| El Ganster (Hoodlum, 1997). Dirigida por Bill Duke. Con Lawrence Fishburne, Andy García, Tim Roth. |
A LA RECONQUISTA DE HARLEMDesde El Padrino (Coppola) el cine gansteril conoció su capacidad de poetizarse. Estirándose hacia musicales (Cotton Club de Coppola,) o melodramas transidos de nostalgias y culpas (Erase una vez en América de Leone). Sólo el macabro John Huston insistía en la pormenorización hiriente del arribismo granujo (El honor de los Prizzi). Incluso, un moralista escéptico como Martin Scorsese (Casino) envolvía sus películas en música pop, calendario incidental de la degradación moral. Otro discípulo de lujo de lo gansteril (Stephen Frears Los tramposos), retrató secamente, con dramatismo, no con melodramatismo, al gansterismo de poca monta, un tufo billeteril circundaba en el espacio desolado de las ciudades, y los protagonistas, sin excepción estaban enajenados. Hoy tenemos una película gansteril revisionista, pues no es dramática ni hiriente. Se trata de Hoodlum (traducida como El ganster, dirigida por Bill Duke, 1997). El ganster logra poetizar el Harlem (barrio negro de N.Y) de los años 30, en la era de la depresión económica estadounidense y la edad de oro del jazz. Se trata de la historia del «padrino negro» Ellsworth «Bumpy» Johnson (interpretado por Laurence Fishburne). Recién salido de la cárcel, Bumpy inicia su carrera por tomar el control de la lotería clandestina de Harlem. Madame Quenn (Cicely Tysson), la reina y jefa de esta lotería, entra en desventaja de métodos de lucha con un granuja, imagen del ganster paleolítico y sin modales, el arribista Dutch Schultz (Tim Roth). No hay competencia desleal alegable entre Bumpy y Madame Queen. Es cuestión de vida o muerte. Si no entran en «guerra» con Dutch Schultz, el Harlem de los negros será dominado por los secuaces, blancos y negros domeñados, de Schultz. Neutralizada la Reina (encarcelada por las artimañas de su enemigo), Bumpy toma el control. Comienza una carnicería sin precedentes, en la guerra con Bumpy-Schultz que preocupa a los círculos de poder de la ciudad. Las familias (especialmente el elegante tratante de blancas Lucky Luciano, interpretado por Andy García), los policías corruptos y los jueces vendidos o vendibles, inician planes para pactar con Bumpy y eliminar a Schultz. La comunidad negra de Harlem ha ganado una batalla, Bumpy es un héroe. Ha sufrido la muerte de su amado primo y el abandono de su mujer Francis Hughes (interpretada por la ex-Miss América y cantante Vanessa Williams), pero esa tradicional derrota del mafioso se ve recompensada por la victoria comunitaria. Bumpy ha logrado, incluso, mejorar el nivel de vida de los habitantes de Harlem. El realizador Bill Duke ha inscrito su película, con muchos aciertos, en el límite entre cine gansteril y cine afroestadounidense. Desde los ochenta, lidereados por Spike Lee (Haz lo correcto, Malcom X) los cineastas negros han logrado reescribir los dilemas, sueños y contradicciones de las comunidades negras en los Estados Unidos. La imagen ambigua, de héroe y mafioso, de Bumpy Johnson apunta bien a la desmitificación (o más bien remitificación) de un Harlem batallador y nostálgico. El ganster se coloca pues más cerca del revisionismo poetizador de Coppola o de Leone, que del hiriente escepticismo de Huston, Frears o Scorsese. Esto por el lado gansteril. Por el lado afroestadounidense, Bill Duke parece haber aprovechado las lecciones de Spike Lee y de cineastas de otras latitudes (tal vez Alan Rudolph o Wim Wenders) para hacer un interesante juego con la recreación del ambiente de Harlem en los años treinta. La música de Elmer Bernstein (La Edad de la inocencia, Cabo del miedo) ubica en el clima gansteril, y la fotografía (de Frank Tidy) acentúa tonalidades de tecnicolor clásico, buscando el colorido de la cultura afroestadounidense, distanciándose de las puestas en escena más comunes del cine de gansters de las últimas décadas (el amarillo oro envolvente de El padrino o el de los colores fríos a lo Casino). De este clima en tecnicolor nostálgico se salta a veces a exteriores de Harlem con aparente luz natural, lo que apunta comienzos de «documentalismo», muy interesantes. Bill Duke cuando menos no ha caído en la tentación de los malabarismos con la cámara (que hubieran distraído su labor de «poetización»), y se ha limitado a jugar hábilmente con la edición. Aunque en el cine comunmente se supone que todos los movimientos de los personajes son continuos, en realidad proceden de diversas tomas. Lo interesante es que el montaje en El ganster apunta a cierta discontinuidad (apenas perceptible), movida tal vez por razones dramáticas (incluso «emocionales») o de distanciamiento (el editor es Harry Keramidas). Esta preocupación por un montaje más libre y emocional, que enriquece el filme, tiene larga tradición audiovisual (en la «nueva ola» francesa, el free cinema inglés, y los videoclips; una notable película que acentúa más aún este tipo de montaje es Problemas en la mente, de Alan Rudolph). ¿Quién no se imagina un Harlem lleno de jazz y de blues? Ya el Cotton Club de Coppola estaba embebido de música. En El ganster la música es omnipresente, enriquecida por la recreación del habla de los negros, lo que es un verdadero logro, junto a los rituales culturales, como la existencia de esa Madame Queen de hablar creole y gustos excéntricos. En verdad, cierto desentono de Vanessa Williams en esta película se debe a la presencia de estas otras mujeres (Loretta Devine, Queen Latifah), menos aculturadas (Williams parece estar más cerca de Disney que de Harlem, recuérdese su interpretación del tema de Pohacontas). En El ganster están las lecciones de las alianzas, entre sicilianos y afroestadounidenses elegantes, amparados por el poder corrupto, y en contra de las villanías primitivas de Dutch Schultz. Curiosamente Tim Roth, que lo interpreta, con su aspecto bajamente hedonista y «contracultural», instala la pregunta de que si todos los contraculturales resultan a la postre tan infamemente vulgares y merecen acabar como él (baleado en un sanitario). Es mérito de Roth el aspecto vomitivo de este Dutch. El ganster es la apoteosis de la mafia elegante y de raza diversa, que el poder blanco no tiene otra opción más que reconocer. Si se pregunta por el poder en los Estados Unidos no habrá sólo que culpabilizar al crimen tras de cada fortuna (como en El padrino o Casino), sino también reconocer la solidaridad (difícil y circunstancial) entre las comunidades subalternas. Hace años que en un barco que cruzaba un río vietnamita, un joven de quince años danzaba el frenesí de Mick Jagger en Satisfaccion (en la película Apocalipsis now). Hoy el joven está de vuelta, en plena madurez actoral, y tiene como objetivo reconquistar Harlem, se llama Laurence Fishburne, interpreta a Bumpy, y está más cerca de un héroe comunitario que de un verdadero mafioso. Denle una oportunidad, porque después de este gansteril espacio, los cines amenazan con seguir programando películas «bonitillas», por ejemplo, una que se llama «Anestesia».
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