| Titanic (1997). Película de James Cameron.Con Kate Winslet y Leonardo Dicaprio. |
EL TRANQUILIZADOR HUNDIMIENTO DEL TITANICLuego del hundimiento del Titanic, en el cine, uno sale enteramente tranquilizado. Sucede que esas tragedias marítimo-melodramáticas suceden poco, y si suceden es a las élites ricachonas e hijos de la Cenicienta, grupúsculos con los que el espectador, en general, no se identificará.
PROA Y PAVAPara colmo de tranquilidad, al final de la película (¡pecado contar el final de la película, pero en este caso, inevitable, y apaciblemente intrascendente!) aparece, a bordo del barco y cantando, la diva con más pava de los noventa, la señora Celine Dion. Su voz, extraordinaria. Su capacidad para provocar fervor, o al menos piedad, inexistente. Pava no quiere decir, en este caso, algo relacionado con su pelo, sino a su melancólico simbolismo. Dion no sólo rezuma WASP, sino que también es muy seriamente cursi, la arquitectura de su cuerpo entre gimnástica y dada hacer al cirujano, un aire de nota social de revista nicaragüense la circunda, y está dispuesta a jurar amor eterno de manera deportiva, lo que no es menos que falsa elegancia, como toda elegancia. A estas alturas se preguntará el lector si la tónica Dion (no dije túnica Dion, no sé si las usa, dije TONICA DION), se transmite al resto del filme. Lamentable respuesta: sí. Sin embargo, hay una ventaja de Titanic (Cameron, 1997) con respecto a Celine Dion (¿1950-1998?). Dion es insoportable, como la levedad del ser de ciertos cronistas deportivos. Titanic, en cambio, es, como ya dije, tranquilizadora. Si el espectador había planeado sufrir masoquistamente al estilo de aquellos Aeropuertos tan catárticos, lamentamos desencantarlo. A Titanic no hay que llevar salvavidas sino pañuelos. Muy efectiva, muy vacía, muy cuidadosa, muy irónica, Titanic parece el trabajo de un miope, que necesita verlo todo de cerca, divirtiéndose con un barquito en la bañera de su casa.
UN FILME ALIENTodo comienza cuando Cameron decide rescatar al Titanic del olvido. Agudamente da por sentado que el espectador, culto como a veces los hay, sabe que el Titanic es un barco grande que se hundió a principios de siglo. Una aristocrática joven burguesa, paciente de spleen de barco, la dama Rose DeWitt Bukater (Kate Winslet) entra en conocimiento con el hijo menor de la Cenicienta Jack Dawson (Leonardo Dicaprio). Este le enseña a aquella que la vida es más que el barco y el spleen, la rescata de la depresión, de las garras hipócritas de la aristocracia con dinero, y de los brazos onerosos de su prometido. Después el barco se hunde y Dion canta. La técnica narrativa: el flash back, es decir la nostalgia. La protagonista ya envejecida, que se ha convertido en Rose Dawson en homenaje a su antiguo enamorado (Gloria Stuart), rememora. En todo el andamiaje de Titanic se percibe el equizofrénico gigantismo de la superproducción, hasta devenir en una especie de filme-alien, mezcla híbrida e hipérbólica de Alien, el monstruo aquel de las naves espaciales, y Celine Dion. Esta mezcla no deja de tener cierta enfermiza belleza, ¿no es Titanic un pariente lejano y con elefantiasis de La balsa de la medusa? Titanic juega a ser una irónica y acavangada despedida a la burguesía aristocrática de inicios de siglo. Una reincidencia algo piruetera en la nostalgia de unos asertivos happy few. Una película del distanciamiento con las "buenas familias", a partir de su contaminación con los valores democráticos de la people norteamericana. En efecto, el viaje de la protagonista es asimilador. De prisionera de la cultura europea (incluidos los cuadros de Picasso), pasa a ser una norteamericana media luchadora. El canto de cisne del Titanic se vuelve reivindicación de un fénix trabajosamente pop, pero que no pierde el odor aristocrático.
LAS MAMAS DE LA CULTURAEn la narrativa del filme, Kate sufre el pathos pernicioso de la falta de identidad (inglesa rica que deviene en norteamericana media). DiCaprio es el soporte de este cambio. Un dickinseano y díscolo adolescente con los talentos en bruto, como todo inmigrante que debe ser «educado» (pinta bien, escupe bien, es agudo incluso con los burgueses). Paradójica o sintomáticamente, a la hora de los oscares Kate Winslet se alza como nominada a mejor actriz, mientras DiCaprio es ninguneado por la Academia, lo que resulta una clara injusticia. El veredicto de Hollywood es pues a favor de la «educación» de la que hablábamos antes. No será extraño que en su próxima película DiCaprio encarne a un rebelde sin mucha causa. Cameron, al parecer, es lejano y discreto admirador del Y la nave va de Fellini, compendio de la decadente y circular cultura europea. La fiesta subterránea de inmigrantes en Titanic se parece al baile de los servios (¿eran servios?) de la película de Fellini. La ironía con los gestos de la cultura aristocrática, quizá se emparente con el italiano también. Pero a diferencia de la circularidad, agotamiento y desconstrucción en Fellini, Cameron pretende ser fundacional. En el Titanic se cuelan los inmigrantes, y al otro lado está América (la del norte, por supuesto). El hundimiento del Titanic, a más de tranquilizador, es ceremonioso. La fijación detallista, pormenorizada del filme, rima con lo engolado de su narrativa. El hundimiento se vuelve «épico», sobre la base de reiterativos gestos de elegancia autoconsciente y muy tecnicista. Operático podría ser considerado, por ejemplo, el hundimiento vertical desde la popa. ¿Se sepulta en el agua la vieja aristocracia? En efecto, y Kate Wislet-Gloria Stuart devienen en las flamantes mamás de la «nueva» cultura norteamericana (para ellas serán los oscares), siempre problematizada por un origen menos prosaico que el de los colonos, puritanos y cuáqueros. Todos los Titanic, es la moraleja, van a dar al centro del mundo, donde todo es fundacional y nuevo: los Estados Unidos. Embarquémonos. La sintonía del gran público con estas ideas y la capacidad de Titanic para dramatizarlas con un tono irónico, épico y melodramático, ha hecho fortuna en las taquillas y el Oscar (ya se sabe). Titanic es la revancha de los grandes estudios que vuelven a cobrar lo que los independientes le arrebataron el año pasado. Tomando ciertos gestos melodramáticos del El paciente inglés, pero volviendo rudo lo deportivo aristocrático de El paciente..., Titanic es vacía en el fondo, con todo y su «verismo virtual». Su pretensión de ser la Eneida de la cultura norteamericana, se cumple técnicamente, incluso operaticamente. Pero se necesitaba algo más que bajar a las calderas, visitar las bodegas y bailar con las gaitas para terminar de convencer de su discurso «democrático» y multicultural. Un Cameron habilidoso, incluso rudamente habilidoso, como un jugador de futbol norteamericano, está tras las cámaras, maximalista, impecable y virtuosamente hueco, un David Lean de tono menor con un presupuesto de 200 millones y una bañera, no se necesitaba menos para oscarizar.
POPA: NO VOY EN TRENSi uno va al cine últimamente es casi imposible no aparecer montado en un medio de transporte. En la soporífera Avión presidencial se nos trataba de convencer que no hay avioncito más bello que el del presidente de USA. En Selena uno pasa la mitad de la película montado en el bus de las giras de la cantante de tex-mex (aunque, claro, es una ventaja abordar el mismo bus de Jennifer Lopez). En El quinto elemento las mejores secuencias ocurren a bordo de un trasatlántico espacial. En Misión imposible hay una memorable secuencia en tren europeo. Ahora se trata, con Titanic, de abordar el barco de la felicidad fundacional, con su elegancia naufragante, sus simbologías ambiguas (¿los restos de un Alien, la alegoría hiperbólica de la penetración fálica en el hundimiento?). Ya el espectador se está cansando de los medios de transportes y de tararear la consabida canción de Charlie García: no voy en tren, voy en avión, no necesito a nadie, a nadie alrededor... Sin embargo, la perversa aparición de Celine Dion en un barco, agota las posibilidades de protesta, uno no va al cine para encontrarse con gente así. Sólo faltaría, entre otras atrocidades, imaginar a Luis Miguel o a Maná a bordo de un tren en plena revolución mexicana, a Gloria Stefan a bordo del Granma, o Luis Enrique (el salsero de Miami) cantando en el bus que llevaba a los guerrilleros que se tomaron el Palacio Nacional en 1978. Este sería el museo lamentable de la pava a la que no pienso asistir, no obstante que sé que a algunos videastas nicaragüenses les parecerán sugestivas ideas. Titanic enseña a pensar en el "gran amor" deportivamente, es por eso un surf desmesurado por el Mar del Norte, de aceptable tratamiento de la materia melodramática, comedido abuso de la espectacularidad y seguro pasaporte a la historia del cine, no tanto en virtud de su hueca historia y de la diva Dion a bordo, sino de los milloncitos, el verismo virtual tan noventero, la respuesta del público mundial y los oscares. Si de un estrecho concepto de calidad se trata Titanic, entre las oscarizadas de los noventa no ocuparía la cima, pero se alzaría sobre los toscos productos Braveheart y Danzas con los lobos, y resulta preferible, menos hipócrita, más enormemente sincerota que Forrest Gump.
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