En un famoso prefacio, Guillermo Federico Hegelpronunció esta sentencia solemne: “Cuando la filosofía pinta gris sobre gris, es señal de que una forma de vida se ha vuelto vieja. La filosofía puede interpretarla, pero es incapaz de rejuvenecerla. El búho de Minerva levanta vuelo al anochecer.”
En el pasado mes de junio, los ocho grandes del mundo hicieron su reunión anual en el balneario alemán de Heiligendamm. No recordaron a Hegel, a quien por otra parte, nuestros lideres mundiales leerían con gran dificultad. Trataron temas nobles y de acuciante actualidad: el cambio climático del planeta –debido en parte a la emisión de gases por parte de los países industriales e industrializantes—la pobreza y el hambre en África, las nuevas epidemias, y la plaga del terror. Concluyeron con declaraciones vagas y promesas que habían hecho antes y que no es seguro cumplirán. Fue una costosa pero no exitosa operación de relaciones públicas. Pero veamos quiénes son estos grandes.
En 1975 eran siete las potencias económicas del mundo occidental: Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Gran Bretaña y los Estados Unidos. En esa época esos siete países representaban en su conjunto el 62% de la producción económica global. Pero aun con la posterior incorporación de la Rusia post-soviética al club, los ocho de hoy representan menos: el 57% de la producción mundial. La proporción seguirá disminuyendo, si damos fe a las proyecciones de los economistas. La cifra está destinada a descender sostenidamente en las décadas venideras. Será del 37% en 2025 para llegar a sólo el 21% en 2050.
Es ya evidente que el futuro no les pertenece. La G del grande pasará a ser la G del gris. Será el gris de Hegel: el gris de los cansados, el gris de los canosos, el gris de una filosofía sin nuevas respuestas. En efecto, la población de los países avanzados envejece. La tasa demográfica es negativa en algunos de ellos, como Italia, Alemania y Rusia, donde no está asegurada la reproducción biológica de las poblaciones existentes, y muy baja en los demás. La compensa el aporte inmigratorio, pero éste último es objeto de rechazo y controversias, aun en un país tradicionalmente abierto al aporte extranjero como Estados Unidos.
El futuro está en naciones como Brasil, India, y China. Si sumamos Rusia (considerada como “mercado emergente”) a estos tres inmensos países, podemos prever que en su conjunto (la sigla es Bric) representarán el 27% de la producción mundial en 2025 y el 40% a mitad de este siglo: casi el doble de lo que han de producir los primeros siete grandes.
Con estas cifras en mente, quedé perplejo cuando pude ver por televisión, en segundo plano, la imagen fugaz del presidente de Brasil, invitado a la reunión de Heiligendamm junto con otros líderes del Sur, como un fantasma con barba entre los privilegiados. El futuro del mundo fue un invitado de piedra en el banquete de los que se niegan a darle paso. ¿Un “grande” como Prodi dándole la espalda a un “chico” como Lula? Vaya desproporción.
Al pasado se contrapone el futuro, al G8 el Bric. Pero irán llegando otros: México y Sudáfrica para empezar. ¿Cómo es posible discutir sobre África, el calentamiento global, la seguridad internacional, y al mismo tiempo relegar a Luis Inacio Lula Da Silva, Hu Jintao, Thabo Mbeki, A.P.J. Abdul Kalam, y Felipe Calderón a la antesala de la “gran conversación”?
Un tema muy controvertido en este último vértice de los grandes fue el escudo de defensa anti-misiles dispuesto por los Estados Unidos en países que otrora pertenecían a la órbita soviética. Esta iniciativa suscitó una respuesta agresiva por parte de Rusia, que naturalmente piensa que esa instalación estará dirigida, en parte, en contra suya, y que no acepta la explicación de que se trata de una medida defensiva contra un posible ataque al Occidente por parte de países hostiles en Medio Oriente. Resulta casi inadmisible que en este debate no entre también China, país cuyo gasto militar ha aumentado velozmente en los últimos años, pasando de 62,5 billones de dólares en 2004 a 122 billones en 2006. Es cierto que China tiene ambiciones hegemónicas sólo en el Pacifico, sobre todo en relación a Taiwán, pero una potencia de semejante calibre no puede quedar afuera de cualquier tratativa seria de control de la carrera armamentista en el mundo en general.
Sólo queda esperar que los actuales “grandes” del G8 se transformen en un club menos exclusivo de los G11. Pero mucho me temo que cuando los actuales G8 se rindan finalmente a la evidencia de los hechos y reconozcan los cambios en el mundo global real, la competencia y el conflicto entre las nuevas y viejas potencias se haya escapado de todo marco que hoy podría contenerlo. Nos corresponde pues evaluar esas tendencias centrifugas.
En primer lugar, cabe sopesar el grave error estratégico de la administración Bush en su intervención militar en Irak. La “segunda guerra” de Irak, que comenzó inmediatamente después del derrocamiento del régimen de Sadam Hussein, promete tener ocupado al ejército norteamericano en un teatro incierto por un futuro indefinido. Todas las investigaciones que he podido consultar sobre las causas de las guerras desde por lo menos el año 1700 indican que, primero, es muy difícil que un ejército regular de un estado organizado pueda controlar una insurrección mas una guerra civil en un país nominalmente “ocupado.” Esto lo aprendió ya Napoleón a sus expensas, con la guerra de España en los albores del siglo diecinueve. En segundo lugar, cuando en una guerra civil las partes en conflicto están íntimamente vinculadas a intereses y países extranjeros, la guerra civil tiende a transformarse en guerra regional y/o general. Irak está dividido hoy, como la Galia en tiempos de Julio César, en tres partes. Cada una de ellas está vinculada a conflictos externos. La mayoría xiïta tiene vínculos con Irán (país hostil al Occidente). La minoría sunita tiene vínculos estrechos con el mundo árabe, que es su correligionario. Y la minoría Kurda está vinculada con un movimiento separatista en Turquía, razón porque ésta última es capaz de invadir el Norte de Irak, rompiendo de esta manera su alianza con los Estados Unidos. Muchas de estas corrientes encontradas son a su vez profundamente hostiles al estado de Israel (única potencia nuclear de la región por el momento). En resumidas cuentas, la desoladora perspectiva de una guerra regional generalizada está a la vuelta de la esquina.
En segundo lugar, cabe sopesar el proceso de reintegración nacional forzada de la Rusia de Vladimiro Putin, que está utilizando la cuantiosa renta que le proporcionan el petróleo y el gas para orientar a su país por una vía de desarrollo autárquico y hacia una hegemonía neo-imperial en los países de su vecindario, sobre todo en los estados petroleros del Asia Central. Putin, que es un representante “nueva generación” del complejo militar-industrial heredado de la difunta Unión Soviética, ha optado por una estrategia de desarrollo de corte Bismarckiano[1], es decir, una reforma autoritaria y centralizada dirigida por un estado fuerte, nacionalista, y por lo menos verbalmente agresivo. Su modelo histórico es el del Príncipe Potemkin,[2]con quien le gusta paragonarse. Sabemos por experiencia histórica comparada, que este tipo de “revolución desde arriba,” llamada también “modernización conservadora,” no favorece ni a una sana economía de mercado ni a una sana democracia liberal.
Finalmente, en tercer lugar, cabe señalar que China ya está traduciendo su ascenso económico en poderío militar. Su estrategia de largo alcance, en este sentido, es regional, pero de alta peligrosidad. Consiste en desarrollar un poderío bélico abrumador en torno a Taiwán, que frene una respuesta norteamericana lo suficientemente rápida como para impedir la “rendición” de la isla nacionalista y su incorporación a China continental, con la ilusión (común en el origen de las guerras) de que no deberá disparar un solo tiro para lograr sus objetivos estratégicos. En el campo económico, la estrategia china es global: lograr acceso energético en todas las áreas productoras, desarrollar alianzas con países que hasta ahora estaban en la órbita económica norteamericana, y ofrecer un tercer o cuarto contrapeso geopolítico a la ya tambaleante hegemonía absoluta de los Estados Unidos.
Se acumulan de esta manera gruesos nubarrones en el horizonte, razón de más para acelerar la formación de un G11, para rejuvenecer el club de los grandes y para garantizar la paz.
[1] Otto von Bismarck (1815-1898), noble prusiano, brillante político y estadista, que unificó Alemania creando una alianza entre sectores latifundistas agrarios y capitalistas en base a un complejo militar-industrial, autoritario y belicoso.
[2] Grigori Alexandrovich Potyomkin (Григо́рий Алекса́ндрович Потёмкин) fue un estadista, militar y político ruso, amante de Catalina II. Tuvo destacada participación en la primera Guerra Turco-rusa (1768 - 1774). Fue Gobernador general de Ucrania. Sofocó la revuelta de los cosacos del sur de los Urales, lo que desembocó en su anexión a Rusia. En 1783 llevó a cabo la conquista de Crimea y recibió el título de Serena Alteza, Príncipe de Táuride. Construyó la flota imperial rusa del mar Negro, y construyó varias ciudades y puertos entre las que destacan Mykolayiv, Sevastopol y Dnipropetrovsk .En 1787 organizó el viaje triunfal de Catalina de Rusia a Crimea, el cual provocó la segunda Guerra Turco-rusa (1787-1792).
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