La
Ilíada es sobre la Cólera de Aquiles a causa de
la afrenta a su honor por el hubrístico Agamemnón...
pero, también es sobre muchas otras cosas, tanto humanas
como divinas: es una obra que, a pesar de haber sido ya establecida
en un texto permanente, se encuentra, paradójicamente,
en un estado de flujo continuo. A continuación un resumen
de esta obra de Homero.
CANTO
I - La Peste, La Cólera.
Se
pide desde el principio a la musa que mande el canto de las desgracias
alcanzadas por la ira de Aquiles (1-7). Llega a la asamblea de
los argivos, Crises, sacerdote de Apolo para rescatar a su hija,
hecha cautiva hacía poco en la guerra y por honor entregada
a Agamenón (8-21). Apolo mandó sobre el ejército
una terrible epidemia por haber sido rechazado ignominiosamente
su sacerdote (22-52). Aquiles hace una asamblea, para aplacar
al dios, en la que el adivino Calcas pregona que ellos debían
liberar a su hija Briseida de tan terrible disputa y no rehusa
entregarle su hija ciertamente a Crises, pero le arrebata a Aquiles
a Briseida a quien había sido concedida como premio a su
valor. Se apodera de Briseida aunque Néstor se opone (130-311
y 318-347). Enardecido por esta ofensa, decide el firme joven
separarse de la guerra con los mirmidones, sus soldados. Su madre
Tetis reafirma su propósito y promete venganza al suplicante
(348-427). Mientras tanto el ejército ofrece sacrificios
expiatorios y son ofrecidos a Apolo (312-317). Entonces se hace
retirar a Crises a su casa junto con las víctimas propiciatorias,
por quienes es expiado el crimen siendo sacrificadas (428-487),
puesto que se había presentado Tetis en el Olimpo ocultamente,
favoreció con la victoria a los troyanos, mientras los
aqueos no dieran una satisfacción a Aquiles (488-533).
Hera, enemiga de los troyanos ataca estas determinaciones clandestinas
y riñe con Zeus en la cena (534-567). Por esta causa se
entristece toda la asamblea de los dioses, a quienes Hefesto hace
volver finalmente a la tranquilidad y alegría (568-611).
CANTO
II - El sueño, La Beocia.
Zeus-quien
habría de vengar la injuria inferida a Aquiles-, le envió
un sueño a Agamenón para incitarlo a realizar la
batalla con la esperanza de la victoria (1-40). Al amanecer, Agamenón
manifestó lo comunicado en el sueño y su propia
decisión a los jefes de los argivos; reunió al poco
una asamblea de todos (41-100). Le agradaba para probar la fe
del pueblo, del que desconfiaba, fingir la determinación
de retornar a la patria: habiendo oído esto la multitud
comenzó enseguida, cansada ya por la guerra, a sublevarse
y a preparar la navegación (101-154). Odiseo reprimió
la rendición de común acuerdo y por consejo de Atenea
se valió de súplicas, amenazas y oprobios para que
volvieran de este modo a la asamblea (155-210). A Tersites, aquel
hombre torpe y malhablado que no cesaba de urgir la retirada,
lo castigó con mayor severidad para escarmiento de los
demás (211-277). Así cohibido el populacho se doblegó
por fin a dejarse persuadir por los excelentes discursos de Odiseo
y de Néstor quienes renovaron las antiguas promesas y se
valieron de estas ostentaciones para que los aqueos tuvieran confianza
en el combate; el mismo Agamenón ordenó el combate
y llenó del ardor de la pelea el ánimo de todos
(287-393). Ya se anima el ejército; los primeros, sacrificadas
ya las mayores víctimas, se sientan al convite delante
de Agamenón; los demás toman sus alimentos por diversas
partes y of recen sacrificios, y cada pueblo, instruido por sus
jefes marcha a la batalla (394-484). Se inserta en este lugar
el cuidadoso catálogo de las naves, pueblos, jefes, que
habían seguido a Agamenón a la guerra de Troya (485-785).
También los troyanos, descubrieron lo que tramaban los
aqueos, marchan al campo bajo el mando de Héctor junto
con sus aliados, de los que se añade una breve reseña
(786-877).
CANTO
III - Juramentos, Atalayando desde las murallas, Combate singular.
Al
primer encuentro del combate, Paris o Alejandro provoca con suma
fiereza a cada uno de los aqueos para el combate; pero en cuanto
ve a Menelao saltando de su carro, huye atemorizado (1-37). Poco
después él mismo, impulsado por los gritos de Héctor
se ofrece en singular desafío con Menelao, comenzando lo
más importante de la batalla; aceptada la condición
pide Menelao que vaya por medio una promesa, consagrándola
ante la presencia de Príamo (38-110). Así pues los
ejércitos dejan las armas y se preparan sacrificios de
ambas partes, mientras tanto Helena llama desde la torre a Príamo
y a los ancianos de Troya, a los jefes argivos que están
en el campo inferior (l l l-244). Siendo llamado, se presenta
Príamo en compañía de Antenor y se hace un
pacto según el antiguo rito y bajo estas condiciones, de
que si uno de los dos venciese al otro, obtendría a Helena
y sus riquezas; pero los troyanos inferiores a los aqueos pagarían
una fuerte multa (245-301). Después de la partida de Príamo,
toman las armas Menelao y Paris y marchan al espacio convenido
para la pelea; pero Paris, superado, es sutraído por Hera
ocultamente y se lo lleva incólume a su propia morada (302-382).
Al mismo lugar lleva a Helena, quien resistiendo primero al nuevo
marido le echa en cara su cobardía; sin embargo poco después
se reconcilia con él (383-448). De esta manera, en vano
busca Menelao al adversario que estaba gozando de la protección
de la diosa, mientras Agamenón busca públicamente
el precio de la victoria que se había pactado (449-461).
CANTO
IV - Violacion de los juramentos, Revista de tropas por Agamenon.
Debiendo
ser devuelta Helena a los aqueos según el pacto y dirimidas
las diferencias en la línea de combate en la que fue separado
Paris; Hera indignada en la asamblea de los dioses, no pudo contener
ya su odio contra los troyanos e insiste ante Zeus a fin de que
conceda que los aqueos den muerte a Paris (1-49). Atenea, enemiga
también de los troyanos, enviada a la tierra por la exhortación
de Zeus, persuade a Píndaro Licio para que lanzada una
flecha contra Menelao, rompa el pacto e introduzca una nueva causa
para combatir (50-104). Llamado el médico Macaón,
cura a Menelao de su herida no mortal (105-219). Mientras tanto,
armados nuevamente vuelven a combatir los troyanos, mientras Agamenón
va y viene entre la multitud de aqueos, alabando el valor de algunos
como Idomeneo, Áyax y Néstor, que ya estaban situados
en el campo de batalla y reprendiendo la tardanza de los otros
como Menesteo, Odiseo, Diomedes que aún no se llenaban
del nuevo ardor para combatir (220-421). Se reanuda la lucha,
en la que Ares por una parte y Apolo, Atenea y otras divinidades
por la otra, ayudan respectivamente a los troyanos y a los aqueos
(422-544).
CANTO
V - Hazañas de Diomedes.
Los
aqueos continúan despedazando a los troyanos; delante de
todos, el insigne Diomedes lleno de ferocidad por la protección
de Palas retira a Ares de la batalla (1-94). Pero él mismo
herido por Pándaro, ataca con mayor vehemencia a los enemigos
(95-166); mata a Pándaro, estando de pie, y después
peleando desde el carro de Eneas (167-296); hiere a Eneas que
cubría el cuerpo de su amigo (297-310); hiere a Afrodita
en la mano, pero Iris la saca del combate (311-351). Afrodita
librada por su hija en el carro de Ares, la lleva al Olimpo, en
donde su madre Dione la cobija en su seno. Los otros dioses se
ríen sin que lo note (352-431). Apolo libra a Eneas, apartado
por Atenea del furor de Diomedes y lo cura recreándolo
en la fortaleza troyana y llama nuevamente a Ares a las filas
(432-460). Ares exhorta a los troyanos para que peleen con fortaleza;
enseguida se presenta ante ellos Eneas, ya curado (461-518). Tampoco
los aqueos combaten con cobardía y caen muchos de una y
otra parte, entre éstos Tlepolemo contra Sarpedón;
finalmente se alejan poco a poco los aqueos (519-710). Hera y
Atenea vienen desde el Olimpo en auxilio de éstos que luchaban
(711 -777). Por estas palabras de Hera se enardece nuevamente
la masa; pero Diomedes aconsejado y conducido por Atenea, hiere
al mismo Ares (778-883) quien regresa enseguida al Olimpo desde
el campo de batalla y ahí sana, siguiéndolo también
las diosas (864-909).
CANTO
VI - Despedida de Hector y Andrómaca.
El
adivino Héleno, cuando decaía en huida el ejército
troyano exhorta a Héctor para que haga un sacrificio público
a Atenea en la fortaleza (1-101). Así pues él, habiéndose
reanudado la lucha rápidamente, marcha a la ciudad; en
este combate, Diomedes y Glauco, jefe de los licios, encaminándose
al lugar de la lucha, antes de llegar a las manos, habiendo recordado
la hospitalidad de sus padres, hecho el cambio de las armas, unen
sus diestras (102-236). Hécuba y las demás matronas,
por consejo de Héctor y de los próceres troyanos,
llevan el manto al templo de Atenea y expresan sus votos por la
salvación de la patria (237-311). Mientras tanto Héctor,
en su casa, hace volver a Paris reprendiéndolo en el campo
de batalla (312-368); a su esposa Andrómaca, la buscó
en vano en sus habitaciones y salió finalmente de la ciudad
por la puerta Escea; la encuentra con su hijo Astianacte y les
habla por última vez (369-502). Armado, Paris alcanza a
su hermano en el camino (503-529).
CANTO
VII - Combate singular de Hector y Ayax, Sepultura de los muertos.
Héctor
y Paris impulsan a los aqueos para que vuelvan a la batalla, combatiendo
ya sea con armas iguales o mejores (1-16); lo cual, para que sea
terminado finalmente, de acuerdo con el designio de Atenea y de
Apolo, y la persuasión de Héleno sea provocado cada
uno con la mayor fuerza posible por parte de Héctor para
un combate cuerpo a cuerpo (17-91). Agamenón disuade a
Menelao que se muestra alegre y confiado mientras los demás
vacilan (92-122); al poco instigados por Néstor salen a
combatir nueve héroes de cuyas suertes señala el
suceso Áyax Telamonio (123-205). Se reúnen Héctor
y Áyax y pelean duramente, mientras bajo la noche apartan
a éstos, iguales en fuerzas, habiéndoles dado a
su vez regalos (206-312). En los banquetes públicos Néstor
hace el recuento de los cuerpos de los caídos que deben
sepultarse y los campamentos que deben fortificarse. Cuando en
la asamblea de los troyanos, Paris responde a Antenor quien dice
que deben ser restituidos al dueño, Helena juntamente con
sus riquezas, añade que él no regresará ningunas
riquezas sino que a aquéllas se añadirán
las propias (313-364). Al día siguiente Príamo lleva
aquella respuesta a los aqueos y a fin de que también puedan
ser sepultados los cuerpos de los troyanos manda que se haga una
tregua (365-420). Después de estos sucesos cada bando procura
dar sepultura a los suyos y al mismo tiempo los aqueos rodean
su base naval con un muro y fosas; Poseidón se admira de
estas obras con indignación en la asamblea de los dioses
(421-464). A la cena sigue la noche amenazadora con sus rayos
(465-482).
CANTO
VIII - La batalla interrumpida.
Zeus
pide a los dioses llamados a asamblea que no se presenten en la
batalla contra ninguno de los dos pueblos, y es llevado en su
carroza al monte Ida (1-52). Desde ahí contempla durante
la mañana a los ejércitos que combaten en dudosa
victoria; después habiendo pesado cuidadosamente sus suertes
en la balanza del destino, y lanzando sus terribles rayos, pronostica
la muerte a los aqueos (53-77). Hera en vano pide a su aliado
Poseidón que le sean apartadas a aquellos toda clase de
ayudas; después vuelve Agamenón, levantando los
ánimos y señala que Zeus se le ha mostrado propicio
(78-250). Ya los aqueos, algún tanto superiores, repelen
a los troyanos en un nuevo encuentro, y Teucro hiere a muchos
de aquéllos con sus flechas y a su vez es herido por Héctor
(251-334). Una vez más, se lanzan a la huida los aqueos
cuando Hera y Atenea se preparan a marchar a Troya para llevar
auxilio; pero Zeus habiéndolas visto desde el monte, las
rechaza inmediatamente por medio de Iris (335-437). Él
mismo, habiendo regresado al Olimpo reprende con suma severidad
a las desobedientes diosas y aun amenaza a los aqueos con mayores
matanzas para la mañana siguiente (438-484). Terminada
la batalla a causa de la noche y habiendo realizado una asamblea
los troyanos vencedores, ponen guardias de asedio en el mismo
lugar de la batalla, y para impedir a los enemigos asechanzas
o navegación, encienden innumerables fogatas a través
de la ciudad y del campo (485-565).
CANTO
IX - Embajada ante Aquiles.
Entre
los aqueos, una vez pasado el peligro, aterrorizados y rechazados
de momento, convoca Agamenón ocultamente a los jefes a
quienes el rey les señala la determinación de huir
y dirigir la navegación durante la noche (1-38). Diomedes
y Néstor lo desaconsejan de este torpe intento (39-78).
Se colocan fogatas en las trincheras de los campamentos, se prepara
una cena en la tienda de Agamenón y después de la
cena se trata a toda costa de hacer las paces con Aquiles y atraerlo
al ejército (79-113). El propio Agamenón mandó
decir que si cedía en su enojo ante la pública necesidad,
le prometía devolverle intacta a Briseida y magníficos
regalos (114-161). Néstor envió con estas condiciones
a varios escogidos, como Fénix a quien el padre de Aquiles
lo había hecho mentor en su juventud, Áyax el mayor,
Odiseo y dos embajadores de paz (162-184). Aquiles recibió
amigablemente a los legados, pero rechazó todas las promesas
de Agamenón y los discursos, ya los esmerados como los
ásperos y suaves; además retuvo a Fénix y
amenazó con que regresaría al poco juntamente con
él a la patria (185-668). De este modo, después
de que Áyax y Odiseo anunciaron tan dolorosa resolución,
Diomedes lo confirma en toda su gravedad a los afligidos jefes
y los exhorta a la tenacidad en la lucha (669-713).
CANTO
X - La emboscada.
Electos
los vigías, Agamenón en unión con su hermano
Menelao llama a Néstor y a los demás jefes y hacen
guardia con ellos ante el foso (1-193). Toman determinaciones
ahí mismo donde habían
sufrido las calamidades y envían como observadores a Diomedes
y a Odiseo (194-271). Habiendo avanzado éstos algún
tanto, un ave de raudo vuelo ofreció próspero augurio
(272-298). Al mismo tiempo había salido cierto troyano,
Dolón, que había sabido las determinaciones de los
aqueos, e incitado por las promesas de Héctor, fue aprehendido
por los que se habían adelantado más hacia la base
naval (299-381). Implorando éste por su vida, denunció
todos los sitios de los campamentos y a dónde se dirigía
Reso, el rey de los tracios, pero sorprendido por Diomedes fue
asesinado (382-464). Ya marchan a los aposentos de Reso, a quien
habían oído llegar con sus famosos caballos (465-503).
Atenea amonesta a los héroes para que no se retarden más
tiempo con la esperanza de obtener demasiados botines; mientras
tanto Apolo incita a los tracios y a los troyanos y los regresa
a sus campamentos (504-579).
CANTO
XI - Hazañas de Agamenon.
Armado
Agamenón con espléndidas armas conduce por la mañana
a sus tropas a las filas de combate; lo mismo hacen Héctor
y los otros príncipes de Troya (1-66). Ante el insólito
valor de Agamenón que enardece a la turba desconocida,
se excitan los troyanos y se inicia una gran batalla (67-162).
El mismo Héctor apartado por mandato de Zeus hasta las
murallas de la ciudad, evita el coraje del enardecido adversario,
mientras aquél se marcha del combate mal herido (163-283).
Realizado esto, Héctor vuelve a pelear e infunde a los
suyos un nuevo valor (284-309). Diomedes, Odiseo y Áyax
vuelven a la decaída batalla; pero Diomedes herido por
Paris se regresa violentamente hacia las naves (310 400); asimismo
Odiseo herido por Soco y muerto aquél, viéndose
rodeado por los troyanos, se libra del combate ayudado por Menelao
y Áyax (401-488). A poco a Macaón y Euripilo los
hieren las flechas de Paris (489-596). Viendo Aquiles a Macaón
que se adelantaba en el carro de Néstor, envió a
Patroclo para reconocer su presentación (596-617). Tan
pronto como reconoció éste a Macaón y librado
por Néstor de tan miserable muerte, le pide que o bien
implore directamente la ayuda de Aquiles en auxilio de los aqueos
o que él mismo espante a los enemigos revestido con el
armamento de Aquiles (618-803). Al regreso Patroclo hiere al peligroso
Euripilo y es curado en su tienda de campaña (804-848).
CANTO
XII - Combate junto a las murallas.
Rechazados
los aqueos contra las murallas (hecho abominable a los dioses;
a ellos mismos los rechazan detrás de la misma ciudad),
ven que los troyanos se dirigen a las naves y que están
a punto de atravesar ya el foso (1-59). Desconcertados al principio
por lo difícil del momento bajan de los carros por consejo
de Polidamante y corren divididos en cuatro grupos (60-107). Asio
se atrevió a atacar una de las puertas desde su carro y
fue rechazado por los dos Lapitas con gran matanza de los suyos
(108-194). Polidamante interpretó augurios adversos que
no intimidaron a Héctor en perseguir a los enemigos (195-250).
Éstos aunque molestados por un viento tempestuoso, defienden
sus trincheras con suma fortaleza, estando en los primeros lugares
los dos Áyax (251-289). Por otra parte entran Sarpedón
y Glauco a quienes se les opone Menesteo y son llamados por él,
Áyax el mayor y Teucro (290-377). Son heridos Epicles,
el compañero de Sarpedón y Glauco por Teucro; finalmente
él es derrotado en la almena del muro (378-399). Los aqueos
atacan duramente la muralla, abierta por la parte de los licios;
Héctor conjura el peligro y tapa la puerta con una enorme
piedra y abre a los suyos el camino hacia las naves (400-471).
CANTO
XIII - Encarnizado combate junto a las naves.
Pasando
el muro los troyanos, por diversas partes, matan a los aqueos,
cuando Poseidón conmovido por la calamidad en su interior
por Zeus, se acerca a los que defendían las naves (1-42).
Oculto bajo forma humana para animar a los que se detenían,
exhorta primero a los dos Áyax y después a los demás
capitanes (43-124). Así los Áyax y otros, rechazan
a Héctor de la matanza de las naves en plena fila de combate
(125-205); al poco, Idomeneo, movido por Poseidón a combatir,
habiéndose unido con Merión, socorre por la izquierda
a los afligidos aqueos (206-329). Después se traba un feroz
combate en el que Zeus favorece a los troyanos y Poseidón
a los aqueos. Sobresale entre éstos, el valor de Idomeneo
(330-662). Éste, da muerte a Otrioneo, Asio y Alcátoo
y asimismo, en compañía de Merión, Antíloco
y Menelao lucha con superioridad contra Eneas, Deífobo,
Héleno y Paris (363-672). También detiene a Héctor
quien hacía poco se hallaba en el centro del lugar y de
tal modo lo apremian los Áyax y otros grupos, que ya se
retiran los troyanos: pero fortalecido Héctor por el consejo
de Polidamante, conduce repentinamente contra el enemigo a los
que había reunido (673-808). Áyax da comienzo a
un nuevo combate y se pelea por ambas partes con grandes clamores
(809-837).
CANTO
XIV - Jupiter es burlado.
Néstor,
atemorizado por el clamorío del combate, sale de su tienda
en la que aún se curaba Macaón, para explorar los
hechos en el lugar en que se realizaban (1-26). Agamenón,
Odiseo y Diomedes, doliéndose aún por las heridas,
le salen al encuentro cambiándose de lugar por la misma
causa; el primero de los cuales angustiado por el éxito
de la guerra y viendo ahora abierta la muralla, reflexiona sobre
la huida (27-81). Odiseo reprueba esta determinación, y
así Diomedes persuade a todos a que vuelvan a la batalla
y que con su presencia ayuden a todos, dándoles certidumbre
y consejos; al mismo tiempo Poseidón conforta a Agamenón
que ya se iba y da fortaleza al ejército (82-152). Mientras
tanto Hera, para elevar la moral de los aqueos, se arregla en
su persona y se prepara delante de Zeus en el monte lda para atraerlo
con todos los halagos de una esposa; para lo cual se coloca el
cíngulo de Afrodita y hace venir desde Lemnos al dios Sueño,
quien lo entretiene en el estado de descanso (153-351). Poseidón
había puesto asechanzas en este tiempo, mediante el consejo
de Sueño, la suerte de los aqueos que les devolvió
auxiliándolos prontamente (352-401). Héctor, herido
por el golpe de la piedra que le había lanzado Áyax,
estaba sin alientos y fue transportado y curado por sus soldados
(402-439). Combatiendo los aqueos a los troyanos, elevados ya
sus fuerzas y espíritu de combate, los alejan de las naves,
persiguiéndolos en primer término Áyax el
menor (440-522).
CANTO XV - Los vencedores rechazados lejos de las naves.
Despertando
de su letargo Zeus, ve a Poseidón dando ayuda a los troyanos
contra los aqueos (1-11). Enseguida, reprende ásperamente
a Hera y manda llamar del Olimpo a Iris y Apolo; se sirve de ellos
como de sus ministros para restituir sus fuerzas a los troyanos
y simultáneamente predice toda la serie de designios hasta
la destrucción de la ciudad (12-77). Habiendo regresado
Hera a la morada de los dioses, Ares sabe por ella lo referente
a la muerte de su hijo Ascálafo y se apresta para la venganza;
Atenea reprime su cólera (78-142). Apolo e Iris se presentan
ante Zeus y por mandato de éste obliga a Poseidón
bajo amenazas a que abandone la guerra. Éste a pesar de
estar lleno de temor aún se atreve a resistirse (143-219).
Apolo alienta a Héctor, ya sanado y retirado del combate
por esa causa, y renueva la suerte de los troyanos (220-280).
Héctor acomete a los fortísimos aqueos que dejando
de combatir se retiraban a las naves; mata a una parte de ellos;
a otros los hace huir, yendo delante el dios, quien agitando su
égida estremeció de temor a los aqueos y fortaleció
a los troyanos, pues derribando el muro, preparó el camino
para destruir al ejército (281-389). Por esta terrible
desgracia que le comunicó Eurípilo, Patroclo regresó
ante Aquiles y lo exhortó para que los ayudara en ese último
trance (390-404). Mientras tanto los aqueos combaten terriblemente
ante sus naves cayendo muchos de ambas partes (405-590). Finalmente
ellos se retiran sin dispersarse entre las filas de las naves,
desde las que Áyax Telamonio defiende del fuego, armado
con una lanza, porque ya Héctor amenazaba quemar la nave
de Protesilao (591-746).
CANTO XVI - Hazaña de Patroclo.
Aquiles
le presta a su amigo Patroclo que le suplicaba y pedía
ayuda, sus propias armas y tropas para salir a combatir bajo la
condición de que se contentase con rechazar a los troyanos
de las naves y no se expusiese a mayores peligros (1-100). Debilitado
ya el mismo Ayax, no pudo impedir que se pusiese fuego a la nave
(101-123). Visto lo cual Aquiles, llama a su amigo a las armas,
prepara las filas de los suyos, les habla y hechas las libaciones
y las preces los despide (124-256). De pronto, habiendo visto
el jefe de los mirmidones, aterrorizados a los enemigos, el engaño
de la figura de Aquiles, libra del ataque a la nave y apaga el
incendio (257-303). Comienza de nuevo la batalla y a los que huian
cegados por el pavor, los persigue sobre la trinchera y aun a
campo abierto (306-418). Enseguida, Glauco mata a Sarpedón,
hijo de Zeus, habiendo quedado asi vengadas las matanzas (419-507).
Éste juntamente con Héctor y otros de los en terrible
combate con los aqueos que arrastraban los despojos, les quita
el cuerpo de Sarpedón. Apolo ve esto y por mandato de Zeus
es lavado el cuerpo y ungido y llevado a Licia por sus amigos
(508-683). Por aquel tenor de los acontecimientos el feroz Patroclo
persigue a los troyanos hasta la ciudad, sube a su muralla pero
es apartado de aquel lugar por el dios (684-711); sin embargo,
resiste de nuevo a Héctor que irrumpe lleno de fuerza,
mata a su auriga Cebrión y se lleva el cadáver después
de haberlo despojado (712-782). Finalmente mata a muchos de la
masa de soldados hasta que Eufrobio lo hiere, aterrorizado él
mismo por la fuerza de Apolo y despojado de sus armas; Héctor
le da muerte e insta a Automedonte a encaminar el carro de Aquiles
llevándolo junto a las naves (783-867).
CANTO XVII - Hazañas de Menelao
Muerto
Patroclo, Menelao mata a Euforbo y lo despoja de sus armas (1-60).
Héctor por consejo de Apolo dejando de perseguir a Automedonte
le quita los despojos y regresa, mientras Menelao hace venir a
Áyax el mayor, para que cuide el cadáver (61-139).
Héctor se retira ante Áyax, pero incitado por la
reprensión de Glauco vuelve nuevamente, luciendo soberbiamente
las armas de Aquiles, a fin de arrebatar el cuerpo y lleno de
fortaleza anima a cada uno de los suyos en el mismo campo de batalla;
simultáneamente llamados por Menelao acuden con presteza
los más valientes aqueos (140-261). Así en un mismo
lugar se origina un terrible combate entre Menelao y Héctor
con cada una de sus tropas y pelean uno y otro con distinta suerte.
Ellos para defender el cuerpo de Patroclo y éstos para
que lo arrastren y sea causa de ludibrio (262-425). Zeus vuelve
el vigor a los caballos de Aquiles que se dolían por la
muerte de Patroclo y Automedonte los regresa al combate en unión
con Alcimedonte (426-483). Héctor, Eneas y otros, atacan
el carro de Aquiles para apoderarse de los nobles caballos y los
aqueos sostienen con fiereza el ímpetu de aquellos, quienes
tratan también de rescatar el cadáver. Entonces
Menelao implora nuevas fuerzas a Atenea, y Apolo exhorta a Héctor
con la aprobación de Zeus (484-596). Finalmente viene a
menos la fuerza aquea, y aun el mismo Áyax Telamonio, tiembla,
bajo cuyo mandato Menelao envía un mensajero a Aquiles,
y es Antíloco, quien le anuncia la muerte de Patroclo y
las derrotas recibidas, (597-701), y el mismo Menelao junto con
Merión apoyado por la compañía de los Áyax,
se atreve a llevarse el cadáver hasta las naves, metiéndose
entre los enemigos que combatían (702-761). CANTO VI
CANTO
XVIII - La fabricación de Armas.
Recibida
la noticia de la muerte de Patroclo, Aquiles se entrega a la desesperación
y a los lamentos (1-34). Ante estas lamentaciones despertada Tetis,
llega desde el mar con su cohorte de Nereidas para consolar a
su hijo; a quien cuando ve lleno de ambición de vengarse
de Héctor, aunque aquello habría de ser decidido
por el destino, difiere su deseo para el último día,
pero le promete que le llevará armas nuevas fabricadas
por Hefesto (35-137). Habiendo regresado las Nereidas a su mansión,
Tetis se apresura hacia el Olimpo, mientras se renueva la batalla
sobre el cuerpo de Patroclo que finalmente hubiera quedado en
poder de Héctor, a no ser que Aquiles por consejo de Hera
hubiese aterrorizado a los troyanos con su aspecto y voz terribles
y los hubiese hecho huir hasta las murallas enemigas (138-231);
mientras tanto los aqueos, rescatado el cuerpo, lo llevan a la
tienda de Aquiles, al entrar la noche (232-242). Los troyanos
tienen una tumultosa asamblea y Polidamante los persuade de que
se salven dentro de las murallas, no sea que Aquiles venga a las
filas y acabe con ellos; pero este prudente consejo desagrada
a Héctor y al pueblo (248-314). Los troyanos redoblan la
vigilancia durante la noche con sus armas; los aqueos y al frente
de ellos Aquiles, lloran la muerte de Patroclo, embalsaman el
cadáver y lo colocan en el ataúd (315-355). Aquella
misma noche llega Tetis al Olimpo en donde Zeus acababa de reprender
a su esposa porque ayudó a Aquiles y es recibida amigablemente
en la mansión de Hefesto (356-427). Para Hefesto le era
fácil si se lo pedían con insistencia, fabricar
escudos y toda clase de armas con su arte exquisito (428-617).
CANTO XIX - El fin de la cólera.
A
la salida del sol, Tetis le da a Aquiles las armas que había
hecho Hefesto y lo excita nuevamente a la alianza para la guerra;
pues el cuerpo de Patroclo derrama divinos olores a fin de que
dure incorrupto para la sepultura (1-39). Aquiles, reuniendo una
samblea, olvida su ira, y pide continuar la guerra cuanto antes
(40-73). Por su parte Agamenón confiesa su error y una
vez reconciliado, ofrece los dones prometidos por medio de su
legado Odiseo; pero olvidándolos él, tal vez con
intención de vengarse, apremia a comenzar la batalla (74-153).
Finalmente cede ante Odiseo y espera hasta hallarse presente al
que lo aconsejaba mientras las tropas tomaban el desayuno y recibe
ante la asamblea los dones y a la hija de Brises, causa de la
discordia a la que Agamenón juró devolverla intacta
mediante un sacrificio expiatorio (154-275). Se trasladaron los
dones desde un lugar público a la tienda de Aquiles en
donde las mujeres lloraban a Patroclo y el héroe mismo
vuelve a lamentarse y se abstiene firmemente de probar alimento,
tomándolo el ejército (276-339). Aquiles es deleitado
por Atenea, enviada desde el cielo; poco después se pone
las nuevas armas, sube al carro con Automedonte y sabido por otro
el destino de sus caballos, marcha a la fila lleno de vida (340-424).
CANTO XX - El combate de los dioses.
Preparados
ambos ejércitos y llamados los dioses a la asamblea, Zeus
les permite que cada uno socorra a cualquiera de los dos que desee
a fin de que no madure la matanza para los troyanos por la crueldad
de Aquiles (1-30). Así marchan a la guerra, Hera, Atenea,
Poseidón, Hermes, Hefesto, para ayudar a los aqueos; y
Ares, Febo, Artemisa, Latona, Janto y Afrodita, a los troyanos.
Las tierras celebran con estremecimiento y temor la entrada de
los dioses (31-74). Antes del comienzo de la batalla, Febo excita
a Eneas contra Aquiles que amenazaba a Héctor. Mientras
tanto los dioses por convencimiento de Poseidón se sitúan
alejados del combate (75-155). A varias provocaciones sigue el
combate de Aquiles con Eneas a quien Poseidón libra por
medio de una nube, pues según los oráculos le tenía
destinado un reino entre los troyanos (156-352); Héctor,
que está por agredir a Aquiles, es rechazado por Febo.
Aquiles mata entre otros troyanos a Polidoro, hijo de Príamo
(353-418). Estando ya por vengar la muerte de su hermano, se dirige
Héctor contra Aquiles a quien lo salva también Febo
rodeándolo con una nube (419-454). Movido por el dolor
Aquiles ataca a los demás troyanos y llena el campo de
una espantosa ruina de muertos y armas (455-503).
CANTO XXI - El combate junto al rio.
Aquiles
acosa a los troyanos, parte hacia la ciudad y parte hacia el Janto
(el Escamandro) y habiendo despedazado a muchos en el río,
conserva a doce jóvenes vencidos, para las exequias de
Patroclo (1-33). Ahí mismo mata a Licaón, hijo de
Príamo a pesar de sus súplicas (34-135); después
a Asteropeo, jefe de los peonios junto con otros de aquel pueblo,
habiéndose librado del enfurecido río desigual en
fuerza (136-210). Continuaba la matanza hasta que Janto, obstruido
por el número de cadáveres, compadeciéndose,
mandó que su cauce se desbordara contra él. Apenas
se escapaba Aquiles cuando de nuevo tenía que saltar; pero
el río enfurecido lo sumergía en sus ondas y perseguía
al que volvía a escapar (211-271). Ya le faltaban las fuerzas
al que luchaba entre las olas, pero Poseidón y Atenea se
las aumentaban; entonces Janto que estaba demasiado irritado,
llamó en su ayuda a Simóis, pero Hera llamó
a Hefesto que quemó el campo y al río y ni las llamas
lo detenían si no las hubiese aumentado la misma diosa
(272-384). Se iniciaron después combates personales entre
los demás dioses: Ares, Atenea, Afrodita, Febo, Poseidón;
Hera, Artemisa; Hermes, Latona (385-513). Después de esto
vuelven al Olimpo los dioses, excepto Febo quien se dirigió
a Troya, mientras Aquiles hacía estragos a través
del campo y a los demás los empujó su furia hacia
el interior de la ciudad en la que Príamo mandó
que se cerrara la puerta (514-543). Para que aquellos no fueran
diezmados en la fuga, Apolo detuvo a Aquiles introduciendoa Agenor,
y después él mismo disfrazado bajo la apariencia
de Agenor, lo engañó huyendo y así lo alejó
de la ciudad (544-611).
CANTO XXII - La muerte de Hector
Ambos
ejércitos se habían puesto en lugar seguro en el
campo, cuando Héctor, estando él solo, permanece
frente a Aquiles que volvía de perseguir a Febo. Desde
el muro querían detener a Héctor sus parientes que
lloraban desolados (1-89). Vanamente, porque a éste el
pudor y a aquél el afecto les impedía retirarse
del lugar; sin embargo, apareciéndosele un dios bajo aspecto
de hombre, hizo huir a Héctor atemorizado. Lo persiguió
fieramente Aquiles y dio tres vueltas alrededor de la muralla
(90-166). Entre tanto Zeus, compadeciéndose de Héctor,
pesó su destino en la balanza y decretó su muerte.
Febo lo abandonó al instante y Atenea lo incitó
a combatir bajo la apariencia de su hermano Deífobo (l67-247).
De esta manera los héroes se unen en singular combate en
el que estando presente Atenea, ayuda a Aquiles y se burla de
Héctor con terrible engaño (248-305). Finalmente,
Aquiles, en lo más álgido del combate lo atraviesa
con su lanza, lo despoja de sus armas e insultándolo y
manchándose de ignominia, insulta a los suyos y atado a
su carro lo arrastra hacia la base naval (306-404). Toda la ciudad
llora la muerte de su querido Héctor y gritan amargamente
sus parientes desde la muralla y Andrómaca es llevada a
su casa (405-515).
CANTO XXIII - Honras funebres en honor de Patroclo.
Los
mirmidones dejan sus armas alrededor del féretro de Patroclo,
yendo delante Aquiles quien poco después les prepara el
banquete fúnebre. Él mismo cena ante Agamenón
y anuncia las exequias para el próximo día (1-58).
A la siguiente noche se le presenta durante el sueño la
imagen de Patroclo que le pide justos funerales (59-107). Por
mandato de Agamenón se llevan leños por la mañana,
se presenta el cuerpo y se dispersan las caballerias de Aquiles
y de los demás; sacrificadas ante él muchas víctimas
y los doce jóvenes troyanos, se hace la hoguera, se enciende
y arde con el soplo del Bóreas y del Céfiro, mientras
el cuerpo de Héctor es preparado por Afrodita y por Febo
(108-225). Al día siguiente se recogen y llevan a la urna
los huesos de Patroclo para que estén algún dia,
según promesa hecha, junto con los de Aquiles; se levanta
también un túmulo improvisado (226-256). Aquiles
añade en honor del difunto, certámenes de varias
clases en los que se llevan premios y regalos los principales
jefes aqueos. En equitación: Diomedes, Antíloco,
Menelao, Merión, Eumelo y Néstor (257-650?; en pugilato:
Epeo y Eurialo (651-699); en lucha: Áyax Telamonio y Odiseo
(700-739); en carreras: Odiseo y Áyax el menor, así
como Antiloco (740-797); en competencia de armas: Diomedes y Áyax
Telamonio (798-825); en disco: Polipetes (826-849); en flechas:
Meriones y Teucro (850-883); y lanzando dardos: Agamenón
y Meriones (884-897).
CANTO
XXIV - El rescate de Hector.
Terminados
los juegos, los aqueos se entregan a la cena y al sueño;
Aquiles permanece insomne y durante la mañana arrebata
el cadáver de Héctor atado al carro cerca del túmulo
de Patroclo (1-18), repetida esta profanación ante los
dioses durante varios días, parte se duelen de ello, parte
se alegran; compadecido Febo, que guardaba aun íntegro
el cuerpo, se queja ante todos gravemente (19-54), y por esto
Zeus, llamando a Iris por medio de Tetis, manda a Aquiles que
desista de tanta crueldad y que no rehúse devolver el cuerpo
a los que quieren redimirlo; al mismo tiempo y por su mandato,
Iris exhorta a Príamo a que, pagado el rescate de redención,
reciba a su hijo (55-186). Se llevan a cabo estas gestiones doce
días después de la muerte de Héctor. Príamo,
durante la noche, al igual que Hécuba y todos los demás
troyanos, reúnen preciosos dones y cargan con ellos un
carro conducido por el pregonero Ideo y manda que se prepare otro
(187-282). Entonces hechas las libaciones y aceptado el augurio
directo, comienzan a recorrer el camino (283-330). Hermes llega
ante Príamo por mandato de Zeus, y lo lleva a la tienda,
sirviéndole de vigía durante el tiempo dedicado
al sueño (331-467). Aquiles, vencido fácilmente
por las súplicas del rey, recibe el precio de la redención,
le devuelve el cuerpo lavado, envuelto en túnicas y concede
once días de tregua para la sepultura y of reciéndole
honrosa cena lo manda a descansar (468-676). Al amanecer del dia
siguiente, conduciéndolos Hermes, Príamo lleva el
cuerpo a la ciudad a cuya vista salieron todos los troyanos con
grandes lamentos; colocado poco después en palacio, después
de haberse presentado los cantores, lloran Andrómaca, Hécuba
y Helena (677-776). Hecha después la pira, se celebra el
funeral y el banquete (777-804).