| Todo sobre mi madre (1998). Película de Pedro Almodóvar. |
Todo sobre mi madre: la utopía de Almodóvar
Todo sobre mi madre habla de la omnipresencia de la madre. La historia está vista a través de Manuela (Cecilia Roth) quien pierde a su hijo adolescente, y juega la figura maternal con La Agrado (Antonia San Juan), con la Hermana Rosa (Penélope Cruz), y con el hijo de ésta última. Esta exaltación materna implica un paralelo entredicho (o desprecio) por las figuras paternas. La Lola (Toni Cantó), el exmarido de Manuela, la abandonó por realizar un sueño transexual. El padre de la Hermana Rosa (Fernando Fernán Gómez) padece de Alzheimer y ni siquiera reconoce a su hija que va camino del hospital y la muerte.
La reflexión central de Todo sobre mi madre es sobre los papeles genéricos convencionales. Almodóvar presenta siempre un horizonte utópico relacionado con los cuerpos. Manuela dona el corazón de su hijo a un barcelonés casado que ve así recuperada su vida. Y La Agrado expone su teoría de que "una es más auténtica mientras más se parece a lo que ha soñado de sí misma". Se refiere a las múltiples cirugías que la han convertido en un transexual.
La inestabilidad de los roles genéricos se relaciona abiertamente con el teatro. La simulación, se constituye en verdad. Por eso el travesti y el transexual son invocados como "auténticos". Por eso los personajes de la película ingresan sin mucho trastorno a la obra de teatro. La visión de Almodóvar se vuelve paralela a la de Tennesse Williams. Huma Rojo (Marisa Paredes) la vieja diva del teatro, sale de la obra para ingresar al tormento de su relación lésbica con Nina (Candela Peña). En la obra es atormentada por Stanley Kowalsky, tipología coherente del "hombre" que practica la crueldad desde su propia definición genérica.
Huma Rojo corporiza en el teatro (en una obra de García Lorca), el sufrimiento de Manuela, la madre que pierde al hijo. La maternidad sigue siendo un don angélico al que merodea la tragedia. Si el cuerpo es histórico, y admite las transformaciones, simulaciones y disfraces (todos "auténticos"), el horizonte maternal estabiliza el presente, vincula al autor con los autores. La Lola, otro transexual, hoy enfermo de SIDA, confiesa que siempre soñó con tener un hijo (en realidad ha tenido dos). ¿Sería madre o padre?
Las interrogaciones reciben respuestas que mitifican el presente, y la avanzada de la ciencia. El hijo de la Hermana Rosa, procreado por La Lola, no presenta virus del SIDA. Manuela es madre otra vez, al menos a medias. Este milagro calza bien en el melodrama almodovariano, que ha decantado el cinismo de otrora. La madre móvil, angélica, apegada a la tierra (Manuela siempre viaja por vía terrestre), aceptadora, vital y moderna, es casi un sueño de revista femenina. Pero es también el trasvase para un futuro más aceptable. Almodóvar reconfirma estas perogrulladas con tono de "autor", con sobriedad, sostenido dramatismo y sutil humorismo.
Los decorados y la fotografía son cálidos, evocadores del calor y la seguridad maternas. La dirección de las actrices y actores, su espontaneidad y buen humor, menos estridentes que en otras películas de Almodóvar, tienen una especial y contenida electricidad. La fijación en la localidad segura, neutra y cómoda, y el encanto de las situaciones y actores, así como las respuestas optimistas (aunque algo frívolas) a preguntas del presente, ha devenido en el culto de multitudes por esta película.
La mitología está demasiado en la superficie y Pedro Almodóvar flotará por mucho tiempo ahí, seguramente bien asido de un Oscar que no sabemos si lo seguirá orientando en sus búsquedas utópicas. Ojalá sea lo que siempre ha soñado de sí mismo.
*No contaré el argumento por no ser en este caso prioritario. Además la popularidad de la película, previa al oscarazo, parece infinita. LDA |
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