México sufre.

La ausencia de líderes, de guías, de figuras de carácter en la vida nacional es aplastante.  En los postulados de los hombrecillos públicos escucho y leo sin cesar las proclamas de hombres y mujeres que existieron hace demasiado tiempo. Hombres y mujeres que representaron algo para mi generación sólo a partir de los libros de historia, de la maestra Petrita, de las memorias de mis abuelos. En un país que vive inserto en pleno siglo XXI, es terrible saber que sólo continuamos refiriéndonos a Madero y a Zapata, a Hidalgo, a Juárez, a Villa y — cuanto más reciente — a Lázaro Cárdenas, como los guías de la Nación. Estos son los héroes de México: Memorias. Trozos de papel, recuentos, anécdotas… Capítulos incontables de novelas históricas, de estudios, de cicatrices e investigación que no se detienen. A la fecha, sin embargo, han pasado casi 80 años desde la expropiación petrolera… casi 100 años del inicio de la Revolución… casi 200 desde que el país cortó con la monarquía. México continúa cruzando así por una sequía de líderes, de grandes hombres, de héroes para el presente.

El punto es que el país necesita de estos ejemplos en cualquier dimensión, para respirar, para levantar la cara, para tener a quien imitar: Tenemos urgencia de ellos. Mi generación al menos, ha realizado una tormentosa travesía que se vanagloria   de líderes como López Portillo, Salinas, el Profe Hank, Durazo, el sub Marcos, Fidel Velásquez — por nombrar a unos pocos en el ámbito político. Ellos han sido líderes indiscutibles en aquello de la ‘debacle nacional’. Del deporte ya ni hablamos: Igualmente seguimos viviendo los triunfos y las hazañas de antaño; que si el Tibio Muñoz, que si las glorias de Hugo Sánchez, que si el punch de Pipino Cuevas, que si Platas o Capilla…

Poco se rescata en el escrutinio histórico. De no ser por esos destellos solitarios al estilo de Ana Gabriela Guevara, no tenemos mucho de dónde agarrarnos. Ya se trate de fútbol o de política, de intelectuales u hombres de negocios, carecemos de historias actuales de éxito nacional, de hombres y mujeres con el mérito y la autoridad para levantar la voz y marcar el rumbo (y no se ofenda Sr. Slim, usted tampoco tiene mucho de loable como líder).

Los que existen (o de los que sabemos) generalmente viven enmarcados en un halo de olvido, relegados, sin la publicidad y la promoción necesarias. No es sorpresa que tengamos que seguir buscando en el pasado (hace 80 años o más) nuestras historias de éxito e inspiración. No es sorpresa que el grueso de la población siga absorta viendo que pasa con el lío de la Trevi, cómo va la novela de las 8, cual fue el último ex-abrupto de Don Vicente y la Doña…

Es curioso como algunos países, como nuestro vecino del norte, invierten en este rubro denominado “capital humano”. Absorben talento internacional en todos los ámbitos y continúan preparando a los suyos de la mano de los mejores. Estados Unidos tiene — aunque lo haga artificialmente en ocasiones — figuras para cada día. De cada batalla que han librado existe una leyenda y dos o tres películas: no importa si los hicieron pedazos en Pearl Harbor o les quemaron el Alamo; no importa si la historieta del vuelo United 93 es creíble o no; ahí está la leyenda, el debate, el anuncio que exalta el “orgullo” de ser gringo. Convenientemente han seleccionado a sus héroes dependiendo de los tiempos: Un día se llama Tiger Woods, otro día se llama Johnny Cash, ayer se llamaba Ronald Reagan… El caso es que siempre se tiene a la mano una historia que provoca la admiración y el respeto de las masas (a cada quien, su cada cual).  Mirando esto, me pregunto constantemente si no tenemos material para exaltar el orgullo de ser mexicano. Me pregunto si con miles de millones de pesos que se van a la basura en las campañas no quedará un poquito para promover a los jóvenes talentos que existen - a duras penas - en la sierra de Oaxaca o en las costas de Guerrero. ¿No habrá un poco de dinero para producir programas de calidad, libros de antología, películas y documentales que ayuden a promover los triunfos velados que han tenido tantos en nuestro país? ¿No sobrará un poco para tender caminos que saquen del olvido al sinfín de artistas que tenemos en cada pueblo? No es posible que un país viva colgado de la sola esperanza de que Ana Gabriela gane oro en la olimpiada… ¿No ganó? Bueno ya está. A lo mejor dentro de 4 años…

Va siendo tiempo de que renovemos a nuestros líderes. Zapata y los Niños Héroes nos lo van a agradecer, créanme… ¿Dónde está nuestro Mandela, nuestro Ricardo Lagos (¿Vieron la despedida que le dieron en Chile?), nuestro Zidane, nuestra Comaneci, nuestro Plácido Domingo, nuestra Madre Teresa? Ideologías y disciplinas aparte, líderes todos…    En vez de a ellos, tenemos a clanes del estilo Peje-Montiel-Madrazo, al mártir eterno ‘Temoc’ Blanco, a excelsos intelectuales como ‘Lupita’ Loaeza, a ideólogos del corte de Martí Batres, en fin. A estos les brindan espacio en nuestra vida diaria, vemos su cara en cada periódico y en cada anuncio, escuchamos sus opiniones hasta en la sopa… Repito, no es difícil entender porqué nos la pasamos viendo la novela de las 8.

Existen muchos en México que pueden llenar esos espacios con verdadera sustancia; necesitan del apoyo público, pero también del nuestro. Aportemos a su desarrollo: Hay que publicarlos, exhibirlos, impulsarlos. Descubrir y promover sus historias es comenzar a renovar a nuestros héroes.