EL VIENTO NOS LLEVARA (Bad ma ra khahad bord, 1999). Película de Abbas Kiarostami.


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EL VIENTO NOS ESPARCIRÁ

En un ángulo contradictorio con un establecimiento canónico europeísta, El viento nos llevará (1999) (Bad ma ra khahad bord, The wind will carry us) de Abbas Kiarostami, pregunta por el sujeto subalterno frente a su posible utilización por la mediatización mayoritaria. Es decir, el cine, el reportaje, el documental "antropológico" frente a la cultura marginal. El trasfondo general, poético o místico parece en esta película, materialista en una forma tan inesperada que desubica. No se trata de los geniales trances angustiados de Tarkovski ni de las celebraciones comúnmente anodinas del cine mayoritario.

La pregunta por la locación inaugura la película. Un equipo filmador busca un perdido pueblo iraní sin estar seguros del camino y sin certezas de hallarlo entre paisaje y árboles que son símbolos. Llegan al pueblo, y son conducidos por el niño Farzad (Farzad Sohrabi) hasta el laberíntico pueblo que de inicio se resiste a ser atrapado en una memoria que no es la suya. Poco a poco se dejan ver las "grandes razones" (diríamos la incisión mercantil) del viaje del equipo que viene desde Teherán, hasta tan remotos parajes. Una mujer longeva morirá pronto y el equipo periodístico/ documentalista quiere testimoniar la ceremonia inmemorial ("culturológica") que desatará esta muerte.

La película gira en torno a ese derecho del intelectual que llega de afuera, colgando de la razón mercantil (pos) moderna. El "ingeniero" (Behzad Dourani) (la ironía científica de esta falsa atribución es significativa), que quiere enmascarar las razones de su viaje con justificaciones "maravillosas" (dirá que buscan un tesoro), es el punto neurálgico de contradicción, amoralidad, piedad, compasión, pero, al fin y al cabo, falta de comprensión sobre su tarea y sus implicaciones.

Su "amistad" con Farzad cuestiona los roles posibles de la "antropología" tradicional. Siervo o ayudante, informador o "colonizado", Farzad es quien juzga lo bueno o lo malo del ingeniero. Este, por su parte, se mantiene comunicado con el centro "productor" capitalista (productor de películas, se sobreentiende) por medio de un teléfono portátil. Pero es el teléfono, asimismo, el que lo lleva, cada vez que suena, a la colina donde hará amistad con un hombre que trabaja en una zanja "para comunicación", y a quien nunca ve la cara.

En la colina, que es también la colina del cementerio, el ingeniero encuentra el fémur de un muerto, practica su "maldad" connatural (da vueltas a una tortuga que podría morir en tal situación), se convence de no hacer daño a un escarabajo que empuja una bola de excremento, en fin, conoce a la novia del hombre que trabaja.

Mientras la tenacidad del "ingeniero" no disminuye, y la enferma vive sus ciclos naturales, el equipo de filmación, a quien tampoco nunca se ve en realidad, está cansado y de últimas abandonan a su obstinado director. La tenacidad documentalista del protagonista principal es de por sí ambigua. Por una parte, la fascinación antropológica y su función recicladora de una cultura moderna capitalista que se reafirma. Por otra parte, la reacción ante una realidad que lo apasiona.

La conversación del "ingeniero" con la novia del obrero cavador es elocuente porque enuncia la pérdida y la separación, la "diáspora", en sentido general. Es aquí donde, en boca del documentalista, aparece el poema de la escritora Foroogh Farrokhzaad que da título al filme, y que habla del terror de una noche de soledad en que una amante extraña los labios de su amado "como un cálido sentimiento de vida" y asegura que "el viento nos llevará con él".

Esta contradictoria secuencia, que significativamente tiene lugar en un sótano oscuro, donde el juego con el rostro que no se muestra de la muchacha es clave, habla de la "maldad" natural del documentalista, y la separación absoluta entre la forma antropológica de entender (-nos) y las culturas marginales. Asimismo, el hecho de presentar a la doncella que no muestra el rostro siendo agredida, hasta cierto punto, por el hombre de la ciudad e intelectual que trae a cuentas el poema de una escritora feminista, complica los lugares desde donde se puede plantear la emancipación.

Pero El viento nos llevará avanza hacia más dramáticos planteamientos. La amistad entre el ingeniero y el niño es rota para siempre. Kiarostami en una entrevista ha contado que el niño Farzad en realidad lo rechazó a él desde el principio de la filmación. Y aquí es bueno recordar que el director iraní trabaja en realidad en un punto intermedio entre la ficción y el documental, pero, como se puede ver, desarticulando las consagradas potencias (antropológicas, debo insistir) de ambos.

En otras secuencias importantes en el desarrollo de la película, el documentalista ayuda a rescatar al hombre subterráneo que queda sepultado por un derrumbe, pero es una ayuda muy coyuntural y de perfil. Por otra parte, al momento que muere la longeva mujer, no tiene el equipo de filmación a su servicio.

Es importante notar que no hay aquí una identificación (sino más bien lo contrario) con el "drama" individualista del "creador" productivo. El "ritual" antropológico se limita al fémur que el ingeniero lanza al río y que flota aguas abajo, recordando la única "universalidad", la única ceremonia "antropológica" verdadera, que por cierto no se efectúa sino a través del símbolo.

La película misma parece sugerir la cooperación del protagonista en la muerte de la mujer longeva. Un doctor que ha llegado para el caso del accidentado, receta unas pastillas para descansar y aliviar el dolor. Mientras viaje en motocicleta con el ingeniero, el médico predica su milenario credo (semi) materialista. La muerte es horrible porque anula el disfrute de las cosas del mundo, así que hay que afiliarse al presente. El presente, en la película de Kiarostami, son preciosos paisajes espiritualizados que recuerdan que algún día el viento nos esparcirá.


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