Sobreviviendo a Picasso (Surviving Picasso, 1996).
Película de James Ivory.
Con Anthony Hopkins.

Los decorados de Picasso

"Para hacer un mujer lo primero es apretarle el cuello", dice el Pablo Picasso (Anthony Hopkins) de Sobreviviendo a Picasso (1996) moldeando arcilla. Y es que James Ivory (director entre otras de Lo que queda del día) le ha encargado desfigurar mujeres. Olga Picasso (Jane Lapotaire), esposa paranoica, Marie-Therese Walter (Susannah Harker), amante con una hija y viviendo de un amor por correspondencia, Dora Maar (Julianne Moore), desfigurada emocionalmente, y, por último, Francoise (Natascha McElhone) que apuesta a sobrevivir.

James Ivory y la guionista Ruth Prawer Jhabvala han optado por ironizar el capricho picassiano de destruir mujeres haciéndolo parte del decorado del Superstar Picasso. No aquel de las buhardillas frías en el París de inicios del siglo, sino este otro de los años 40. Un bufonesco anciano, vitalista y erotómano, caprichoso y dictatorial, perseguido por los compradores de arte, millonario y avaro.

Para entretenerse se puede saborear el mimetismo de Hopkins, que con un obvio retoque de maquillaje en la nariz y un abuso de las indumentarias picassianas (porque se trata también de indumentarias) hace olvidar al Hannibal Lecter (El silencio de los inocentes) y sus típicos caballeros ingleses (Howard´s End, Shadowlands). Sin embargo, al mirar Sobreviviendo a Picasso, uno termina por preguntarse a qué hora se sentirá la pintura en esta película. Es cierto que hay por fin unos trazos (pinceles, espátulas) y los planos típicos del pintor y sus tics. Pero es que la pintura no está en la conciencia de este filme sino en su decorado.

No se espere, entonces, de Sobreviviendo a Picasso una búsqueda formal en la que se toquen e interroguen los lenguajes de las artes como sucede en Los Modernos (Alan Rudolph, 1988) o Caravaggio (Dereck Jarman, 1986). Sobreviviendo… se conforma con tocar las superficies del pintor y su obra que, como suele suponerse, están cargados ambos de anécdotas que asombran, divierten y conmueven.

De las muchas veces inquietante caligrafía de Ivory han sobrevivido en este filme algunos buenos momentos, sobre todo el encuentro de Picasso con su rival Matisse (Joss Ackland) que tiene un aire de incuestionable verdad al contraponer el vitalismo destructivo (línea, estilización, transformación) y el hedonismo colorista.

Si bien la película gira en torno a Francoise y su historia, la actriz McElhone no tiene tiempo de traer hacia sí la atención del público: todo el mundo permanece esperando las bufonadas de Hopkins. McElohe es lo mejor del decorado. Pero resulta innoble verla, al final del filme, encabezar (a caballo) el desfile de una corrida de toros en honor a Picasso. Un final de tauromaquia en el que pesa demasiado la superstición del folklor.

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