablo García Baena y Luis Alberto de Cuenca

 

 

1 Juan Ramón Jiménez

En mi tercero mar

En mi tercero mar estabas tú,

de ese color de todos los colores

(que yo dije otro día de tu blanco);

de ese rumor de todos los rumores

que siempre perseguí, con el color,

por aire, tierra, agua, fuego, amor,

tras el gris terminal de todas las salidas.

Tú eras, viniste siendo, eres el amor

en fuego, agua, tierra y aire,

amor en cuerpo mío de hombre y en cuerpo de mujer

el amor que es la forma

total y única

del elemento natural, que es elemento

del todo, el para siempre;

y que siempre te tuvo y te tendrá

sino que no todos te ven,

sino que los que te miramos no te vemos hasta un día.

El amor más completo, amor, tú eres,
con la sustancia toda
(y con toda la esencia) en los sentidos todos de mi cuerpo
 (y en todos los sentidos de mi alma)
que son los mismos en el gran saber
 de quien, como yo ahora, todo, en luz, lo sabe.
Lo sabe, pues lo supo más y más;
el más, el más, camino único de la sabiduría;
ahora yo sé ya que soy completo,
porque tú, mi deseado dios, estás visible,
estás audible, estás sensible
en rumor y en color de mar, ahora;
porque eres espejo de mí mismo
en el mundo, mayor por ti, que me ha tocado.

 

 

 

2  Jorge Guillén

EL MANANTIAL

Mirad bien. ¡Ahora!
Blancuras en curva
Triunfalmente una
 -Frescor hacia forma­

Guían su equilibrio
 Por entre el tumulto
 -Pródigo, futuro­-
De un caos ya vivo.

El agua desnuda
Se desnuda más.
¡Más, más, más! Carnal,
 Se ahonda, se apura.

¡Más, más! Por fin ¡viva!
Manantial, doncella:
Escorzo de piernas
Tornasol de guijas.

Y emerge -compacta
 Del río que pudo
Ser, esbelto y curvo­-
Toda la muchacha.

 

        

         

      3 Gerardo Diego

              
INSOMNIO

Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño y por el mar las naves.

En cárceles de espacio, aéreas llaves
te me encierran, recluyen, roban. Hielo,
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti las alas de mis aves.

Saber que duermes tú, cierta, segura
 -cauce fiel de abandono, línea pura-,
tan cerca de mis brazos maniatados.

Qué pavorosa esclavitud de isleño,
yo insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.

 

    4  Federico García Lorca

     BALADILLA DE LOS TRES RÍOS

El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos.
Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.

 ¡Ay, amor
que se fue y no vino!
 
El río Guadalquivir
tiene las barbas granates.
Los dos ríos de Granada,
 uno llanto y otro sangre.

¡Ay, amor
que se fue por el aire!


Para los barcos de vela,
Sevilla tiene un camino;
por el agua de Granada
 sólo reman los suspiros.

¡Ay, amor
que se fue y no vino!

 
Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales.
Dauro y Genil, torrecillas
 muertas sobre los estanques,

¡Ay, amor
que se fue por el aire!

¡Quién dirá que el agua lleva
un fuego fatuo de gritos!

 ¡Ay, amor
que se fue y no vino!

 

 

 

5 Gacela  De la huida

Me he perdido muchas veces por el mar
con el oído lleno de flores recién cortadas,
con la lengua llena de amor y de agonía.
Muchas veces me he perdido por el mar,
como me pierdo en el corazón de algunos niños.

No hay nadie que, al dar un beso,
no sienta la sonrisa de la gente sin rostro,
ni hay nadie que, al tocar un recién nacido,
olvide las inmóviles calaveras de caballo.

Porque las rosas buscan en la frente
un duro paisaje de hueso
y las manos del hombre no tienen más sentido
que imitar a las raíces bajo tierra.

Como me pierdo en el corazón de algunos niños,
 me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua, voy buscando
una muerte de luz que me consuma.

 

 

6 De la muchacha dorada

La muchacha dorada
se bañaba en el agua
y el agua se doraba.
Las algas y las ramas
en sombra la asombraban,
y el ruiseñor cantaba
por la muchacha blanca.
Vino la noche clara,
 turbia de plata mala,
con peladas montañas
 bajo la brisa parda.
La muchacha mojada
era blanca en el agua
y el agua, llamarada.
Vino el alba sin mancha
con cien caras de vaca,
yerta y amortajada
con heladas guirnaldas.
La muchacha de lágrimas,
se bañaba entre llamas,
y el ruiseñor lloraba
con las alas quemadas.
La muchacha dorada
 era una blanca garza
y el agua la doraba.

 

 

7  Rafael Alberti

             BAJÉ HASTA EL MAR...

BAJÉ hasta el mar, y el mar que yo quería
fue en vez del mar azul el de la pena,
triste la espuma, gélida la arena
de una playa que el viento deshacía.

Oh ansiado mar, oh mar que fue tan mía,
tan libre ayer, tan rota de cadena,
¿por qué, mar, hoy mi cárcel, mi condena,
 la muerte a la que tanto yo temía?

Irme de ti no será traicionarte,
mar mío, pues no puedo ni mirarte
sin verme y sin sentirte un mar de llanto.

Adiós. Me voy. Perdona mi partida.
Vuelvo a la tierra en donde está la vida
de un marinero que perdió su canto.

 

                 

     8 Pablo García Baena

    SÓLO TU AMOR Y EL AGUA

 Sólo tu amor y el agua... Octubre junto al río
bañaba los racimos dorados de la tarde,
y aquella luna odiosa iba subiendo, clara,
ahuyentando las negras violetas de la sombra.
Yo iba perdido, náufrago por mares de deseo,
cegado por la bruma suave de tu pelo.
De tu pelo que ahogaba la voz en mi garganta
cuando perdía mi boca en sus olas de niebla.
Sólo tu amor y el agua... El río, dulcemente,
callaba sus rumores al pasar por nosotros,
y el aire estremecido apenas se atrevía
a mover en la orilla las hojas de los álamos.

Sólo se oía, dulce como el vuelo de un ángel
al rozar con sus alas una estrella dormida,
el choque fugitivo que quiere hacerse eterno,
de mis labios bebiendo en los tuyos la vida.
Lo puro de tus senos me mordía en el pecho
con la fragancia tímida de dos lirios silvestres,
de dos lirios mecidos por la inocente brisa
cuando el verano extiende su ardor por las colinas.
La noche se llenaba de olores de membrillo,
y mientras en mis manos tu corazón dormía,
perdido, acariciante, como un beso lejano,
el río suspiraba...
Sólo tu amor y el agua...

 

 

9  Luis Alberto de Cuenca

             DE VEZ EN CUANDO

Hace ya demasiados años desde tu muerte,
pero de vez en cuando vuelves. Cierro los ojos
y regresan los días en que viajamos juntos
a bordo del navío del amor, en el tiempo
en que éramos tú y yo los habitantes únicos
del mundo, y en la playa se rompían las olas
con un dulce gemido de placer, y el mar era
un lago inmenso y tibio que nos pertenecía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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