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EL CHACAL (1997) Película de Michael Canton-Jones. Con Bruce Willis, Sydney Poitier, Richard Gere. |
ALIAS CHACALITODeshilvanada e ineficaz historia para un chacal, El Chacal de Michael Canton-Jones (1997) resulta inflada y geométrica si se compara con su precedente, la aritmética y esteticista El día del chacal de Fred Zinemann (1973). En esta última todo estaba diseñado para matar al presidente francés De Gaulle, en su versión de los noventa la amenazada es una oscura Primera Dama. Si Edward Fox, el primer chacal tejía la posibilidad milimétrica del atentado presidencial perfecto, Bruce Willis, alias chacalito o chacalín, se pasea, como un 007 parvenu, por los escenarios del primer mundo, disfrazado de - ¿ya saben quién? - Bruce Willis. La historia comienza informando que en el Este se derrumbó el socialismo. Esta importante y fresca noticia da pie a que Canton-Jones se dedique a reñir con eslavos y orientales: todos son retrasados mentales declarados y terroristas potenciales. De esa manera en El chacal, la sociedad postcomunista y global se vuelve una perogrullada, pero de esas perogrulladas emitidas con torpeza, dejadez y astucia de tontos. El FBI de la película esta empeñado en la nueva tarea transnacional de capturar mafiosos rusos. Y dale con los pobres rusos y su reiterado folklore de malignos. Canton-Jones hace una película de suburbio transnacional, de mirada entre paternal e hipócrita por sobre los que no son de su ralea primermundista. La estética de la película no puede ser más lamentable. Las transiciones son constantes e ineficaces, abundan las disolvencias (imagen sobre imagen), divorciadas sin pudor del hilo narrativo. Así El chacal está llena de anticlimaxs fuera de sitio en una supuesta ficción vitalista. Se podrá acusar a los noventa de cualquier cosa, menos de no haber producido películas de acción más efectivas que esta. Los alters ego del chacal, el Subdirector del FBI Carter Preston (Sidney Poitier) y el extremista irlandés Declan Mulqueen (Richard Gere) evidencian, increíblemente, que están fuera de forma física. Para un chacal de los noventa es demasiada falta de cuidado haber presentado esta especie de documentalismo primitivo. El veterano Poitier arranca a correr en una secuencia y no puede ocultar las inconveniencias de la edad. Gere, por su parte, transmuta un sumergimiento o pereza existencial tonta de la que el director no puede despertarlo. Para empeorar la cartilla de virtudes negativas, El Chacal, o su director, dan muestra de misoginia y homofobia. Las mujeres de su película se ven afeadas, inexpresivas e inadecuadas. El maquillaje de quemadura en la cara de la mayor Valentina Koslova (Diane Venora) es el detestable testimonio de la falta de cortesía (¿o fatal cortesía?) con que se ha tratado a las mujeres en esta película. Por demás la épica policía rusa luce, moviéndose con la pistola, como un cualquiera «ángel de charlie» televisivo. Sólo el Chacal (Bruce Willis) se queda en su cuerpo en esta película. Decadente, le gustan los hoteles, los licores, los jueguecitos de armas digitalizadas y, al parecer, los besos de los hombres. Es un chacal que cerrando la década camaleónica por excelencia, los hipócritas noventa, da muestras de una metamorfosis amenazante: está a punto de convertirse una hiena criminal anónima y poco aseada. Cuando el chacal-Willis aparece vistiendo el traje de Edward Fox, en una clara referencia a la película madre, pero ubicado en una discotec gay y buscando amor, nos damos cuenta que la energía libidinal del primer chacal, el artista, se desborda aquí por un hueco decadente. El camaleón deviene en el coqueto de un yuppie homosexual sólo para que el director se dé el lujo matarlo a balazos(al homosexual). La amenaza ha sido neutralizada, pero se ha despilfarrado la economía libidinal del «frío» chacal. Pero más allá del cuerpo de Bruce Willis, que cumple a cabalidad el papel físico del asesino elitista y decadente, en El chacal están muy próximas las paredes de la historia y su tontería. Parece que la «buena conciencia» lastró esta película con un himno hipócrita a la vecindad de los suburbios transnacionales. Sucede que la redención de los terroristas (el irlandés Mulqueen, la vasca) es posible si se vuelven colaboracionistas del FBI y olvidan las peleas. Bueno, Gere acepta y en una persecución sin gracia y predecible, da cuenta del Willis. Willis se queda con su cuerpo y Gere con la mujer. Si hay algo encomiable en esta película es incidental. Se trata del admirable marketin artístico y de imagen de Bruce Willis, uno de los menos errados de la década. Willis casi no se equivoca porque escoge los papeles adecuados. Pistolas, murmullos, bufonadas underground y salud física-existencial a pesar de los sucios trabajos y los excesos. En El chacal reincide pero no trasciende, con todo y lo pasado del tinte amarillo en su pelo. |
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