La experiencia vital de la afectividadJesús Alejandro Hernández Ramírez © che mi fa parlare Dante [1]
El amor sabe compadecer; la amistad sabe curar. Madame Barratin
Hablar de la amistad en un ensayo es hablar de la experiencia afectiva e incluso racional de la vida misma. Y tan es así que contamos desde la antigüedad clásica, la de los griegos, con escritos que hablan y filosofan acerca de la amistad. Habrá que tener en cuenta que es muy probable que hubiera antes que Sócrates y otros filósofos griegos o judíos, gente que experimentó y disfrutó de “un amigo fiel [que] es una protección segura; el que lo encuentra ha encontrado un tesoro”,[2] pero que no tuvo la oportunidad y/o posibilidad de escribir o transmitir su experiencia. Hoy, a varios miles de años, la experiencia del amor sigue siendo una condición inherente del hombre, e incluso me atrevería a decir, una cualidad sine qua non el hombre no existiría. Aún en formas de vida que luego devienen en sistemas filosóficos como el existencialismo o el nihilismo, hoy en boga, la experiencia del amor y la amistad son referentes obligados como sustento de sus propios sistemas de pensamiento, ya sea como tesis o antítesis. Mucha gente experimenta de diversas maneras el amor, muchas personas lo viven y lo reflexionan a distintos grados de profundidad; para unas es un modo de vivir: vivir es amar, amar es vivir; otras lo viven dentro de un modo complejo y a manera holística que puede ser el hombre mismo (partícula) (principio de exclusión) hacia un nivel social (sistema) (principio de inclusión), o viceversa.[3] En algunas ocasiones, el amor es reducido, limitado y acotado a una relación de pareja, cuando el amor va más allá y se encuentra siempre, como potencia, en cualquier relación de los seres humanos.[4] No podemos abordar la amistad sin antes haber hablado del amor porque aquella es una manifestación específica de éste. Queda como premisa básica pues, que el amor será concebido no como algo estático o simplemente como un sentimiento que conmueve el interior de una persona, sino como una realidad que se experimenta y se concretiza en lo material, mental, e incluso espiritual entre cualquier persona [5], pero que se va elaborando como un proceso, un proceso humano. Por esto, el amor no “es” nunca, sino que “va siendo”.[6] Es cierto que el amor tiene su base en lo que se le ha “dado”, y no por egoísmo, sino porque es una construcción, aunque este punto se irá aclarando más adelante cuando se hable de la reciprocidad. Y esta construcción amorosa parte de los estados psíquicos que tienen su fuente en la sensualidad y en la afectividad de hombres y mujeres, y que no son más que la materia prima del amor, y en los fenómenos químicos desencadenados a partir de las reacciones psíquicas (como las feromonas). A partir de estas materias primas que poseemos por in – herencia, nos vemos “condenados” a crear constantemente, nos vemos impulsados a establecer relaciones y a buscar profundizarlas con determinadas personas, a crear relaciones con carácter personal a partir de elementos básicos como lo son la atracción y el afecto. Para efecto de una mejor comprensión de los procesos amatorios, desglosaré en este análisis los elementos constitutivos que puede tener el amor. I Un primer elemento que posee el proceso del amor, que categorizamos y conceptualizamos simplemente como amor, es el atractivo, que se manifiesta en la expresión y afección psíquica del gustar. Gustar significa algo así como presentarse como un bien: la mujer puede fácilmente parecerle un bien al hombre y viceversa, por ejemplo. Esta facilidad con la que nace la atracción es fruto de la tendencia sexual que se traduce en fenómenos químicos, y que está estrechamente ligada al conocimiento sensible y luego al conocimiento intelectual, o puede también ser fruto del conocimiento sensible que parte de lo fenomenológico, va al intelecto, y puede o no relacionarse con la tendencia sexual. Todo depende del tipo de atracción de la que se trate. Lo común en cualquier caso, de todos modos, es que la impresión es el punto de partida. Además, el atractivo no sólo se reduce a la cognición, que de por sí es un elemento poderoso,[7] sino que también tiene elementos extraintelectuales: los sentimientos y la voluntad. El atractivo no es tan sólo pensar en alguien como un bien, sino que es además una vinculación del pensamiento en cuanto que es un bien hecho por la voluntad (no es sólo pensar en X persona y establecer una vinculación, sino que en el hecho de agradar hay un elemento de “querer”, aunque el aspecto cognoscitivo se lleve la mayor parte). Y esta vinculación puede estar referida tanto a un hombre como a una mujer, independientemente del sexo. No se puede, pues, explicar tan fácilmente el atractivo sin admitir el entendimiento y la voluntad. El ámbito de los sentimientos juega un papel importante en la voluntad, y éstos participan en el nacimiento del amor porque contribuyen a la formación del atractivo recíproco entre las personas. En la vida afectiva, el ser humano experimenta más que conocer, porque esa vida se manifiesta a través de reacciones emotivo – afectivas hacia el objeto – bien, reacciones que son muy importantes para el atractivo: una persona aparece a otra en estas reacciones como un bien: el otro es algo valioso para mí. El segundo elemento que podemos considerar es la afectividad, que es la facultad de reaccionar ante el bien de una cualidad definida, de conmoverse a su contacto. Esta cualidad de reaccionar depende en gran medida de factores innatos, heredados o adquiridos (aprendidos) bajo diversas influencias (situación que complejiza mucho las relaciones entre las personas), así como del esfuerzo consciente de la persona que tiende a su perfeccionamiento interior. Por esto se da esa variación o coloración de la vida afectiva de cada persona de manera diferente, que se transmite a las reacciones emotivo – afectivas del uno para el otro, factores principales para el atractivo. Esta coloración influirá grandemente en la tendencia a que X personas agraden y otras no. Es lo que determina en alguien la elección de otra persona, hacia la cual se siente atraída (no necesariamente de forma sexual), y hacia las cualidades sobre las que se concentra, recordando que el hombre y la mujer son complejos y heterogéneos. Así, el atractivo forma parte de la esencia del amor, es amor en alguna medida: ha nacido, aunque éste no se limite al atractivo. Es lo que decían los pensadores medievales cuando hablaban del “amor complacentiæ”; el atractivo no es solamente uno de los elementos del amor, sino uno de los aspectos esenciales de éste en todo su conjunto. La experiencia de diversos valores que pueden leerse en la conciencia frente a una persona es reveladora para el atractivo en la medida en que le pone uno o más acentos. La reacción ante uno u otro valor no depende, por lo tanto, únicamente del hecho de que exista en cierta persona, sino también de que la otra persona que lo percibe sea sensible a dicho valor. Esto es de importancia máxima para el desarrollo real del amor, porque alguien puede comenzar a amar por el atractivo sobre otro u otra (el amante inicial), cuando ese otro (el amado inicial) es insensible a los valores del primero. Es necesario también mencionar que aunque el objeto de atracción sea una persona, uno puede ser atraído hacia ésta de diversas maneras: alguien puede ser atraído por su reacción ante los valores sensuales y sexuales, o también de modo indirecto y de forma diversa por sus valores espirituales o morales, su inteligencia, su carácter. En el atractivo, la reacción emotivo – afectiva posee gran importancia, pues lo marca con una huella específica. Los sentimientos no tienen por sí mismos poder cognoscitivo, sino poder de orientar y dirigir los actos cognoscitivos; esto aparece claramente en el atractivo. Sin embargo, este hecho crea una contrariedad interior en la vida de las personas. Dicha dificultad reside en la relación de lo que se vive y de lo que es en realidad: los sentimientos nacen de manera espontánea, inesperada, y por ello el atractivo surge imprevisible, pero a la vez, de manera ciega, porque la acción natural de los sentimientos no tiende a percibir la verdad de su objeto. Hay pensadores como Pascal y Scheler que enfatizan la lógica especial de los sentimientos (Logique du coeur; lógica del corazón) [8], pero es necesario constatar ante ello que las reacciones emotivo – afectivas pueden tanto ayudar como impedir el atractivo hacia un verdadero bien. Las reacciones emotivas coadyuvan muchas veces a deformar o falsear el atractivo, cuando gracias a ellas se cree percibir en la persona valores que no tiene o a ocultar los valores negativos que tiene, y sin embargo, también pueden ayudar a construir la tolerancia ante los defectos del otro, siempre y cuando el proceso de percepción se vaya afinando, es decir, que este fenómeno de las reacciones emotivas pueda irse haciendo consciente y observando en realidad lo que está percibiendo. Este hecho puede compararse con el fenómeno físico del “punto ciego”. Podemos hacer un pequeño experimento al respecto: coloca tu mano sobre tu ojo izquierdo y observa la pantalla. Dirige la vista hacia la figura del sol por unos momentos, y posteriormente acercate o retrocede un poco tu cabeza de la pantalla sin dejar de ver al sol, a la altura de la visión de tus ojos. Notarás que de pronto, a una cierta distancia, el rayo desaparece de tu vista: este es el fenómeno del “punto ciego”.
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La explicación fisiológica de esto es la siguiente: el sol se proyecta dentro del ojo en una sección llamada fóvea, que es la parte que tiene mayor agudeza visual en el ojo por poseer conos y bastoncillos en gran densidad. Pero en ciertas condiciones, el rayo se proyecta sobre la parte de la retina en que sale del ojo el nervio óptico que no tiene ni conos ni bastoncillos, y no se puede entonces recibir nada visualmente, no se ve nada. La realidad de este fenómeno, de que estamos parcialmente ciegos fisiológicamente, no produce en nosotros asombro porque en realidad no vemos que no vemos (esta es una disfunción de segundo orden).[9] De manera similar, y cognitivamente hablando, en ocasiones creemos ver en otros lo que en realidad no vemos; les agregamos simbólica o imaginariamente cualidades que quisiéramos que tuvieran y que responden a una imagen que nos satisface a nosotros mismos. Esto puede ser un principio de egoísmo, o también una posibilidad de estimular al otro a que desarrolle sus potencialidades y capacidades, según el camino que se tome en la construcción por parte de ambos lados. Si tomáramos el primer camino, lo muy probable que puede suceder es que la reacción emotiva, una vez pasada (y la oscilación está en su misma naturaleza), en la que el sujeto que había puesto toda su actitud respecto de determinada persona, y no en la verdad de ésta, en lo que realmente estaba viendo, se encuentra de pronto en un desfase entre lo que es y lo que se esperaba o se imaginaba que era. De esta decepción puede nacer una reacción emotiva de signo contrario: el amor puramente afectivo se transforma en odio afectivo (es decir, a nivel de afectos, de sentimientos) dirigiéndose hacia la misma persona por la que se sentía “amor”. Por esta razón, en el atractivo, la verdad sobre la persona hacia la cual se orienta es de vital importancia, la mirada real de lo que es puede tener una suma importancia. Y es que la tendencia nacida del dinamismo de la vida afectiva se propone desatender la verdad de la persona tal como ella es en sí misma, y se dirige hacia uno mismo, hacia lo que uno espera recibir del otro en cuanto a cualidades o bienes, o hacia los sentimientos que se experimentan. La persona al llegar a este punto no se preocupa por saber si el objeto posee realmente los valores que el atractivo le suscita y le presta. La segunda posibilidad, el otro camino, es más difícil de alcanzar y requiere de una participación más activa de la persona amada; sería entonces muestra de un nivel más avanzado en el proceso del amor. Siendo que el amante imagina o simboliza elementos que quizá no existen en el amado, este hecho puede motivar a que este último inicie un proceso de autoconstrucción, de autopoiésis en donde se construya a sí mismo y su producto sea él mismo, pero en función múltiple, es decir, el amado se construye a partir del deseo del amante no por imposición de éste, sino porque el amado, que también ama o quiere amar, entrega su voluntad y libertad al amante y se convierte en producto de éste, aunque al mismo tiempo, el amado es productor de sí mismo y su producto, porque nadie puede sustituir a su yo, que como dice Edgar Morin, cualquiera puede decir “yo”, pero nadie puede decirlo por mí (principio de exclusión), aunque también existe la posibilidad (paradójica, por cierto), de que a este mi “yo” se una otro “yo” y formemos un “nosotros” (principio de inclusión) de manera tal que integremos nuestra subjetividad a otra subjetividad. Pero el amante también es al mismo tiempo producto del amado porque el primero ha reaccionado ante el bien que es el amado, su reacción es un producto que ha surgido a partir del amado, de sus cualidades y bienes; y por ello le ha provocado imaginar o simbolizar cualidades inexistentes en éste o modificarlas. Todo esto, pues, es un juego dialéctico de sistemas autopoiéticos en verdad complejos, y sin embargo, lo vivimos cotidianamente, tan cotidianamente que en ocasiones no lo vemos: no vemos que no vemos. En esta fase, teniendo en consideración el primer camino, es donde se encuentra, por lo menos, una de las fuentes de la subjetividad tan frecuentes en el amor. De ahí que mucha gente piense que el amor se reduce sobre todo a la verdad de los sentimientos, a aquello que se experimenta tan sólo afectivamente; pero aunque no se pueden negar estos sentimientos, es necesario proclamar ante todo y sobre todo a la persona misma (es decir al todo y no a la parte) [10], objeto del atractivo, y que juega un papel no menos importante que la verdad de dichos sentimientos (la parte). Una ajustada síntesis de esta dos verdades (persona y sentimientos; el todo y las partes), brinda al atractivo una perfección que lo hace uno de los elementos verdaderamente “cultivados”, construidos. El atractivo está estrechamente ligado a la experiencia de los valores. El origen de estas experiencias de valores diversos puede ser la persona, pero todos ellos juegan un papel en el atractivo, en el que éste es determinado por alguna de estas experiencias, o sea, por aquel valor que se sienta más intensamente. Al hablar de la verdad en el atractivo (e indirectamente de la verdad en el amor), se subraya que es necesario que la verdad no se limite jamás a los valores parciales, a aquellos que se encuentran en la persona pero no son la persona misma. De lo que se trata en el atractivo, es de sentir y englobar no sólo los diversos valores ligados a la persona, sino los valores de ella misma: porque ésta es un valor por sí misma, y por dicha razón merece ser el sujeto de la atracción y no tan sólo por tales o cuales valores o estructuras que se le injertan.[11] De esta forma, el atractivo suscitado por el valor mismo de la persona viene a tener el carácter de verdad integral: el bien hacia el cual tiende es la persona y no una cosa o estructura. “Agradar” significa entonces “aparecer como un bien”, o mejor, “como el bien que es en sí”. El objeto de la atracción que aparece al sujeto como un bien es al mismo tiempo bello. La experiencia de la belleza va a la par con la de los valores, como si en cada uno de éstos estuviese un valor estético a manera de “suplemento”. Las palabras como “encanto”, “gracia”, “atractivo”, sirven para definir ese elemento del amor entre las personas. El ser humano es bello y puede, gracias a la belleza que le es propia, atraer la mirada del hombre y de la mujer. La belleza tiene su lugar propio en el atractivo. Pero el ser humano al ser persona tiene una naturaleza determinada por su interioridad y por las relaciones que lo han llevado a conformarse como tal. Por esto, además de su belleza exterior, es necesario descubrir su belleza interior, e incluso, complacerse en ella preferentemente sin que por esto quiera decir que hay que tomar una posición estoica, puritana o maniquea, de desprecio de lo fenoménico: hay que descubrir la belleza integral del ser amado. Es que esto hace que se cree un amor de personas y no tan sólo de cosas. El atractivo que se funda en este amor no puede nacer tan sólo de la belleza física y visible, ya que alguien que no tenga atributos físicos que se consideren según la época y la cultura como bellos, o que teniéndolos los pierda por algún accidente, no tendrá entonces la oportunidad de ser amado. Por cierto que alguien que sea bello según estos cánones físicos que van aparejados a la moda, tenderá con más facilidad a ser reducido a la calidad de objeto por otros. Al respecto, para que haya un verdadero amor en el atractivo, hace falta que se abarque profundamente la belleza integral de la persona. II En este punto entra un problema central y neurálgico en la cuestión del amor: el problema de la reciprocidad. Para partir a una explicación de este nuevo juego dialéctico en esta descripción de los contenidos del amor, hay que aclarar entonces que la reciprocidad no es un amor del uno para con el otro, sino más bien algo que existe entre ellos, entre los amantes, es decir, entre quienes se aman. Esto quiere decir que no existen dos amores: mi amor para alguien, y el amor de ese alguien para mí. Al contrario, la reciprocidad es algo único, unitivo (no unidireccional, que sólo va de un punto Y a un punto Z sin retorno), es algo que les ata. Y aunque es verdad que numérica y psicológicamente son dos amores, esos dos hechos psicológicos distintos se unen y crean un todo objetivo, algo como un solo ser en el que dos personas están integradas, ese misterioso o paradójico principio de exclusión-inclusión.[12] De esta forma, se llega al problema del “yo” y del “nosotros”. Toda persona es un “yo” absolutamente único con interioridad propia, y por ello, es un pequeño universo, pero que queda independiente dentro de los límites que le son propios. Cuando un “yo” por libre arbitrio, por su decisión propia, sigue un camino que lleva, que arriba a otro “yo”, y empieza un proceso de enamoramiento (entendiendo éste como el proceso en el que una persona se relaciona con otra mediante un proceso de amor, por lo que utilizaré la palabra de modo general, refiriéndome a cualquier relación amorosa posible) para con otra persona, pero sin que esa persona acepte ser parte de ese proceso, ese camino se vuelve unidireccional. El amor que surge de esta relación por parte del amante es unilateral, aunque posea un aspecto psicológicamente distinto y auténtico, ya que carece de la plenitud que brinda la reciprocidad. A este amor que va en una sola dirección pero en el que no hay una situación unitiva, no hay una relación entre ambas partes, se le llama amor no compartido, y tal amor no puede existir sin pena y sufrimiento. Es cuando una persona ama a otra sin que ésta le corresponda. A veces este amor se mantiene durante mucho tiempo en quien lo fomenta, en el amante, pero no es más que por el impulso de una fuerza interior que deforma al amor en obsesión y le despoja de su carácter de don y de su espíritu de libertad. El amor sin reciprocidad está obviamente condenado a vegetar, y más tarde, a morir. En ocasiones, al desaparecer, extingue la misma facultad de amar. Es claro, por otro lado, que el amor no es unilateral por naturaleza, sino bilateral, que existe entre personas, que es social: inter – personal. Es una fuerza que liga y une, y es contrario al aislamiento. Un amor recíproco crea la base más inmediata en la que dos “yo” hacen nacer un “nosotros” por medio de una conexión íntima (la reciprocidad). En esto consiste su dinamismo natural. Sin embargo, para que nazca el “nosotros”, no sólo se necesita un amor bilateral, porque en él, a pesar de todo, hay dos “yo”, aunque plenamente dispuestos a llegar a ser un “nosotros”. Es la reciprocidad en el amor la que decide el nacimiento de ese “nosotros”. Ésta demuestra que el amor ha madurado, que ha llegado a ser algo entre las personas, que ha creado una comunidad, realizándose plenamente su naturaleza (aunque eso no significa que las dificultades desaparecerán). Esta reciprocidad no puede ser concebida en otra forma más que como un fenómeno de comunicación, o mejor, de intercomunicación entre los “yo” que crean un “nosotros”. El amigo que se encuentra frente al otro amigo y le comunica simbólicamente su pasado y lo que lo ha llevado a ser lo que es en ese momento y viceversa; entonces los dos mundos que existían y se desarrollaban independientemente, ahora han formado un solo ser en el que el pasado de ambos se ha fundido en un solo presente y desde el que ahora afrontarán el futuro, aún cuando física y psicológicamente sean diferentes y se encuentren dispersos en el espacio. La reciprocidad constituye un problema de extrema importancia en el amor donde el pensamiento aristotélico tiene cabida [13]: hay diversas clases de reciprocidad y lo que la determina es el carácter del bien sobre el que se apoya. Si es un bien verdadero, la reciprocidad es profunda, madura y casi inquebrantable. Por el contrario, si es sólo el provecho, la utilidad (o el bien útil) o el placer el que los origina, será superficial e inestable. En realidad, aunque sea siempre algo entre las personas, la reciprocidad depende por esencia de lo que las personas meten en ella (como la sustancia de las bacterias). Si la aportación de cada persona al amor recíproco es su amor personal, la reciprocidad será estable y cierta, en donde las personas experimentan confianza mutua que suprime las sospechas y los celos. El poder creer en el otro como alguien que no puede decepcionar, es una fuente de paz y gozo, ambos, frutos del amor ligados por esencia. Pero si las dos personas aportan al amor sólo el goce y el placer, sea físico o afectivo, la misma reciprocidad estará desprovista de las características anteriormente dichas. No hay confianza si se sabe que el otro sólo tiende al goce y al placer, o si uno mismo actúa de esta manera para con el otro. Basta con que una de las personas adopte una actitud utilitaria para que surja en el problema de la reciprocidad las sospechas o los celos, aunque también es posible que los celos resulten por la flaqueza humana, o incluso por una inestabilidad afectiva o problemas psicológicos en la persona. Aún así, quienes aportan en el amor una buena fe, tratarán de fundamentar la reciprocidad en el bien del otro, en la virtud, tal vez aún imperfecta, pero no obstante real, que puede convertirse en una escuela de perfección. Los celos pueden ser una señal de lo que decía Aristóteles: que si en el inicio del amor recíproco no hay más que placer y provecho, las personas no estarán unidas más tiempo que mientras sean, uno para otro, la fuente de tal placer provocado. Apenas dejen de serlo, la razón de su “amor” desaparecerá al igual que la ilusión de la reciprocidad, porque no puede haber verdadera reciprocidad donde no hay sino una actitud utilitaria que en el fondo habla de un narcisismo, de un interés que habla de perseverar en el para-sí, cuando debiera ser una plenificación total del ser de cada uno en el otro. La reciprocidad verdadera no puede nacer de dos egoísmos porque sólo resulta una ilusión momentánea, de corta duración. El amor, al tener en cuenta la reciprocidad, hace necesario su propio estudio en cuanto a lo ético– moral y a lo psicológico también. Es necesario, además, verificar el amor antes de declararlo a la persona amada (no sea que uno se lleve fiascos) y también verificar lo que hay de amor en cada una de las personas con–creadoras del amor y lo que hay entre ellas. Saber sobre qué descansa la reciprocidad y si no es tan sólo una apariencia. Puede darse también el caso de que dos “yo” inicien un proceso de enamoramiento y que empiecen a caminar por los senderos, nada fáciles, del amor, y que ya a cierta distancia recorrida, uno de los “yo” empiece a retroceder y a desbalancear la situación en lo que juntos habían formado. Quizá este “yo” ha decidido o encontrado a otro “yo” con el que prefiere formar un “nosotros”, y olvida al “yo” primero con el que ya había empezado a construir. Los motivos pueden ser de egoísmo, de irresponsabilidad, de inmadurez afectiva, de la posibilidad de encontrarse en un estadio de atracción y/o afecto pero no algo más. III El amor no puede durar más que en cuanto unidad en la que el “nosotros” se manifiesta: la estructura del amor es la de una comunidad interpersonal. Y una forma en la que tiene cabida esta comunidad interpersonal en la vida humana es la amistad. Un problema al que nos enfrentamos en la lengua castellana al referirnos a la amistad es su definición. Es decir, ¿a quién se le llama amigo? ¿quién sería entonces el mejor amigo? ¿qué cualidades debe poseer alguien para que se le llame amigo? y también ¿desde quién se está hablando de amigo? es decir, ¿qué categorías conceptuales y vivencias y/o experiencias tiene respecto a la amistad quien nombra a alguien como amigo? Al respecto existen algunas palabras que se relacionan a los conceptos de amistad/amigo y que indican en realidad un proceso: conocido, cuate (que proviene de la palabra náhuatl kuate: amigo), camarada, compa, incluso llegando a mimetizarse y connotarse en hermano. La lingüística encasilla la realidad para poderla abordar y, por lo tanto, dominarla en referencia al principio de incertidumbre, es decir, por medio de los códigos lingüísticos los seres humanos podemos controlar nuestro medio (con sistemas simbólicos) [14] y vencer, al menos simbólicamente, la exasperación que produce el vivir en constante desconocimiento de lo que espacial y temporalmente vendrá delante de nosotros. Esta realidad lingüística se relaciona de modo directo, es decir, proviene de la vivencia temporal-espacial de la amistad, aunque no se limita a ésta. Y es que la amistad, como el amor, es un proceso en constante movimiento, que una vez iniciado, no puede detenerse. Quizá pueda desvirtuarse o desviarse hacia otras experiencias como el egoísmo, pero no deja, a final de cuentas, de existir movimiento hacia uno u otro lado. Ante la amistad, la lingüística se convierte en la manifestación de un sistema de pensamiento complejo, puesto que cuando yo digo “amigo” a alguien con quien apenas empiezo a relacionarme, en realidad estoy hablando de una categoría fenomenológica (que puede ser verdadera o falsa), es decir, que puedo tener elementos que me permitan establecer una relación con X persona, y esos elementos y vínculos que existen en formación, aún y cuando son inacabados y en proceso, son los que me permitirán referirme a una situación concreta en un espacio y un tiempo determinados: una posible amistad: una amistad virtual. En realidad no puedo decir, formalmente, que X será mi amigo mañana porque no sé lo que pueda suceder al día siguiente hasta que ese mañana imaginario se convierta en un hoy concreto, o que las relaciones que estoy estableciendo con alguien y que empiezan a subir la cuesta del amor, lleguen a concretizarse en una verdadera amistad. Pero decir que alguien con quien apenas inicio el establecimiento de vínculos es mi amigo, es utilizar una virtualidad conceptual que se transmite a través de la lingüística y que se basa en “valores lógicos imaginarios” [15] que rompen la barrera de la incertidumbre, y que en ocasiones proyectan un deseo nacido de la afectividad: establecer fuertes vínculos que permitan una inclusión de esa persona a mi “yo”. Esta inclusión puede llegar o no a concretizarse, pero la virtualidad del pensamiento complejo permite jugar con varias cartas al mismo tiempo, siendo así porque la afectividad no puede correr tan fácilmente el riesgo de equivocarse (es nuestro sentimiento el que va en juego), además de que poseemos la cualidad gregaria. Y sin embargo, esa posibilidad que burla el azar de las cartas de un juego, esa posibilidad de dominarlo, no permanece por siempre. Esa forma particular de equilibrio, que no implica necesariamente un equilibrio mecánico en el que la parte A sea equivalente en todo a la parte B para que el sistema se equilibre (v. gr. el peso) se verá finalmente trastocada por el caos. Si bien la situación de control de las relaciones humanas tienen periodos estables por un determinado tiempo, la estabilidad estructural se verá tocada por una morfogénesis o transformación de la forma conservada hasta cierto momento, dando paso al caos, a la discontinuidad o a la catástrofe. Estas catástrofes pueden deberse tanto a elementos normales de la construcción de una relación entre dos sistemas, entre dos personas, o a elementos psíquicos, de conformación de la personalidad o a las circunstancias externas que influyen en las internas. Una de estas causas se refiere al interés (de inter y est), es decir, a una fisura en el corazón del ser, que se opone al deseo (de de y sido, de Sido, una estrella polar inalcanzable por lejana). La diferencia entre ambos términos reside en la concepción de las fronteras. Mientras que en el deseo las fronteras del “yo” se traspasan y busca que el otro sea, en el interés los límites fincan una actitud para-sí y se cierran, como lo demuestra este poema anónimo: Tuve un pequeño té esta tarde a las tres. Fue muy pequeño, tres invitados en total, sólo yo, yo y yo. Yo me comí todos los emparedados, mientras bebía todo el té. También fui yo quien se comió el pastel y quien me pasó el pastel....[16]
Cuando se vive en realidad dentro de las fronteras del interés, del egoísmo, y no hay un proceso de ruptura de esos límites, las fisuras en el corazón de esa persona se van agrandando más y más: se llega a un egocentrismo que está en proceso de arraigamiento. Se cree que hay comunicación cuando en realidad el otro “yo” sólo es un retransmisor de lo que yo quiero decir y no una realimentación de un “nosotros”. De este egoísmo pueden nacer y crecer situaciones en las que la capacidad de amar se quede tan sólo en el nivel de la simpatía, donde el compromiso es muy poco y se resuelve con gusto, ó que al llegar el momento en que los compromisos que trae una relación amorosa empiezan a exigir en ambos “yo” una entrega mayor, uno de éstos opta por abandonar esa relación y emprende una pesquisa de otro en donde la responsabilidad sea menos y/o él domine, imponga y no le exijan: busca un simpatizante, pero no a un amigo. Y esa situación puede convertirse en una condición eterna, es decir, que ese “yo” interesado y no deseante permanezca siempre en esa actitud. Y suponiendo que en este caso intervinieran elementos inconscientes que llevaran a un “yo” a tomar esa postura, la madurez afectiva, es decir, la capacidad de ejercer el amor de manera concreta (libre, consciente y responsable) se vería a prueba, y de todos modos no se superaría. La verdadera amistad es un proceso de construcción en el que ambas parte se construyen a sí mismas y cuyo producto es sí mismo, pero en mayor profundidad a medida que la construcción avanza. “Los sistemas sociales se piensan –y el pensarse es un momento del construirse- a sí mismos pensando su propio pensamiento. No hay separación entre productor y producto, entre el pensar y lo pensado”.[17] La amistad, como el amor, es un proceso autopoiético, es decir una construcción de sí mismo y cuyo producto es sí mismo. O mejor, el amor, en su modalidad de amistad, siempre será autopoiético pero múltiple, no restringido a un ente individual, sino una autoconstrucción en referencia a otro. Y sin embargo, una condición para que este proceso de construcción se realice es la comunicación, dar al otro, compartir lo que lo ha llevado a existir hasta ese momento a través de la información. Por medio de la comunicación dos personas entran en contacto y comparten sus vidas. Abren sus esferas de conciencia y pueden ser partícipes de sus pasiones, ideas, conocimientos, sentimientos, deseos, experiencias, intereses; de su historia personal, sus expectativas personales y sociales. La comunicación sincera, franca y abierta es una condición sine qua non para que la amistad llegue a realizarse. Y es que “la comunicación acerca: electriza, erotiza. Un conversante gira sobre el otro, más y más rápido, hasta fundirse”,[18] y a medida que gira más y más, en la misma proporción, se acerca más al otro “yo” y se va fundiendo en el “nosotros”. Esto también implica un ejercicio constante y una educación a la comunicación y a la escucha. A medida en que se avanza y profundiza en la amistad, la comunicación se agranda y se esclarece, se abre el corazón, haciendo a un lado miedos o complejos (y ésta es una prueba más de si existe la amistad o no y en qué nivel se encuentra). Por cierto que comunicación en la amistad no significa diseminación de la información del amigo a otros: implica un juego de sigilo y apertura en mí, respecto a mi amigo, frente a los otros. Esta condición hace que las personas se encuentren en un proceso de “avance/regresión”, como yo le llamo, en donde simplemente se es sincero para con el otro y se profundiza o no se es sincero o totalmente abierto y se retrocede en lo que ya se había construido, y sin embargo, es un sistema paradójico, ya que “la naturaleza del hombre no consiste en ir siempre: tiene sus idas y venidas”,[19] y cuando avanza, lo hace no en circunferencia, aunque todo pareciera que se repite, que todo es cíclico, sino que avanza sí en circunferencia pero hacia arriba: se crea una espiral. No podemos dejar de avanzar porque existe la irreversibilidad, pero sí retornamos a situaciones semejantes: la vida pareciera ser una espiral. IV La amistad se forma de la simpatía que uno experimenta por otra persona, donde “simpatía” viene del prefijo griego “syn” (con, junto con) y de la raíz “pathein” (sentir, experimentar, sufrir). Así, simpatía significa “sentir junto con”. Esta palabra expresa una cierta comunión (por el prefijo) y una cierta pasividad (por la raíz): “sentir”, “experimentar”. Por ello, la simpatía designa todo lo que “pasa” entre las personas en el terreno de la vida afectiva, aquello por lo cual las experiencias emotivo – afectivas les unen. Esto que “pasa” no es obra o fruto de los actos volitivos hay que aclarar. La gente experimenta, a veces hasta de manera incomprensible para su conciencia y voluntad, un empuje hacia una zona de sentimientos y emociones que las acercan a otra u otras personas independientemente de que alguna haya elegido a otra como objeto de su amor. La simpatía es un amor puramente afectivo en el que la decisión voluntaria y la elección no tienen acción. A lo más, la voluntad consiente el hecho de la simpatía y su orientación. Cuando una persona le es simpática a otra, esto significa que esa otra persona se encuentra en el campo de su afectividad en cuanto que es un “objeto” que suscita una resonancia afectiva positiva, la cual representa para la persona dada un acrecentamiento de valor simbólico. Sin embargo este valor, nacido con la simpatía, puede desaparecer con ella porque depende de la actitud afectiva adoptada respecto a dicha persona. En esto hay un rasgo de subjetividad que determina, según la pasividad ya señalada, una cierta debilidad de la simpatía. Es debilidad porque la simpatía toma posesión de la afectividad y de la voluntad, muchas veces independientemente del valor objetivo de la persona a la cual se orienta: el valor del sentimiento reemplaza en cierta medida al de la persona (objeto de la simpatía), y se origina una falta de objetividad: puede fácilmente cegar (ver lo que no es, creer que amamos o que nos aman cuando no es así). A pesar de ello, de esa debilidad, la simpatía retoma de ésta su gran fuerza subjetiva que da al amor de las personas su expresividad subjetiva: el reconocimiento intelectual de alguien que no es amor. Sólo la simpatía tiene el poder de acercar a la gente de manera sensible porque el amor es una experiencia y no tan sólo una deducción. Por esto les parece a mucha gente que el amor o la amistad se acaban tan pronto como desaparece la simpatía. Sin embargo, el amor no se limita a la simpatía como la vida interior humana no se reduce a la emoción ni al sentimiento, que no son más que sus elementos, aún y cuando los impulsos inconscientes a la voluntad y a la conciencia empujen al individuo hacia ésta. Un elemento más profundo y esencial del amor es la voluntad. El amor no puede detenerse en la simpatía, necesita llegar a la amistad, pues quien se queda en la simpatía permanece como el eterno sentimental que no llega nunca al amor, aún y cuando crea que lo está viviendo. En la amistad, a diferencia de la simpatía, la participación de la voluntad es decisiva. El contenido y la estructura de la amistad puede expresarse así: “Quiero el bien para ti como lo quiero para mí”. Aquí aparece la benevolencia (“quiero el bien para ti”) y el reforzamiento del sujeto, del “yo”. Mi “yo” y el del otro constituyen juntos una unidad moral porque la voluntad es igualmente benévola respecto a los dos: “el amigo es como otro tú”.[20] La diferencia entre simpatía y amistad es que la primera sólo se apoya en la emoción y el sentimiento, donde la voluntad sólo consiente, pero no actúa. En la segunda, la voluntad misma se compromete. Por esta razón, la amistad toma posesión del hombre entero: es su obra, implica la elección de la persona, del otro “yo” hacia el cual se orienta. Aquí reside entonces la fuerza objetiva de la amistad. La simpatía sola no es amistad (y generalmente se confunde mucho), pero crea las condiciones en que ésta podrá nacer y alcanzar su expresión objetiva, su clima y calor afectivo. Si se le quita su raíz, el “quiero el bien para ti” recíproco, queda en el vacío. La amistad no puede reemplazarse con puro sentimiento, pero sin sentimiento, resulta fría y poco comunicativa. Y sin embargo, hay ocasiones en que el sentimiento parece extinguirse y es cuando llega el momento de la prueba, la discontinuidad: la relación que se estaba formando ¿es amor o sólo afectividad?. Si es la segunda opción, esa relación tenderá a desaparecer (puede ser por parte de un “yo” o por parte de los dos), si es la primera, la relación se tornará difícil y áspera, siendo momento propicio para que se presente el caos, pero del que luego vendrá el orden (“después de la tormenta viene la calma”) y un avance de madurez en la relación y un crecimiento y solidificación de la afectividad. La creatividad es un ingrediente indispensable para la transición de la simpatía a la amistad, pues como en toda relación amorosa, “la continuidad hastía de todo”.[21] Con esto no quiero decir que se caiga en el error del que Erich Fromm habla: “es la suposición de que el problema del amor es el de un objeto y no de una facultad. La gente cree que amar es sencillo y lo difícil encontrar un objeto apropiado para amar –o para ser amado por él–”,[22] o como lo sintetiza de manera perfecta el dicho que dice “tener la misma esposa (sustantivo que podría cambiarse por cualquier nombre de persona con la que nos relacionemos amorosamente) es como comer pollo todos los días”. No, en realidad el amor y la amistad son un reto cuando la afectividad se desvanece y las relaciones empiezan a calar, cuando “hay un salto de un estado a otro estado...”,[23] y todo parece acabar. Asumir que el amor y la amistad han acabado en estas circunstancias, es permanecer en un estado de inmadurez amorosa y desvincularse de la responsabilidad que el verdadero amor implica. La creatividad es la clave para que en ese salto discontinuo se logre superar la catástrofe cada vez más y más y nos lleve a perfeccionar nuestro amor. A medida que lo hacemos, somos más en un sentido óntico. La transición de la simpatía a la amistad requiere de reflexión y tiempo, fundados en un compromiso serio de la voluntad y la objetividad. La falta que se comete frecuentemente en el amor humano consiste en mantenerlo a nivel de simpatía en lugar de trascenderlo a amistad, creyendo que la simpatía es la amistad. Y como consecuencia de esta falta, viene otra más que es creer que desde el momento en que se termina la simpatía, el amor y la amistad también lo hacen. Esta opinión es bastante dañosa para el amor humano, y denota una laguna en lo que yo llamo ‘educación al amor’.[24] Y el que yo crea que cuando la simpatía acaba (el sentimiento puro) no se acaba el amor, implica entonces que éste es mucho más que la pura afectividad, aunque ésta sigue siendo parte del amor. Aquí es cuando entra también la situación de qué se habla de amistad según la experiencia y vivencia que tenga una persona al respecto. Muchos piensan que la amistad es simpatía y se quedan en ese nivel, seleccionando y edificando sus relaciones interpersonales en la afectividad pura. De aquí que esta clase de personas tiendan a tener muchos “amigos”, y que con ninguno de ellos profundice; o que al tener tantos simpatizantes, no sienta la necesidad de elevar sus relaciones a la amistad, centrándose entonces, y quizá sin darse cuenta de ello, en un narcisismo profundo: se convierte en un pasota de la afectividad. Por esto mismo hablo de una educación al amor en la que intervienen más componentes que la pura afectividad, y que deben ser educados, interiorizados en uno mismo para vivir una experiencia más intensa, gozosa y libre que el sentimiento (aunque esto pueda parecer increíble), ya que esto no se logra simplemente por herencia, sino por el ejercicio constante y lleno de voluntad. Puede uno darse cuenta de la madurez de la amistad verificando si va acompañada de simpatía, o más aún, si no le está enteramente subordinada y no depende de emociones y afectos, ni desaparece cuando no las siente, objetivamente, en las personas ni entre ellas (como en el amor): enorme prueba en realidad. La amistad es una manifestación del amor que incluso puede sobrepasar los niveles que las estructuras familiares proporcionan. Y no porque la amistad avasalle estas estructuras, sino porque por ser su esencia el mismo amor, no se limita a estructuras que la sociedad ha formado; no las avasalla porque o puede potenciar estas estructuras y crear fuertes vínculos en donde las personas que la forman crezcan de una manera integral (a modo inter [hacia dentro de la familia] y extra [a partir de lo intra, se expande al exterior de ésta]), o porque simplemente puede existir en ámbitos no estructurados sin que por ello deje de ser verdadero amor. Un caso concreto de esto lo representa magníficamente la literatura sapiencial hebrea al decir que “algunas amistades se rompen fácilmente, pero hay amigos más fieles que un hermano” (Prov. 18, 24), o que “la ternura de un amigo da seguridad al corazón” (Ibid, 27, 9); o también que “ más se puede confiar en el amigo que hiere que en el enemigo que besa” (Ibid, 27, 6) ó “no me avergonzaré de proteger a un amigo, ni me esconderé de él” (Eclo. 22, 25) porque “un amigo es siempre afectuoso, y en tiempos de angustia es como un hermano” (Prov. 17, 17). Y prosigue hasta la culminación de esta filosofía hebrea en Jesús de Nazaret al decir que “el amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos” (Jn. 15, 13). Quien llega a una amistad de este tipo, profunda y sincera, entregada, puede ser nombrado como “el mejor amigo” de uno: “que sean muchos tus amigos, pero amigo íntimo sólo uno entre mil” (Eclo. 6, 6). Por otra parte, también existe un fenómeno que rodea a la amistad y que es la camaradería o compañerismo (de cum: con, comitari: acompañar; que acompaña u obra con algo o alguien). Este fenómeno puede ejercer un papel importante en el desarrollo del amor y es diferente, a su vez, de la simpatía y de la amistad. Es diferente de la simpatía porque no se limita a la esfera emotivo – afectiva de la persona, sino que se apoya sobre bases objetivas tales como el trabajo, los intereses comunes, el estar en un grupo artístico, etc., y es diferente de la amistad porque el “quiero el bien para ti como si se tratase de mi propio yo”, todavía no tiene lugar en ella. Lo que es propio de la camaradería, del compañerismo, es un elemento de comunidad fundado sobre elementos objetivos. Un ejemplo de esto es un adolescente que ingresa en un equipo deportivo y entrena en un mismo lugar, practica con un grupo de personas de manera constante, compite contra otros equipos en donde su participación se complementa con la de sus compañeros, se bañan y cambian en un vestidor común, etc., y se crea entonces entre ellos una camaradería. La camaradería puede también darse entre personas del sexo opuesto. Esta camaradería crea una comunidad objetiva entre quienes pertenecen a ella, mientras que la simpatía no les une más que de manera subjetiva. El aspecto objetivo del amor, sin el cual queda incompleto, puede lograrse gracias a la camaradería. Es un hecho que ante la inconstancia de los sentimientos no se pueden lograr relaciones estables; sólo la amistad logra que se encuentren medios que permitan a los sentimientos no sólo tomar el camino de la voluntad y lograr la unidad de quereres, sino que hace que dos “yo” lleguen a ser un “nosotros”. La amistad recíproca tiene un carácter interpersonal que se expresa en ese “nosotros”. Éste aparece en la camaradería, pero le falta la coherencia y la profundidad propia de la amistad. La camaradería puede ligar a muchas personas, la amistad se limita más bien a un número pequeño, “contado con los dedos de una mano”, aún y cuando a los camaradas por lo general se les llame “amigos”. Los que viven ligados a otros en calidad de compañeros constituyen un grupo, un medio que se caracteriza como fenómeno social; de aquí la importancia del grupo en función de los individuos en cuanto a la formación del amor recíproco. El amor y la amistad como la vida humana, no son situaciones fáciles de vivir y construir. Están imbricados de fracturas y catástrofes, llenos de puntos de discontinuidad por elementos internos y externos. Y sin embargo, contienen en sí algo tan profundo, algo que despierta nuestra pasión a tal grado, que han mantenido viva a la humanidad a lo largo de la historia y lo seguirán haciendo. Escribir sobre las experiencia que uno ha vivido en aras del amor y la amistad, es remontarse al sacrificio en sentido positivo, al dolor, al aprendizaje y a los errores. Y sin embargo, queda en uno al final la satisfacción de estar caminando y, cada vez más, amando.
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No. 7, Primavera 94. § WOJTYLA, Karol, Amor y responsabilidad, Editorial Razón y Fe, Madrid, 1969. [3] Edgar Morin plantea la existencia del Sujeto, “para sí mismo” y en relación con lo que lo rodea, desde los principios subjetivos de exclusión e inclusión. Vid. MORIN, Edgar, La noción del sujeto. En FRIED Schnitman, Dora (comp.), “Nuevos Paradigmas, Cultura y Subjetividad”, Paidós, Argentina, 1995. [5] Siendo el amor algo personal, las posibilidades de amor entre los seres humanos se dan en los binomios mujer-hombre, hombre-hombre y mujer-mujer, y a partir de ahí se complejizan las relaciones. [6] Muchas de las ideas de este ensayo fueron tratadas a su modo por Karol Wojtyla, ideas que creo siguen teniendo vigencia y que quienes nos hemos metido en los procesos del amor las hemos encontrado a manera empírica en nuestras vidas: ya hubo alguien que tuvo experiencias semejantes y tuvo la oportunidad de escribir su análisis y experiencia. Lo original de este ensayo es la posibilidad creativa y la visión del sujeto como sistema inmerso en la discontinuidad, la catástrofe, el azar y, sin embargo, su posibilidad de construirse a sí mismo y al otro en función de sus sentimientos y voluntad, darse su lugar de Sujeto. Cf. WOJTYLA, Karol, Amor y responsabilidad, Editorial Razón y Fe, Madrid, 1969. [7] Poderoso porque cuando se habla de cognición se habla de conceptos, y la palabra concepto (que viene de cum y capire) significa asir fuertemente. Es decir, que conceptualizar es una forma de colonizar el espacio y el tiempo para capturar simbólica o imaginariamente objetos ausentes por encontrarse lejanos (Jesús Ibañez). [8] “El hombre no es más que un ser lleno de error /.../ nada le muestra la verdad. Todo le equivoca /.../ Los sentidos engañan a la razón por medio de falsas apariencias.” PASCAL, Blaise, Pensamientos, Editorial Planeta de Agostini, España, 1996. [9] El ejercicio y la explicación fueron tomados de FOERSTER, Heinz von, Visión y conocimiento: disfunción de segundo orden, en FRIED Schnitman, Dora (comp.), Op. Cit. [10] Aquí podemos entrar en un dilema en cuanto hablamos del todo y las partes. Si partimos de la premisa de que el todo se encuentra en las partes (filosofía oriental), veremos que es factible partir de la afectividad (de la parte) para llegar a la persona (el todo en un sistema limitado a este punto: la persona), y de hecho es posible, pero el camino a recorrer implica mucho mayores riesgos en este caso particular, por estar en el campo de los afectos, que pueden incluso desviarnos de la persona misma, caer en una situación permanente de un “punto ciego” frente a la persona, y encontrarse en una ceguera y esclavitud de segundo orden. Por eso digo que es mejor no perder de vista el todo, pero teniendo en cuenta siempre a todas sus partes. [11] Al respecto me decía una amiga que ella odiaba a los novios que iban a visitarla a su casa porque ella era su novia (“voy a verla porque es mi novia”), pero que no la visitaban por ser ella quien era, por ser ella sí misma, una persona. [12] El principio de inclusión y exclusión son dos principios subjetivos asociados con una antigüedad clásica (se remontan incluso a la filosofía griega). El principio de exclusión se refiere a que cualquiera puede decir “yo”, pero nadie puede decirlo por mí. este principio, a su vez, es inseparable del principio de inclusión que hace que podamos integrar nuestra subjetividad personal en una subjetividad más colectiva: “nosotros”. [14] Cf. IBAÑEZ, Jesús, El regreso del sujeto. La investigación social de segundo orden, Siglo XXI, España, 1994. [19] Pero un ir y venir en forma de progreso, en donde pasa un estadio (número 2 pues está en el 1) y vuelve (al estadio 1), luego va más lejos (al estadio 3), y regresa al estadio anterior (estadio 2), luego avanza a otro estadio (estadio 4), y regresa al estadio 3, etc. PASCAL, Op. Cit., No 318, pág. 74 – 75. [23] Ibañez se refiere a la teoría de las catástrofes de Rene Thom. IBAÑEZ, Jesús, Por una sociología de la vida cotidiana, Siglo XXI, España, 1997. Pág. 118. |