Michel Tournier

Dinero, sexo, Dios y muerte


“Hay una profunda afinidad entre dinero y sexo: el odio hacia el dinero es la máscara del odio hacia el sexo”

Creo sinceramente que las relaciones que cada uno de nosotros mantiene con el dinero son tan fundamentales y corresponden tanto a su personalidad como las que tiene con el sexo, Dios o la muerte. Por ejemplo, quien haya visto día tras día a sus padres peleando en sórdidas disputas alrededor de un monedero vacío, conservará unas heridas psicológicas que podrían influir en él durante toda la vida. Probablemente hará fortuna, orientando todos sus actos –sin siquiera darse cuenta de ello– a la acumulación de dinero.

Demos, pues, ejemplo de confesión financiera. Sin duda, yo represento el caso exactamente contrario al anterior. Mi padre no poseía ninguna fortuna familiar, pero se ganaba la vida muy bien. Resultado: yo jamás oí hablar de dinero en casa. Si no era para establecer este principio, que es una de las poquísimas lecciones que me diera mi padre: cuando se tiene dinero, se gasta; cuando no queda, se gana.

Yo tenía siete años cuando todo el mundo hablaba del secuestro del hijo de Charles Lindberg (1932). Acabé preguntándole a mi padre: “Si los gángsters me raptaran, ¿cuánto dinero darías para recuperarme?” Él fingió sumirse en un cálculo mental y por fin me dijo: “Quizá llegaría hasta los cincuenta francos, ¡pero ni un céntimo más!” La suma me pareció enorme, y quedé imbuido, a la vez, de la generosidad de mi padre y de mi propio precio. Por desgracia, mi madre lo estropeó todo diciéndome: “Tu padre bromea. Puedes estar seguro de que tu padre daría todo lo que tiene para recuperarte”. Aquellas palabras me escandalizaron. Me parecieron excesivas, pasionales y a la postre inquietantes. Ya me veía como la causa de la ruina de toda la familia. ¡Realmente, las mujeres resultan imprevisibles!

Sea como sea, el caso es que sigo sin tener el menor sentido del dinero. Será que gano el suficiente para no tener que pensar en él. ¿Qué más se puede desear? Si acudo a mis recuerdos, me doy cuenta de que durante muchos años viví en una pobreza extrema. Ni siquiera me daba cuenta de ello.

En lo que se refiere al “tren de la casa”, como se decía antes, voy bastante de acuerdo con mi tiempo. La desaparición del “servicio” me parece una buena cosa. Me habría horrorizado tener criados. La verdadera libertad consiste en hacérselo todo uno mismo. En cambio, me parece que me habría encantado ser un mayordomo con mucho estilo en una gran mansión aristocrática. Ser testigo de todo sin ser visto por nadie, porque uno no forma parte de “la sociedad”. Cuando los invitados y los señores se ríen de una broma, el rostro del mayordomo debe permanecer helado. Una sonrisa por su parte constituye una grosera falta de profesionalidad. La señora de la casa le recibe a horcajadas sobre el bidé. Es que no es un hombre.

En el fondo, yo debo de tener alma de criado.

Compadezco a aquellos que tienen un respeto sacrosanto por el dinero. Desprecio a aquellos que lo temen o lo odian. Hay una profunda afinidad entre el dinero y el sexo. Dar dinero a un(a) compañero(a) sexual es el gesto más natural, y sin duda el más arcaico del mundo. Es la “Morgengabe” de los antiguos germanos. Lean el capítulo “Matrimonio” del Código Civil. No se habla en él más que de dinero. La diferencia de sexos no es condición indispensable para el matrimonio, de manera que los matrimonios homosexuales son perfectamente legales. El odio hacia el dinero es sólo la máscara del odio hacia el sexo. La ecuación sexo = dinero es causa de grandes satisfacciones. Quien da dinero se asegura una especie de dominio feudal sobre el cuerpo y el alma de quien lo recibe. “Bolsa: 1. Saco pequeño para el dinero; 2. Envoltorio de los testículos” (Larousse).

Del libro “Celebraciones” de Michel Tournier, traducción de L.M. Todó, Acantilado, 2002

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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