La
radio deja escapar dulces melodías, y el aire se transforma
en un interprete cruel de historias de amor en diferentes idiomas.
La
noche oscura, fría, lluviosa. En algún lugar del
mundo, una plaza, parejas en sus bancos, el amor en el aire se
aferra desesperadamente a la libertad que el momento otorga. Un
amor verdadero, uno casual, irresponsable, da igual.
El
manicero se acerca, el silbido inoportuno de su trencito me devuelve
por un momento a mis cuestiones. Sin embargo afuera todo sigue,
como si nada, él camina solo por la plaza, despacio, la
cabeza llamativamente gacha. Su alma se ve reflejada en su mirada
clara y relajada. En algún lado un amor lo espera como
recompensa de una jornada mas de trabajo, y mientras recorre la
plaza, las calles de la ciudad que ya empieza a dormirse, sueña.
Un
amor que no fue, otro que está siendo, el mismo que quizás
un día termine y otro a su vez vuelva.
Él
va por la vida, conociendo lugares nuevos, hermosos paisajes,
conoce gente y costumbres nuevas, diferentes a las suyas, a las
de su jungla de cemento. El vive a mil, y la vida parece escurrírsele
de los dedos. Por la noche, luego de cenar, no tiene sueño,
se levanta temprano, trabaja todo el día y sin embargo
no siente el cansancio, quizás por costumbre, quizás
por olvido, por rutina. Camina por esa ciudad, no importa cual,
observa, piensa. Quizás en su amor, quizás en el
tiempo perdido, en sus seres queridos, en la distancia que se
ensaña en separarlos.
Sigue
caminando, como si sus pasos lo llevaran hacia las personas que
ama.
El
silbido otra vez, y el sobresalto. Acá estas, aúlla
el cruel silbato, lejos de tu amor, lejos de los amigos, lejos
del hogar.
Frena
en un banco vacío, le duelen las piernas, piensa que estaría
bien descansar un rato, se sienta y se queda tranquilo, disfrutando
de la quietud de la noche..