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Juegos sexuales (Cruel intentions, 1999). Película de Roger Kumble. Con Sarah Michelle Gellar y Ryan Phillipe. |
PAVLOV REGRESA AL CINE (A JUGAR)Salidos de la «Traummnovelle» (sueño-novela) de Stanley Kubrick (Ojos bien cerrados, que bien merecía un 4, en una escala de 5) ¿qué ejercicio menos vanidoso que ver Juegos Sexuales (1999) la versión aplastada (más que chata) de la novela de Choderlos de Laclos (1741-1803) Las amistades peligrosas (Les liaisons dangereuses)? En Juegos sexuales los adolescentes neoyorquinos de alta clase son un cruce entre cobayos y perros de Pavlov, excepción sea hecha que aquí Pavlov (que sospecho no tuvo que ver con el cine, ¿o sí?) es sustituido por Roger Kumble, director o entrenador de estos juegos y estas mascotas. Sebastian Valmont (Ryan Phillippe) muy joven y muy sucio corre tras todo lo que parezca carne (y virginidad) femenina. Bueno, eso es lo que dice la película, aunque ciertamente jamás lo demuestra. No es pues como Daniel Day Lewis en La insoportable levedad del ser (Philip Kaufman, 1988), película conocida en otra época como La insoportable película de Kauffman. No es tampoco como el manierista Valmont que encarnó en 1988 John Malkovich (Dangerous Liaisons, dirigida por Stephen Frears). Aunque Ryan Phillipe, según afirmó convincentemente un crítico gringo, exagera en las poses de Malkovich, y el resultado es muy opaco. Los conceptos consumistas sobre el erotismo y la sexualidad de Kathryn Merteuil (Sarah Michelle Gellar) no pueden ser más toscos y ordinarios. Esta actriz… No; lo siento, todavía no puedo llamarla actriz. Corrijo, esta muchacha se afana en mostrar, en toda película que aparece, la imagen soft-soft-porn del comienzo de sus pechos. ¿Por qué? ¿Subliminal sobre las ventajas de la silicona? ¿sobre las ventajas de la leche materna? ¿sobre las ventajas de los buenos pechos si no hay posibilidades histriónicas? Es todo un enigma. No se compara esta Merteuil con las que encarnaron en 1988 Glenn Close (en la película de Frears) y Annette Bening en la versión de Milos Forman (Valmont, 1989).
¿Adónde volaron las morales?Intento resumir el argumento: Valmont y Merteuil (que viven en la misma casa porque aunque ellos no son nada, sus padres están casados) apuestan que si Valmont consigue la virginidad de Annette Hargrove (Reese Witherspoon) entonces Merteuil también se acostará con él. Si Valmont no puede, deberá entregarle a ella su carro lujoso. Paralelamente, Merteuil corrompe a Cecile Caldwell (Selma Blair), la entrega a Valmont y le quita al novio. Esto es, ciertamente, la cáscara de la novela Las amistades peligrosas de Laclos. ¿Pero adónde huyó la moral del escritor, y la moral sexual de una época prerrevolucionaria, a la que el revulsivo autor no vaciló en acusar y desnudar? ¿Dónde está la delicia con que se leen, en la novela, las cartas de Merteuil, Valmont, Tourvel y demás, que mezclan el placer del texto con el libertino placer de la seducción y el sexo? ¿Dónde está el a la postre trágico código de honor que ataba a Valmont y Merteuil, y que termina por hundir a la presidenta Tourvel, y destruir a los principales caracteres de la novela? Juegos sexuales es un cascarón. Más cerca de Melrose Place que de una interpretación válida de la novela de Laclos, a la que le quita ambiente, códigos de honor y dramaticidad. Sucia en cuanto reduce el erotismo al tradicional "de cucaracha para arriba todo tiro es carne". Jamás la Merteuil de la novela usó, ni habría usado, esa divisa. En la carta 81 de Las relaciones peligrosas, que más lectores harían bien en releer (Planeta, 1990) la propia Merteuil testimonia la conciencia que tenía de las desventajas de su género sexual en las lides amorosas. Sí, era una revolucionaria (y feminista) avant la lettre (como dirían los críticos perfumados) o dentro del contexto histórico (como dirían los críticos serios). Claro, Merteuil no era tanto una entusiasta del orgasmo como una apasionada del poder. Recuérdese, sin embargo, que orgasmo y poder son íntimos vecinos casi siempre. Las relaciones peligrosas demostró que la moral sexual de su época se fundaba en la violencia, el dominio y el abuso. Como discurso paralelo, alegórico o analógico de El principe de Maquiavelo, Las relaciones… constituye una "teoría" del dominio y la seducción sexual, es decir, de las relaciones de poder. No se trata, pues, de gente más o menos promiscua, sino de sistemas que precondicionan, nos dominan, marcan y hieren. Juegos sexuales (que bien se merece un 1), maneja solamente una idea malsana de los adolescentes, y por medio de ellos de todos los humanos y humanas, sus ansiados y entusiasmados conejillos de Indias. Su abuso del argumento de Laclos no se ve justificado desde ninguna óptica. Chatas ideas en la realización, cancioncitas pop de la Generación X, pop corn y masajeos palurdos. Es así que las mascotas se tornan en plaga, lo histriónico en plagio. El director en Pavlov.
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