Bring it on (2000).
Película de Peyton Reed.
Con Kinsten Dunst, Eliza Dushku,
Jesse Bradford

Psicoanálisis (y anatomía) de las cheerleaders


poster Las cheerleaders me recuerdan el fascismo. Son dadas al tumulto, al orden y la obsesiva higiene corporal. Saben que fascinan, además, con las piernas entregadas a otras piruetas ajenas a las que uno podría (y se pudre quien lo imagina) imaginar. No es extraño que a Kevin Spacey lo embobe precisamente una de ellas (en Belleza Americana). Bring it on evidencia otro proverbial elemento característico: las cheerleaders son vírgenes, o al menos ascetas. Era, según se recuerda, un elemento dramático e irónico en Belleza Americana. Es incompresible como Bringing it on, película muy barata, se vuelve un éxito de taquilla en los Estados Unidos. No señor, las cheerleaders no son inofensivas.

La exclusividad genérica del show es otro asunto a considerar (hay muchachos pero son sólo soporte y fantasma). Imaginar un orden hegemonizado por estas nuevas amazonas no deja de tener tintes masoquistas. Pero todos los órdenes son concebibles. Y no todo masoquismo nace divorciado del placer (piénsese una vez más en el atontado Spacey). Un orden en el que las chicas disciplinadas, entusiastas, alegóricas del fanatismo, massmediatizadas y actuando en turbas se tomen el poder, lleva todas las buenas intenciones del feminismo a la distopía.

Entre tanto dos cosas. Una apacible: las cheerleaders siguen ostentando piernas, es su centro neurálgico (neurótico para los Spacey que en el mundo han sido, aunque sospecho que en Belleza Americana, la fijación estaba en los pechos). La otra cosa es más entretenida. En Bring it on las cheerleaders van a la guerra. A la guerra entre equipos de cheerleaders, por supuesto.

El argumento de Bring it on es frívolo. Una muchacha (Kirsten Dunst) tiene su vida empeñada en ganar un campeonato de cheerleaders, mientras los trucos de su equipo yacen gastados. Y consigue enrumbar a su equipo al segundo lugar, luego de algunos vericuetos sentimentales: la duda sobre su liderazgo, el engaño de su antiguo novio, la conquista para su causa de una muchacha "liberada", el descubrimiento del amor, los recelos y los engaños. El modelo dramático es el antiguo del triunfo individual que ha dado tantas basuras y basuritas. El aderezo "novedoso" es que Bring it on le da el triunfo al equipo de las chicas negras. Un triunfo administrado muy bien por la chica blanca. Imagino que hay aquí una moraleja pero no insistiré en buscarla.

Bring it on no es una película sino una exhibición del andamiaje ideológico de las cheerleaders. Es así como las sueña el cine. En Bolivia, país sudamericano, vivió una muchacha que fue también cheerleader. Su equipo también sufría una crisis de creatividad (es lo que sufren todos los equipos de cheerleaders). Hasta que colocaron en su repertorio la canción de Paul McCartney "No more lonely nights", y ahí donde Paul se quejaba de la soledad ellas cantaban: Voz principal: "El tercero ganara". Coro: "Lo sabemos, lo sabemos". Es la credulidad mitológica de las cheerleaders. El orden social lo protagonizan, lo ejercitan, lo ordenan (esta redundancia es necesaria), lo ritman ellas. El cineasta y la película (Bring it on) se resignan a ser un suplemento.

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