TusRelatos.com
Literatura y relatos para, y por todos, en Internet.
Email: Clave:

Inicio » Leer relato
PÁGINA DE LECTURA
7/9/2007
categorías
.
relatos
Leer al azar
Relatos más leídos
Relatos menos leídos
Últimos relatos publicados
Buscar relato
.
autores/usuarios
Publicar
Zona de usuarios
Listado de usuarios
Buscar autor
.
literatura
Biografías
Ortografía y gramática
Buscar autor/ebook
Reseñas
Concursos literarios
Citas célebres
Librería en línea
.
servicios
Chat
Enlaces
Noticias
Curiosidades
Publicidad
Legal/Condiciones de uso
Ayuda/Contacto

Marcianos


Fecha de publicación: 29/09/2006
Tiempo lectura: 12 min. | Lecturas: 214
Ver valoraciones


Marcianos




Estamos en el futuro. Todo es muy tecnológico, automático, impersonal, aséptico. Pero las chavalas siguen imponentes, con sus peras ahí arriba bien puestas, mirando al cielo, con sus culos de gloria, calle abajo. Chavalas, chavalas por todas partes.
Como estamos en el futuro ya no vivimos en la tierra, pero a nadie parece importarle, porque nadie la ha conocido. Las chavalas no la echan de menos, ni ellos. Una característica del futuro es que hay 111 mujeres por cada hombre, y de éstos tres de cada diez prefiere a otro hombre como pareja. Dos anteponen tocar el tambor a crecer y madurar, a uno se la suda tener o no pareja, otro es monógamo intransigente y los que quedan han fabricado una raza de androides, entre los que me hallo, para que haya una compensación demográfica que solucione este problema.
Me llamo Narciso, encima. Pero no soy como el de la fábula, que se enamoró de sí mismo, al contemplarse en el espejo de las aguas de un río o estanque o lago. En este planeta no hay ríos ni estanques ni lagos, pero hay espejos en los que me he mirado, y, la verdad, no estoy mal, pero tanto como para querer montármelo solo conmigo mismo, no. Prefiero a las chavalas. Soy poco narcisista, si por ello se entiende eso de estar todo el día mirándome el ombligo. Prefiero mirar el de las chavalas. Soy narcisista en cuanto que estoy de mi parte a la hora de ligarme al mayor número posible. El futuro me ha dado oportunidades que hubieran sido inimaginables en el pasado: tengo sentimientos, razón, prejuicios, y un día me llegará la hora de caducidad, que en cada caso es un secreto de diseño del fabricante. Me angustia saber que algún día las chavalas empezarán a preferir modelos nuevos de androides y procuro estar a la última en prestaciones. Durante una buena temporada ellas se inclinaron por los calvos, porque se hacían la liviana ilusión de que esa característica los humanizaba. Me eché un gel para perder pelo y como no lo conseguía, llegué a someterme a la cirugía estética, así que ahora que estoy calvo ellas empiezan a preferirlos con greñas.
Mi metodología es la clásica, en este aspecto el futuro ha hecho pocas innovaciones. Me gusta invitarlas a cenar, cortejarlas antes de meterme con ellas en la cama, enviarles flores, ir al teatro, tomar copas. Tengo amigos más expeditivos, aquí te pillo aquí te mato, como Celso, un androide que no se lo piensa y es capaz de hacerlo durante la teletransportación, en esos segundos en que los cuerpos no están ni en el punto de partida ni en su destino. Supongo que es equivalente a lo que en el pasado ocurría cuando un monitor de esquí se lo montaba con una alumna en el teleférico, que los llevaba a la cumbre de la montaña.
En este planeta hay montañas, desde luego, pero no nieva y tampoco hay nubes. En el futuro hay varios planetas habitados. El mío es Marte. Así que soy un marciano. Sobre los oriundos de mi planeta corren muchas leyendas desde el pasado. La más extendida era la de que los marcianos éramos hombrecillos verdes. A las chavalas les hace mucha gracia cuando les digo: -Tu príncipe azul se ha transformado en un hombrecillo verde.
En el futuro los androides tenemos sentido del humor, muchas de ellas saben apreciarlo y lo prefieren a un revolcón rápido, aunque Celso y los de su tipo creen que eso es perder el tiempo, de modo que apuestan por deportes de riesgo, como tirarse hasta la tierra en una tabla, que es el surf del futuro, sobre olas de polvo galáctico.
Los tipos de marcianos somos muchos, pero en el diseño de todos existe una prestación común, que es la de hacerle compañía a cuanta mujer sola nos encontremos en nuestro camino, soltera o casada.
En el futuro son las mujeres las que trabajan, las que organizan la vida política y económica de los planetas. Los hombres se han extinguido casi y los pocos que quedan se dedican a la agricultura de laboratorio en unos pequeños tiestos de barro. Se han convertido, por otra parte, en seres solitarios, autosuficientes, que en raras ocasiones buscan compañía femenina y cuando lo hacen provocan más insatisfacción que consuelo.
Al frente del Estado hay una Primera Dama y una Junta de Gobierno mixta, que cambian con la entrada de una nueva década. Lo que conozco de las esferas de poder se lo debo a mi relación de dos años con esta Primera Dama. La conocí cuando gobernaba y me sustituyó por otro cuando seguía mandando. Jugué con ella la baza por la que más fuerte he apostado en toda mi vida, mi calvicie.

Telepáticamente se convocó una cita en la Residencia Presidencial y nos presentamos un total de siete candidatos.
En el futuro la telepatía funciona con rapidez y eficacia y no puedo imaginarme a nuestros abuelos en el pasado sin ella. Sólo es receptor de un mensaje quien es susceptible de darle respuesta, por lo que no existe la basura telepática. En un canal abierto circulan las informaciones generales, que pueden interesarnos según el diseño original.
Somos marcianos, androides, clones, replicantes, según quién y con qué intención nos nombre. En el pasado había maricas, homosexuales, gays, locas, y todos eran una misma cosa y a su vez una cosa diferente. Más allá, remotamente, existió una casta de parias. Nosotros somos este tipo despreciable, según la época. No obstante, nuestra presencia tiene cada vez más peso en el mercado del corazón. Y llamamos chatarra sentimental a todo aquel que entra en periodo de caducidad.
De los siete candidatos la Primera Dama me eligió a mí, después de un par de citas.
De los seis restantes yo conocía a tres: a Gumersindo, a Francisco y a Mariano. Los otros tres eran unos recién llegados de la luna. Cayeron eliminados en la primera ronda. Quizás la Primera Dama los encontró demasiado ceremoniosos, pequeños y distantes. Los selenitas del futuro se parecen bastante a los orientales del pasado. Por otra parte, Francisco resultó demasiado viejo al tener la misma edad que la Primera Dama. Cincuenta décadas. A la primera Dama había que ofrecerle una pareja considerablemente más joven, con la que pudiese demostrar su vigor y su energía, sin caer en el exhibicionismo. Por eso creo que me ayudó bastante la cirugía capilar que me había hecho. Mariano tenía una pelambrera muy arraigada, excesivamente juvenil, aunque ambos rondábamos las treinta y cinco décadas.
En la primera cita fue ella la que propuso que nos encontrásemos en un Parque de Atracciones. Apareció vestida de manera informal y eso fue lo primero que me llamó la atención. Corría el rumor de que apenas había tenido amantes, porque le había entregado su vida a una dilatada carrera política, hasta ocupar el puesto máximo. Era una mujer atractiva, algo distante, con una sensualidad aprendida, poco natural. A veces recordaba aquellas imágenes del pasado en celuloide, en que una estrella muda miraba apasionada a su galán. En este caso sin el glamour cinematográfico.
-Me gustaría que probásemos el Viaje por la Tierra, me dijo, indicándome la entrada a la atracción.
-Encantado de acompañarte.
-¿Ya lo conoces?, me preguntó.
-No. Nunca he probado, le aclaré.
-Siempre es interesante. Mis antepasados llegaron a las playas de Marte desde la Tierra como inmigrantes ilegales.
Me sorprendió lo que acababa de decir. Me gustaba más así, con su naturalidad política, con esas anécdotas que explicaban mucho lo de su actividad en todos los órganos de gobierno, hasta llegar al que ocupaba, que cuando intentaba seducirme con miradas, con ciertas poses, que caían en la sobreactuación.
Al entrar en la carpa del Viaje por la Tierra nos dieron un paquete de cigarrillos y ropa apropiada.
Aparecimos en el vagón restaurante de un tren que cruzaba innumerables países, cuyos gobiernos lo habían llenado de espías.
Nos sentamos en una mesa para cenar y enseguida apareció un camarero, que no dejó de coquetear con ella mientras duró la velada. Me sentí incómodo al principio, pero luego adopté la postura de que tenía que divertirme. En aquel lugar la Primera Dama era irreconocible. Llevaba un largo collar de perlas sobre un traje de aire masculino. Metió el cigarrillo en una boquilla y luego comenzó a fingir miraditas por doquier. Los hombres del vagón enseguida estuvieron pendientes de ella para encenderle el pitillo, para ponerle una copa en la mano, para levantarla por los aires. Yo no sabía lo que estaba ocurriendo hasta que todo el mundo comenzó a cantar y a bailar.
-Me encantan los musicales, me dijo, cuando un grupo de hombres, empleados del restaurante y clientes, me la devolvió en volandas a la mesa, para que nuestra velada pudiese seguir adelante. Al marcharnos de la atracción tuve tiempo de comprobar que nuestro camarero le hacía una insinuación. Le cogió la mano y al besársela, sin pudor le dijo:
-A sus pies, señora, tiene usted la majestad de una princesa. Me he permitido anotarle la dirección de mi domicilio particular en esta nota.
Ella me aclaró después que en realidad aquel hombre era un príncipe exiliado, que trabajaba como actor en el Parque de Atracciones.
-No me ha parecido un hombre, le dije.
-¿No? No me digas. No me digas que se trata de un androide, no me lo puedo creer, no lo parece.
-Lo es, le aseguré.
Distingo a uno de mi calaña a la legua. Y aquel había conseguido, a pesar de mis esfuerzos por lo contrario, irritarme profundamente.
El chispazo de celos que surgió en mi mirada pareció interesarle. Le propuse una nueva cita para el día siguiente, pero consultó su agenda y comprobó que no podía, pues debía asistir a la inauguración de una Central de Transplantes de Memoria. Me encontró un hueco para la noche del sábado.
-Si es así, a bailar, le dije.
Conocía buenas salas de baile, a las que ella seguramente jamás habría ido.
Explico, antes de continuar, qué es eso de los transplantes de memoria.
En el futuro hay pocas personas como la Primera Dama y muchos androides como yo. Las personas pueden llegar a vivir tanto que comienza a producirse la pérdida de los recuerdos más antiguos. En los Centros de Transplante se les extirpa una glándula con la información pertinente antes de que se inicie su deterioro, para serles reimplantada más adelante a ellos mismos o a un androide que han adoptado dentro del seno familiar o amistoso. Yo llevo dentro de mí los recuerdos que varias mujeres han querido que les guardase. A veces me invitan a cenar y les cuento sus propias vidas. Ellas se iluminan entonces al sentirse narradas, extrañas, ajenas a sí mismas. Son mujeres que en alguna ocasión estuvieron enamoradas de mí.
La Primera Dama no estaba acostumbrada a aquellos ambientes nocturnos, llenos de personajes melancólicos, derrotados, repletos de vicios y defectos, aunque encantadores. Tipos que se pasaban las horas con una copa delante de sus narices.
-¿Cómo es que te gustan tanto los musicales y no conoces estos garitos?, le pregunté.
-Porque nadie me trajo nunca, me dijo.
-Si quieres te puedo hacer un tour y la última la tomamos en mi casa.
La primera Dama resultó ser una amante concienzuda e ingenua. Era aplicada también en el placer y lo obtenía del modo más sencillo. Nuestra historia fue intermitente. Al mismo tiempo que ella seguía con su apretada agenda de responsabilidades, yo me entregaba a otras aventuras. En los dos años que estuve con ella, nuestros encuentros creo que no llegaron a sumar el total de dedos de mis dos manos, que son ocho.
Aclaro: en el futuro las mujeres tienen doce dedos, los hombres siguen con los diez de siempre y los marcianos tenemos de seis a trece. Por lo demás, las mujeres siguen con sus dos peras arriba y abajo el dulce. Hay fotos, hay revistas. La pornografía también existe en el futuro. Los selenitas son grandes consumidores de esta clase de material. Los selenitas pueden tener hasta tres penes y eso los convierte en actores muy solicitados para esas sesiones.
El futuro quizás sea una de aquellas posibilidades del pasado que no agota el presente. El hecho indiscutible es que yo vivo en él, que soy marciano y que mi relación con la Primera Dama es conocida pero no pública. En fin, que no hay quien me meta en una recopilación de relatos de ciencia ficción, porque la mía es una historia real como la vida misma.

La Primera Dama de cualquier planeta es una mujer muy ocupada, pues tiene una serie de compromisos muy discretos e importantes para la buena marcha del Universo. Hay que abrir nuevas pistas interestelares, hay que buscar fuentes de energía que no sean perecederas, hay que proteger ciertos espacios galácticos de la colonización masiva. Y todo esto exige reuniones, cumbres, encuentros. La Primera Dama folla poco. Narciso no. A Narciso la galaxia le produce vértigo, no entiende muchas cuestiones, no se hace una idea de qué tipo de proyecto político puede ser el mejor. Es un androide y está en el futuro para dar placer, para hacer feliz a la Primera Dama y a cuanta mujer encuentre en su camino.
Encuentra a una pintora muy joven, una mujer enloquecida por las imágenes y se convierte en modelo de innumerables cuadros suyos. Narciso es retratado de frente, de perfil, desnudo, disfrazado.
En una ocasión le pone mi rostro a los animales del Paraíso, luego repite mi cuerpo bajo el rostro de un sinfín de personalidades de la Historia. La pintora triunfa, expone su obra por todas partes y es invitada a la Residencia Presidencial.
-Conozco bien tu obra, le dice la Primera Dama en un tono de confianza.
La pintora sabe de lo que la otra mujer le está hablando.
-Conoce usted también al modelo, ¿no, señora?, dice la muy deslenguada.
Las dos mujeres sonríen. No hay celos entre ellas.
Las dos me lo cuentan por separado.
Mi amigo Celso insiste en que pierdo el tiempo, además ahora con esta manía que me ha dado de ir escribiendo mi vida.
-Nosotros no somos como ellas, nosotros tenemos caducidad, me dice. Y luego me hace una pregunta:
-¿Tú has visto que alguna haya muerto?

También me acuesto con una modelo, con una ordenanza de un polideportivo y con una directora de bibliotecas. A Celso y sus coleguillas les parece poca cosa. Celso se tira al equipo de natación sincronizada entero con entrenadora incluida, a la plantilla de un hipermercado y al cuadro de mandos de la policía montada del Canadá en Venus, cuando visita el planeta.
A la Primera Dama le había seducido el ambiente noctámbulo, y lo que me pedía, cuando me llamaba, era que la llevase a los clubs y garitos que a mí me gustaban. Nunca nadie llegó a reconocerla. Sus guardaespaldas me trataban con cierto desdén. Luego subíamos a mi apartamento y se marchaba mientras yo estaba dormido. Los de su círculo me tenían puesto un mote, "El calvo". Y mis amigos pensaban que ella era una extranjera.
-Tiene negocios aquí, les decía yo para insistir en esa vía de despiste.
Celso me reprochaba que perdiese el tiempo con "semejante antigualla".
El día que ella me dijo que quería que yo me implantase algunos de sus primeros recuerdos, entendí que nuestra relación cambiaba de signo.

La primera imagen que se me viene a la cabeza, a las cabezas, para ser más preciso, ya que tengo dos, es la de un grupo de mujeres escondidas entre las sombras de la noche. Aunque procuran no hacer ruido, enseguida se oye el llanto de un bebé. A mí, que soy una niña, también me entran ganas de llorar, pero sé que no puedo hacerlo. Mamá me coge en sus brazos y nos montamos en una nave espacial, en la que apenas hay sitio para todo el mundo. Viajamos a la deriva por el espacio y lo siguiente que recuerdo es un gran arenal de Marte. Carreras, focos, ruido de sirenas. Mamá y yo nos hundimos en un montículo y esperamos a que todo el mundo se haya marchado.
Esto es lo que le cuento en cada cita posterior, cuando ya no somos amantes, sino viejos amigos.
Ella es una vieja dama de la política, acompañada por un androide joven, ambiguo, que me mira con escaso interés, como si observara un resto arqueológico en el que hay cifrado un mensaje de la historia, ininteligible para ojos profanos.

Un día me levanto y ya no me apetece un Drymartini. Llamo a la central de Trasplantes y aparecen en mi casa los androides a los que les voy a legar mi tesoro de recuerdos. Entre ellos, el chico joven, el amigo y amante de la Vieja Dama.
-No sé si son recuerdos adecuados para alguien como tú, le digo.
-¿Y tú como crees que soy yo?, me pregunta.
No lo sé realmente, así que callo. Cuando todos los transplantes están hechos, NADA, NADA, NADA.


Valoraciones recibidas por el relato

1
21/12/2006 20:07:11
Por: yemly
Sencillamente genial. Una visión futurista de un mundo dominado por mujeres (Wow!!)
2
12/10/2006 12:19:01
Por: Dimitri Kirilenko
De nuev por aquí, no me he resistido a dejar mi valoración en forma de estrellas. Ya conoces mi opinión sobre este relato. Te la repito: Este relato 'Marcianos' tiene más entidad que otros que he leído tuyos; se lee bien; es en realidad un cuento moderno; está escrito sin alardes, como siempre en ti; es original e imaginativo; engancha al lector; la sintaxis y la ortografía, como es habitual, impecables. Saludos.
3
30/09/2006 14:06:12
Por: HaskeL
4
29/09/2006 20:00:45
Por: cosita
Imaginativo
5
29/09/2006 19:32:18
Por: juannene
Muy bueno, de otro mundo, de otra época. Tu descripción de la sociedad, formas de vida, viajes espaciales, todo, muy bueno.
6
29/09/2006 19:07:05
Por: Vice Vhön Khamy
No me decidia a leer un relato tan largo, pero tan pronto he leído unas líneas me he quedado atrapado... ¡FASCINANTE! como diría Spock

MilesDeBanners.com

Información sobre publicidad en TusRelatos

Producto de Castilla y León

TusRelatos.com © 2000 - 2007 | Por Gonzalo Hernández Muñoz | Contacto | Publicidad

Hosted by www.Geocities.ws

1