|
El paciente inglés (1996). Película de Anthony Minghella. Con Ralph Fiennes, Kristin Scott Thomas, Juliette Binoche y Willem Dafoe. |
Los funerales de la morfinaAnte el rostro desfigurado por las quemaduras del Conde Laszlo de Almasy (Ralph Fiennes) y su cuerpo embebido de morfina, desfila una historia de amor del pasado y el drama destructor de la guerra. Este conde húngaro, expedicionario en el desierto norteafricano en tiempos de la II guerra mundial, se ve envuelto en amores con Katherine (Kristin Scott Thomas) una mujer casada con un compañero de expedición. Los hechos nos son narrados por flash backs en los días finales de la guerra, cuando Almasy, tomado por "paciente inglés", languidece al cuido de Hana (Juliette Binoche), enfermera a quien la guerra tiene en un estado de prostración espiritual. La naturaleza aristocrática de Almasy y su deportiva y retórica amistad con sus compañeros (al estilo inglés de las frases ingeniosas y de doble lectura), hace que el mensaje pacifista de El paciente inglés recuerde las clásicas películas de Jean Renoir (sobre todo La gran ilusión). La cultura europea y su sutilidad aristocrática sucumben en una guerra destructora. El futuro apunta en la presencia oriental y en la identidad pasional de los cuerpos de las pictografías prehistóricas que Almasy descubre. Por estos planteamientos, unidos a otros como la homosexualidad (un inglés enamorado de un árabe) o la eutanasia (Almasy pide a Hana una sobredosis de morfina), El paciente inglés es producto típico de la era de Clinton, así como Rambo o Atracción fatal se concebían en la era Reagan. El flirt Almasy-Katherine tiene clase. La Scott-Thomas se rinde a la evidencia de su pasión por el sumergido Ralph Fiennes que regatea, y arrebata a fuerza de su inteligente interpretación. Acertadamente, el director de fotografía, John Seale, ha envuelto este romance en los oros encendidos del desierto. Al guionista y director Anthony Mighella se debe la fuerza dramática que se infunde a la narración y la capacidad de hibridizar el drama amoroso y el drama poético de Hana en Italia (para el que Seale prefirió colores fríos). Minguella demuestra su habilidad para provocara la poesía en imágenes (en una tradición más mediterránea o eslava) unida al dinamismo del cine norteamericano (el director homenajea inesperadamente al musical clásico Sombrero de copa). El editor Walter Munch se ha lucido con sus montajes alternos apoyados por la excelente banda sonora. Y los diálogo de la película son literariamente muy ricos. Secuencias antológicas por su calidad poética son la contemplación visual de las pinturas que hace Hana sostenida de una cuerda por el hindú, y la dramática desactivación de una bomba en medio de la euforia del fin de la guerra. El paciente inglés parece consciente de que la prehistoria (con sus nadadores pictografiados) es lo que la civilización occidental tiene más cerca. Por lo menos, más cerca que el aristocrático y arrebatador amor. Y si bien establece un juicio sobre las calidades de traidor de Almasy, ilustradas con la presencia de Caravaggio (Willen Dafoe) que lo acusa, la anécdota trágica de la muerte de Katherine se vuelve una dura crítica a las guerras y nacionalismos. Insistente romanticismo, pero jamás bobería se encuentra en esta película. Una muy inteligente puesta en escena y una representación lírica de la vieja cultura que muere, y que hermana a la patética Hana con el escatológico conde de Almasy. Los funerales de la morfina transcurren en un viejo monasterio, con sus exasperantes y cálidos flash backs y sus poéticas meditaciones sobre muertes, cuerpos y amores. |
|
Guantanamera (1994) Película de Tomás Gutiérrez Alea. Con Mirtha Ibarra, Carlos Cruz, Jorge Perrugorría. |
GuantanameraAdiós a TitónLlegó el adiós para Tomás Gutiérrez Alea (Titón), el cineasta cubano recién desaparecido. Su obra última, Guatanamera, dirigida junto a Juan Carlos Tabío, anda ya en las pocas pantallas sobrevivientes de nuestro país. Es placentero alcanzar a verla en estos difíciles y deliscuescentes tiempos. Al fin y al cabo se trata de la despedida de un indoblegable crítico de la perversidad de las organizaciones humanas. Para colmo, crítico de una tierra muy amada (porque dos patrias tengo yo: Cuba y la noche). En Guatanamera el tiempo es postsocialista. Es decir, ya cuando el socialismo europeo se ha descalabrado después de la caída de cierto Muro. Cuando ya resulta extemporáneo describir el "comunismo científico" y en el orbe todos disfrutamos del "capitalismo científico". Titón opta por no bajar de la mira y el objetivo de su cámara la realidad cubana, vilipendiada y mistificada con esa pluralidad de los públicos caprichosos. La falta de petróleo en el llamado "período especial", llena las carreteras de viajantes y tránsfugas. El paisaje cubano es monótono, repetitivo, pero nunca incapaz de milagro. (En esta película el milagro se da en un fantástico aguacero que renueva la vida.) En vista de las circunstancias es hora de una road movie (película de carretera) que va de Guantánamo a La Habana, qué envidia. El trío de argumentistas (Titón / Tabío / Eliseo Alberto), ponen el cadáver de una diva tropical en esta ruta. Escoltada por su antiguo amor, un viejo músico; la sobrina, Gina (Mirtha Ibarra) y el marido de ésta (Carlos Cruz), un funerario burócrata de ideas tozudas. En la misma ruta viaja un camionero mujeriego, Mariano (Jorge Perrugorría), el mismo de Fresa y Chocolate, esta vez haciendo de macho. Antiguo conocido de Gina - ella profesora de economía desplazada por sus ideas críticas, él ingeniero graduado desplazado por la crisis-. Será la pareja "alternativa" (¿o debo decir "renovadora"?), luego que las mujeres literalmente asaltan al protagonista en el camino, después de la confusión, el viaje, la lluvia. Anda además en este road movie una niña antigua (oximoron premeditado); niña, digo, vestida de plisas y colochos, algo así como una memoria garcíamarquiana encarnada. Es la muerte, y el que la ve, se va. ¿Explico así cierto aire surreal de Guatanamera que sin parangonarse con Buñuel, explora la escatología en relación al fúnebre burocratismo en la Isla? Titón, herido de muerte él mismo por la enfermedad que lo alejaría de la vida, se divierte especulando con la suerte de los cadáveres que cruzan el territorio cubano. Pues bien, hay un diseño cómico en esta película funeraria que reitera lo que ya sabíamos: a pesar de bloqueos y burocratismos, la cinematografía cubana se las arregla para tejer sus fábulas, sin faltar su ductilidad simbólica, tenaz, efectiva, incluso apta para el elogio de ciertos intelectuales conservadores. Véase así el espléndido final: Adolfo, el burócrata diciendo su discurso bajo el tremendo aguacero y quedándose sólo con la niña garciamarquiana de público, mientras Gina y Mariano huyen enamorados. Aunque sin el gancho publicitario de Fresa y Chocolate, Guanatamera sigue siendo vivificante, como las viejas películas de Gutiérrez Alea. Sin despreciar los toques humorísticos que le deben mucho a la corealización de Tabío (el cineasta de Plaff y Se permuta). Por otra parte, Titón deja un mensaje para los artistas de la imagen que faltan o sobran en nuestros países: no importan los tiempos, la divina locura del cine siempre es posible.
|
| Más películas | Otros artículos | Correo |