Alice et Martin (1998),película de André Téchiné
Con Juliette Binoche, Alexis Loret,
Mathieu Amalric, Carmen Maura.

ALICE Y MARTIN O EL CINE OPACO


fotoBinoche y Loret intercambiando oscuridades


En el cine francés abunda este tipo de películas cartesianas que en cierta forma homenajean los sistemas judiciales y legales, ilustran la imposibilidad de vivir “fuera de la civilización’ (la civilización es París), e intelectualizan una cotidianidad opaca, oscurecida por el crimen, la corrosión económica de la vida, la muerte del arte a manos del comercio (ante todo la publicidad), y, cómo no, el amor.

Martín (Alexis Loret) es trasladado de niño y en contra de su voluntad, a vivir con su padre, en una familia burguesa bastante alienada por su condición. Crece como hijo bastardo y sin horizonte visible de qué será en la vida. Llega así a la juventud y a un golpe de efecto en la película: Martín huye precipitadamente luego de la muerte accidental de su padre. Vive aislado en el campo por unos días, y busca a su hermano Benjamín en París. Este, aspirante a actor de teatro, convive con Alice (Juliette Binoche), violinista. Forman una especie de “pareja blanca”, siendo Benjamín homosexual, y ella protagonista de sus propios amoríos.

La suerte quiere que Martín triunfe en la publicidad, gane más dinero que los otros, y logre seducir a Alice. En una vacaciones en España, Martín sufre una coma nerviosa, proveniente de saber que Alice está embarazada. Desde entonces se vuelve hosco, hasta que consigue su objetivo: que Alice logre que la madrastra de Martín lo acuse del asesinato de su padre, culpa que ha modelado y atormentado su vida reciente. La película termina con Martín capturado, y Alice conforme con ese destino.

Este triunfo de la culpa es menos verosímil que intelectualizado, incluso socorridamente freudiano, e implica un conformismo alienado con el modelo burgués. El pesimismo de Alice et Martín no es resolutivo. Lo más interesante del filme es la opacidad de la vida burguesa y pequeño burguesa, la precariedad de los aspirantes a artistas, y la ironía del poder de la publicidad. En este sentido sólo restaban dos caminos: celebrar una jerarquía en la que el comercio tiene la imagen y la palabra, o perturbar esta posibilidad con un llamado de culpa y ley.

Por eso Alice y Martín parece mirar hacia el pasado, y sin poder articular los cambios culturales del presente. Con habilidad para inspirar un ambiente opaco en el que las leyes del valor resuman con un algo de siniestro (muertes violentas, suicidios, locura, carencias económicas, fracasos) y mucho de opacidad. La fábula narcisista (Martín es un modelo de fotografía) necesita un castigo: en esa tensión lúdico-legal se desempeña Alice et Martín. Una transición que no llena necesariamente todos los requisitos que se plantea. El orbe neurótico se apodera de los antaño “sentimientos bellos”: el amor, la paternidad, la familia, y Alice y Martín apuestan de manera absurda a vivir esa aventura.

Una película opresiva, frustrante, a veces con alguna calidez poética, una mirada insistentemente intelectual, y un corazón que prefiere bajar a las heladas manos de la ley, como si la ley hubiera solucionado algo alguna vez en alguna película.

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