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Vidas al límite (Bringing out the dead, 1999). Película de Martin Scorsese. Con Nicolas Cage y Patricia Arquette.
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Vidas al límite
OTRA PLEGARIA DE SCORSESE
Bringing out the dead es la historia de tres noches en la vida de Frank Pierce (Nicolas Cage), un paramédico colmado por el horror de su empleo, que vive un proceso alucinatorio que sólo el alcohol y las drogas logran entumecer. Hace meses que no puede salvar una sola vida. Le tocan ataques cardíacos a toda hora. Lo atormenta el fantasma de una adolescente que no pudo salvar, y a quien ve transfigurada en las muchachas y mujeres, sobre todo prostitutas, que pululan en las calles. Sus compañeros de turno (uno diferente cada noche) son como un espejo en que Frank puede verse, y ver su propia deformación. La indiferencia, la demagogia, o el dominio de la violencia y la paranoia. Sin embargo, Frank Pierce posee una desesperación que lo diferencia del resto. Ambiciona hallar un sentido de nuevo a sus acciones. Salvar una vida es como estar enamorado, piensa para sí mismo. No poder salvar a nadie es el vacío, la ciudad que devora, consume y martaja, dice la película.
UN CINEASTA TRAS LA PISTA DE DIOSBringing out the dead es la cuarta colaboración de Scorsese con el guionista Paul Schrader. La cuarta joya, como quien dice, luego de Taxi Driver, El Toro Salvaje y La última tentación de Cristo. El monólogo del personaje principal y el ambiente urbano alienante vinculan a Bringing out the dead con Taxi Driver. Aunque, ciertamente, Frank Pierce no alcanza, como personaje, la categoría resolutiva del Travis Bickle (Robert DeNiro) el famoso taxista y redentor. Hay menos interacción inocente con el ambiente en este Frank Pierce, y más ambigüedad en su constitución. Travis Bickle era todo candor frente a una ciudad que lo demolía. En Frank Pierce hay más cinismo, más endiosamiento. Salvar una vida es ser dios por unas semanas. Pero el filme medita precisamente sobre el determinismo de la muerte o su enigma espiritual. A pesar del obtuso ocultamiento de “pistas espirituales”, Scorsese amalgama una cadena interminable de acontecimientos para “revelar” una espiritualidad (“Bringing out” también puede equivaler a revelar, mostrar). Pocos beatos le creyeron a Scorsese cuando, después del escándalo de La última tentación de Cristo (cuando Cristo en una diabólica alucinación soñaba que se casaba con Magdalena y tenía hijos) declaró que ésta última película era su plegaria. (No es el lugar para protestar pero después de 13 tesis tontas de cierto prelado, esta obra maestra llamada La última tentación de Cristo fue prohibida, en 1989, por el gobierno de los sandinistas, quienes desde entonces mostraban síntomas de oportunismo cardenaliano. Esperemos que algún director de Cinemateca abandone los títeres y restituya este error histórico, programando como se debe esta película censurada.) Por suerte otra vez serán pocos los beatos que notarán que cuando Frank Pierce y compañía suben a un piso oscuro donde una tal María está pariendo, mientras José jura que no puede ser porque ambos son vírgenes, Scorsese está ofreciendo en una parodia (del nacimiento de Cristo) uno de esos milagros cinematográficos (pienso en Buñuel, en Pasolini) que no dejan de ser heréticos de por sí. En efecto, el parto es de gemelos, y el nacimiento de uno de los dos hermosos bebés implica la muerte del otro, del que quiere salvar inútilmente Frank Pierce. Esto lleva a pensar varias cosas. Primero, cómo descubren (y articulan) a dios los cineastas. Segundo, cuál es la forma cinematográfica ideal, si hay alguna. Tercero, si la herejía y la locura constituyen de por sí una necesidad para el “mensaje espiritual”. Hay seguramente muchos ejemplos de cineastas que encuentran a dios. Bergman en el silencio (en la película El Silencio) o Buñuel en lo herético (por ejemplo en La Vía Láctea). Una justificación que me gusta mucho es la de Pasolini. Desde adolescente se consideró ateo, pero queriendo articular la lingüística al cine descubrió (o supuso) que si en el cine coincidían signo y significante entonces el que hablaba era dios. Esto lleva a la forma. Si el cine presenta la realidad, ésta, o el que habla por ella (el cineasta, dios o lo que sea) debe actuar por amalgama, inventariando la realidad. Aquí entra en escena Scorsese (y Bringing out the dead). Es tan perfecta técnicamente la captación de la vida urbana (el fotógrafo es Robert Richardson), tan sólida la fe en las cámaras y el visual que se llega a pensar que Scorsese habría sido un genio del cine mudo (y ve tras sus empeños a genios como Murnau o Stroheim, o los escandinavos).
DIOS “UN POCO LOCO”Pero captar toda la realidad es un poco loco (el dios de Pasolini, según confesión propia, estaba siempre “un poco loco”). Y el héroe de “Bringing out the dead” sólo puede ser salvado a partir de su propia locura y sus alucinaciones. Al ver la cara repetida de la niña que no pudo salvar. Al ver en la mirada del enfermo cardíaco, mantenido en vida artificialmente, su decisión inquebrantable de morir. Al sumergirse en el vértigo de una ciudad y un destino que él no creó y al que seguramente nadie le pidió venir. Al iniciar la película Frank Pierce trata de salvar la vida de un hombre que sufre un ataque cardíaco. La hija del enfermo Mary Burke (una sobria y talentosa Patricia Arquette, esposa en la realidad de Nicolas Cage) deviene en la alternativa de la redención para Frank Pierce. Tiene tres años de no hablarle a su padre, porque su padre era un hombre duro. Pero ahora comprende que él tenía que ser duro, para hacer duros a sus hijos porque si no esta ciudad te demuele. La vida urbana y la asistencia médica de Bringing out the dead no es la de “los Estados” de la cándida clase media nicaragüense, ni la de la serie de televisión E. R. Es sólo una boca, una pústula o un esfínter desaseado de la vida urbana de Nueva York. En una película dura de ver, debido a su obsesiva y milimétrica mirada de la realidad y las pocas opciones que deja a la salvación y la redención (y la recreación del espectador). Pero es en el fondo otra plegaria de Scorsese (aunque no necesariamente una de sus filmes más contundentes). Una película que se coloca de una manera categórica ante el mal, la muerte (y favorece de manera discreta a la eutanasia, por ejemplo), y la locura (tan necesaria). Con una habilidad visual impecable, una narratividad que no se niega a lo extraordinario (como esos peces agonizando en el suelo en un piso que quiso ser el cielo de las drogas relajantes), que se perturba y se deja arrastrar por lo paranoico, más allá de las claves más comercialmente rocanroleras. Con un equipo de actores que funciona en un nivel de excelencia (incluye el reparto a Tom Sizemore, John Goodman, Ving Rhames, y Marc Anthony demostrando un inusitado talento como actor). En fin, otro Scorsese que seguramente durará poco en cartelera, dando paso a otras cosas más entumidas y menos enfermas. Por cierto, saliendo del cine de ver Bringing out the dead, un ángel (que no era mi hijo) me sopló este chiste místico: “Viste, Scorsese filmó El cielo sobre Berlín (la película de Wim Wenders) pero sin ángeles”. Por supuesto que sonreí con gozo y probo cinismo (que no viene de cine, como diría Cabrerita Infame). | |
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Mickey Ojos Azules (Mickey Blue Eyes, 1999) Película de Kelly Makin. Con Hugh Grant. |
OTRO GLOBO SOBRE N.Y.
Aparte de lo interesante de la idea, y de algún humor loco que funciona, aparte de que Burt Young se pinta muy bien en su simulacro, el guion es un naufragio por su dedicación a los chistes más obvios y su falta de contundencia e interés argumental. Por otra parte decepciona la desabrida conducción de cámaras y actores, con un disparado y bufonesco James Caan sin dirección, el repetido manierista de Hugh Grant (el hombre de las patas de chompipe que encantan) y la equivocada (aunque no del todo fea) de Jeanne Tripplehonrn. |
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