Las inscripciones o pinturas de carácter anónimo realizado en las paredes y muros urbanos, son de vieja data. Tan vieja como la época en que los hombres pintaban en las cuevas sus bisontes. Pienso que si miramos de manera nueva las manos pintadas en la cueva de Gargas, en los Pirineos franceses, podríamos descubrir que esa gran cantidad de manos, hace más de veinte mil años, corresponden a testimonios anónimos de los hombres que, inmersos en el pequeño grupo recolector cazador, quisieron salvar su individualidad mediante un graffiti.
El pez que los cristianos ocultos en las catacumbas romanas pintaban en las paredes, era un Graffiti con el que daban testimonio de su fe y de su protesta por la persecución de que eran objeto. Hasta llegar a nuestros días, en que hay manos que consignan en las paredes de las calles, desde sus latidos a sus gritos. En un muro de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, que da hacia su Biblioteca, ha estado durante varios años el siguiente graffiti: "¡nos están matando, mierda!" Los graffiti pueden ser ruido, grito, susurro, declaración de amor, confidencia, protesta, insulto, grosería: "Mis héroes murieron de sobredosis / mis enemigos están en el poder." "No me liberes / yo me encargo de eso." "Mírense nada más / están tan tristes." Y los graffiti de Mayo del 68 en París: "Detengan el mundo / me quiero bajar." "Las paredes tienen orejas / tus orejas tienen paredes." "Seamos realistas / pidamos lo imposible." "Me cago en la sociedad / pero ella me lo retribuye generosamente." "Debajo de los adoquines / está la playa."
Los jóvenes «barristas» también utilizan los muros y las paredes urbanas para expresar sus testimonios. La revisión de algunos «graffiti» entregó una visión sobre la percepción que tienen los barristas sobre sí mismos, sobre su equipo y el entorno social y político que viven. Los graffiti son utilizados como una manera de «marcar» un territorio; esto es, delimitar una población o un sector de ella en donde priman los seguidores de un determinado equipo de fútbol. Es una forma de advertir a los «extraños» acerca de quienes mandan ahí. Muchos de ellos señalan los nombres de las poblaciones, como por ejemplo, "Renca", "La Río" (población Juan Antonio Ríos), La Florida, Pudahuel, Ochagavía, etc. y, a veces, también el nombre del autor.
Por otra parte, los graffiti en muros y paredes fuera de la población, o en los respaldos de los asientos de microbuses, se utilizan como una forma de propagar una devoción, de hacer notar una existencia humana que no dice "yo soy", sino que "pertenezco a". No se existe porque se es, sino porque se pertenece a alguien o a algo. Es la forma más dramática en que estos jóvenes expresan una suerte de «servidumbre voluntaria». Una existencia que reconoce como fin último su amor, su adhesión y lealtad a un club, a un equipo de fútbol. Pero, más que nada, a una barra, a una «familia», o a una «hermandad» como la llaman ellos mismos, a la que se reconoce como más propia, más afectivamente ligada, que la familia consanguínea.
Veamos algunos ejemplos:
De La Garra Blanca
"Colo Colo,
pasión sin límites"
"Colo Colo, gracias por existir"
"Colo Colo, tu Garra no muere jamás"
"Por el Colo Colo se mata o se muere"
"Naciste por y para Colo Colo, y eso es inmortal"
"Colo Colo es mi Dios"
De Los de Abajo
"Bulla, pasión
inmortal"
"Más que una pasión, son sentimientos"
"Dale León, dale"
"El Bulla es parte de mi vida"
"Bulla, te llevo en el corazón"
"Bulla, te querré siempre"
Los de Abajo se definen como bullangueros, bulliciosos, revoltosos. Y de ahí han derivado a un nombre, el de Bulla, el que aplican tanto al chuncho, pájaro que es el símbolo del club deportivo, como también al equipo y a la propia barra.
También, a nivel de graffiti, se expresa la antipatía, la animosidad hacia los contrarios, a veces de manera grosera. Es particularmente notable la odiosidad que se detecta entre las barras La Garra Blanca y Los de Abajo. Pero no sólo a este nivel, sino también a nivel de las declaraciones, como asimismo de los gritos y cantos en los partidos que juegan ambos equipos.
Un segmento no muy numeroso de la barra de Los de Abajo, los «Guachuneit» (nombre que deriva de una deformación de la pregunta en inglés: What's your name?), expresan en sus graffiti su descontento político; por ejemplo, "Guerra al Estado", "Todo para el Pueblo", "Muerte a los ricos", etc.
En ambas barras, los graffiti se escriben con grafos donde las redondeces han desaparecido, grafos aguzados hasta la exasperación, en donde la letra "t" es dibujada vuelta hacia abajo, como una cruz de cabeza, y en donde abundan también los signos satánicos y los signos anarquistas. Son tan similares los rasgos de los graffiti de ambas barras, que podría pensarse que están hechos por las mismas personas.
Mezclado con todo lo anterior, los graffiti expresan la devoción a grupos roqueros, tanto del rock «pesado y/o satánico» como también clásicos. Al lado de grupos roqueros nuevos, como Metálica, están presentes los grupos antiguos, vocalistas que murieron por sobredosis de drogas, y aquellos que sobrevivieron y siguen cantando a los cincuenta o más años.
Las explicaciones que nos dan los hinchas sobre el por qué de la violencia, difieren a veces según el nivel sociocultural de éstos, aún cuando hay una concordancia más bien generalizada en los contenidos que ellas expresan. En general, las variadas declaraciones recogidas sobre el tema, orientan a tratarlo dentro de un enfoque que busque el origen de la violencia, descubrir realmente dónde nace esa "rabia contenida" que se desata en los estadios de fútbol y quienes la «gatillan». Es posible reconocer la existencia de un espectro más amplio de posibles detonadores, como podrían ser los dirigentes del fútbol profesional, los medios de comunicación sociales, las fuerzas de orden y los propios hinchas; como asimismo, personas que son percibidas por los barristas como «extrañas» a las «barras» y que son señalados como «infiltrados».
Hay gritos y cantos que ayudan a mantener y generar la violencia: "–Nunca más Los de Abajo/a esos "huevones" perdonarán./Ellos querían pelea/ y con pelea se van a encontrar."
Un hincha de la «U» trata de disculparse: –"En general, uno prefiere que se acabe la violencia. Pero uno necesita tener un desahogo. Y uno lo tiene no sólo gritando, sino que se lo saca peleando."
Por su parte, un miembro de La Garra Blanca manifestaba: "–Los líderes, en un comienzo, «chantaban» [detenían] a los que actuaban en forma más desenfrenada y a los que abusaban. Pero después ya no fue posible."
Tanto en las entrevistas en profundidad como en la observación participante, se detectaron los factores que son reconocidos con mayor frecuencia por los barristas como «detonadores» de la violencia:
1. Cobros de los árbitros estimados injustos o parciales; también, intervenciones casuales y desafortunadas de éstos, que perjudican a un equipo
Un ejemplo de este último tipo de «gatillador», lo representa muy claramente la siguiente declaración de un hincha de Los de Abajo: "–Me acuerdo de un partido con la Unión Española. El árbitro cobró un tiro libre a favor de la «U». Lo sirvió Puyol, la pelota golpeó en el pie del árbitro y se produjo un contragolpe de la Unión que finalizó con un gol a los «azules». Perdimos 1–0. Ahí comenzó a quedar «l'embarrá» [situación de violencia sin control]. La hinchada de la «U» comenzó a tirar piedras en contra del equipo contrario y contra el sector de las tribunas. Los carabineros avanzaron con sus perros y sacaron a tirones a la gente para afuera de las galerías. Había muchas cámaras de televisión filmando. De seguro que algunos eran de la televisión europea. Filmaban por el sector donde iba saliendo la gente, a empujones, corriendo para arrancar de los perros. Uno de los perros casi agarró a mi hermano. Saltamos a un lado para evitar las mordidas. Un carabinero soltó –o se le soltó– el perro. Varios hinchas se tiraron sobre el «paco» y le dieron con todo."
Se produce en la situación que configura el relato anterior, una exaltación de la emoción de cada uno de los participantes. Uno podría explicarlo como una «ínter estimulación» de cada uno hacia los demás y de los demás hacia cada uno, dentro del radio en que se hallan a la vista o al alcance del oído. Cada uno percibe en cada otro los síntomas de temor, los rostros y pupilas distorsionados, las voces que suenan atemorizadas, y los gritos desaforados de sus compañeros. Y, con cada una de estas percepciones, sus propios impulsos y su propia emoción se elevan a un mayor grado de intensidad; una hiperestimulación que va en espiral. Esto se debe a que la expresión de un estado emocional, dentro de un "campo de interacciones" intenso, tiende a provocar el mismo estado en un observador cercano. Más aún, cuando ambos están codo a codo enfrentando la misma situación (6).
2. Juego «sucio» por parte del equipo contrario y/o lesiones casuales o intencionales causadas a un jugador del equipo
El juego sucio del contrario es un detonante que incita al lanzamiento de todo tipo de proyectiles a la cancha (generalmente piedras y botellas vacías), tal como acontece con los cobros de los árbitros que son cuestionados por los hinchas y barristas. Pero en la declaración siguiente tenemos la reacción y, al mismo tiempo, el control ejercido por la propia barra, cosa que cada vez que suceda, debiera hacerse público, para que sirva como ejemplo para las otras barras y, al mismo tiempo, como una forma de incentivo para aquélla que actuó de esa manera: "–Estábamos en el partido del Colo Colo con Boca Junior por la Copa Libertadores. Se jugaba a las 20,30 horas y la gente llegó a las 15 horas. Todos vimos que los argentinos entraron a golpear. Algunos de "La Garra" querían pasar a la cancha para pegarles, pero se controló a la barra porque podían suspender el estadio y perjudicar al equipo. Ahí fue la barra de La Garra Blanca la que contuvo la avalancha que se veía venir. Pero eso nunca se le reconoció. La prensa no dijo nada."
3. Resultado del Partido, ya sea favorable o adverso
Cuando se da el primer caso, el de un partido que se ganó, puede suceder lo que nos contó un hincha de Los de Abajo: "–Me acuerdo de la vez en que la hinchada rompió el estadio que arrendaba Palestino. Fue cuando el equipo metió un gol y nos fuimos a las rejas a celebrar. Pero el estadio valía «callampa» [nada o muy poco]. Las rejas cedieron y terminamos de echarlas abajo. Pero era un grupo chico de barristas, no más de cincuenta personas. Hubo varios detenidos, entre ellos uno de nuestros líderes."
Cuando se da el segundo caso, registramos lo siguiente: "–Cuando perdimos con la U. Católica en el Santa Laura, ¡Putas! Pobres autos. Pero ir en un Mercedes Benz al estadio es como ir a provocar. Los huevones saltaban arriba de los autos y sacaban los capós dejándolos con el motor al aire. Tiraban piedras grandes a los parabrisas. Eso no es irracional, eso es propio de una angustia por el resultado adverso. Y eso es así y punto. Yo creo que no copiamos nada de afuera."
4. Su Propio Equipo
Aunque esto pareció inusual, la entrevista de un barrista de La Garra Blanca nos lo aclaró con un ejemplo: "–En un partido contra la «U», si Colo Colo ganaba, ésta se iba al descenso (1989). Y todos queríamos eso. Y el Colo Colo, según veíamos, no hacía nada para ganar. Como que se dejaba perder. Se creó un clima tenso y muchos quemamos las bancas del estadio. La emprendimos contra nuestro propio estadio. Esta era la única manera que tenía uno de reclamar algo. Queríamos que ganara el equipo, y éste como que no quería."
Otro, de la misma barra, se expresó con mucha altivez dentro de este punto y del número 6 siguiente, de esta manera: "–La violencia se genera en contra de Los de Abajo, fundamentalmente. Y contra el propio equipo cuando pierde. Queremos ser los mejores, queremos ser reconocidos como los mejores, por eso no aguantamos que el equipo pierda, que nos digan que somos menos que otros. Buscamos a Los de Abajo para demostrar que somos más bravos que ellos. Somos «Los Killers» buscando «azules» para golpearlos. Somos «Los Killers», somos la Garra, somos del Colo, nadie nos gana."
5. La Fuerza Pública
La percepción negativa hacia carabineros, nos ha parecido más bien generalizada entre los hinchas y barristas entrevistados. Cabe advertir que el hecho de consignar parte del lenguaje más bien brutal utilizado por los informantes sobre este tema –como sobre otros –, se debe a que es la única manera de que nos demos cuenta del grado de odiosidad que se ha creado, como también de la intensidad de las emociones con que sienten las experiencias relatadas. De uno de ellos obtuvimos la siguiente declaración: "–A mí me produce una gran impotencia la policía. Es algo de todos los días. Donde uno va hay un paco que puede pararte y molestarte. Te registran. Me han puesto de «guata» en el suelo y una metralleta en la nuca. No es chiste. Es humillante. A amigos míos los han echado dentro del ‘bus’ y les han pegado hasta cansarse. Una vez iba entrando al estadio y estaban los pacos revisando bolsillos y bolsos. Cuando me tocó a mí, por bromear hice un movimiento de cintura, y el paco se enojó y me llevó a la micro y ahí me golpearon entre varios. Eso es lo que le da a uno un sentimiento de impotencia. Un rencor fuerte. Los carabineros son los que detonan la violencia."
La información que sigue, repite de alguna manera la misma línea de argumentación de la anterior: "–Varias veces me tocó ver a las dos «barras», a La Garra Blanca y a Los de Abajo, tirándose piedras en la calle, a la salida del estadio. Y cuando llegaban los carabineros, dejaban de pelear entre ellos y les tiraban las piedras a los «pacos»."
Pero lo que continúa diciendo el mismo hincha, explica la intervención de estos mismos carabineros: "– las piedras caen también sobre los autos, las casas y la gente que pasa. Mala suerte no más (…) Por eso que para el estadio hay que ir en un auto «charcha» [de mala calidad]; porque si es auto bueno, es como que se despierta un odio frente al auto «rico», porque es sinónimo de huevón con plata."
La impresión que provoca carabineros suele ser multivalente, por la misma pluralidad de funciones que cumple. Aquí, carabineros está en una actuación represiva. Allá, en otra, salvando vidas en un aluvión o en un desastre en alguna calle; a veces, ayudando a dar a luz a una parturienta en un retén rural; a diario cuidando los hogares. ¿O no son los mismos? Es claro que no es problema de tener la suerte de encontrarse con unos o con otros. Quizás, sería muy conveniente que en todos los casos la institución ofreciera una información amplia y transparente, que justifique cada actuación pública que pueda ser puesta en cuestión. Como es el caso de la violencia ligada al fútbol, en donde, por un lado opinan de una manera los hinchas y «barristas» y, de otra manera, los dueños de las propiedades dañadas por donde pasan éstos.
6. La Barra Contraria
La animosidad entre las «barras« se prepara generalmente mediante las injurias e insultos que se lanzan unas a otras, por provocaciones que afectan la propiedad del club o sus símbolos, o por sentimientos que tienen raíces en factores que nada tienen que ver con el fútbol, como veremos más adelante, cuando nos refiramos a los factores políticos.
Entre las barras, la violencia se da a veces en un cuerpo a cuerpo, y ahí salen a relucir las cadenas, los cinturones con hebillas grandes de bronce. Estos últimos son, en los hechos, verdaderas armas con las cuales se le puede romper la cabeza a otro.
La violencia puede comenzar antes del partido, con la venta de las entradas. Cuando la venta de entradas corresponde a un partido en el que Colo Colo es local, los de la barra de Los de Abajo dicen tener que ir a las calles Cienfuegos o San Diego a comprarlas. Ahí se encuentran con grupos de la barra de La Garra Blanca, produciéndose agresiones físicas. No veo cual es el impedimento, una vez que estas medidas han producido sus daños, de buscar otras soluciones como la de atender en otros lugares, además de los que habilita el club que hace de local, los que debieran ser preferentemente neutrales.
En todas las declaraciones que hemos dado a conocer, conviene distinguir las voces de los hinchas y de los barristas que están fuera del «pozo» (ver la segunda parte de este trabajo), de la de los «barristas» que se encuentran saltando y gritando durante todo el partido.
Un miembro de la barra de Los de Abajo, después de una pelea, presumía de la siguiente manera, mientras se limpiaba la cara: "–Si viene un «indio» [barrista del Colo Colo] a comprar y yo lo veo que viene solo, yo voy y le pego no más. No le voy a preguntar nada. Voy y le pego porque es «indio». Siempre tratamos de ser más que ellos en las peleas. Porque uno no va a pelear mano a mano con uno del Colo Colo. Porque nosotros no andamos «cargados» [con arma blanca]. Ellos sí que andan con cuchillos y estoques."
Un hincha comentó la forma en que ha expresado su odiosidad contra miembros de otra barra, como también cómo la han expresado otros: "–Yo les he pegado con los puños, pero no con arma blanca. Pero tengo amigos que los han ensartado en las rejas de una casa. He visto pegarles hasta dejarlos botados. Sangre he visto. Los han dejado inconscientes. Se van más locos que cabras de cerro. Pero también he visto a los de la otra barra «cargarse» [herir gravemente o de muerte] a uno nuestro a «puntazos» [ herir con arma blanca]. En esa pelea debe de haber habido muertos. Pero no lo dicen. Porque en el momento que dijeran que un integrante de la barra fue muerto por la otra barra, vamos a «cobrar» de seguro [vamos a vengarnos]. Ellos harían lo mismo y esto no terminaría nunca. Habría una matanza grande."
Lo anterior hace notoria la voluntad de cada grupo de afirmar su diferencia. Y si ésta se mantiene dentro de un clima lo bastante tenso, el menor incidente es capaz de transformar rápidamente la diferencia deseada en diferencia real y agresiva. La violación de un territorio o la supuesta agresión a uno de ellos o a un líder, o el robo o ultraje a los símbolos del club, son razones suficientes para desencadenar la violencia(7).
Tanto en este punto como en los anteriores, se puede hablar de una «sugestibilidad elevada». Las más de las veces en que aparece la palabra "sugestión", se refiere a una situación sociocultural. En este caso, denota la realización sin crítica alguna de las mismas cosas que hacen los otros miembros del grupo, y una aceptación casi ciega de proposiciones y órdenes. Los siguientes factores aparecerían como responsables de este comportamiento:
a) La presencia de un poderoso impulso, que tiende a facilitar la conducta, las ideas, las opiniones y la aceptación de órdenes congruentes con él. Los conceptos intelectuales y sociales de lo justo y lo injusto, la bondad y la corrección, son arrollados por el impulso de hacer daño a alguien o a algo.
b) Si está presente un líder que cuenta con la aceptación de su liderazgo, éste puede revivir los odios, miedos e impulsos elementales que habían aparecido antes en forma más difusa y menos violenta. Además, la «interestimulación» del líder al grupo y del grupo al líder, es un proceso espiral. Lo que puede facilitar una escalada de violencia que los envuelva a ambos y sobre la cual el líder pierde la posibilidad de control.
c) También es importante la facilitación social del grupo al que se pertenece, al actuar como lo hacen los demás miembros de éste. Como individuos, no han sido recompensados por la familia o el vecindario, o han sido castigados por cometer ciertos actos, los mismos por los cuales son recompensados mediante un reconocimiento afectivo o una mayor valoración dentro del grupo al que pertenecen. Por otra parte, la sugestión está estrechamente asociada con la imitación y, generalmente, ambas operan al mismo tiempo. Además, los individuos involucrados en hechos de violencia, cuentan con la publicidad sobre sus actuaciones al aparecer en la televisión, en donde serán vistos por el «barrio entero».
d) Finalmente, la edad, el sexo, el nivel social y económico, además del nivel cultural y el tipo de personalidad, influyen sobre la sugestibilidad. Por lo común, los niños y los jóvenes son más sugestionables que los adultos del mismo grupo sociocultural y obedecen más rápido y con mayor entusiasmo a los efectos de la «interestimulación»(8).
Nadie se declara culpable de ser el iniciador de hechos de violencia. Los de La Garra Blanca dicen actuar sólo frente a provocaciones. Las peleas más violentas que reconocen es contra la barra de Los de Abajo. Pero también reconocen hechos de violencia contra otras barras. Como la que se produjo en un partido con el club de Deportes La Serena, oportunidad en la que los de "La Garra" volvieron casi todos golpeados. Según ellos, fueron agredidos por toda la hinchada de ese club. Y después, cuando el Colo Colo volvió a jugar allá, fueron más que nada a vengarse. Reconocen también que procedieron a rayar el Faro y las calles: "–(…) los de allá se «enrrabiaron» porque creen que su ciudad es la más linda de Chile. Por eso se la rayamos toda. Además, les pegamos."
Sin embargo, existe una regulación de la violencia por parte de los barristas, pero hacia el interior del grupo. El principio que opera en esta situación, es que dentro del grupo toda violencia está fuera de lugar, a condición de tener una salida para descargarla al exterior. Cada cierto tiempo, en plena acción del partido, comienza un juego de breve duración en la que los barristas de ambas barras estudiadas, pegan carreras cortas, de no más de tres metros, sin ton ni son, golpeándose con los hombros de manera bastante impetuosa como para derribar a algunos. Esta especie de juego brusco entre ellos, viene a ser un mecanismo de distensión interna para mantener el trazado de una frontera con el mundo externo. Apoyan el mecanismo anterior, la presión grupal por una paz interna, la armonía expresada, la calidez de la acogida, que serán entendidas por cada uno como rasgos maternales que ofrece el grupo como tal. Mientras que la violencia hacia lo exterior, ofrece la oportunidad de fortalecer la unidad, de emprender proyectos sobreexcitantes que permitan rivalizar en los sacrificios que su concreción exija. Y el adversario, por ser diferente, podrá ser propuesto como chivo expiatorio, sirviendo para proyectar el modelo de sacrificio. Ninguna pacificación ingenua podría invalidar tal regulación(9). La confesión de un barrista es esclarecedora con respecto a esto último: "–En el colocolino personifico todas las «trancas» sufridas. Es justo pegarle. No tendría ningún remordimiento después. Sería como haberle ganado a los malos. Quizás encarne al «contrario» [o «enemigo»] a quien no puedo pegarle, y lo hago con él."
Es notable la impresión de verdaderas tribus que dan los integrantes de las barras, en donde se encuentra –como decía antes–, una identidad ganada por la diferencia con el «extraño»; la idea central es que lo Otro me agrupa y me ciñe con su diferencia y yo participo igualmente en la generación de su identidad como la «otra barra» que es distinta. Cuando yo le pregunto a un barrista sobre el grupo de su barra, habla de éste desde sí mismo, porque así reafirma su identidad con él; esto es, el grupo conforma una unidad con él, y él se transforma en algo indiviso con el grupo.
7. Los Dirigentes y los Medios de Comunicación de Masas
El siguiente es un botón de muestra suficiente para explicar hasta qué punto ha llegado el uso de signos pertenecientes a la violencia, que son detonadores de ésta, precisamente, porque crean una atmósfera que facilita hechos reprobables o la legitiman. Cuando el equipo chileno perdió su opción a la Copa América (1993) frente a Perú, en la primera página de un diario capitalino se ofrecía un breve comentario sobre el resultado del partido, de parte de un alto dirigente nacional del fútbol profesional: "–Les faltó el instinto de matar." La utilización de los términos es lo que interesa, pues recoge y retroalimenta un clima existente, aun cuando estoy seguro que no quiso decir lo que sus palabras decían en concreto.
Son comunes las ácidas declaraciones de los dirigentes de clubes en contra de otros dirigentes, sin saber o sabiéndolo, que con ellas transfieren sus animosidades a los hinchas y barristas de su club.
En la edición en Internet del diario El Mundo, de Madrid, del 6 de abril de 1998, se informaba acerca de la multa de 130 millones de pesetas y el castigo por dos partidos, aplicados al club español Real Madrid por la Unión Española de Fútbol Asociado, a raíz de la violencia de su barra en un partido internacional. El diario abrió una encuesta abierta a fin de pronunciarse sobre la pregunta "¿Cree usted que los clubes de fútbol son responsables de los incidentes protagonizados por sus hinchas más violentos?": El resultado fue un 81.71% que pensaba que eran responsables, y de un 18.29% de que no lo eran.
Una forma de referirse los «barristas» a la presión que ejercen los medios de comunicación de masas antes y después de los partidos, es la siguiente: "–La prensa y la televisión le «ponen mucho» [exageran]. Pasan «subiendo la noticia», preparan los ánimos «para la guerra», y la gente llega a los estadios ya exaltada, dispuesta a cualquier cosa. Pero sólo destacan lo negativo, nunca lo positivo."
Hay una desconfianza manifiesta con respecto a lo que los medios de comunicación informan, por aquello mismo que omiten informar. Según un barrista: "–(…) a dos cuadras antes de llegar al estadio ya estaba «l’embarrá» [situación altamente conflictiva]; algunos de las barras entraron a un cuerpo a cuerpo con los contrarios. Vi a dos de Los de Abajo persiguiendo a uno del Colo Colo. La pinta de punga no se la sacaba nadie. Miro hacia el lugar de donde venían y veo a un tipo tirado en el suelo, apuñalado. Llegó una camioneta de carabineros y lo atendieron. El tipo tenía puesta una camiseta de la «U». Claro que esa vez no se informó nada por la prensa porque ellos mismos habían preparado los ánimos para el enfrentamiento. Pero uno al conversar con la gente igual se informaba que había habido "apuñalados" pertenecientes a ambas barras".
Los medios de comunicación de masas, en general, tienen el propósito de estimular la atención del público, al provocar la discusión apasionada entre personas interesadas acerca del futuro partido a disputarse. Es sin duda uno de los objetivos de la publicidad que se hace de éste. Es preciso provocar tales rondas de conversaciones entre oyentes y espectadores potenciales, sobre todo con incitaciones de tipo emocional para los auditorios de orientación recreativa. Y mientras más efectistas son, resultan más efectivas con auditorios jóvenes que son los más vulnerables a las orientaciones acentuadamente emocionales(10).
8. Referencia a «Infiltrados»
Existe una gran facilidad para integrarse a una barra y llegar a ser (o parecer) un barrista. Uno puede integrarse a la barra de Los de Abajo, por ejemplo, con solo asistir a unos cuantos partidos y demostrar "que se está con el equipo en las buenas y en las malas, que se es capaz de enronquecer gritando por la «U»." Desde ese momento ya nadie puede decirle nada y se le acepta como integrante de la barra. En la calle, puede ser reconocido por otros barristas del club y ser saludado. Hay una amistad que se extiende más allá del estadio. Se participa en «carretes» [esparcimientos de variado tipo] por el solo hecho de ser integrante de Los de Abajo.
Esta misma facilidad para integrarse y los pocos requisitos que se exigen, puede permitir que detonantes externos a los barristas y que son considerados por ellos mismos como «cuerpos extraños» a ellos, los puedan arrastrar a actos de violencia. Esto está muy claro en la siguiente declaración de un barrista de la «U»: "–Ésa vez nunca había visto tanto lumpen en la hinchada del club. Entre nosotros hay gente pobre, pero no lumpen [referencia a personas pertenecientes a los «bajos fondos» de una ciudad, asociados a la delincuencia]. Yo no digo que no fueran hinchas de la «U», porque gritaban y cantaban igual que la barra. Pero esos huevones eran puro lumpen (...) ese pelo sin lavar y ese típico olor en la ropa, a calabozo, que es súper distinguible."
En la barra del club Colo Colo se observa el mismo fenómeno. Un "garrero" contaba el proceso de su ingreso: "–Yo ingresé a La Garra Blanca el '88. Me llevaron unos amigos. Canté, grité y salté con ellos, y ya estaba como integrante. Porque el que es colocolino se conoce y se integra, no más. Pero no conocemos a todos. Yo conozco apenas a unos 20 integrantes, que son con los que me junto."
Un miembro de La Garra Blanca hace la diferencia a que hacíamos mención al comienzo, entre hinchas y barristas, pero con relación a la violencia: "–Los hinchas, a veces, son los que cometen las violencias. Son a veces delincuentes que ni siquiera estuvieron en la «barra» durante el partido. Y a la salida llegan y se meten en el grupo de los de la «barra» y desde ahí provocan. Algunos no van ni a cantar. Cuando hay violencia llega gente que ni estuvo en el partido. Tienen que haber delincuentes. Llega de todo a la «barra». Nadie los va a echar." Aquí no se trata de negar los actos de violencia del barrista, pero sí se señala que a veces ésta recrudece por efecto de las acciones de violentistas infiltrados.
Otra declaración, en la misma línea de argumentación: "–A veces, algunos agarran una piedra y la lanzan y otros también hacen lo mismo; y ahí se forma como una cadena. Casi siempre no son gente que uno conozca. Los líderes atinan a bajar la violencia, a parar a los que están más exaltados. Unos son más violentos y se les trata de controlar (…) En general es gente que no está en la barra misma, sino que se infiltra; hay algunos que están drogados y son fáciles de llevar a los desmanes. A veces, se lleva la violencia fuera del estadio, a las calles, peleas entre barras rivales. Luego termina siendo contra carabineros que vienen a convertirse en el enemigo común."
Estas declaraciones mueven a reflexionar sobre los problemas que puede provocar esta manera fácil de integración y este anonimato. Si las barras fuesen organizadas y reconocidas como entidades responsables y dependientes de las instituciones deportivas a las cuales alientan durante los partidos, una lógica mínima de lo organizacional recomendaría una reglamentación, un fichaje y una fiscalización de los miembros de ellas, además de las prerrogativas que crean necesario otorgarles. Como asimismo, el establecimiento de un "rito de pasaje" que le diera significado y sentido al ingreso formal de un joven a una barra. Habría que privilegiar los aspectos cualitativos por sobre los cuantitativos en este tipo de reclutamiento. Además, no es ético utilizar a alguien para luego negarlo cuando da problemas.
De las declaraciones obtenidas sobre la presencia de factores políticos como «gatilladores» de la violencia en los estadios, pude constatar que los insultos que mutuamente se lanzaban los «barristas», tenían que ver con hechos de la política nacional que correspondían al período del gobierno militar. En una breve síntesis, los hechos puntuales a que se refieren son los siguientes: cuando en 1988 la oposición ganó la Consulta al gobierno militar, se terminó en la práctica la lucha política y la identificación de los jóvenes de las poblaciones con las movilizaciones políticas en contra de éste. Desde el punto de vista de los jóvenes entrevistados, se habría perdido un espacio: el formado por las barricadas; también un acontecimiento: la lucha política. Con la desaparición de ambos, cesó también un protagonismo que, a veces, implicaba exponerse a ser baleado, detenido, con las secuelas de este tipo de desgracias. Después, los jóvenes esperaban que se les facilitara en los hechos un traspaso hacia el nuevo espacio que se les había ofrecido durante la campaña política de oposición al gobierno militar.
Por otra parte, en el caso específico de Los de Abajo, éstos declaran estar aún resentidos por los problemas que tuvo la Universidad de Chile y el club deportivo de ésta. Juntan a ambas instituciones en sus reclamos. Expresan su malestar por los rectores delegados que desmembraron a la Universidad quitándoles sus sedes regionales a lo largo del país, y que separaron de ésta a su club deportivo –la «U»–. También alegan por malos manejos financieros en el club que terminaron por arruinarlo. No había dinero para pagar la planilla de sueldos de los jugadores. La deuda era del orden de los 1.500 millones de pesos. Y frente a estas desgracias sufridas por su club, no soportan que el club Colo Colo se hubiese beneficiado con el mismo régimen político que habría colaborado a la ruina de sus dos instituciones.
Me remitiré a las declaraciones de dos «barristas» que pertenecen a cada una de las barras estudiadas, las que pueden ser presentadas como dos monólogos complementarios sobre un mismo tema. De uno de Los de Abajo: "–Hay odio hacia La Garra Blanca. El «archirrival» del club es el Colo Colo. Contra otros equipos no es tanto. Con los cantos nos ofenden y nosotros también a ellos. Nos gritan "fracasados" porque hace muchos años que no ganamos ni una «estrella» [campeonato]. Pero ellos las estrellas se las ganaron con la ayuda del gobierno militar, y a nosotros éste jamás nos dio un peso. Les pagaron el sitio del Monumental [el lugar donde edificaron su estadio] y varias otras cosas más. Por eso nosotros les contestamos sus insultos con el grito: "–¡Indio vendido!" (...). La «barra» nuestra estaba cantando "–Vamos a romper, vamos a romper, el estadio de Pinochet." Se sabía que el estadio era de Pinochet, ningún dato concreto, pero en el fondo se sabía que había plata metida. Por eso, ya adentro del estadio, entramos a romperlo. Claro, no era hacerle tira la casa de Lo Curro, pero era hacerle tira el estadio, que era algo visible. La gente del Colo Colo hervía de rabia y gritaba "–¡No, si Pinochet no es del Colo Colo." Entonces, les respondíamos: "–Olé, olé, esa es la barra de Pinochet." Y se cantaba mientras se hacía tira el estadio, más que nada por Pinochet. Esos tipos hervían de rabia, más que si les hubieran dicho que eran «cogoteros». Vi a varios junto a nosotros cantando y gritando cosas sobre Allende y cuestiones sobre el Che Guevara. Pero esos no eran cantos de la «barra», ni tampoco me parecieron tipos conocidos."
Sobre el mismo episodio, el punto de vista de un miembro de La Garra Blanca: "–La barra de la «U» destruyó el estadio nuestro y todos reaccionamos violentamente porque veíamos cómo nos hacían tira lo nuestro. Carabineros no hacía nada para controlarlos. Nos hacían tira el estadio y ellos [los carabineros] no «ponían mano» [no intervenían]. De repente, se formó la pelea, porque hubo un sentimiento general que Los de Abajo tenían que «pagar» por lo hecho [en el sentido de expiar la culpa mediante un castigo corporal].
¿Cómo no se ha intentado proporcionar una aclaración sobre lo anterior, que oriente una solución a los enfrentamientos por esta causa? Entiendo que cabe el recurso de la duda y la necesidad de pedir aclaraciones en cosas tan delicadas. Que es posible que en algunos casos sean rumores convertidos en leyendas que le dan sentido a algunas conductas grupales. Pero ellos las creen, y eso es importante tenerlo en consideración para cualquier análisis. Porque, aun cuando sean falsas, en lo que atañe a las consecuencias que producen, entre otras la violencia, son tan reales como una bomba. Aquí vale el teorema del sociólogo W. Thomas: "Si los hombres definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias."
Por otra parte, a veces, la violencia con referencia a lo político excede las razones puntuales dadas anteriormente. En algunos casos, las declaraciones se refieren a un ámbito más general para explicarla. Como por ejemplo, la siguiente declaración de un entrevistado: "–Antes estaban las protestas, ahora es esto. En el estadio podí’ gritar: ‘–Lo importante es la amistad, lo importante es ser rebelde para alcanzar la libertad’. La rebeldía como que pega en el estadio. En el estadio fue el primer lugar en donde se gritó en pleno gobierno militar contra la dictadura. La libertad ahora está ahí. El cambio [se refiere al cambio político] no está en ninguna otra parte, sino que ahí [en el estadio]."
A veces, se da una violencia y una agresión dentro de una ritualización normatizada. Otras, una violencia no ritualizada que es mero vandalismo; el freno a la violencia fluctúa entre la propia conciencia y la falta de una conciencia de sí en la situación grupal de violencia que lleva al vandalismo. En este vaivén, pueden jugar su baza aquéllos que, deliberadamente, pueden haber organizado desde fuera los sucesos y, una vez producido el clímax emocional, manipular las acciones llevando la agresión potenciada hacia determinados focos. Como también, dejar que la violencia se escape de los cauces que la regulan, para que opere como mero terror desatado, sin ningún control.
Entre los niños y jóvenes que se ven envueltos en los enfrentamientos, se hace necesario incluir personas de distinta índole. Cuando uno ve salir desde el estadio en un grupo compacto a los partidarios de un club, debe entender que entre ellos van los «oficiantes del pozo», pero también los que participan junto a ellos como son los hinchas y, otros, que por cuenta propia o ajena, incitarán, promoverán o realizarán actos de violencia. ¿Cómo deslindar fronteras claras y precisas? Hay algo que sí estaría claro. La preparación de los guerreros de las sociedades tribales, señalaba sin lugar a dudas, mediante danzas ceremoniales y rituales acompañados por golpes de tambores, que el objetivo final era preparar para la guerra, para la destrucción de las bandas enemigas. Pero, por el contrario, los ceremoniales y rituales de los del «pozo» reafirman una pasión y una entrega que tiene mucho de religioso, de ofrenda de sí mismos, y que con su "sudor y sangre" «hacen el gol» para que su equipo resulte vencedor. La energía que se libera ahí, en el pozo, logrado o no el propósito de ella, se agota ahí, en el pozo mismo en donde que genera. De ahí que, a mi parecer, ellos, los del pozo, los únicos que pueden ser señalados con el nombre de «barristas», no son los que protagonizan hechos de violencia. ¿Quiénes, entonces? Desde hace a los menos diez años, aproximadamente, que estos hechos se vienen produciendo. Si a alguien se le ha ocurrido durante todo este tiempo observar los hechos de violencia, con una mirada amplia y no sólo dirigida a los focos en donde ocurre ésta, con seguridad habría distinguido a los que están siempre en cualquier desmán que se produzca, sobre todo a los que no son parte de ningún club ni partidarios de ningún equipo y sólo se destacan por el rol de provocadores. Además, habría visualizado a las distintas clases de actores que confluyen en los enfrentamientos: –actores entrenados para éstos, que tienen una intención previa de crearlos y usarlos para sus propios intereses; –actores que, sin una intención previa, tienen una disposición hacia los hechos de violencia y participan en ellos; –actores que se dejan arrastrar por los dispositivos de violencia que empiezan a operar en el escenario, pero que no son personas violentas sino que «juegan» el drama, con un sentido de disfrute, de gozo; ellos actúan en el escenario roles que tienen que ver más con lo lúdico que con otra cosa; –actores que están asustados por lo que pasa, que no cometen hechos de violencia, pero que quedan como «clavados» ahí, por una razón u otra: porque no saben hacia dónde correr, o por algún tipo de lealtad con sus amigos; y, finalmente, –los "mirones".
Reconozco que es difícil comprender a cabalidad lo que sucede a nivel de los enfrentamientos. Si uno se coloca como un observador neutral frente a los escenarios y acontecimientos, en donde la fuerza policial y los barristas se encuentran en una situación de enfrentamiento, no sería raro encontrar algunos vacíos de racionalidad en lo que sucede, o tener que buscar racionalidades no explicitadas fácilmente por los hechos. Se podría descubrir el juego de los simulacros a que hace referencia J. Baudrillard(11), en donde están los desmanes permitidos y dentro de cauces ya previstos, aunque parezcan sobrepasar los cauces según el punto de vista de los espectadores comunes. Se sabe de antemano por donde debe correr lo que debe correr. Se llega a la ciencia ficción o a la ficción en las manos del fenómeno político. Esto se puede observar en las grandes ciudades europeas, norteamericanas y del sudeste asiático. El solo hecho de observar el carro policial marcado como de viruela a consecuencia de las pedradas de los jóvenes, adolescentes y, a veces, niños, se nos hace difícil remitirnos a un enfrentamiento «en serio» contra carros policiales blindados y armados. Eso permite la lectura de que no es una «guerra», sino un juego en el que subyace la convicción de que el carro es sólo un «chivo expiatorio» ofrecido a la furia de los jóvenes armados de piedras. Que el carro no se empleará para aquello que fue fabricado: repeler y disparar agua, balas, balines o gases, sino para simular un enfrentamiento y guiar la violencia. No puede haber guerra entre un grupo que está armado de cascos, escudos y metralletas, y otro armado de camisetas de algodón, piedras y palos. De esto surge una pregunta: ¿de dónde salen las bombas «molotov» que se lanzan, a veces, a los carros policiales? Difícilmente de los bolsillos de los «barristas», ya que ellos han sido revisados por la policía al entrar al estadio. Tampoco es plausible que hayan saltado durante hora y media en el «pozo» y, además, hayan hecho carreras cortas golpeando hombro contra hombro, todo esto con una «bomba molotov» en los bolsillos. Y, como hemos podido observar, el ánimo con que salen del estadio los barristas no corresponde realmente a una "furia" que lleve a la violencia, sino más bien es una exaltación después de haber cumplido los rituales de ofrenda y entrega para llevar a su equipo al triunfo. Entonces, las «bombas molotov» salen de bolsillos que no pasaron por revisión alguna y que no estuvieron en el «pozo». Luego, ¿cómo explicar lo que sucede, realmente? Estimo que se trata de un fenómeno difícil de interpretar. Se puede producir aquí, por la multiplicidad de datos y de posibles direcciones, una especie de esquizofrenia interpretativa para todos los gustos. ¿Es un enfrentamiento real? ¿Es un espectáculo solamente? ¿Es una representación multifuncional para diferentes y contrapuestas instituciones y organizaciones? ¿Se utilizan como «distractores» para sacar de la luz pública ciertos hechos u ocultarlos? ¿es un fundamentalismo de izquierda que quiere desestabilizar al gobierno? ¿O es uno de derecha que, además, quiere hacer aparecer como culpable al de izquierda? Entonces ¿A quienes obedecen los «infiltrados»? ¿O es una acción de «marketing» que usa la televisión para satisfacer nuestra propia y enfermiza solicitación compulsiva de violencia, preparándonos para el próximo partido? También puede ser un escenario pensado, diseñado, en donde se terminen de liberar las tensiones que restaron del escenario del estadio, bajo la vigilante mirada de lo policial, y también de la prensa, de la radio y de la televisión. Todo lo cual será visto por nosotros frente al televisor en nuestra casa, con una cerveza en la mano. Y, entremedio, los avisos publicitarios que aprovechan la subida del «rating» por los acontecimientos editados para la pantalla.
Lo que sorprendió en un acontecimiento como el del estadio Heysel de Bruselas, en 1985, no fue únicamente la violencia producida, sino, mayormente, "que esa violencia fuera «mundializada» por la televisión, la violencia disfrazada por la mundialización." Para Baudrillard "todos nosotros somos cómplices en la espera de un libreto fatal, aunque nos sintamos conmocionados o alterados cuando se escenifica. Se comentó que la policía de Bruselas no hizo nada para prevenir el estallido de violencia, pero lo que no puede prevenir ninguna policía es esta especie de vértigo, de solicitación colectiva del modelo terrorista. Pienso que también puede ser conceptualizada como una complicidad por solicitación consciente o inconsciente de hechos violentos (...) No es un enfrentamiento de fuerzas hostiles, un choque de pasiones antagonistas; es la resultante de fuerzas ociosas e indiferentes (de las que forman parte los espectadores inertes de la televisión). La violencia de los hooligans es una forma exacerbada de la indiferencia, que encuentra tanto eco porque juega con la cristalización homicida de la indiferencia. Más que un acontecimiento, esta violencia es, en el fondo, al igual que el terrorismo, la forma explosiva que adopta la ausencia de acontecimiento(12)."
Tal vez no quede otra alternativa que pensar el deporte profesional, no ya desde lo que fue cuando era una práctica de aficionados, sino desde lo que es hoy, y tener claro qué es lo que se le requiere ser, desde el espectador mismo, desde la industria que gira en torno al fútbol profesional, desde los dirigentes nacionales y sus vinculaciones internacionales, desde la FIFA, etc.
No obstante, uno puede observar todavía en ligas de barrio o en zonas rurales, que tanto para el jugador como para el espectador de una competencia a ese nivel, no se precisa contar con grandes espectáculos ni rendimientos. Y se puede observar también, que un partido de fútbol en este tipo de escenarios, permite a todos los que se ven envueltos en él –jugadores y espectadores–, una involucración que se siente significativa, un clima que facilita que cualquiera pueda hacer llegar sus sugerencias y sentir que ellas tienen un valor; sentirse con alguna autoridad para participar en las decisiones, en fin, para integrarse a cualquier alegato de manera participativa, porque todos pertenecen al mismo ambiente. En estos escenarios, el partido de fútbol es una configuración cultural total. En donde están los jugadores rodeados por su parientes, amigos y vecinos; y, si hay puñetes, el reconocimiento de un rostro aminora el golpe y no hay odio ni ensañamiento. La cancha es un lugar de encuentros, en donde se da un acontecimiento social tanto o más importante que el partido. Son eventos parecidos a lo que señalábamos como "juego" diferenciándolo al deporte profesional. Pero sin el ingrediente de la sacralización.
La difusión del deporte, como experiencia de vida, necesita de alguna planificación más allá de la pura implementación de infraestructuras. No basta construir multicanchas a lo largo del país. Es necesario educar para el deporte. Estimo que para que sea realmente funcional una política de desarrollo del deporte sería preciso que, además de construir campos deportivos, es preciso dotarlos con monitores capacitados para la promoción y la enseñanza de diferentes deportes, y éstos bien podrían salir de las propias comunidades; jóvenes a los que se les puede dar la oportunidad de capacitarse en una profesión técnica que podrán ejercer en sus propias localidades, con su propia gente. Pero, además, encuentro importante buscar impregnar a la actividad deportiva de una doctrina básica que cultive un modo de ser distinto de hacer deporte, que establezca una cultura, un "modo de ver" el deporte que, en el fútbol profesional, se hace cada vez más necesario: que el «contrario» es realmente un amigo que, ocasionalmente, se ha puesto al frente, con el fin de disfrutar y hacer disfrutar a los espectadores, de una competición recreativa. Y esta complementariedad amistosa de los jugadores debiera transmitirse a los espectadores, hinchas y barristas.
En un deporte que se presta para acciones mucho más rudas y, a veces, agresivas que en el fútbol, incluso donde las primeras están permitidas dentro del reglamento de juego, como es en el rugby, generalmente, las consecuencias negativas se aminoran y los rencores no afloran fácilmente. Tanto el público en general como los hinchas en particular, saben de antemano que después del partido estarán todos los jugadores, árbitros y dirigentes departiendo unas onces, un almuerzo o unas cervezas mezcladas con ginger ale. Se trata de una vieja «cultura del tercer tiempo». Lamentablemente, he sabido que existe un descuido de esta práctica en el rugby desde hace algunos años.
En el fútbol profesional sería muy provechoso que los espectadores, hinchas y barristas pudiesen informarse a través de los medios de comunicación, principalmente en la televisión por la cobertura que tiene, que después de llevado a cabo un partido, los jugadores de los dos equipos, por ejemplo, la Universidad de Chile y el Colo Colo, luego de jugadas vehementes, con muchas acciones bruscas, comparten un «tercer tiempo» en torno a una mesa, en el living de un hotel o en alguna de las dos sedes, conversando, aclarando dudas, comentando las jugadas y, por qué no, discutiendo. Y los árbitros y los dirigentes también. Si existe el ánimo y la voluntad de cambiar el clima de beligerancia y violencia en el fútbol profesional, todo esfuerzo, toda idea más o menos racional debiera intentarse. Se trata de cambiar un «modo de ser» marcado por un complejo cultural que orienta hacia lo agresivo, por otro «modo de ser» distinto, lo que resulta bastante difícil, pero no imposible. A menos que se piense que con una transformación de este tipo el «rating» bajaría, que se perderían auspiciadores, que habría menos asistencia de público a los estadios, que los jugadores bajarían de precio, que así los empresarios perderían sus inversiones y lo mismo algunos dirigentes. Pero, entonces, habría que dejarse de hipocresías.
De las declaraciones obtenidas sobre la presencia de factores políticos como «gatilladores» de la violencia en los estadios, pude constatar que los insultos que mutuamente se lanzaban los «barristas», tenían que ver con hechos de la política nacional que correspondían al período del gobierno militar. En una breve síntesis, los hechos puntuales a que se refieren son los siguientes: cuando en 1988 la oposición ganó la Consulta al gobierno militar, se terminó en la práctica la lucha política y la identificación de los jóvenes de las poblaciones con las movilizaciones políticas en contra de éste. Desde el punto de vista de los jóvenes entrevistados, se habría perdido un espacio: el formado por las barricadas; también un acontecimiento: la lucha política. Con la desaparición de ambos, cesó también un protagonismo que, a veces, implicaba exponerse a ser baleado, detenido, con las secuelas de este tipo de desgracias. Después, los jóvenes esperaban que se les facilitara en los hechos un traspaso hacia el nuevo espacio que se les había ofrecido durante la campaña política de oposición al gobierno militar.
Por otra parte, en el caso específico de Los de Abajo, éstos declaran estar aún resentidos por los problemas que tuvo la Universidad de Chile y el club deportivo de ésta. Juntan a ambas instituciones en sus reclamos. Expresan su malestar por los rectores delegados que desmembraron a la Universidad quitándoles sus sedes regionales a lo largo del país, y que separaron de ésta a su club deportivo –la «U»–. También alegan por malos manejos financieros en el club que terminaron por arruinarlo. No había dinero para pagar la planilla de sueldos de los jugadores. La deuda era del orden de los 1.500 millones de pesos. Y frente a estas desgracias sufridas por su club, no soportan que el club Colo Colo se hubiese beneficiado con el mismo régimen político que habría colaborado a la ruina de sus dos instituciones.
Me remitiré a las declaraciones de dos «barristas» que pertenecen a cada una de las barras estudiadas, las que pueden ser presentadas como dos monólogos complementarios sobre un mismo tema. De uno de Los de Abajo: "–Hay odio hacia La Garra Blanca. El «archirrival» del club es el Colo Colo. Contra otros equipos no es tanto. Con los cantos nos ofenden y nosotros también a ellos. Nos gritan "fracasados" porque hace muchos años que no ganamos ni una «estrella» [campeonato]. Pero ellos las estrellas se las ganaron con la ayuda del gobierno militar, y a nosotros éste jamás nos dio un peso. Les pagaron el sitio del Monumental [el lugar donde edificaron su estadio] y varias otras cosas más. Por eso nosotros les contestamos sus insultos con el grito: "–¡Indio vendido!" (...). La «barra» nuestra estaba cantando "–Vamos a romper, vamos a romper, el estadio de Pinochet." Se sabía que el estadio era de Pinochet, ningún dato concreto, pero en el fondo se sabía que había plata metida. Por eso, ya adentro del estadio, entramos a romperlo. Claro, no era hacerle tira la casa de Lo Curro, pero era hacerle tira el estadio, que era algo visible. La gente del Colo Colo hervía de rabia y gritaba "–¡No, si Pinochet no es del Colo Colo." Entonces, les respondíamos: "–Olé, olé, esa es la barra de Pinochet." Y se cantaba mientras se hacía tira el estadio, más que nada por Pinochet. Esos tipos hervían de rabia, más que si les hubieran dicho que eran «cogoteros». Vi a varios junto a nosotros cantando y gritando cosas sobre Allende y cuestiones sobre el Che Guevara. Pero esos no eran cantos de la «barra», ni tampoco me parecieron tipos conocidos."
Sobre el mismo episodio, el punto de vista de un miembro de La Garra Blanca: "–La barra de la «U» destruyó el estadio nuestro y todos reaccionamos violentamente porque veíamos cómo nos hacían tira lo nuestro. Carabineros no hacía nada para controlarlos. Nos hacían tira el estadio y ellos [los carabineros] no «ponían mano» [no intervenían]. De repente, se formó la pelea, porque hubo un sentimiento general que Los de Abajo tenían que «pagar» por lo hecho [en el sentido de expiar la culpa mediante un castigo corporal].
¿Cómo no se ha intentado proporcionar una aclaración sobre lo anterior, que oriente una solución a los enfrentamientos por esta causa? Entiendo que cabe el recurso de la duda y la necesidad de pedir aclaraciones en cosas tan delicadas. Que es posible que en algunos casos sean rumores convertidos en leyendas que le dan sentido a algunas conductas grupales. Pero ellos las creen, y eso es importante tenerlo en consideración para cualquier análisis. Porque, aun cuando sean falsas, en lo que atañe a las consecuencias que producen, entre otras la violencia, son tan reales como una bomba. Aquí vale el teorema del sociólogo W. Thomas: "Si los hombres definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias."
Por otra parte, a veces, la violencia con referencia a lo político excede las razones puntuales dadas anteriormente. En algunos casos, las declaraciones se refieren a un ámbito más general para explicarla. Como por ejemplo, la siguiente declaración de un entrevistado: "–Antes estaban las protestas, ahora es esto. En el estadio podí’ gritar: ‘–Lo importante es la amistad, lo importante es ser rebelde para alcanzar la libertad’. La rebeldía como que pega en el estadio. En el estadio fue el primer lugar en donde se gritó en pleno gobierno militar contra la dictadura. La libertad ahora está ahí. El cambio [se refiere al cambio político] no está en ninguna otra parte, sino que ahí [en el estadio]."
A veces, se da una violencia y una agresión dentro de una ritualización normatizada. Otras, una violencia no ritualizada que es mero vandalismo; el freno a la violencia fluctúa entre la propia conciencia y la falta de una conciencia de sí en la situación grupal de violencia que lleva al vandalismo. En este vaivén, pueden jugar su baza aquéllos que, deliberadamente, pueden haber organizado desde fuera los sucesos y, una vez producido el clímax emocional, manipular las acciones llevando la agresión potenciada hacia determinados focos. Como también, dejar que la violencia se escape de los cauces que la regulan, para que opere como mero terror desatado, sin ningún control.
Entre los niños y jóvenes que se ven envueltos en los enfrentamientos, se hace necesario incluir personas de distinta índole. Cuando uno ve salir desde el estadio en un grupo compacto a los partidarios de un club, debe entender que entre ellos van los «oficiantes del pozo», pero también los que participan junto a ellos como son los hinchas y, otros, que por cuenta propia o ajena, incitarán, promoverán o realizarán actos de violencia. ¿Cómo deslindar fronteras claras y precisas? Hay algo que sí estaría claro. La preparación de los guerreros de las sociedades tribales, señalaba sin lugar a dudas, mediante danzas ceremoniales y rituales acompañados por golpes de tambores, que el objetivo final era preparar para la guerra, para la destrucción de las bandas enemigas. Pero, por el contrario, los ceremoniales y rituales de los del «pozo» reafirman una pasión y una entrega que tiene mucho de religioso, de ofrenda de sí mismos, y que con su "sudor y sangre" «hacen el gol» para que su equipo resulte vencedor. La energía que se libera ahí, en el pozo, logrado o no el propósito de ella, se agota ahí, en el pozo mismo en donde que genera. De ahí que, a mi parecer, ellos, los del pozo, los únicos que pueden ser señalados con el nombre de «barristas», no son los que protagonizan hechos de violencia. ¿Quiénes, entonces? Desde hace a los menos diez años, aproximadamente, que estos hechos se vienen produciendo. Si a alguien se le ha ocurrido durante todo este tiempo observar los hechos de violencia, con una mirada amplia y no sólo dirigida a los focos en donde ocurre ésta, con seguridad habría distinguido a los que están siempre en cualquier desmán que se produzca, sobre todo a los que no son parte de ningún club ni partidarios de ningún equipo y sólo se destacan por el rol de provocadores. Además, habría visualizado a las distintas clases de actores que confluyen en los enfrentamientos: –actores entrenados para éstos, que tienen una intención previa de crearlos y usarlos para sus propios intereses; –actores que, sin una intención previa, tienen una disposición hacia los hechos de violencia y participan en ellos; –actores que se dejan arrastrar por los dispositivos de violencia que empiezan a operar en el escenario, pero que no son personas violentas sino que «juegan» el drama, con un sentido de disfrute, de gozo; ellos actúan en el escenario roles que tienen que ver más con lo lúdico que con otra cosa; –actores que están asustados por lo que pasa, que no cometen hechos de violencia, pero que quedan como «clavados» ahí, por una razón u otra: porque no saben hacia dónde correr, o por algún tipo de lealtad con sus amigos; y, finalmente, –los "mirones".
Reconozco que es difícil comprender a cabalidad lo que sucede a nivel de los enfrentamientos. Si uno se coloca como un observador neutral frente a los escenarios y acontecimientos, en donde la fuerza policial y los barristas se encuentran en una situación de enfrentamiento, no sería raro encontrar algunos vacíos de racionalidad en lo que sucede, o tener que buscar racionalidades no explicitadas fácilmente por los hechos. Se podría descubrir el juego de los simulacros a que hace referencia J. Baudrillard(11), en donde están los desmanes permitidos y dentro de cauces ya previstos, aunque parezcan sobrepasar los cauces según el punto de vista de los espectadores comunes. Se sabe de antemano por donde debe correr lo que debe correr. Se llega a la ciencia ficción o a la ficción en las manos del fenómeno político. Esto se puede observar en las grandes ciudades europeas, norteamericanas y del sudeste asiático. El solo hecho de observar el carro policial marcado como de viruela a consecuencia de las pedradas de los jóvenes, adolescentes y, a veces, niños, se nos hace difícil remitirnos a un enfrentamiento «en serio» contra carros policiales blindados y armados. Eso permite la lectura de que no es una «guerra», sino un juego en el que subyace la convicción de que el carro es sólo un «chivo expiatorio» ofrecido a la furia de los jóvenes armados de piedras. Que el carro no se empleará para aquello que fue fabricado: repeler y disparar agua, balas, balines o gases, sino para simular un enfrentamiento y guiar la violencia. No puede haber guerra entre un grupo que está armado de cascos, escudos y metralletas, y otro armado de camisetas de algodón, piedras y palos. De esto surge una pregunta: ¿de dónde salen las bombas «molotov» que se lanzan, a veces, a los carros policiales? Difícilmente de los bolsillos de los «barristas», ya que ellos han sido revisados por la policía al entrar al estadio. Tampoco es plausible que hayan saltado durante hora y media en el «pozo» y, además, hayan hecho carreras cortas golpeando hombro contra hombro, todo esto con una «bomba molotov» en los bolsillos. Y, como hemos podido observar, el ánimo con que salen del estadio los barristas no corresponde realmente a una "furia" que lleve a la violencia, sino más bien es una exaltación después de haber cumplido los rituales de ofrenda y entrega para llevar a su equipo al triunfo. Entonces, las «bombas molotov» salen de bolsillos que no pasaron por revisión alguna y que no estuvieron en el «pozo». Luego, ¿cómo explicar lo que sucede, realmente? Estimo que se trata de un fenómeno difícil de interpretar. Se puede producir aquí, por la multiplicidad de datos y de posibles direcciones, una especie de esquizofrenia interpretativa para todos los gustos. ¿Es un enfrentamiento real? ¿Es un espectáculo solamente? ¿Es una representación multifuncional para diferentes y contrapuestas instituciones y organizaciones? ¿Se utilizan como «distractores» para sacar de la luz pública ciertos hechos u ocultarlos? ¿es un fundamentalismo de izquierda que quiere desestabilizar al gobierno? ¿O es uno de derecha que, además, quiere hacer aparecer como culpable al de izquierda? Entonces ¿A quienes obedecen los «infiltrados»? ¿O es una acción de «marketing» que usa la televisión para satisfacer nuestra propia y enfermiza solicitación compulsiva de violencia, preparándonos para el próximo partido? También puede ser un escenario pensado, diseñado, en donde se terminen de liberar las tensiones que restaron del escenario del estadio, bajo la vigilante mirada de lo policial, y también de la prensa, de la radio y de la televisión. Todo lo cual será visto por nosotros frente al televisor en nuestra casa, con una cerveza en la mano. Y, entremedio, los avisos publicitarios que aprovechan la subida del «rating» por los acontecimientos editados para la pantalla.
Lo que sorprendió en un acontecimiento como el del estadio Heysel de Bruselas, en 1985, no fue únicamente la violencia producida, sino, mayormente, "que esa violencia fuera «mundializada» por la televisión, la violencia disfrazada por la mundialización." Para Baudrillard "todos nosotros somos cómplices en la espera de un libreto fatal, aunque nos sintamos conmocionados o alterados cuando se escenifica. Se comentó que la policía de Bruselas no hizo nada para prevenir el estallido de violencia, pero lo que no puede prevenir ninguna policía es esta especie de vértigo, de solicitación colectiva del modelo terrorista. Pienso que también puede ser conceptualizada como una complicidad por solicitación consciente o inconsciente de hechos violentos (...) No es un enfrentamiento de fuerzas hostiles, un choque de pasiones antagonistas; es la resultante de fuerzas ociosas e indiferentes (de las que forman parte los espectadores inertes de la televisión). La violencia de los hooligans es una forma exacerbada de la indiferencia, que encuentra tanto eco porque juega con la cristalización homicida de la indiferencia. Más que un acontecimiento, esta violencia es, en el fondo, al igual que el terrorismo, la forma explosiva que adopta la ausencia de acontecimiento(12)."
Tal vez no quede otra alternativa que pensar el deporte profesional, no ya desde lo que fue cuando era una práctica de aficionados, sino desde lo que es hoy, y tener claro qué es lo que se le requiere ser, desde el espectador mismo, desde la industria que gira en torno al fútbol profesional, desde los dirigentes nacionales y sus vinculaciones internacionales, desde la FIFA, etc.
No obstante, uno puede observar todavía en ligas de barrio o en zonas rurales, que tanto para el jugador como para el espectador de una competencia a ese nivel, no se precisa contar con grandes espectáculos ni rendimientos. Y se puede observar también, que un partido de fútbol en este tipo de escenarios, permite a todos los que se ven envueltos en él –jugadores y espectadores–, una involucración que se siente significativa, un clima que facilita que cualquiera pueda hacer llegar sus sugerencias y sentir que ellas tienen un valor; sentirse con alguna autoridad para participar en las decisiones, en fin, para integrarse a cualquier alegato de manera participativa, porque todos pertenecen al mismo ambiente. En estos escenarios, el partido de fútbol es una configuración cultural total. En donde están los jugadores rodeados por su parientes, amigos y vecinos; y, si hay puñetes, el reconocimiento de un rostro aminora el golpe y no hay odio ni ensañamiento. La cancha es un lugar de encuentros, en donde se da un acontecimiento social tanto o más importante que el partido. Son eventos parecidos a lo que señalábamos como "juego" diferenciándolo al deporte profesional. Pero sin el ingrediente de la sacralización.
La difusión del deporte, como experiencia de vida, necesita de alguna planificación más allá de la pura implementación de infraestructuras. No basta construir multicanchas a lo largo del país. Es necesario educar para el deporte. Estimo que para que sea realmente funcional una política de desarrollo del deporte sería preciso que, además de construir campos deportivos, es preciso dotarlos con monitores capacitados para la promoción y la enseñanza de diferentes deportes, y éstos bien podrían salir de las propias comunidades; jóvenes a los que se les puede dar la oportunidad de capacitarse en una profesión técnica que podrán ejercer en sus propias localidades, con su propia gente. Pero, además, encuentro importante buscar impregnar a la actividad deportiva de una doctrina básica que cultive un modo de ser distinto de hacer deporte, que establezca una cultura, un "modo de ver" el deporte que, en el fútbol profesional, se hace cada vez más necesario: que el «contrario» es realmente un amigo que, ocasionalmente, se ha puesto al frente, con el fin de disfrutar y hacer disfrutar a los espectadores, de una competición recreativa. Y esta complementariedad amistosa de los jugadores debiera transmitirse a los espectadores, hinchas y barristas.
En un deporte que se presta para acciones mucho más rudas y, a veces, agresivas que en el fútbol, incluso donde las primeras están permitidas dentro del reglamento de juego, como es en el rugby, generalmente, las consecuencias negativas se aminoran y los rencores no afloran fácilmente. Tanto el público en general como los hinchas en particular, saben de antemano que después del partido estarán todos los jugadores, árbitros y dirigentes departiendo unas onces, un almuerzo o unas cervezas mezcladas con ginger ale. Se trata de una vieja «cultura del tercer tiempo». Lamentablemente, he sabido que existe un descuido de esta práctica en el rugby desde hace algunos años.
En el fútbol profesional sería muy provechoso que los espectadores, hinchas y barristas pudiesen informarse a través de los medios de comunicación, principalmente en la televisión por la cobertura que tiene, que después de llevado a cabo un partido, los jugadores de los dos equipos, por ejemplo, la Universidad de Chile y el Colo Colo, luego de jugadas vehementes, con muchas acciones bruscas, comparten un «tercer tiempo» en torno a una mesa, en el living de un hotel o en alguna de las dos sedes, conversando, aclarando dudas, comentando las jugadas y, por qué no, discutiendo. Y los árbitros y los dirigentes también. Si existe el ánimo y la voluntad de cambiar el clima de beligerancia y violencia en el fútbol profesional, todo esfuerzo, toda idea más o menos racional debiera intentarse. Se trata de cambiar un «modo de ser» marcado por un complejo cultural que orienta hacia lo agresivo, por otro «modo de ser» distinto, lo que resulta bastante difícil, pero no imposible. A menos que se piense que con una transformación de este tipo el «rating» bajaría, que se perderían auspiciadores, que habría menos asistencia de público a los estadios, que los jugadores bajarían de precio, que así los empresarios perderían sus inversiones y lo mismo algunos dirigentes. Pero, entonces, habría que dejarse de hipocresías.
Los Estadios como Espacios para el Desahogo
Los jóvenes, a su manera, expresan su descontento por una falta de claridad, de nitidez en su experiencia social, que les permita obtener una identidad cultural con alguna firmeza. Más bien lo difuso de la representación que logran hacerse de la sociedad que los enmarca y bajo la cual viven, les evidencia la falta de participación que experimentan en los hechos. Esto les crea –y no sólo a ellos, pero en ellos es más dramática–, una angustia e incertidumbre en lo que respecta a su identidad cultural y a su correlato, el sentido de pertenencia. Ellos se ven compulsados a la construcción de una identidad cultural que sea un reflejo de lo que han llegado a estimar como lo más significativo y que, además, es construcción de sentido, en ausencia de una orientación social y cultural que les abra el mundo a otras posibilidades, y una estructura social y económica que les permita acceder a ellas. Porque, a fin de cuentas, la cultura es como un vehículo que nos permite ir abriéndonos camino en las diferentes situaciones de interacción social en que nos encontramos, que nos da el sentido y dirección que tienen éstas y las orientaciones que las guían; asimismo, nos permite conocer las instituciones y organizaciones que estructuran nuestra vida; también nos señala los límites y alcances de las actividades, funciones y fines sociales que perseguimos. Igualmente nos da a conocer y nos prepara para interactuar en las diferentes redes de relaciones sociales en que participa o se encuentra todo miembro de la sociedad en que vivimos, dentro de una trama de acuerdos y desacuerdos, de diálogos, debates y enfrentamientos, en una dinámica que se encuadra en –o presiona sobre– las formas tradicionales de interpretar y actuar en el mundo. Mediante la cultura entendemos las distintas formas de capturar el espacio para transformarlo en vivienda, en templo, en teatro, en juego, en cuartel, en institución. Por el mismo camino, sabemos crear o utilizar las realizaciones artefactuales que provienen de la transformación o de la creación propias, y de aquellas originadas ya sea por el intercambio con otras culturas o como producto del comercio.
Y ausente el equilibrio que otorga una cultura integral, la búsqueda de una identificación por parte de los jóvenes muestra, a veces, asomos de desesperación. Y lo que encuentran son esos «acontecimientos–eventos» en los estadios, en donde vuelcan toda su capacidad de emoción, sentimientos y entrega. Y como son sólo destellos fugaces en sus vidas, tratan de no perder en ellos ni una sola gota de la breve participación que éstos les reportan.
Por ejemplo, en la investigación que llevé a cabo y que es sustento de este libro, pude descubrir que los jóvenes «barristas» privilegiaban la participación que lograban en los estadios durante los partidos de fútbol, por sobre la que obtenían al asistir a los conciertos de rock. En estos últimos, la necesidad de una fuerte y compulsiva expresión emotiva busca un lenguaje con el cual participar de pleno en lo que sucede en el escenario y que los aprisiona emocionalmente, pero sin dejarlos «ser el espectáculo»; así, en un concierto ofrecido por un conjunto extranjero que actuó en Santiago, los jóvenes expresaban su ansia de comunicación, de participación con el del lado, a quien no se conocía pero al que se quería involucrar en la misma emoción, utilizando un lenguaje «primario» que les ayudara a producir una especie de catarsis colectiva: y se daban empujones, golpes de puño y se escupían entre ellos. Y en el trasfondo, el consumo de drogas consolidaba al individuo con un grupo ajeno y a los grupos entre sí.
Pero en los estadios se produce un fenómeno mucho más atrayente desde el punto de vista del reconocimiento social para los que se sienten marginados. Los «barristas» pueden no solamente compartir el mismo espectáculo con la gente de clase media y clase alta, en el mismo recinto, aunque en localidades separadas, sino que ellos se pueden y se dan el lujo de ser un espectáculo para todas estas personas con las cuales en la vida diaria no tienen ni tendrán ningún contacto ni les despertarán interés alguno. Es sólo ahí donde pueden ganar una significación y un protagonismo que les otorga un reconocimiento que para ellos es una victoria, en el sentido que les permite prevalecer ante ellos, los «extraños».
Entonces, es el estadio el espacio conquistado por algunos de los jóvenes que se sienten marginados, en una búsqueda por constituirse en pueblo aparte, ya que estiman que no se los deja estar dentro de la sociedad en plenitud. Son simplemente los estadios, en donde se juegan los partidos del fútbol profesional. Han sido demarcados por los barristas como si fuesen verdaderas catedrales del medioevo, en donde el derecho de asilo se encontraría vigente; esto lo reafirmaba un «barrista» de la siguiente manera: "–Además, a los carabineros los tení’ encima y no te hacen nada. Claro que afueran te hacen mierda." ¿Cómo describen este «mundo» sus conquistadores?: "–En el estadio buscamos nuestro propio espacio. En los conciertos de «rock» hay una música (...) pero aquí en el estadio la cantamos nosotros. La podemos crear nosotros mismos. No es lo mismo que el «carrete» [esparcimiento] en los bloques [conjuntos de edificios de departamento en las poblaciones], en las plazas o en las esquinas. Aquí, en el estadio, hay pasiones, emociones que en otra parte no encontrai’. Yo lo siento muy fuerte. Hay una entrega total. Es la edad en la que uno busca jugársela por algo, como joven. Y el partido, la «barra», nos abre un camino viable para eso. Todos se sienten bien porque tienen un lugar en el que se les deja hacer lo que quieran. Pero más que nada, ser partícipes de algo que los motiva, que los llena de emoción; y nadie critica a nadie. Nadie siente vergüenza de expresar sus sentimientos."
En algunos jóvenes «barristas» se nota una desesperación que los hace manotear en el aire hacia todos lados, como aspas desquiciadas de un molino de viento, cuando tratan de expresarme lo que sienten: "–La tranca mayor es la falta de espacio. Los políticos los encuentro lo peor que hay. No hay caminos para los jóvenes. Hay un odio grande. Yo siento que me falta espacio. Me gustaría que hubiese más libertad, más espacio para hacer cosas. Yo veo que no funcionan las comunas. No existen para nosotros. Por eso estoy estudiando, para salir adelante. Pero tengo tantos amigos con los que «no pasa nada», que no tienen oportunidades y nunca se las van a dar. El vivir una «barra» es vivir una hermandad. Yo no estoy toda la semana con ellos. Pero se que ahí, en el estadio, vamos a vivir juntos algo supremo. Uno al lado del otro. Ese espacio ganado en el estadio es más importante que el equipo mismo."
Y también otro, en la misma línea: "–Yo pienso que en el estadio hay libertad, y no es que la gente que se encuentra en masa en el estadio te dé esa libertad. No es como esconderse. Es que en ninguna otra parte tení’ la libertad de hacer lo que querí’. Hay como una sola conciencia reflejada en cada uno. Y se fuma mariguana y se bebe vino o pisco. Como que no hay otra cosa que hacer para soltarse."
El alegato no deja lugar a dudas de que existe un cuestionamiento sentido profundamente por ellos, a la ausencia de espacios que puedan ser significativos, propicios a la construcción de sentidos. Hay escasez de fines sociales por la escasez de oportunidades sociales; de alcanzar mejores niveles de estudio, superar la desocupación para los mayores de 18 años, preocupación por el interregno vacío de significados para el que egresa de octavo básico y debe esperar cuatro años para poder insertarse en el campo del trabajo, ya que no cuenta con recursos económicos para seguir estudiando.
Sean cuales fueren los problemas que diferencian entre sí a los jóvenes pertenecientes a las «barras bravas», a las «tribus urbanas» y a todos aquéllos que sienten no estar en ninguno de los "proyectos de futuro" que se publicitan tan a menudo, es posible que compartan un sentimiento común de opresión, de inseguridad, una existencia opaca que no ofrece expectativas claras, definidas. El resultado es un resentimiento contra alguien o contra algo que perciben de manera difusa o, a veces, que dicen identificar con mucha lucidez. Se producen formas diferentes en la expresión de la violencia, sobre las cuales informan a veces los medios de comunicación sociales, con referencia a sucesos acaecidos en distintos escenarios y tipos de sujetos. Hechos de violencia en las calles o en espacios urbanos determinados del barrio alto, medio o bajo. Hace bastante tiempo que no es fácil adjudicar el fenómeno de la violencia a jóvenes, adolescentes o niños de un solo estrato social. Por otra parte, desde algún tiempo se favorece la segmentación de la sociedad estableciendo compartimentos en donde se desarrollan y afirman las diferencias biosociales, lo que es aprovechado por los jóvenes para definirse y cristalizar su diferencia con el «resto» social. Como decía anteriormente, estos pueden –y así sucede–, exceder mucho más allá de los espacios de los estadios donde se asilan los barristas, y también pueden no ser aficionados en absoluto al deporte. Aún cuando la investigación realizada tiene que ver con los barristas, creo que es conveniente recordar el hecho de que son cientos de miles los jóvenes que están en similar situación de «desenganche» de la sociedad. Y no solamente en las zonas urbanas, sino que también en las rurales.
En los últimos años, me ha tocado realizar investigaciones y diagnósticos socioculturales en la 6a, 7a y 8a regiones, lo que me ha permitido conocer, entre otros, algunos problemas que aquejan a los jóvenes de localidades rurales. De alguna manera semejante a los anteriores testimonios, en ellos se evidencia un sentimiento de decepción y de desaliento. De no ser escuchados, de estar demás. Un campesino de Duao, 7a región, de unos 16 años, manifestó en una reunión frente a otros jóvenes que habían planteado su desconcierto con respecto a imaginarse un futuro mejor que el que vivían como obreros agrícolas ocasionales, que por su edad "él se sentía abierto al mundo". Fue impresionante su modo de mirar el mundo de manera tan esperanzada; pero, al mismo tiempo, fue doloroso escucharlo, ya que, objetivamente, se le podía pronosticar una clausura dentro del «mundo» que vivía.
El joven «barrista», en general, vive un medio ambiente carencial, no solamente desde el punto de vista social, económico y cultural, sino también físico: de infraestructura y de diseño urbanístico. Entornos urbanos áridos, feos, aburridos, en donde la «opacidad» y la ausencia de acontecimientos significativos es lo predominante. Esto los llevan a vivir los encuentros sociales en la población como preparativos del «gran momento» que se vivirá en tal o cual partido. Hay una preparación mediante las conversaciones que identifican y anticipan los momentos de mayor emoción que podrán vivir en el estadio. Hasta el mismo día, antes de partir hacia el estadio, se ha estado en una «preparación» de los ánimos para un mundo «creado» por ellos fuera de la población. ¿Cómo se podría extender hacia esos medioambientes la magia y el encantamiento que dicen lograr en los estadios? Debiera ser motivo de preocupación del Estado el que los jóvenes sientan y expresen que sólo pueden vivir ahí, en el estadio, lo que consideran como lo más fundamental para sus vidas: "–Aquí, en el estadio, hay pasiones, emociones que en otra parte no encontrai". Es solamente en el estadio en donde pueden sentir que son: "–partícipes de algo que los motiva, que los llena de emoción".
En una dinámica de grupo realizada con jóvenes hinchas de clubes de fútbol, se dieron las siguientes opiniones relativas al tema:
"–Quizás el deporte, el fútbol o los conciertos, son la única expresión libertaria de los jóvenes hoy en día. Es por eso que en ellos se invoca un valor supremo.
–Yo creo que en las barras se están reventando, pero en serio. Allá todos «le hacen» [se drogan].
–Da pena que la energía de la juventud se esté gastando, desperdiciando, en esos escenarios. Podría ser utilizada en la sociedad.
–Yo creo que los jóvenes ya se aburrieron de tratar de hacer el cambio general de la sociedad. Ibamos a hacer el cambio juntos, y después no lo podí’ hacer y te quedai’ ahí no más.
–Cuando en el '89 nosotros saltábamos, yo saltaba viéndome en La Moneda, ésa era la estrategia de mi salto. O viendo a Chile en La Moneda. Pero hoy en día es otro el contenido del salto."
Pienso que si no hay otra "razón de ser" para estos jóvenes que la de estas vivencias de honda emoción logradas en los estadios –según las declaraciones que hemos ido transcribiendo a lo largo de este documento–, podría ser trágico que, por razones de variada índole, éstas dejaran de serles posible. ¿Qué podría acaecer, entonces? ¿Un vandalismo desatado, furioso? ¿Una autoagresión mediante un acto ritual de autosacrificio? El que todo esto resulte ser altamente problemático, se debe más que nada a la tardía preocupación por querer saber –o hacer notar–, el desarrollo que iban adoptando una serie de variables sociales, culturales, políticas y económicas, hasta lograr articularse como una férrea malla que apresó, como un todo, a los jóvenes marginales –no sólo por la pobreza–, al fútbol–espectáculo y a los estadios como escenario.
La etnografía sobre la «barra» de Los de Abajo, la realicé durante un partido del fútbol profesional, entre los equipos del club de la Universidad de Chile y del club Palestino. Este se llevó a cabo el jueves 13 de Mayo de 1993, a las 20 horas. El primero de ellos debía ganar este partido para poder mantener su opción en el grupo en el que competía. El grupo era liderado por el club Temuco con 9 puntos, luego estaba Palestino con 5 puntos, después la U. de Chile con 3 puntos y, finalmente, Ñublense con 0 puntos. Esta etnografía corresponde a una «mirada» distinta a la del diagnóstico antropológico del que hemos informado en la primera parte. Debo partir diciendo que una de las experiencias vividas durante el estudio que más me impresionó, fue la que sufrí cerca del ‘pozo’ de la barra de Los de Abajo. Y debo confesar que me fue muy difícil cumplir con la exigencia de traducir, para volcarlo en el libro, el evento que me tocó observar. Se trataba de rituales que semejaban un verdadero oratorio pagano, en donde primaba una agitación continua y un rebullir fervoroso, que hacían difícil el registro etnográfico. Era necesario para llevarlo a cabo realizar pinceladas simultáneas, multivalentes y multifacéticas. Por la forma y sentido de la experiencia sufrida, me sentía obligado a una traducción lo más fiel posible, sin descomponerlo en secuencias, lo que me haría perder no solo el movimiento orquestado de los sujetos oficiantes, sino también los aspectos sensoriales y emocionales que el evento me comunicaba. Era preciso ponerse en la situación de describir un evento que se diese, simultáneamente, en un ámbito–ambiente con un carácter total. Me obligué una experiencia imaginaria, en donde debía realizar una etnografía de una carrera de caballos, en un club hípico lleno de público y apostadores. Todo ello generando una «atmósfera» envolvente. Sentí la imperiosa necesidad de subirme a un caballo, y me vi corriendo junto a los jinetes, oí sus gritos y sus cábalas, sentí los latigazos al lado de mi cuerpo, olí el sudor de los caballos, escuché el clamor de los apostadores que urgían a jinetes y caballos, vi la tierra deslizándose bajo un torrente de cascos al galope, sentí que golpeaba mi cara una lluvia de terrones; y, arriba, una ola de jinetes y de fustas levantando una espuma de coloridas sedas.
En el relato que sigue, tuve la sensación de una similar experiencia. Me vi envuelto en un «campo intersubjetivo» de insospechada fuerza y emotividad. Y el relato resultante, debo confesar, no fue tanto un asunto de opción elegida.
1. El Relato
Dos horas antes de comenzar el partido, se encontraban unas pocas personas en las graderías debajo del marcador, en la zona sur del Estadio Nacional, sector que ocupan los miembros de la barra de Los de Abajo. Poco a poco se va juntando más gente. Unos jóvenes se encuentran colocando unos lienzos, cinco en total, en el sector sur, desde la parte alta en donde está el marcador electrónico hacia abajo hasta el sector de las rejas, en donde son amarrados. Llevan los colores de la «U»: rojo y azul.
Algunos muchachos, de no más de dieciséis años, corren de arriba a abajo por las graderías empujándose entre ellos, pero sin pretender hacer caer a nadie; pasan cerca mío y noto que, por lo menos uno, se encuentra visiblemente borracho.
Desde la entrada del estadio, el Tam–Tam del Bombo anuncia su llegada. Lo veo emerger desde una de las bocas que conecta las escaleras que suben desde los corredores que van por debajo de las graderías, hasta la entrada al sector en donde están ubicados los hinchas de la «U». Detrás del Bombo, acompañándolo con gritos, cantos y golpeando las palmas de las manos, vienen unos 60 jóvenes que pertenecen a un rango de edad que va desde los 12 hasta los 25 años. Se porta el Bombo como si fuera el «Santo Grial» que hará posible y dará sentido a la «liturgia» que se representará durante los 90 minutos del partido.
Algunos gritan ¡Ce–ache–í, Chi, l-e, le, chi–chi–chi, le–le–le, Universidad de Chile! Dale, dale, dale, león, dale...
En las galerías, veo matrimonios jóvenes acompañados de sus hijos, a los que les han comprado banderines, cintillos y gorros con símbolos de la «U». Los niños son los primeros que agitan sus banderas. También se ven jóvenes solos, con vestimentas que hacen pensar que se vinieron directamente de la oficina al partido.
El equipo de Palestino entra a la cancha por la «manga» de plástico que se implementa, transitoriamente, para que los jugadores que ingresan al campo no reciban los proyectiles lanzados desde las galerías. Se escuchan unos pocos silbidos desde la «barra azul»; se nota que lo importante en el partido no va a ser el contrario, sino el equipo «azul». Se cantan estrofas cortas que se usan para llamar al equipo a que entre a la cancha:
"Vamos, vamos
leones,
salgan campeones..."
"Cuando el
Bulla sale a la cancha
se levanta el clamor popular
el estadio se pone de pie
y la hinchada empieza a gritar."
"Porque te
quiero tanto
te vine a ver,
porque te quiero tanto
te vine a alentar,
sale Bulla de mi pasión
te llevo dentro del corazón."
Como respondiendo al llamado, ingresa por la «manga» el equipo de la Universidad de Chile, el equipo «azul». Algunos de sus jugadores, no más de siete, se acercan al sector en donde está la barra y levantan los brazos, saludándola. Es un gesto de reconocimiento, pero que noto muy mezquino, desabrido. Es una migaja que no corresponderá en absoluto a la entrega y al esfuerzo físico y emocional que les será ofrecido durante dos horas por los barristas. La barra no nota o no hace caso de este desapego y saluda a su equipo gritando con entusiasmo. Como decía antes, ellos se autodenominan como "bullangueros", en el sentido de revoltosos, bulliciosos. Y el término «Bulla», una derivación del anterior, lo utilizan para designar al club y al equipo.
Los vendedores ambulantes interrumpen de vez en cuando la vista de lo que ocurre en la cancha, al pasar por entre las graderías gritando sus mercancías: maní, emparedados con palta y jamón, bebidas, gorros, banderas e insignias de la «U».
Toda la actividad de los gritos, cantos, saltos, etc. surge del núcleo de la barra, el llamado «pozo», en donde se encuentran unos doscientos jóvenes. Yo me he ubicado cerca de ellos. Los jóvenes barristas son ordenados y dirigidos por los líderes a cargo del Bombo. Este va a ser tocado por lo menos durante unas dos horas, desde la llegada al estadio hasta que se sale de éste.
Sobre el muro divisorio que hace la separación del núcleo inferior de la barra hasta donde se ubica el Bombo y las cajas de percusión, se encuentran parados unos treinta niños, adolescentes y jóvenes, que van formados desde la derecha en donde se encuentra el Bombo, hasta topar a la izquierda al otro costado del muro. Ambos grupos convergen hacia el Bombo, y desde ahí incentivan a los hinchas del equipo de la «U» a cantar y a gritar. Los jóvenes que están parados sobre el muro, y cuya edad promedio no debe ser más allá de dieciséis años, casi no miran el partido. Su función es levantar el ánimo de los rezagados, de los remolones. Son los que «recogen» los gritos y cantos desde el «pozo» y los transmiten hacia los que se encuentran fuera de éste. Algunos demuestran su desesperación al ver que los hinchas no se contagian con el entusiasta e incesante saltar, cantar y gritar de la barra durante el partido, que ya han iniciado.
Como un juego, la barra de Los de Abajo comenzó a darse de topetones entre ellos, a veces produciendo choques bastante violentos, pero como una gracia, una forma de demostrar su alegría. Esto se hacía al ritmo de un canto: –"Movéte loco, movéte...", sin duda alguna de influencia argentina. Además, algunos se llevaban a la boca una «petaca» que, presumiblemente – según mis ayudantes –, contenía pisco.
Dos muchachos subidos al muro, cercanos al Bombo, gritan y hacen gestos de reconvención hacia la hinchada. Muestran caras de desesperación, de angustia al ver que no logran hacer saltar y palmotear a una hinchada todavía renuente; sus camisas están mojadas de sudor por su continuo saltar al compás del Bombo; impresiona su ronquera, que es el resultado de haberse «hecho tira la garganta» gritando y cantando:
"Muchas veces
fui preso
y muchas veces me rompí la voz,
yo al Bulla lo quiero,
lo llevo dentro del corazón."
Los del muro parecen notar mi quietud. Me siento obligado a levantarme y saltar y gritar más o menos lo que les he escuchado. Me duelen las piernas y vuelvo a sentarme, mientras ellos insisten en que todos participen. Apuntan con el dedo a la hinchada y les gritan: "– ¡Qué les pasa, huevones! ¡Mírennos como estamos...y Uds.?" En todo este tiempo la «barra», esa del sector inferior, la del «pozo», produce y hace emerger una energía impresionante. Energía envolvente que me arrastra a emociones y sentimientos de gran intensidad. Es esta energía la que moviliza a todo el estadio. Los hinchas, levantándose y sentándose alternadamente, hacen olas que recorren gran parte del estadio. Y éste se me aparece como un enorme barco. Y el sonido del Bombo se asemeja a como debía sonar el monótono Tam–Tam que en las galeras concertaba la acción de los galeotes encadenados a sus bancas. Los barristas del «pozo» son los forzados, los marginados echados a galeras: reman con sus saltos, sus golpes de mano, sus gritos y cantos, bajo la mirada severa de los cómitres, de los capataces, de los encargados del Bombo. Durante 90 minutos se cantarán esos «mantras» llamando al «suceso», pequeño y fugaz, de una pelota de cuero inflado, de no más de 15 cmts. de circunferencia, que aprovecha el descuido o la incompetencia de un simple mortal y se cuela por un rectángulo hasta quedar cogida en una malla. Cómitres y galeotes se han atado a una emoción que no los suelta, que no los soltará hasta el final del partido, marionetas de un drama que los hace vivir una felicidad que en ninguna otra parte encontrarán, o sabrán buscar.
Y se produjo el gol de la «U». Un sólo grito y una carrera frenética hacia las rejas. Fue como una estampida de todos los barristas del «pozo» que buscaron las rejas para golpearse en ellas, para quedar colgados de ellas. Una ola de cuerpos que buscaban desesperados llegar a "latigarse" en las rejas, en un acto de sacrificio, de sentir un dolor que compensara la dicha, de purgar una felicidad, para así poder ganar el derecho a otro instante similar; a gritar y tratar de tocar con las manos «algo», un algo fugaz que estuvo ahí, en la cancha, esa jugada que ya no está y que hizo tronar a todo el estadio, a toda la hinchada que excedía en mucho a los barristas, porque ahí, entonces, todos gritaron el gol. Y ese atronar me llegó como un grito inhumano, como la voz de algún Dios. No era fantasía el que viera a los barristas parados sobre el muro y a los encargados del Bombo como los oficiantes, los sacerdotes de una liturgia que buscaba denodadamente producir el gol. No por el gol mismo ni por el triunfo, sino para hacer sentir la voz de un Dios, ahí, en el estadio. Voz que fue recogida por las redes del circuito electrónico y llevada hacia todas las pantallas de televisión; que fue recogida por los satélites y de ahí al mundo entero. Como cuando exclamó el Rey: "–...y que el timbal anuncie al clarín, el clarín al artillero lejano, el cañón a los cielos, y los cielos a la tierra: «ahora brinda el Rey a la salud de Hamlet»."
Fue realmente impresionante la reacción de los barristas ante el gol. Y me asusté. Me encontraba en otro mundo en donde podía pasar cualquier cosa. Sentía que había traspasado al otro lado del espejo de mi mundo. Traté de dejarme ir, de sentir la marejada violenta de esa energía que brotaba del «pozo» en donde estaba el núcleo fervorizado de la «barra». Ahí, unos y otros seguían abrazándose, felices, sin atinar a quien se estrechaba en los brazos; por lo demás, había lágrimas que no dejaban ver bien al otro.
Todo lo anterior duró solo algunos minutos, y luego volvió a comenzar el ritual de la espera, de la preparación de otro instante similar. La barra tenía que impulsar a través de sus gritos, saltos, golpeteo de manos y cantos, que se repetían una y otra vez, hasta veinte veces lo mismo, para que saliera otro gol, otra vez una pelota pequeña que impulsada por un pie igual de pequeño, entrara por un cuadrilátero y llegara hasta una red; ese gesto, ese acontecimiento que en sí no valía nada, era el que gatillaría el sonido de trueno que emanaría del volcán del estadio, llenando ése y otros espacios, una voz tonante de alguien sobrenatural que solo así se podía hacer presente. Los gritos, el golpear de manos y los cantos, seguían emanando y transmitiéndose desde ese «pozo–caldero» productor de energía. Ahí se llevaba a cabo lo más importante del partido, desde ahí se dirigía el impulso de los jugadores, desde ahí saldría el gol; ellos eran los protagonistas de todo el acontecimiento. Y cantaban:
"Vamos azules
que tenemos que ganar
esta hinchada
no te deja de alentar."
"Jamás, jamás
te dejaremos, Bulla;
lo digo con orgullo:
¡Tú eres mi pasión!"
Hubo otro gol de la ‘U’, y sucedió lo mismo. Pero yo ya estaba preparado y traté de disfrutar la magia y el encantamiento que éste producía. Y luego vinieron los goles del empate de Palestino. En el primero escuché a alguien gritar: "–¡Turco conchas de tu madre!" Seguramente en contra del que metió el gol a la ‘U’. Pero no sonó como un insulto que presagiara desmanes en contra del equipo contrario. Más me pareció una reconvención contra alguien que ha entrado a una fiesta a la cual no ha sido invitado. Y aquí se notó la diferencia considerable entre la hinchada y la «barra». Mientras la hinchada se empezó a sentar, a desesperarse, a no gritar, a desentenderse, la «barra» redobló, si fuese posible, sus esfuerzos en apoyo al equipo. Gritaba más y más comprometidamente, y cada canto era una declaración de lealtad, como aquélla:
"No me importa
lo que digan
lo que digan los demás
yo te sigo a todas partes
cada vez te quiero más..."
Cada grito era un aliento generoso al equipo; y hubo cantos que declaraban sencillamente su amor, su lealtad a toda prueba, hasta la muerte. Especialmente uno que expresaba una calidez, una ternura y una entrega que me emocionaron hondamente; cantado con una sencillez incomparable:
"A pesar de
todo
yo estoy aquí...
Porque soy de Abajo
muero por ti..."
Durante el año 1989 nació la «barra» de Los de Abajo. Justo en la situación adversa en que el equipo desciende a segunda división. En ese partido con Cobresal, que la «U» perdió y que le valió el descenso, se selló un compromiso entre Los de Abajo y el club. Un compromiso que se sacraliza con la solemnidad de un ritual, en el cual, entre sollozos, los jóvenes y jugadores se juraron lealtad para siempre. ¿Cuánta fuerza tuvo eso? Los de Abajo, como el joven Orfeo, juraron acompañar a Eurídice hasta el Hades, y traerla de vuelta desde el Infierno. Un año durará el exilio en el Infierno. El compromiso de lealtad y amor se cumplió y se selló, por lo menos por parte de los jóvenes, para siempre. Recuerdo lo que nos dijera un miembro de la «barra» de Los de Abajo sobre lo anterior: "– El año que la «U» estuvo en segunda división, fue el año que más fui al estadio a apoyar al equipo. Ahí nacieron Los de Abajo, ya que la barra oficial no tenía la garra suficiente para «levantar» al equipo y devolverlo a la primera división. Había que sacrificar pulmones y gargantas, y para eso se necesitaba amor. Sentimos el ascenso a primera división como nuestro ascenso." Y el mito se instaló para fijar para siempre lo que allí ocurrió. Porque merecía y acreditaba una leyenda. Y así la sentí cuando me la contaron. ¿Mito de muerte y resurrección? Triple mito. Mito de muerte, de resurrección y mito de origen. El primero selló los lazos entre ese grupo de jóvenes sollozantes, no muy numerosos, y el equipo que debía descender a los infiernos. Pero también el sacrificio de los jóvenes, algunos casi niños, que se comprometieron a morir con ellos. No a esperar el retorno, sino a acompañar al equipo en su viaje a las profundidades durante todo un año. Hubo jugadores que no participaron de pleno en el ritual porque se encontraban tirados en el pasto de la cancha, llorando. O, tal vez, era el rol que les estaba destinado en la escenificación de la tragedia. Entonces, el mito legitimó el nacimiento de Los de Abajo como barra oficial del equipo. Equipo que los necesitaba y los requería para poder resucitar y regresar de la muerte. De este modo, el equipo «azul» se daba el lujo de obtener un amor y una lealtad que sólo los faraones del imperio antiguo lograban al llevarse consigo a esposas, parientes y cortesanos a la tumba. Como nadie, el equipo logra que los jóvenes quieran morir para resucitar juntos en la victoria sobre la muerte: "– Lloré como un niño, y junto a unos amigos juramos seguir siendo «azules» para siempre." El acontecimiento queda, entonces, fijado en el colectivo y se incorpora, mejor dicho, se encarna en lo más hondo de cada uno de los participantes en él. Un encantamiento que los convierte en concurrentes a los acontecimiento sacralizados por cada mito. Acontecimientos que crean una exigencia de atadura invisible, de la que cada uno se vivencia como totalidad junto a los otros.
Y el estadio tronó de nuevo. Respondió a los esfuerzos de esos "suplicantes" con un tercer gol para la «U». Y el desborde fue de locura. La estampida hacia las rejas fue a romperse, a martirizar sus cuerpos; ellos corrían al ritual del sacrificio mientras el Señor Tonante transmitía a las afueras del estadio y al mundo entero que se había dado de nuevo la ocasión para que Él hablara. Júpiter Tonante que se apodera de la ‘voz de Dios’. "–¡Es Jehová que truena desde el cielo!" exclamaría el salmista. Hubo lesionados en esa ofrenda de cuerpos flacos, sudorosos, macilentos, golpeándose contra las rejas de fierro. ¿Pero a quién le importaba? No a ellos, precisamente. Estaban ocupados en demostrar su hermandad mediante abrazos y besos; la hinchada con los que estaban subidos al muro, y éstos con los de la barra ubicados en el «pozo».
Un carabinero se hizo notar y ahí me di cuenta que ellos habían estado siempre ahí, con sus perros, cuidando algo. ¿Pero qué? No era lo que estaba sucediendo, pues eso no era objeto de cuidado. Solo estaban ahí. Un muchacho pasó saltando y cantando su júbilo cerca de uno de los carabineros; el perro que éste sujetaba se espantó y lanzó un mordisco. Vi que le había cogido de pasada el brazo. El muchacho se detuvo, asombrado, y se levantó la manga. Corría un hilillo de sangre. Miró al perro y luego al carabinero, se bajó la manga y siguió su camino hacia la «barra» de Los de Abajo, saltando y cantando nuevamente. Sentí que algo debió haber llenado el vacío que se produjo, algo que restañara el equívoco, tal vez una disculpa que cruzara el abismo.
Y la «barra» había vuelto a su canto en el que ofrecía su entrega, su amor y lealtad a toda prueba, sencillo y hermoso en su contenido. Pero más aún en la forma en que era cantado:
"A pesar de
todo
yo estoy aquí...
Porque soy de Abajo
muero por ti..."
Palestino no quería soltar la presa. Volvió al ataque y empató de nuevo. El partido se ponía al rojo. Y de nuevo se produjo la misma dinámica. La hinchada se desmoronó, se sentó, dejó de saltar y de gritar. Gestos de impaciencia y de desaprobación. Mientras la barra seguía los mandatos del Bombo que marcaba los cantos y gritos, saltos y palmadas, cada vez con mayor ahínco. Y los muchachos parados en el muro, los ojos llorosos, pedían a gritos que se acompañaran los cantos. Algunos se habían sacado las camisetas sucias y sudadas en esa noche fría de otoño.
A quince minutos de finalizar el partido, vi entrar al sector donde se encontraba la barra y los hinchas de la «U», a una centena de jóvenes. Mis ayudantes me informaron que a esa hora se abrían las puertas del estadio para que pasara la gente que no había podido entrar por falta de dinero para pagar la entrada. Y casi ahí mismo vino el gol del desempate de la «U», el 4–3. ¡Ah! ¡Qué delirio! Bastaría ahorrarse palabras y elevar al cuadrado lo que había observado en los tres goles anteriores. El estadio se levantó al unísono, desde el sector de la barra al de la hinchada, hasta las tribunas. La barra entera se fue a las rejas, los gritos, los saltos, las palmadas, los abrazos, todo de una vez y para siempre. Nadie podía dejar de sentirse preso en ese impresionante regocijo colectivo. Y ahí de nuevo el canto, la salmodia que rememora los sucesos de un tiempo mítico, cuando se estaba en los infiernos y se declaraba el amor a toda prueba de los héroes al pueblo amado, al pueblo castigado: "A pesar de todo, yo estoy aquí (contigo, en el infierno, sufriendo la humillación y las penurias; cumpliendo la pena impuesta por los "Seres Malos"). Porque soy de Abajo, muero por ti (la ofrenda de la vida, el sacrificio de sí mismo para liberar a su pueblo, al equipo azul y a la institución, de la muerte). ¿Qué más podría decir para explicar lo que siento en este participar ajeno en un ritual que recién se me descubre? Esos niños, los del muro, los "suplicantes", no pudieron vivir el acontecimiento. Lo que hacen es llevar a cabo el ritual para reintegrar y reintegrarse en ese tiempo extraordinario. Porque al evocar el suceso primordial se es co–existente en el "tiempo sagrado" y se comparte junto con todos los actores que le dieron carne; con los vivos y los muertos que lo vivieron. Así revive el descenso: mito de muerte; el ascenso: mito de resurrección ; y la presencia de los héroes que realizaron la hazaña y legitimaron a la barra de Los de Abajo: mito de origen. Tres mitos que se acoplan en un Gran Mito. Y éste se vive como si fuese una experiencia "religiosa". Entonces, ya no se está en el mundo ordinario, en la opacidad de los acontecimientos cotidianos de la población, en la pobreza, en el no–reconocimiento. Inmerso en una "atmósfera sagrada", siento que son ellos los que, mediante el ritual que ejecutan, impiden que el equipo azul regrese al mundo subterráneo, a la humillación de los «potreros». Ellos parecen saberlo; pero el equipo sólo lo intuye.
Y desde ese momento la «barra» estuvo al acecho. Gritaba y «azuzaba» a sus gladiadores para que no dieran tregua a los Otros, al Enemigo que quería robar el triunfo. Cada minuto, cada segundo que faltaba para el final del partido se sentía que pasaba lento, con una lentitud angustiante. Y cada barrista, con la mirada «fuerte», tratando de «ojear» al contrario para invalidarlo, para que no traspase más allá del área grande, que era el sector de la cancha que ellos le permitían. Hasta que sonó el silbato final.
De pronto, me di cuenta que un grupo considerable de carabineros había subido con sus perros hacia la parte de arriba del sector sur, y una cantidad no menos considerable comenzaba a subir con sus perros desde el sector de las rejas. Igualmente, desde ambos costados del sector en donde estaba la hinchada y la barra de Los de Abajo. Parecía una «operación embudo». Y aquéllos que habían tocado el cielo con sus manos, los que habían despertado de su letargo a Júpiter Tonante por cuatro veces consecutivas, aquéllos que habían vivido el éxtasis de «su triunfo», fueron devueltos a las profundidades. Poco a poco, el cinturón de carabineros los hizo ir hacia la bajada que comunica las galerías con los pasillos que van por debajo de las graderías. Me pareció un regreso al infierno. Era la expiación de los oficiantes y de los feligreses por haber alcanzado esos momentos de exaltación, por el ofrecimiento de un sí mismo que no tiene otro lugar en donde darse con tal intensidad que ahí, en el estadio, en el «pozo». Era indudable el hecho de que en ninguna otra parte un grupo de cientos de muchachos, podía generar una energía de esa naturaleza. Uno de ellos lo expresaba de esta manera:
"– Ser de Los de Abajo es libertad, lucha, entrega, amor, solidaridad. Las cosas más humanas están en la barra: las ganas de gritar, de bailar, de saltar, la dignidad de perder y seguir cantando, orgullo de ser «Azul». Cuando se va perdiendo se canta: ‘Aunque ganes o pierdas, no me importa una mierda, porque soy bullanguero’. Y se repite cada vez más fuerte, vibra la garganta, porque estai’ casi llorando. Se siente algo cuando se canta en un tono amargo, como que cantai’ para no llorar. En realidad, es más que una pasión, son sentimientos. Está la libertad, porque puedes hacer ahí en la barra gran parte de las cosas que tu querí’ hacer. En otras partes no puedes consumir drogas, no podí’ beber pisco, por lo menos no de la manera en que se da ahí la cosa... son las ganas de ser feliz, ser feliz cantando. Una de las pocas veces que tú eres feliz, es en el estadio. Una vez a la semana tení’ la posibilidad de ser feliz en el estadio. No es igual que las otras cosas. Ser de la «U» es pertenecer al color azul, es un color especial, de vida. Claro, la tierra es verde, pero ¡qué es la tierra si el universo entero es azul!".
Y junto con ellos, paso a paso, me dejo conducir hacia las calles interiores que llevan hacia la salida del estadio. Ellos, a veces saltando, otras cantando, iban acompañando al Bombo para depositarlo en la sede del club. Los caballos dejaban marcas de baba en los cabellos y en las casacas de los barristas. Miradas de reojo, de molestia, de impotencia. Luego, al escuchar algunas grabaciones pude entender el resentimiento que los jóvenes declaraban. No acusaron la humillación a que fueron sometidos. Ahí se era culpable por ser lo que se era: de Los de Abajo. Pienso que la Fuerza Policial cumplía una estrategia, pero era evidente que ésta no debía ser extendida a cualquier joven ni a cualquier partido. Ahí no se anunciaba nada, ni por las características del partido ni por los contendientes.
Y de nuevo me surge la pregunta. ¿Cómo puede un grupo así derivar a acciones vandálicas o de guerra a muerte contra ‘los Otros’? Estimo que solo mediante ‘gatilladores’ externos o acciones de «infiltrados» dentro de las barras o que se incorporan durante el proceso de salida del estadio. Lo que sí es claro, es que los «barristas» quedan en un estado de alta vulnerabilidad y sugestibilidad, como he señalado y analizado anteriormente (véase pág. 32).
Escucho de nuevo esa estrofa que ‘rompe el alma’, por el contenido, por la forma de cantarla en la cual las vocales se ralentaban, la ‘o’ se entubaba transformándose en una ‘o’ mestizada por una ‘u’; y el tono plañidero que venía desde dentro, desde las vísceras:
"A pesar de
todo
yo estoy aquí...
Porque soy de Abajo
muero por ti..."
Noto una ansiedad en los barristas por no perder las emociones y sentimientos ganados en el estadio; de no abandonarlos y perderlos. La idea es la de cuidar lo acontecido de manera de seguir viviéndolo; como quien disfrutó una flor y desea llevarse consigo su perfume, su color, su lozanía. Pero las condiciones en que se realizaba la salida, presionada por el fuerte olor de los caballos de la policía, hacían imposible cualquier sueño de esa naturaleza. Entonces, había que esperar hasta el otro partido.
1. La Juventud ¿Sólo un Grupo de Edad?
El ser humano, en el transcurso de su ciclo vital, va aplicando y realizando diferentes cualidades biológicas, culturales y psicológicas. Por una parte, la definición cultural del lapso correspondiente a una edad determinada se encuentra no solamente prescrita en lo que atañe a sus derechos, deberes y obligaciones para con la sociedad que vive, sino también en lo referente a sus relaciones con otros grupos de edad. Porque, desde su propia experiencia, las personas van delineando los márgenes de su vida con sus expectativas y posibilidades, y se sitúan y sitúan a sus semejantes en determinadas posiciones sociales y culturales, atribuyendo a cada uno un lugar dado dentro del marco social en correspondencia con el resto. El resultado de esta definición cultural viene a constituirse en un factor importante de la identidad del individuo. No obstante, no hay mucha seguridad ni consenso sobre lo que se debe entender por las etapas llamadas ‘adolescencia’ y ‘juventud’, en las que podremos encontrar todas las diferencias y todas las variantes de la sociedad en su conjunto: hombre y mujer, rural y urbano, empresario y artista, militar y religioso, estudiante y trabajador, privilegiado y marginado, entusiasta y decepcionado. Y, en una perspectiva amplia, habría que tratar de comprender y conjugar, además, a los grupos de edad que se encuentran antes y después de los jóvenes, pues es difícil pensarse solo como una solitaria en la sociedad. Con estos antecedentes se podría estar en condiciones de proponer políticas de desarrollo de la juventud y con ella, desde la familia y de grupos locales como base de su experiencia, creando y reforzando espacios sociales integradores para que el diálogo –el escuchar y el decir–, tengan sentido y realidad entre los diferentes grupos de edad.
En general, se ubica a la juventud en el período entre los 15 y los 25 años. De tal modo que ésta, caracterizada por la edad, viene a constituir una etapa que en sus extremos (l5 y 25 años) no tienen casi nada en común; que en la parte central (18 a 23 años) responde a ciertas características esencialmente urbanas, en donde se ubican aquellas personas que han tenido la oportunidad de seguir estudios superiores. En esta etapa, la moratoria social y el llamado ‘bloqueo de futuro’ tienen su más amplia expresión. A los 12 años de enseñanza básica y media, se agregan 6 años de universidad y, luego, para poder competir por mejores empleos se recurre a los postgrados, los que consumen unos 5 a 6 años más (maestría y doctorado). Y cuando el joven ingresa a ejercer en el mundo social, ya no es joven, es adulto. Pero esto no tiene relación con lo que sucede en las zonas rurales, en donde el campesino entra a ser "hombre" desde el momento mismo en que entrega al hogar la mayor parte de su primer sueldo como trabajador, lo que puede suceder a temprana edad, apenas finalizada la educación básica, si no es antes. Los estudios sobre el trabajo de los niños del mundo, muestra claramente que muchos de ellos tienen que hacer tareas de adultos, con los mismos horarios y responsabilidades. Por otro lado, jóvenes mayores de 25 años que no han encontrado un empleo estable y que viven bajo la protección de sus familias, indican que la definición de adulto no depende sólo de un determinado cumpleaños.
Hablar de la «juventud» como de un universal –tal como se escucha comúnmente–, no es útil para los efectos de implementar políticas sociales. Hay que trabajar con los jóvenes particulares; con aquellos que están enfermos por el alcoholismo y la droga; aquéllos que están en la delincuencia, los apáticos –la gran mayoría–, a los que habría que interesar, incentivar; también con los que se han integrado en las numerosas tribus urbanas que emergen y se desenvuelven en las noches; con los que pertenecen a comunidades de base, a iglesias, a partidos políticos y a otros grupos de actividades. Todos son necesarios para buscar vías de comprensión y encuentro, sin exclusiones, reconocer el por qué y para qué de los caminos seguidos. Todos y cada uno pueden colaborar a construir significados y sentidos en proyectos compatibles que los aproximen; y, principalmente, que los haga sentirse participantes y libres de escoger.
El haber declarado el año 1985 como Año Internacional de la Juventud, constituyó un paso importante, pero si no se profundiza más allá de ese paso, se quedará en poco más que un pretexto para el mercado de afiches, tarjetas y promociones para tiendas que promocionan regalos para estos agraciados.
En lo que hay consenso es que la juventud es una etapa de la vida llena de posibilidades pero también de problemas. Estos últimos, van desde la falta de empleo y oportunidades de educación, a la alfabetización funcional, la experiencia de la pobreza relativa o de la extrema pobreza. Los problemas de la juventud son problemas de la sociedad en general, pero ellos son más vulnerables a sus efectos. Si son difíciles de admitir fenómenos como la droga y el alcoholismo, también lo es la realidad cotidiana y simple de ser joven. Pocos países dan importancia a la necesidad de contar con una información adecuada y al día sobre la migración, el desempleo, la sanidad o la vivienda de las familias de los jóvenes (cuando ellos no han podido emprender la aventura de salir del hogar de sus padres para vivir solos o en parejas). El fenómeno del desempleo se presenta como el obstáculo más frustrante en la etapa que va desde la adolescencia a la edad adulta, y ha afectado principalmente a los estratos medio bajo y bajo. El conseguir un empleo estable –más bien un primer empleo– es el sueño de muchos hombres y mujeres jóvenes. Pero para aquéllos que terminan trabajando en puestos inferiores a su preparación, convierte el trabajo en una carga diaria en vez de ser un elemento de orgullo. ¿Qué progresión se puede hacer en Chile sobre la base de la información de estas variables en los últimos 20 años?. Tampoco hay muchos más datos sobre temas más enmascarados socialmente y que afectan a la juventud como, por ejemplo, la fuga del hogar por parte de menores de 16 años y su entrada a ese mundo kafkiano de la "protección" de menores, la prostitución adolescente e infantil tanto femenina como masculina, los embarazos de adolescentes, el SIDA, el crimen y el suicidio. Y, a pesar de todo, se puede decir que los adolescentes y jóvenes son los que tienen, si no como patrimonio exclusivo, sí la aptitud, la energía y mayor apertura para los ideales y la fe en el futuro.
La respuesta de la sociedad adulta a los problemas de los jóvenes, se percibe lenta e incluso mezquina. Por otra parte, hay un «desenganche» social de muchos jóvenes para quienes sería inútil tratar de solucionar las angustias de un mundo que consideran ajeno. Este fenómeno requiere de acciones sencillas y directas para impedir que aumente la desconfianza o el cinismo en este grupo de edad.
Recuerdo una entrevista de televisión que le hicieron a un ex-Ministro de Educación, en donde contó que había tenido un encuentro con jóvenes pobladores en un Liceo de la población Cerro Navia. Y que ahí, un joven estudiante de cuarto medio le había manifestado: "–Señor, nosotros sabemos que no estamos estudiando para entrar a la Universidad." Por el gesto que puso al contarlo, supuse que debía haberle dolido tanto como le duele al médico cuando su paciente le dice que sabe que sufre de cáncer. Este es un ejemplo de una marginalidad consciente de sí misma, encarnada, de un joven que sabe de su potencialidad de perfeccionarse, pero que se ve forzado a no asumirla por un impedimento externo que aparece como inmanejable para él.
Creo aquí necesario hacer una consideración. Pareciera fácil ir hilando derivaciones tales como –pobreza– marginalidad– delincuencia–. Esto obedece a los estereotipos sociales que comúnmente son manejados por la opinión pública. Sin embargo, no corresponden a la realidad. Nuestras poblaciones marginales expresan más agresivamente su malestar por la falta de calidad de vida de sus asentamientos urbanos, y cuando se cometen delitos los denuncian sin tener vergüenza de aparecer en la televisión por esos hechos. En los otros estratos, es de «mal gusto» aparecer en televisión a raíz de un delito cometido por algún familiar: robo doméstico, violencia intrafamiliar, drogadicción, violación, incesto. Pero eso no significa que esos delitos estén ausentes, sino que el ocultamiento de éstos deja impunes a los hechores y en la indefensión a las víctimas(13).
2. El Medioambiente
El medioambiente no es algo excepcional que viva el hombre. Pertenece a lo que le es cotidiano, a la red de interacciones diversas que establece dentro del entorno donde se desenvuelve primordialmente. Y de otros medioambientes que va agregando a medida que amplía su mundo circundante: vecindario, barrio, escuela y luego la actividad laboral. En el proceso va generándose una identidad cultural. Adquiere un sentido de pertenencia. Pertenencia a lugares y a grupos sociales que tenderán, en general, a ser coincidentes, con características sociales, culturales y económicas más bien similares. Porque, por razones de coherencia social, no es común que se produzcan grandes desniveles entre los distintos medioambientes que se viven. Todos prescriben y requieren respuestas a formas de sociabilidad más o menos parecidas.
El problema surge cuando se constata que la sociedad no es competente a través de sus organizaciones e instituciones para ofrecer oportunidades similares a todo su universo social. Casi nunca de manera óptima y, las más de las veces, de manera mediocre o, simplemente, de ninguna manera. Esta orfandad crea las mejores condiciones para la proliferación de la violencia, la drogadicción y la delincuencia, abonadas por el ejercicio de una violencia que llega desde el exterior. En más ocasiones de las que uno quisiera, la naturaleza de la transgresión obedece a una racionalidad que surge de la irracionalidad de lo público.
Hay sin duda, cuando nos encontramos frente a un medioambiente carencial en lo que se refiere a la formación de niños, adolescentes y jóvenes, una socialización deficiente. Hablo de socialización como un proceso que tiende a incorporar a las nuevas generaciones a la sociedad. Y esto sucede a pesar de la creencia social que los valores y normas sociales van siendo reforzados e interiorizados a través de la familia, la escuela y los espacios sociales por donde va surcando la maduración social de cada miembro que nace en la sociedad. Lo cierto es que va a depender del medioambiente en el cual se desarrolla este proceso social, el peso que tendrán y su consiguiente grado de aceptación y de cumplimiento. Otra cosa es cuando surgen cuestionamientos a las normas sociales por no corresponder al mundo que se vive o porque se aplican con doble o triple estándares según la «calidad» socioeconómica del afectado. Problema que no corresponde tratar aquí.
Lo cierto es que muchos jóvenes están siendo socializados y educados en ambientes e instituciones carenciales e incompetentes. Es posible que la interiorización de valores y normas contradictorias entre sí los convierta en actores con comportamientos situacionales: unos para el ámbito en donde rigen la presión y el control sociales, y otros para el vecindario y entornos subrepticios de pares. Porque la priorización de unos valores sobre otros, la capacidad para hacer valer un valor en ocasiones límites, sólo será viable en la medida que haya valores reales que defender; una personalidad desarrollada dentro de ciertos lineamientos generales sobre lo que es socialmente correcto y deseable, una estructura moral y responsable desde la cual actuar, proponer cambios y presionar por ellos si se estiman necesarios para un mejor desarrollo humano y social. Y ésta es una tarea fundamental de la familia, del medioambiente y de la escuela. ¿Hay posibilidades de coherencia entre ellos? Si hay dudas, habría que crear las condiciones para que la haya. Aquí se requieren acciones de fondo para recuperar, restaurar, construir espacios sociales que ofrezcan una calidad de vida aceptable y digna a sus usuarios. No se elude la responsabilidad política y civil por el hecho de que las situaciones vienen acumulándose desde hace años, siglos o milenios. Desde el momento mismo en que se toma conciencia del problema, se hace imperativo el actuar para superarlo. Nos encontramos con una fuerte corriente social y política nacional e internacional que viene buscando soluciones. Es de esperar que se sepa abordar el problema en profundidad y con inteligencia.
No ha sido mi intención asumir algún tipo de determinismo medioambiental, seguido de censuras y exculpaciones. Algo así como que el medioambiente es el culpable y el hombre es inocente. Y derivar de ahí que si la sociedad es culpable, es también culpable de la delincuencia y, entonces, el delincuente es inocente. Nada tan fácil ni tan irresponsable. Lo que interesa que sea tomado en consideración es, primero, que en un análisis sobre este problema hay que tener en cuenta que hay sectores medioambientales en donde se sufre sin duda alguna de una falta de equidad y de justicia social evidentes. Y que para los que viven en dichos sectores, el desarrollarse en plenitud, el contar con el «saber» conveniente y el «poder hacer» necesario para configurar un logro o un destino deseados, no es tan fácilmente alcanzable, pues son escasos tanto los accesos como las oportunidades. Sin embargo, en los ambientes carenciales hay porcentajes mínimos de jóvenes que delinquen, y en ellos hay quienes buscan alcanzar los logros que se han propuesto a pesar del sacrificio y esfuerzo que ello les significa. Como, también, hay ambientes holgados tanto en medios como en oportunidades, donde hay jóvenes que no buscan o no alcanzan fines, desperdiciando la situación especial que viven. Lo segundo, que es más complejo de plantear, es que para algunos, el hombre es culpable por el sólo hecho de pertenecer a un grupo, a una casta o a una clase, y no sacará nada con defender su individualidad, su biografía personal y sus actos que no condicen con las acusaciones que se formulan contra la sociedad a la que pertenece, terminando englobado en ella y en su castigo: campos de concentración, persecuciones, exilio, «limpieza étnica» o muerte. Para otros, el hombre es declarado inocente de sus culpas a causa del contexto que lo «habría obligado» a proceder mal. Unos condenan a los individuos por lo que no hicieron, otros lo exculpan atribuyendo el mal a la historia o a la sociedad. Detrás de estas proposiciones está la presencia de la doctrina del ‘determinismo social y cultural’ que reduce al individuo en el ‘todo’, que priva así al hombre, violentándolo, de lo que goza como un bien irrenunciable, su libertad; que le despoja del «libre albedrío». El hombre, en última instancia, es siempre de alguna manera responsable de sí mismo, cualquiera sea la condición humana que viva.
3. La Identidad
La sociedad civil, desde hace siglos, ha ido perdiendo el ejercicio de la dramatización ritual entre las distintas etapas de la vida de los individuos que nacen en ella, por medio de los cuales se le daba significado y sentido, cada vez más profundos, al hecho de pertenecer a una sociedad determinada y a los grupos familiares y sociales que le eran más próximos. Sentido de pertenencia y de identidad que los hacía miembros activos y plenos de ellos. En las sociedades tribales y en las civilizaciones antiguas, los roles y su asunción estaban estrictamente pautados y, se podría decir, que tendían a ser adscritos, en la medida que el hecho de nacer hombre o mujer significaba ir pasando por una serie de etapas establecidas por la tradición durante todo su ciclo vital. Todas estas etapas estaban marcadas de manera solemne por ceremonias y rituales, que hacían que el aspirante a pasar de una etapa a otra sintiera el ‘rito de pasaje’ como un acontecimiento de gran valor moral y social, tan significativo, como que implicaba el respaldo y reconocimiento de su comunidad en el nuevo rol que asumía. Era, sin lugar a dudas, un gran honor que se le confería a él y al grupo de pares con que compartía la entrada a la nueva etapa de su vida. Por ejemplo, en una sociedad tribal el adolescente, que se encontraba al final de la transición de la adolescencia a la edad joven–adulto, en la ceremonia de iniciación pasaba por pruebas que eran a veces cruentas y dolorosas y, al superarlas, escuchaba el grito del chaman dando fe de que había salido victorioso: "–¡Ha muerto el niño! ¡Ha nacido el hombre!". Y así podía ser incorporado a su nuevo grupo de pares, quienes tenían la seguridad de contar con su competencia y responsabilidad en todo aquello que el mundo tribal requiriera de él.
Ausentes los ritos de pasaje en la sociedad civil actual, se encuentran fuertemente arraigados en las instituciones militares y religiosas en donde, aun cuando distintos, no son menos sentidos desde el punto de vista emocional. En las ceremonias y rituales tradicionalizados en dichas instituciones, los jóvenes preadultos se transforman en miembros integrales de la institución, como antes era de la tribu o de la polis. En estos casos, la investidura que se alcanza posee un profundo significado emocional, en la cual se destaca la complementariedad básica de los diversos niveles de edad o de jerarquía. Se logra así un fuerte ‘espíritu de cuerpo’ que explica la lealtad a toda prueba con que responde la generalidad de ellos a sus jefes inmediatos o superiores. Pues éstos también, a través de simbolismos de gran significación y sentido, han ido alcanzando en la institución los distintos niveles de jerarquía, y en cada uno de los cuales los rituales y ceremonias los han ido ‘señalando’ al tiempo que se les entregan símbolos que los van distinguiendo frente a los otros, y que todos reconocen como legítimos. Todos aquéllos que vieron el traspaso del mando de Comandante en Jefe del Ejército, efectuado el año pasado en la Escuela Militar, ya fuera personalmente o por televisión, no pudo dejar de notar la emoción generalizada de la concurrencia y la atmósfera de recogimiento y respeto que impregnaba cada palabra y cada gesto; el traspaso del mando se hacía con nada menos que la espada de Bernardo O’Higgins, un Padre de la Patria. Como comentaba un militar con gran entusiasmo: "–¡Cumplido con cero falta!"
Mientras que en nuestra sociedad civil, no hay nada que haga significativo el paso del joven por el mundo social; nada que le otorgue importancia y valor a las etapas que va cruzando por éste. Solamente se visualiza una segmentación desordenada durante el ciclo de vida, que tiene su fin cuando por razones constitucionales se es ciudadano con derecho a voto o cuando se muere. Pero no hay integración significativa a la sociedad civil. En la Grecia clásica, los atenienses, desde el momento del nacimiento iban alcanzando los diferentes espacios sociales en los cuales se era reconocido y aceptado, cruzando umbral tras umbral mediante ceremonias y rituales significativos. Cuando el joven ateniense, a los dieciséis años se presentaba para ser inscrito en el registro que le garantizaba el derecho de ciudadanía, debía previamente prestar el juramento cívico en una ceremonia que requería gran solemnidad y grandeza: "No deshonraré estas armas sagradas (...) lucharé por mis dioses y por mi hogar (...) No dejaré a la patria disminuida, sino más grande y más fuerte de como la he recibido (...) Me someteré a las leyes en vigor y a las que el pueblo establezca de común acuerdo. Si alguien quiere destruir esas leyes o desobedecerlas, no lo soportaré y lucharé por ellas, solo o con todos. Respetaré los cultos de mis padres." Sin embargo, esta aceptación como ciudadano, no lo desvinculaba ni le hacía perder sus derechos y obligaciones para con la tribu a la que pertenecía, ni con la agrupación de familias en la estaba incluida la suya, ni con su propia familia. Mientras que en nuestra sociedad, podría decirse que el joven cruza el mundo social, tal como un cazador furtivo cruzaba un coto de caza que le era ajeno(14).
4. Los Mitos
Las narraciones que hemos recogido de parte de los barristas, y lo que se desprende de la etnografía a una «barra» en acción (véase la segunda parte), son mitos en el sentido de relatos sobre acontecimientos que han tenido lugar en un tiempo que ellos han convertido en sucesos de carácter primordial, mitos que cuentan y dan sentido al hecho de que una realidad ha llegado a ser parte de su existencia. De esta manera logran: –dar un carácter de «destino aciago» a la caída de su club a la segunda división y el tener que jugar en los "potreros" (caída en el infierno); –haber sufrido con el equipo durante un año antes de subir a primera división (pruebas iniciáticas, similares a las de los mitos clásicos en donde intervienen seres sobrenaturales en un contexto de carácter sagrado: luchas contra el monstruo, obstáculos aparentemente insuperables, enigmas a resolver, trabajos imposibles de efectuar, etc.); –y el regreso con fama y honor, provistos de toda legitimidad por haber superado las pruebas (el renacer de entre los muertos). Gracias a estos ritos de pasaje, logran llenar los vacíos que encuentran en la sociedad con respecto a aspectos tan importantes como la identidad cultural y el sentido de pertenencia.
Según Malinowski, el mito cumple en la cultura primitiva la función de expresar, exaltar y codificar las creencias; razón por la cual resulta ser un ingrediente vital de un grupo humano, en el cual no se considera como un simple relato, sino como una fuerza activa tesoneramente lograda; no una explicación intelectual o una fantasía artística, sino una carta pragmática de fe primitiva y sabiduría moral (…). En tanto el mito es mirado como la causa real que ha producido el agrupamiento social, los relatos que lo conforman forman parte integral de la cultura.
En todas estas narraciones que tienen un carácter mítico, hay elementos que afirman valores y que poseen una eficacia desde el punto de vista social, porque crean un «origen común» y una historia colmada de aventuras adversas matizadas con hechos heroicos y gloriosos, con los cuales pueden establecer lazos estrechos aquéllos que se han declarado herederos del mito. Lo que se cuenta es cierto para los que lo cuentan, constituye su historia verdadera y dota de sentido la realidad de su mundo.
El hecho de que el mito tenga o no un fundamento real, no tiene importancia para el que lo tiene integrado a su imaginario. Los «barristas» se crean un sostén imaginario –el mito–, para generarse una identidad mítica, envolvente y por lo tanto inclusiva social y culturalmente, que acoge en un mismo relato a todos aquéllos que se sienten y se saben participantes del acontecimiento que es materia del mito y que también participan en los rituales que lo recuerdan y lo hacen presente. A través de esta identidad mítica se erradica el desaliento y la soledad frente a un mundo que da vuelta la espalda, que tiene los ojos puestos en cualquier parte menos en la vida de estos jóvenes. Cuando me refiero al estado de «desenganche» de la sociedad, la verdad es que estoy pensando en lo que plantea Kolakovski: "aquello de que huimos es la experiencia de la indiferencia del mundo(15)."
5. Ideas y Espectáculos
Los grandes llamados que se les hicieron en el pasado desde los ámbitos políticos a los padres cuando eran jóvenes, volvieron a ser repetidos a los hijos luego del cese del gobierno militar, pero con el peso abrumador de los medios de comunicación sociales. En el reclamo de muchos de los jóvenes, se evidencia el hecho de encontrarse enfrentados a una disparidad esencial entre una «Idea» que debía realizarse, una «Idea» prometida que era como el rompimiento drástico y definitivo con lo que les había tocado vivir en el régimen militar –en el sentido de crear juntos, de construir juntos, de participación plena–, la que se les hiciera llegar con gran belleza, fuerza y persuasión en espacios publicitarios televisivos, y la realidad que quedaron viviendo. Y esta dicotomía que aún no se resuelve, les sigue rondando como una promesa incumplida de un proyecto social y político que iba a involucrar a todos ellos.
Pienso que el error proviene de transformar un ideario político, sus programas y proyectos, en mercancías envueltas en la persuasión de un bello spot, en el que todos se toman de las manos, felices, contentos, con risas y música, como si todos hubiesen bebido algún tipo de yogurth, o se hubiesen lavado los dientes con alguna pasta dental especial. Pero, una mercancía y una «Idea» son cosas no sólo distintas sino que la frustración por su negación también es diferente. La mercancía a la que se hace publicidad puede ser inalcanzable por su precio, pero está ahí, existe, se la puede mirar en una vitrina, puede intentarse un crédito, y así lo entiende la gente. Pero eso no sucede con una Idea, como por ejemplo, la de democracia, que es una idea–fuerza que fue tomando cuerpo y peso enormes durante los últimos cuatro años antes del cambio del régimen militar. Y los jóvenes, más vulnerables, con menos filtros intelectuales que dieran cuenta del juego y pudiesen asumir que aquello que se les ofrecía como algo evidente, había que exigirlo y construirlo, se sienten frustrados.
Uno debiera aprender a distinguir entre aquellas apelaciones viciadas por bastardía, como las provenientes de la industria de «ideas–mercancía», y aquellas que están respaldadas por un deseo honesto de llegar a algún tipo de entendimiento, de comprensión para abrir caminos viables a la participación.
Hay una tendencia a creer que la participación se realiza en el espectáculo; pero lo cierto es que el espectáculo no socializa, no es un vinculante social, sólo entretiene y genera una participación pasiva, la de espectador. Lo que puede hacer problemático el uso excesivo del espectáculo, es que llega a ser tan reiterativo, masificador y cotidiano, en un mundo que ofrece cada vez menos acontecimientos que tengan que ver con vivencias personales, que el ser social puede convertirse en un solicitador compulsivo de espectáculos. Mientras tanto, el desconcierto, la frustración por falta de participación, el «desenganche» social, se van prendiendo a este proceso como un virus maligno, generando contraculturas que no buscan el diálogo sino la violencia.
Recuerdo un tipo de participación planeada, seguramente con la mejor intención, pero que llegaba desde fuera, como espectáculo, y cuyo montaje era tan breve y los resultados tan efímeros y poco significativos, que más bien afirmaba un efecto contrario al que los montajes escénicos pretendían producir. Se trataba de un «montaje» de carácter deportivo en el Parque Forestal. Grandes lienzos anunciaban que la gente de las poblaciones hacía deportes con la DIGEDER (Dirección General de Deportes y Recreación). Se habían cerrado las avenidas y, transformadas en canchas de vóleibol y babyfútbol, estaban siendo utilizadas por jóvenes y adultos, niños y adolescentes, mujeres y hombres. En los prados, había otros juegos y mesas para almorzar. Me acerqué a un poblador y le pregunté "cómo estaba la cosa". Y me contestó: "–¡Aquí sí que es lindo hacer deportes!". La lectura del subtexto no era difícil: que en la población en donde vivía, –en comparación a lo que estaba experimentando ahí, en el parque–, era feo hacer deportes. Pienso que el costo del espectáculo pudo haberse ocupado en realizar en cada una de las poblaciones de donde se trajo gente al Parque Forestal, eventos que estimularan a los vecinos a hacer deporte en sus propios medioambientes, revalorizándolos, lo que habría multiplicado los efectos. Esto me recuerda una anécdota que me tocó vivir hace unos diez años en Isla de Pascua. Me encontraba ya varios días trabajando en ella en un diagnóstico sociocultural con otros colegas, cuando me dijeron que el encargado de DIGEDER en la isla quería hablar conmigo. Asentí, e hicieron pasar a un joven vestido con un buzo, quien me hizo saber que tenía un problema, porque había recibido instrucciones de tener a los isleños trotando en un plazo determinado y habían pasado dos meses de éste sin haberlo conseguido. Le pregunté si había averiguado qué tipo de deporte quería hacer la gente. Que entre ellos había buzos y pescadores expertos, que algunos sobresalían en el juego de ajedrez y que otros eran buenos jinetes. Me contestó que eso no estaba en las órdenes recibidas, y se despidió. Hasta la fecha en que me vine, no me había tocado ver trotar a los isleños.
6. La Participación
Hay un consenso en el discurso que se le escucha a la «clase política», con respecto al énfasis que debe darse a la participación de los jóvenes, y también de que ésta debiera hacerse efectiva en todas las instancias políticas y sociales. Lo desalentador es que todavía se hable de la participación como de un «deber hacer», y no como acciones en curso en las que se puedan ir señalando sus respectivos niveles de logro. Si se dice al joven que es importante que participe y no se le señalan los canales que para tal efecto se han creado, los espacios en donde la participación convenida se hará efectiva, la verdad es que no se demuestra tener la voluntad de transformar el discurso en acciones que la hagan realidad. No es extraño, entonces, que en las encuestas se detecte que sólo un bajo porcentaje de los jóvenes participa en organizaciones sociales o políticas. También, que la percepción de lo político por parte de ellos es altamente negativa, lo que puede ser una manera de expresar su frustración por tratarse de un grupo al que desde el comienzo del cambio de régimen político se les declaró como indispensables para llevar a cabo el proyecto democrático, y al que se le ofreció un papel preponderante tanto al nivel de las acciones del gobierno como al nivel de los partidos políticos. Hay un desencuentro desalentador que justifica, precisamente, el preocuparse del fenómeno que hemos estado analizando.
Cuando se habla del protagonismo social, cultural o político de los jóvenes en la sociedad, sería conveniente especificar si se trata de una importancia a alcanzar en cuanto jóvenes integrados a una sociedad, en donde hay otros grupos de edad que también reclaman y que tienen derechos a sus propios protagonismos –los que debieran articularse de la manera más armónicamente posibles– o si se trata de plantear un liderazgo por sobre el resto. Dicho de esta última manera, no hay dudas que se generarán contradicciones.
Una idea es la de considerar la integración social como el reconocimiento que deben dar al joven los otros grupos de edad y, del mismo modo, el reconocimiento por parte del joven a los otros grupos, para no tender a una especie de narcisismo que produzca una disgregación social. El requerimiento a reconocer la "alteridad" que escuchamos comúnmente, debe dejar de ser una "moda", sino que es preciso entenderla como el reconocimiento de una real heterogeneidad social y cultural, que precisa, por lo mismo, que la sociedad civil y política busque la "organización de la diversidad" –postulado formulado por la antropología no menos de cinco décadas atrás–, y que implica el respeto por las diferencias; es decir, que se sustenta en la equidad y la justicia para cualquier grupo social, cultural, político, religioso o económico que integre y sea parte de la diversidad.
Habría que tener presente, que no hay ninguna posibilidad de reforzar la identidad cultural y el sentido de pertenencia a una sociedad, si no es desde la diversidad. Mientras más complejas se hacen nuestras sociedades, más segmentaciones hay a su interior. Y estas segmentaciones implican un mayor desconocimiento de los otros. En las pequeñas comunidades, en los microespacios, el encontrarse unos y otros «cara a cara» hace posible resolver los conflictos o disminuirlos, pero en las sociedades complejas el desconocimiento puede generar una animadversión por el Otro. Y, cuando uno empieza a mirar lo suyo como lo prioritario, lo bueno, lo correcto y, en cambio, lo distinto como lo incorrecto, lo perverso, se pueden producir fenómenos disociadores. Uno, es llegar a pensar que el Otro no merece vivir. Entonces, ya no solamente excluimos al Otro como un extraño sino que lo matamos. Una idea menos extrema es que el Otro es un extraño que no interesa para nada. Es indudable que no habría seguridad para nadie ni calidad de vida posible en una sociedad que apoyara estos postulados.
En nuestro país, se habló de superar la etapa de la dictadura militar con la instauración de la democracia. Se ha avanzado en muchos aspectos. Menos en la reconstrucción del conglomerado civil, del tejido social que refuerza y da vigencia real al ciudadano. Y para que esto sea viable, la base social debe poseer relaciones vinculantes que generen, protejan y defiendan los principios que definen su participación integral (social, cultural, política y económica). Y estas relaciones vinculantes entre las personas, entre las personas y las instituciones, y entre instituciones de diversa índole, es lo que se denomina "tejido social" o "malla social". Cuando se ha deteriorado o se ha producido una desvinculación que impide la participación de la gente en la gestión pública, lo que resta es una mascarada de democracia, que oculta un totalitarismo de cualquier cuño.
Tanto en la primera campaña política de recuperación de la democracia, como en el Plebiscito de 1988, que permitió la elección presidencial de 1989, se insistió en las palabras y en las imágenes que se iba retejer la "malla social" que uniría a "la gente", esto es, al país todo, para construir el país democrático. Y un spot mostraba a "la gente" construyendo entre todos una gran casa y, al final de la tarea, hacían ondear en lo más alto una bandera chilena: ¡Era Chile entero el que había participado! Pero, si se desea realmente retejer la malla social, es necesario construirla al nivel de los microespacios, por ejemplo, en los gobiernos locales y en los grupos vecinales. Dichas unidades sociales son las que le permitirían construir su identidad cultural al joven –y no solamente a él sino también a los demás grupos de edad–, buscar un sentido a su vida, dar importancia a lo que se hace con vocación, reconocer lo que el Otro hace. La empresa de reactualizar o regenerar el tejido social para refundar la democracia pasa necesariamente por el refuerzo de lo local, del microespacio local. Es ahí donde la experiencia democrática se aprende y se ejercita. Los municipios no pueden tratar a los jóvenes como a niños a quienes se contenta con espectáculos. Los espectáculos distraen, pero no invitan a la acción. Se requieren menos «estimuladores» culturales y más agentes y promotores de desarrollo social y cultural; me atrevería a decir, de «ecodesarrollo». Pero, mientras las municipalidades no operen como aglutinantes sociales en torno a proyectos surgidos con y desde lo local –no meros casos anecdóticos–, que mejoren la calidad de vida cotidiana de sus vecinos, como se pensó que tenían que operar, el joven, el viejo, la mujer, el niño, el todo social, no tendrán un espacio viable para regenerarse dentro de un tejido social que promueva y enriquezca la convivencia en el proceso de participación ciudadana.
A veces los discursos ofrecen participación, otras veces prometen descentralización. Pero no hay participación si no hay descentralización. Tampoco puede haber descentralización si no hay confianza; vale decir, la participación debe ser coherente con otros conceptos complementarios que exigen al mismo tiempo descentralización y confianza. Por otro lado, en un contexto político, lo anterior exige entender que descentralizar no significa necesariamente entregar «poder político»; pero, si eso fuera lo que ocurre finalmente, qué importancia tendría si no se pierde la «autoridad política», que es lo sostiene, da valor y legitima un orden jerárquico en una democracia. Por otra parte, la solución o superación de la pobreza no resuelve el fenómeno de la marginalidad. Yo diría que es más fácil solucionar la pobreza, que superar la marginalidad, porque si quiero superar la pobreza la soluciono proporcionando asistencia a través de subsidios sociales; pero, si quiero resolver el problema de la marginalidad, tengo que hablar de participación e integración. Es decir, si yo –como político– quiero ser consecuente con mi discurso sobre la participación y la integración, tengo que crear un espacio a fin de dar lugar para que entre el Otro. Esto permitirá, sin duda alguna, mirarse a la cara, ver y revisar en conjunto las demandas pendientes y los proyectos futuros.
Esta heterogeneidad que planteo –no hay que olvidarlo– es también diversidad de marcos normativos, diversidad de valores, diversidad de formas de percibir el mundo, y también diversidad de formas de percibir su inserción o su marginalidad en la sociedad civil y política. Los jóvenes, como los niños y los adultos, no son otra cosa que personas que están en tránsito en y hacia determinadas bioclases que se desarrollan en entornos diversos; unas ingresando al mundo y otras abandonando el mundo. Cada fase se funda en la anterior y prepara la siguiente, al mismo tiempo que se actúa y se construye aquélla en la que se encuentra. Aquí vale la pena expresar que la construcción de identidad cultural es un proceso en la que ésta se va creando y transformando en íntima retroalimentación con el entorno social. Y esta construcción cruza y afecta necesariamente a los diferentes grupos de edad.
7. Un Futuro Incierto
El fenómeno a que apunta este análisis, se origina en un perverso punto de vista que tiene que ver con «lo joven», pero que no procede ni se origina en los jóvenes aunque tiende a involucrarlos, cuando no a producirles una especie de «encantamiento». Fellini comentaba que "sólo un delirio colectivo puede habernos hecho considerar como maestros depositarios de todas las verdades a chicos de quince años". A lo que ha colaborado –si es que no lo ha construido– el Mercado. Ya que todo indica que éste ha convertido a la juventud en una especie de pueblo indígena a conquistar. Desde hace tiempo el Mercado ha venido volcando todos sus mecanismos publicitarios para convencerlos a ellos y al mundo entero, que son lo único digno de imitación, si no de habitar este planeta. Detrás de esta idolatría está la búsqueda de nuevos mercados para el consumo. Ahora vemos que son los niños y los bebés el nuevo pueblo objeto de conquista por este moderno Leviatán. Esto es tan pernicioso como lo que anotábamos antes con respecto a las «ideas–mercancías».
Esta manipulación tiende a convertir el mundo de los jóvenes en un modo de vida señero aún para los viejos. Finkielkraut ironizaba al respecto, diciendo que los jóvenes se encontraban "protegidos de la influencia familiar por la institución escolar y del ascendiente de los profesores por «el grupo de los iguales», (…) los jóvenes han podido edificar un mundo propio, espejo invertido de los valores circundantes. Relajamiento del jean contra convenciones indumentarias, historieta contra literatura, (...) la cultura rock para la cual el feeling domina sobre las palabras, la sensación sobre las abstracciones del lenguaje, el "clima" sobre las significaciones brutas y de un acceso racional. Las guitarras están más dotadas de expresión que las palabras, que son viejas (poseen una historia), y por tanto hay motivo para desconfiar de ellas (…) Y los jóvenes se sienten tanto menos propensos a trascender su grupo de edad (su «bioclase») en la misma medida en que todas las prácticas adultas inician, para ponerse a su alcance, una cura de desintelectualización; es el caso de la Política, donde se puede observar cómo los partidos en competición por el poder se afanan idénticamente por «modernizar» su «look» y su mensaje, al mismo tiempo que se acusan mutuamente de ser «mentalmente viejos»)"(16). El problema no está en un énfasis o preferencia por la sensibilidad, por el feeling o la emoción, sino porque se plantea como la negación absoluta de lo Otro.
Podemos estar de acuerdo en que este tipo de razonamiento corresponde a pensadores del mundo del desarrollo y se dirige, fundamentalmente, a la situación de los jóvenes de dicho mundo. Pero no sería del todo inútil si lo vamos teniendo en cuenta para los análisis sociales o políticos en los que se encuentre involucrado un sector de la juventud de nuestro país.
Muy cerca nuestro, se pueden escuchar algunas declaraciones de personas adultas diciendo que "hay que mirar hacia adelante. No nos quedemos en el pasado." Lo que sería un sinsentido. A menos que la pretensión sea «esconder» el pasado por alguna razón no explicitada. Una de las cosas que justifica la existencia de los adultos en el planeta que los jóvenes habitan, es precisamente que poseen una historia, el poder entregar una «raíz cultural», una tradición que les ayude a descifrar el mundo en el cual viven, para poder construir su mundo, y no intentar «desgajarse» del mundo de todos.
El problema se produce y hace inviable lo anterior, cuando nos ven invadir el futuro, que según entienden les pertenece en parte importante a ellos, para construirlo sin ellos. Entonces, dan vuelta la espalda a las políticas y proyectos de futuro, cuando los hay, prefiriendo ignorarlos y seguir viviendo «su aquí y su ahora». Pero identifican el fenómeno, aunque sea de la manera en que lo explicitaba un graffiti que estuvo expuesto en el muro exterior del Estadio Nacional, por más de un año: «Los viejos tienen todo el puto poder».
8. Un Proceso de «Peninsularización»
Nos planteábamos hace un tiempo que necesitábamos una buena dosis de imaginación para hacernos cargo de un proceso que posiblemente ya esté hace algún tiempo en marcha en nuestro país. El de la «peninsularización» de la sociedad. Por un lado, el proceso manifiesto, que estaría representado por la progresiva institucionalización de las bioclases, las etnoculturas, las subculturas, etc., a las cuales el sistema político las va encasillando en la burocracia estatal según la importancia relativa que les asigna: algunas merecen ser ministerios, otras institutos, otras solo corporaciones, las más organismos de orden local, repartiendo normativas que regulan su quehacer dentro del sistema, repartiendo cargos altos, medios y bajos, y asegurándoles los presupuestos respectivos. Esto, bien podría catalogarse como una operación estratégica de institucionalización de los segmentos sociales contestatarios. Y, por otro lado, el proceso implícito, que correspondería a la creación de un gran número de islas, las que van invadiendo poco a poco contingentes de jóvenes, adolescentes y niños. Mientras tanto, es algo que está superpuesto a lo que nosotros vivimos o, mejor dicho, por debajo, como un mundo subterráneo que se va construyendo y va minando el plano incierto en el que nos movemos. El requisito para habitarla es el «desenganche» de la sociedad en que se vive. El rito de pasaje es simple: la declaración en las palabras y en los hechos de no «estar ni ahí» con nada que no sea el «carrete». La fiesta y el disfrute son el fin supremo. Esta es tierra abonada para el tráfico de drogas, especialmente la cocaína y la «pasta base»; esta última, como se sabe, estaría haciendo estragos en las poblaciones marginales de Santiago.
Antes, los «desenganchados» –el mundo fantasmal de los vagabundos–, eran escasos. De vez en cuando aparecía alguno, que pasaba sin fijarse en la gente y no pedía limosna, como si caminara por un «carril» distinto al de la sociedad desde la cual se le miraba. Era sólo un «punto» en el paisaje de la urbe. Pero ahora, se han ido agregando nuevos y más numerosos «desenganchados» que, al contrario del vagabundo, pueden operar con un doble standard. En el día pueden ser empleados, estudiantes, desempleados, obreros, pobladores, hijos de familias de estratos medio y alto, operando dentro del sistema social, pero sin creer en él. Y en las noches, constituyen tribus que tienen muchas diferencias entre ellas, incluso en las islas urbanas que ocupan, pero que un «detonante» los puede juntar para actuar en contra de «algo» que todavía no tienen muy claro, pero que sin duda saben que puede reprimir su «libertad». Tal vez esto no sea nuevo, pero lo que es nuevo es la escala abrumadora que presentan en la actualidad estos problemas, como asimismo su extensión e intensidad.
Se dice que existe un «orden» cuando los elementos que entran en juego no carecen de lazos vinculantes, que proporcionan un principio de unidad requerido para constituir un conjunto único mediante la participación. Este principio de unidad puede ser de carácter inmanente, un orden sólido, coherente e integrador de una estructura u organismo; o, puede tener un carácter exterior constitutivo de una mera suma, un orden fláccido, inconsistente.
La idea no es el «encajonamiento» en un orden rígido, dado desde el exterior al individuo o a los grupos, sino un «orden» que debe irse flexibilizando para dar cabida a cada elemento nuevo que lo constituya, estructurando una participación efectiva, dinámica y enriquecedora. Urge pensar en hacer algo diferente a lo que se está haciendo actualmente; además, de manera tan lenta y tan llena de incertidumbre.
Es un lugar común que la violencia suele surgir de la furia, como plantea Hannah Arendt; y, que, efectivamente, esa furia puede ser irracional y patológica. Sin embargo esa furia no resulta de la reacción automática a la miseria o el sufrimiento como tales, ya que a nadie se le ocurriría enfurecerse frente a una enfermedad en estado terminal o ante algún desastre natural. Para la autora, la furia brota sólo cuando se sospecha que las condiciones pueden cambiar, pero quedan iguales. Más aún, cuando se ha prometido cambiarlas por quien ganó el poder ofreciéndolas y que, actualmente, tiene el poder de hacerlo. Sólo se reacciona con furia cuando se ofende el sentido de la justicia, cuando se enfrentan acontecimientos y condiciones afrentosas(17). Todavía tenemos pendiente lo que se nos dijera hace más de dos mil setecientos años: "(…) el producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad ofrecerá una seguridad perpetua."
Teóricos del caos manifiestan que, en general, podemos ignorar impunemente las diferencias porque no se magnifican y, por tanto, no transforman lo familiar en algo caótico. Tradicionalmente, hemos apreciado la simple regularidad del orden en nuestro mundo familiar, pasando por alto los órdenes (o caos) infinitamente más elevados entretejidos dentro de ella. Una leyenda china (18) cuenta que, en uno de los tantos «comienzos» del universo, el Emperador Amarillo sujetó el caos al orden. Sin embargo, el hechizo de que se valió, si bien era fuerte, no era eterno. Lo que permite predecir que algún día el orden se debilitará y las formas turbulentas comenzarán su liberación. Al comienzo, la diferencia entre caos y orden pasará inadvertida, pero poco a poco se separarán pequeños gestos que identificarán a uno y al otro, luego se transfigurarán valores y formas. Y, de pronto, el mundo encarcelado del caos se volcará violentamente en nuestro orden. Tal vez , ya se esté asentando aquí, a nuestro lado.
La imaginación me lleva a configurar un síndrome, pensando en la novela de W. Golding, en la que unos niños llegan a una isla luego de un accidente sufrido por el avión en que viajaban, y del cual no quedó ningún sobreviviente adulto. Eran niños muy bien criados y educados. Pero al cabo de un tiempo, cada vez se les fue haciendo más lejano el pasado, las tradiciones, los usos y costumbres, hasta que uno de ellos, Jack, asumió el mando, convirtió a los suyos en una tribu salvaje y creó una jauría de cazadores que terminó persiguiendo y matando a los que no estaban de acuerdo con él. El síndrome podría tomar el nombre de la novela: "El Señor de Las Moscas."
Se dirá que hay jóvenes y jóvenes. Pero bastará con aplicar la mágica pirámide para saber cuán numerosos son los de abajo, y cómo va disminuyendo en número los que se van ubicando más arriba. Recientemente, supimos que en Chile, 1 de cada 2 niños vivía en situación de pobreza. No hay muchas dudas sobre qué mundo será incrementado por este contingente del «1 de cada 2».