HACIA LA LEGALIZACIÓN DE LAS DROGAS
Las drogas
han acompañado al ser humano desde la prehistoria. Utilizadas en todas las
culturas, bien sea con fines medicinales, rituales o lúdicos, las sustancias
psicoactivas han experimentado los mismos procesos de evolución cultural,
intercambio, integración o exclusión que han afectado a otros fenómenos
sociales. En la actualidad, el uso de drogas está extendido por todos los países
se da en todas las clases y grupos sociales.
Los primeros intentos de control
sobre determinadas drogas son muy antiguos, tanto que algunos de ellos han
acabado incorporados al inconsciente colectivo, en forma de tabúes y fobias. La
mayoría de las veces han tenido un carácter religioso, como la persecución de la
brujería, estando estrechamente vinculados con la influencia que el uso de
drogas, en especial las de tipo psiquedélico o alucinógeno, han tenido y tienen
sobre los arquetipos culturales, el arte y las ideas religiosas y filosóficas.
Como resultado de la expansión de la civilización occidental y la moral
judeo-cristiana, la droga occidental por excelencia, el alcohol, fue introducida
y promovida en los territorios conquistados, como una forma más de dominio
cultural. Tras algunos episodios de prohibición, de origen claramente xenófobo,
algunas nuevas sustancias, como tabaco, te o café, fueron integradas como drogas
sociales en nuestra cultura y se sumaron al alcohol en un proceso de
uniformización que no se ha detenido hasta nuestros días.
El siglo XX trajo
consigo los primeros intentos de legislar a nivel mundial acerca del uso de
determinadas drogas. La progresiva medicalización de la sociedad y los intereses
de las grandes potencias, en especial unos puritanos Estados Unidos que acabaron
prohibiendo incluso el alcohol (Ley Seca), condujeron a la firma del primer
tratado internacional para el control del opio, la morfina y la cocaína, la
Convención de La Haya, de 1912. Aunque todavía no se había creado el concepto de
"problema de la droga" y no sería hasta 1973 cuando el presidente norteamericano
Nixon acuñara la expresión "guerra contra las drogas", en estos primeros
intentos de prohibición global ya se dan los elementos que van a caracterizar el
fenómeno en décadas posteriores: predominio del criterio moral sobre el
científico; imposición de las decisiones de las grandes potencias (que entonces
gobernaban directamente, mediante sus imperios, la mayor parte del mundo);
promoción de las drogas institucionales occidentales como únicas drogas sociales
lícitas, independientemente del daño que causan a la salud; incremento de los
daños causados por las drogas ahora prohibidas; aparición de un lobby
prohibicionista, formado por quienes viven de la progresiva histeria anti-droga;
enfoque policial y represivo, dejando de lado las cuestiones sanitarias; y
aparición de mafias que obtienen cuantiosos beneficios.
Sucesivos acuerdos
internacionales desembocan, en 1961, en la aprobación de la Convención Única
sobre Estupefacientes de la ONU. La convención impuso la eliminación total,
excepto para uso médico o científico, del opio y la coca y la erradicación
completa, salvo para uso industrial, del cáñamo. Para hacerse idea del poder que
para entonces habían acumulado los Estados Unidos en materia de drogas, baste
decir que todo un artículo de la convención —el 27— está dedicado a garantizar a
Coca-Cola su suministro de hoja de coca. A partir de ese momento los estados van
a adaptar las legislaciones de manera automática a los sucesivos tratados, de
forma que los parlamentos pierden prácticamente la capacidad de legislar sobre
drogas.
La extensión del consumo de mescalina, LSD y otras drogas visionarias
durante los años sesenta condujeron a un nuevo Convenio en 1971, que prohibe
todas las sustancias características de la contracultura y el hippismo, lo que,
debido al carácter no adictivo y escasamente tóxico de estos productos, obligó a
crear un nuevo término, el de "psicótropo", un concepto vago, nunca definido
explícitamente, que permite extender la prohibición a voluntad. Los años setenta
supusieron la consagración del concepto de "problema de la droga" y un
espectacular ascenso en el uso de heroína, fenómeno que en el estado español
coincidió con la transición política. Son los años de crecimiento de las mafias,
de aumento en las muertes por sobredosis y, sobre todo, adulteración y de
aparición de la llamada "inseguridad ciudadana". A nivel internacional, esto
conduciría a una última convención, la de Viena, de 1988, que deja de lado las
drogas para poner el acento en la preocupante dimensión que ha adquirido su
comercio ilícito, olvidando que ese mercado ilegal y todos sus problemas los
crearon las propias Naciones Unidas con sus acuerdos anteriores, que, lejos de
modificarse, se ratifican y refuerzan.
La política actual tiene como eje la
distinción entre drogas legales e ilegales. Las sustancias pueden ser de venta
libre —p. ej. el tabaco—, con receta —el valium—, de uso restringido —como la
morfina— o totalmente ilegales —p. ej. el cannabis—. Esta clasificación se basa,
supuestamente, en el peligro para la salud que representa cada sustancia. Sin
embargo, lo propios informes de la Comisión de Expertos de la Organización
Mundial de la Salud y los estudios elaborados por las principales instituciones
científicas no han dejado de cuestionar la validez de esa clasificación y
subrayado su falta de rigor científico. Las recomendaciones de estos organismos
para variar la orientación de las políticas de drogas han sido sistemáticamente
ignoradas.
Actualmente, la política de las Naciones Unidas, es decir, la que
los estados deben aplicar, se basa en el objetivo de un mundo sin drogas, es
decir, sin algunas drogas previamente prohibidas. Ello se traduce en guerra
contra esas drogas, tolerancia cero, estrategia para eliminar todas las plantas
psicoactivas y negación sistemática de l eficacia de estrategias de reducción de
daños en países como los Países Bajos, Australia y Suiza. Las políticas se
aplican en tres frentes simultáneos y complementarios de actuación: prevención,
entendida como incitación a la abstinencia total en el uso de las sustancias
controladas ("simplemente, di no"); tratamiento, es decir, asistencia médica,
psicológica, etc., para lograr el objetivo de la abstinencia; y represión,
normalmente por vía penal, de la mayoría de conductas relacionadas con la
producción comercio y uso de drogas ilícitas.
Estas políticas represivas,
además del recorte en el derecho a la gestión del propio cuerpo y la salud
individual que representan, han demostrado ser un fracaso. Así, no sólo ha
aumentado la producción y el so de drogas ilícitas, sino que los problemas
asociados a las mismas se han agravado: precios elevados y delincuencia asociada
a ellos; adulteración, que provoca problemas de salud y muerte de miles de
usuarios; mafias gigantescas crecidas al calor de la prohibición; violaciones de
los derechos humanos; ataques al medio ambiente por políticas agresivas de
erradicación de cultivos; violación de la soberanía nacional de numerosos
países; corrupción institucional; saturación y degradación del sistema judicial
y penitenciario; etc. Todos estos problemas están directamente relacionados con
la aplicación de políticas eminentemente represivas contra las drogas
ilícitas.
Recientemente, la Coalición Internacional de ONGs por una Política
de Drogas Justa y Eficaz, formada por alrededor de cien grupos de 25 países,
definía así la situación actual en una carta abierta a la Unión Europea: "La
absurda política de drogas que estamos viviendo hoy conduce al establecimiento
de una cultura global moralizadora, más dañina que los problemas que
supuestamente controla. Esta tendencia está dominada por convenciones
internacionales arcaicas, una agencia de Naciones Unidas manipulada por el lobby
prohibicionista, y la hegemonía del gobierno de Estados Unidos, que pretende ser
el único guardián moral y físico del mundo "libre" en este terreno". Este tipo
de valoración está cada vez más extendido entre los sectores implicados en el
fenómeno de las drogas y está conduciendo a un progresivo descrédito de la
política de prohibición, incluso entre algunos sectores conservadores que, en un
momento de retroceso de las políticas sociales, consideran que se destina
demasiado esfuerzo y dinero a unas políticas que muestran una alarmante falta de
eficacia.
1. La construcción del «problema de la droga». Durante milenios, la
relación de la humanidad con las drogas ha sido, en general, poco traumática.
Las diferentes culturas, a partir de su experiencia de uso, han ido creando una
serie de rituales y pautas de comportamiento que han hecho que el consumo de
sustancias psicoactivas esté, en general, bien integrado. Hasta el siglo XIX,
con escasas excepciones, el comercio de cualquier droga era libre. Las primeras
regulaciones provienen de la presión del estamento médico y, sobre todo,
farmacéutico, a fin de garantizar la exclusividad en el comercio de fármacos. Se
trata, por tanto, de defender intereses económicos y no la salud pública, que la
mentalidad de la época no considera amenazada por las drogas. Además, la
tradición constitucionalista occidental no concibe la posibilidad de que los
estados legislen sobre la dieta y los hábitos personales de sus ciudadanos, ni
siquiera en cuestión de drogas. El hecho de que sean los Estados Unidos los
primeros en imponer prohibiciones en esta materia se debe al hecho de que en
aquel país la frontera entre religión y estado es difusa. Lo sorprendente es que
ese modelo se haya impuesto también en nuestro continente, ya que un legislación
así habrá sido impensable en la Europa del siglo pasado.
Las cosas irían
cambiando por varias razones. Por una parte, se extiende el uso de formas
purificadas de droga, bien sean las bebidas alcohólicas de alta graduación
—hasta entonces producto casi de lujo— o los principios activos puros que se van
aislando, como morfina y cocaína. Esto genera nuevas formas de consumo,
generalmente más adictivas, y surgen los primeros movimientos a favor de la
temperancia, es decir, lo que hoy llamamos el uso responsable. Esta corriente
tuvo eco en el movimiento obrero, dado que las pésimas condiciones de vida de la
época favorecieron la extensión del alcoholismo. Por otra parte, la entrada de
inmigrantes latinoamericanos y chinos en Estados Unidos produjo un aumento en el
consumo de opio y marihuana en este país y las primeras reacciones de una
alarmada y puritana clase media blanca que acabó dando lugar, entre finales del
XIX y comienzos del XX, al prohibicionismo organizado.
A partir de ese
momento, la historia de las drogas consiste, sobre todo, en la exportación desde
Norteamérica de la imagen de las mismas como amenaza y la idea de que es
necesario perseguirlas hasta acabar con ellas. Sin duda, en esta cuestión es
donde los Estados Unidos han obtenido un triunfo más claro a la hora de
convertir la ideología de su élite en modelo para el resto del mundo, habiendo
liderado desde entonces cualquier iniciativa en la materia. Los Estados Unidos
son los que proponen —e imponen— la prohibición de nuevas sustancias; se
encargan de formar a la mayoría de especialistas de los organismos
internacionales y cuerpos policiales de otros países; intervienen directamente
en países del Sur, sobre todo en Latinoamérica, mediante tropas y asesores (Plan
Colombia, invasión de Panamá…); y se permiten aprobar o suspender la política
anti-drogas de otros países mediante la llamada certificación, que impide
recibir ayudas económicas estadounidenses mientras las cosas no se hagan a su
gusto. Algunas drogas ilegales, por sus efectos o forma de consumo, provocan
rechazo en una sociedad poco habituada a ellas. Así sucede con las drogas de
efecto alucinógeno o con las que necesitan inhalarse por la nariz o
autoinyectarse. Pero la razón fundamental para que las drogas ilegales sean
rechazadas con tal intensidad estriba en el hecho de que los estados fueran
trazando, paulatinamente, una línea clara de separación entre drogas buenas y
malas. En una sociedad donde la legalidad es un valor fundamental, el simple
hecho de que algo esté prohibido y se castigue s posesión —en algunos países
incluso con la muerte— hace que la sustancia en cuestión se cargue de
negatividad. Sumemos una política de control, claro ejemplo de profecía
autocumplida, que provoca los mismos desastres que asegura intenta evitar y unos
medios de comunicación alineados sin fisuras con el discurso oficial (en muchos
países, atribuir efectos positivos a una droga ilegal se castiga con la cárcel)
y entenderemos porqué el discurso apocalíptico sobre ciertas drogas ha calado de
tal manera.
La ilegalidad y la imagen negativa se alimentan recíprocamente.
Como toda norma, la prohibición de drogas estigmatiza y persigue como desviadas
a las personas que no la respetan, empujándolas a una clandestinidad de la que
sólo emergen quienes necesitan ayuda para superar su situación. Los usuarios
normales desaparecen de la vista y sólo son visibles los adictos más degradados
—en especial los más pobres, que al no disponer de un espacio privado se ven
obligados a consumir y hasta a vivir en la calle—, los muertos por adulteración
o sobredosis y los arrepentidos, confirmando una imagen negativa que, en la
mayoría de los casos, ha sido modelada antes de que hubiera una población
significativa de usuarios.
En la actualidad, la imagen social de "la droga"
está compuesta, sobre todo, de falsos tópicos. Se habla de droga, en singular,
para referirse a decenas de sustancias absolutamente diferentes entre sí; se
tiende a olvidar que el tabaco, el alcohol, los psicofármacos, etc., también son
drogas, muchas de ellas más peligrosas que las prohibidas; se equipara consumo
con dependencia, incluso en sustancias que no son susceptibles de provocarla; en
fin, se identifica a las drogas con muerte, enfermedad, sufrimiento, infierno y
un largo etcétera.
La imagen dominante de as personas consumidoras ha variado
con los años, pasando de viciosos a delincuentes y luego a enfermos, pero
siempre con la idea de que se trata de personas a las que, por su bien, hay que
llevar al buen camino. A pesar de tratarse, en general, de personas adultas y
capaces, no sólo no participan en modo alguno en la toma de decisiones que les
afectan (algo nada raro en nuestro restrictivo modelo de democracia) sino que ni
siquiera se toma en cuenta su opinión, a la que los numerosos estudios oficiales
no suelen dedicar ni una línea. Ello es consecuencia de la identificación
automática, absolutamente falsa, que se establece entre consumo, dependencia y
pérdida de control de la propia vida. Nuestra vida se organiza, en gran medida,
en torno a hábitos y dependencias que vamos adquiriendo durante el transcurso de
la misma. Tales hábitos, incluido el uso de drogas, no tiene porqué ser causa de
problemas por sí solos y así suele suceder normalmente. La idea de que la
dependencia de determinadas sustancias (es decir, las ilícitas), causa, por sí
sola, dolor, infelicidad e incapacidad para valerse por sí mismo es falsa y tan
sólo tiene sentido en el seno de unos estereotipos destinados a justificar la
persecución.
Las drogas ilícitas desempeñan en la sociedad de hoy una función
de chivo expiatorio similar a la que en el pasado tuvieron las brujas. No es
casual que en la actualidad las tres cuartas partes de las personas encarceladas
lo estén por cuestiones relacionadas con esas drogas, una proporción que hasta
el siglo XVIII correspondía a disidentes religiosos y en el XIX a disidentes
políticos. Se trata, sencillamente, de que hoy en día el llamado problema de la
droga es el famoso fantasma que recorre, no sólo Europa, sino todo el mundo. Un
discurso sospechosamente orwelliano, bien orquestado, difundido masivamente y
repetido hasta la saciedad, presenta a las drogas bajo un prisma
sistemáticamente catastrofista, extendiendo la idea de que se trata de una
especie de virus maligno que los narcotraficantes, una de las figuras más
siniestras de hoy, difunden por doquier para lograr convertir a as personas en
adictos y poder así aprovecharse de ellas. La interesada imagen de las drogas
ilegales como causa de graves problemas sociales —cuya naturaleza real se
intenta ocultar— y las políticas supuestamente preventivas basadas en la
difusión de la idea de que son algo malo en sí mismo, son uno de los pilares sin
los que la guerra contra las drogas sería inconcebible.
2. Tradicionalmente,
la izquierda ha dejado de lado aquellos problemas que no estuvieran directamente
relacionados con las relaciones de producción, como la cuestión nacional, el
género o el medio ambiente. Por ello, los textos dedicados al fenómeno de las
drogas son bastante escasos. Pese a ello, durante el siglo XIX, el alcohol
—especialmente las bebidas de alta graduación— y su influencia en la clase
obrera provocó un intenso debate en el seno del socialismo alemán, primero, y
europeo, más tarde. De un lado se hallaban los partidarios de la abstinencia
total, muy en sintonía con el puritanismo de parte de la burguesía de la época,
que usaban contra el alcohol el mismo tipo de argumentos que algunos mantienen
hoy contra las drogas ilegales: el alcohol degrada y desmoviliza, haciendo que
la clase obrera se evada y olvide sus problemas, en lugar de luchar para
resolverlos. El otro sector, en el que destacan Engels y Kautsky, subrayaba el
importante papel de las tabernas en la socialización de la clase trabajadora y
en el intercambio de ideas y defendía el consumo moderado de vino y cerveza, si
bien compartía el prejuicio de que el aguardiente desmoviliza al
proletariado.
El pensamiento de izquierda ha estado, en general, impregnado
de una visión puritana de la vida, que considera el trabajo, la sobriedad y el
sacrificio como valores fundamentales de la clase obrera. Todo lo que tenga que
ver con el hedonismo, con el placer por el placer, se ve con lejanía cuando no
con rechazo. Aquí resulta clave la influencia que ejerció sobre los primeros
teóricos socialistas la tradición cristiana y la ética protestante del trabajo.
No olvidemos que la moral judeo-cristiana tiende a rechazar como impura la
ebriedad, en especial la no-alcohólica, habiendo perseguido —incluso con la
hoguera— ciertos consumos e implantando un tabú, similar al del sexo, que hizo
desaparecer a la mayoría de las drogas de los libros de historia.
La primera
denuncia desde la izquierda contra la prohibición que había comenzado a
aplicarse en 1912 vino de las filas anarquistas, donde el italiano Malatesta, en
1922, con argumentos que mantienen toda su vigencia, sostenía que "la ley es
inútil para erradicar un vicio" y que su inevitable fracaso sólo conduce a la
imposición de nuevas leyes cada vez más duras. Por ello, defendió abiertamente
el libre uso y comercio de la cocaína.
Este debate pasa a un segundo plano
durante décadas y sólo vuelve a aparecer cuando el uso de drogas ilegales
adquiere carácter masivo y la alarma social crece, es decir, a finales de los
sesenta y en los setenta, coincidiendo con la conversión del fenómeno en
problema. En esta nueva etapa es la postura prohibicionista la que domina,
usando argumentos que se apartan poco del discurso oficial. En Estados Unidos,
las ideas puritanas de Malcolm X, que propugna "liberarse" para siempre de la
embriaguez, acaban desembocando en la tesis de a introducción de las drogas en
los barrios negros para acabar con las Panteras Negras. La idea del uso por
parte del poder de las drogas para acabar con la movilización popular se
extiende a la izquierda europea, desde los autónomos a los PCs, y a los
movimientos de liberación nacional. Las acciones de IRA y ETA contra traficantes
serán la parte más sangrienta de una represión propugnada desde una izquierda
impregnada de los valores dominantes.
El planteamiento, defendido con
vehemencia en Euskal Herria por buena parte de la izquierda abertzale, de que
las drogas son un arma del estado para desmovilizar y alienar, no sólo carece de
pruebas que lo sostengan, sino que entra en contradicción con el hecho,
constatado una y otra vez, de que los sectores con consumos más elevados de
drogas ilícitas tienden a tener una ideología más izquierdista y se movilizan
más por problemas sociales que el resto de la población. Esto es lógico si
tenemos en cuenta que el consumo de drogas implica violar, a la vez, los tabúes
de la moral dominante y leyes represivas, una barrera que, lógicamente, resulta
más fácil de franquear a quienes rechazan el orden vigente. Por otra parte, no
se entiende que el estado persiga y castigue, incluso con la cárcel, una
conducta que pretende, supuestamente, promover. El hecho de que haya numerosos
policías corruptos vinculados con el tráfico de algunas drogas sólo viene a
confirmar algo tan sabido como que los cuerpos policiales siempre han tendido a
beneficiarse de los negocios que se dejan al margen de la ley, como sucede con a
prostitución o el contrabando.
Consideramos que el prohibicionismo es
incompatible con las ideas, no sólo de izquierda, sino mínimamente progresistas.
Defender, contra toda evidencia, la bondad de unas drogas frente a otras,
imponiendo por la fuerza hábitos personales al resto de la población, es decir,
actuando como vanguardia moral que decide por encima de la voluntad de las
personas, convierte el discurso de la izquierda en un calco de la hipócrita
moral dominante. Por otra parte, considerar una droga buena o mala en función de
su situación legal implica equiparar legalidad con legitimidad, algo bien
alejado de las ideas que han caracterizado a la izquierda desde su origen. La
distinción entre drogas legales e ilegales carece de base científica y se
sostiene tan sólo por una conjunción de intereses, en gran parte situados cerca
de las cúpulas de poder. La izquierda debe posicionarse ante la prohibición de
las drogas como ante cualquier recorte de las libertades individuales, con la
agravante de que la política prohibicionista castiga con mayor intensidad a los
países y sectores sociales más desfavorecidos. La tutela exterior sobre la salud
es una práctica autoritaria que debe quedar fuera de las ideas de la
izquierda.
3. Prohibir es un buen negocio. En junio de 1998, un grupo formado
por más de seiscientas personalidades de todo el mundo, que incluía al
ex-secretario general de la ONU, Pérez de Cuéllar, varios ex-presidentes y un
buen puñado de premios Nobel, se dirigió a la Sesión Especial sobre Drogas de la
ONU mediante un manifiesto titulado "Creemos que la guerra contra las drogas
está causando más daño que las drogas mismas", publicado en las páginas
centrales del New York Times. Una creciente corriente de opinión, de la que el
manifiesto anterior es una clara muestra, considera que las políticas actuales
son ineficientes, inútiles, y un importante impedimento a la introducción de
estrategias innovadoras para dirigirse al fenómeno de las drogas ilícitas, tanto
de manera global como local, y afirma que el reforzamiento de la política actual
generará un deterioro de la situación de las drogas, y una creciente falta de
credibilidad de estas políticas en la opinión del público en general como, de
hecho, ya ha comenzado a suceder.
La guerra contra las drogas es,
actualmente, uno de los mayores problemas que padece la humanidad, por mucho que
nos hayamos acostumbrado a convivir con ella sin percibirla. Solemos asistir al
goteo de noticias sobre las muertes y daños que causa sin darnos cuenta de que
todas ellas tienen un origen común y sin percibir la enorme dimensión que
adquiere el fenómeno cuando se ponen juntas todas sus consecuencias negativas.
Aunque resulta difícil hacer un cálculo, debido al empeño de la propaganda
oficial en dispersar y camuflar los datos, las muertes que esta política de
guerra ha provocado, directa o indirectamente, desde su comienzo, deben sumar ya
varios millones. Aquí se incluyen desde los campesinos que sufren enormes
operativos militares y policiales, además de fumigaciones masivas con
pesticidas, hasta los pequeños traficantes (en Estados Unidos mueren más
personas por las operaciones policiales anti-droga que por las propias drogas) y
consumidores, entre una parte de los cuales la adulteración y la propagación de
enfermedades debidas a las malas condiciones de consumo han provocado una
auténtica masacre. Todo ello sin contar, naturalmente, lo que el lenguaje
militar suele denominar daños colaterales.
Para poder desarrollarse, esta
guerra permanente emplea cientos de miles de personas y dilapida una cantidad
incalculable de recursos. El sistema penitenciario se dedica en un 80% a la
guerra contra las drogas ilícitas, igual que una gran parte del aparato
judicial, policial y militar. Dependiendo de los países, la parafernalia incluye
desde satélites espía hasta charlas en las escuelas para que los hijos e hijas
de usuarios de drogas delaten a sus padres, en una estrategia de todo vale,
desproporcionada, inhumana y costosísima. El Partido Popular, cuando estaba en
la oposición, calculaba que la lucha contra las drogas se llevaba en el estado
entre 600.000 millones y un billón de pesetas anuales, si bien este cálculo deja
fuera numerosos gastos que se imputan en apartados variadísimos y que es casi
imposible precisar.
La desproporción entre los daños producidos por las
drogas y los causados por las políticas de prohibición, sin embargo, no parece
suficiente para que las instituciones cambien de rumbo. Cualquier cambio de
signo aperturista debe superar el obstáculo de una opinión pública sometida
durante años a un verdadero lavado de cerebro. Sin embargo, no es esta la
verdadera razón que impide el cambio, sino, por un lado, la conjunción de
numerosos intereses que han hecho de la lucha contra las drogas un fin en sí
mismo y, por otro, la absoluta falta de transparencia y control democrático de
las instituciones encargadas de marcar las directrices que los diferentes
gobiernos están obligados a llevar a la práctica.
El dinero procedente del
comercio ilícito de drogas, que supone decenas de billones de pesetas, es lavado
en los mismos grandes bancos que donan dinero a las fundaciones anti-droga,
mientras los servicios secretos y ejércitos de numerosos países financian sus
operaciones ilegales con dinero procedente del narcotráfico, actividad que
frecuentemente practican ellos mismos o encubren, mientras eliminan la
competencia con a excusa de la lucha contra las drogas, como hiciera la CIA con
el mercado de la heroína y la cocaína en los años setenta y ochenta o como sigue
haciendo la policía marroquí, que persigue a los pequeños traficantes que se
tragan unos gramos de hachís mientras la familia real aparece implicada una y
otra vez en el tráfico a gran escala. Por otra parte, es lógico que muchos
estados del Sur toleren conscientemente el tráfico, dada la inyección de divisas
que supone para sus economías, atenazadas por la deuda externa y el intercambio
desigual.
El general Schwarzkopf, comandante de las tropas aliadas en la
Guerra del Golfo, declaró que "el narcotráfico es, tras la caída del comunismo,
el principal enemigo para los intereses de los Estados Unidos". No se trata de
que los Estados Unidos corran el riesgo de verse desestabilizados por el
narcotráfico, cosa que sí sucede en algunos países, sino de alimentar la imagen
de un enemigo externo peligroso e incorpóreo que, concluida la división en
bloques, permite a los Estados Unidos ejercer un liderazgo indiscutible en una
cuestión fundamental para el mantenimiento de un orden internacional acorde con
sus intereses.
A todo lo anterior hay que sumar la existencia de un
influyente grupo de presión, formado por una increíblemente numerosa casta de
funcionarios, fundamentalmente de organismos internacionales, y por una serie de
poderosas ONGs, muchas de ellas vinculadas con grupos cristianos
fundamentalistas, que mueven subvenciones multimillonarias a cuenta de la misma
alarma social que promueven. Existe una tupida red de observatorios, institutos,
fundaciones y empresas, con miles de personas en plantilla, que viven de la
existencia de un problema fabricado y que, en la mayoría de los casos, tienen un
interés objetivo y, con frecuencia indisimulado, en mantener todo tal y como
está.
El fracaso de las políticas anti-drogas y la inconsistencia de su base
científica son evidentes para cualquiera que dedique un mínimo esfuerzo a
analizar la situación actual. Los responsables políticos de la guerra contra las
drogas saben de sobras a estas alturas que son sus propias decisiones las que
causan la mayoría de las muertes y del sufrimiento que ellos achacan a las
drogas ilegales. Es urgente acabar con la prohibición y abandonar la absurda y
contraproducente idea de un mundo sin drogas, pues cada día que pasa significa
más víctimas. No se trata de una simple discusión acerca de leyes: nos
encontramos ante una guerra y lo primero es pararla como sea, especialmente
cuando sabemos que los muertos y los prisioneros los pone un solo bando.
4.
Reivindicar el derecho a las drogas. La enorme dimensión de los daños que la
ilegalidad de algunas drogas está provocando es suficiente ara que la izquierda
en general y Zutik en particular asuman la legalización inmediata de todas las
drogas como un objetivo propio con todas las consecuencias y poniendo en ello el
énfasis y la energía que requieren unas políticas autoritarias y represivas
cuyas consecuencias negativas se pueden equiparar a las de la precariedad
laboral o el armamentismo. Dadas las circunstancias actuales, la legalización
aparece casi como una utopía pero, paradójicamente, exige muy pocos cambios en
el actual marco jurídico. Existen propuestas muy elaboradas que permitirían dar
ese paso sin demasiadas complicaciones, como la del Grupo de Estudios de
Política Criminal, que propone incluir las drogas prohibidas en la Ley del
Medicamento, despenalizar su producción, comercio y consumo, y regular su venta
como fármacos sin receta.
Por otro lado, tenemos suficiente número de
ejemplos prácticos como para saber que la tolerancia hacia el comercio de drogas
ilegales no suele acarrear sino beneficios, además de no producir el boom en el
consumo que la propaganda oficial vaticina. El consumo de cannabis en los
Estados Unidos, donde la tenencia de unas plantas de marihuana puede suponer
veinte o treinta años de cárcel, es el doble que en Holanda, donde la venta es
libre, con la diferencia de que en Holanda han desaparecido las mafias del
cannabis, el producto no suele estar adulterado y la forma de usarlo es más
saludable, reduciéndose el policonsumo y el paso a sustancias más
adictivas.
Pero más allá de las ventajas prácticas que acarrearía acabar con
unas políticas dañinas, defender la legalización es una cuestión de principios.
La persecución que se ejerce sobre el consumo de drogas ataca la libertad
individual de millones de personas por la simple razón de haber decidido
consumir unas drogas distintas a las de la mayoría. Las personas usuarias
arrastran un estigma y una presión social que deteriora su calidad de vida y les
afecta en todos los terrenos. En nuestro caso, el Estatuto de los Trabajadores
considera causa de despido la dependencia de drogas, lo cual, en el caso de las
ilegales, llega a incluir el simple consumo. Un acoso constante, con redadas en
bares, controles de carretera, decenas de miles de multas y tratamientos de
deshabituación impuestos por la fuerza, resultado de una legislación heredera de
la Ley de Peligrosidad Social del franquismo, convierte a las personas usuarias
en ciudadanos de segunda.
El uso de cualquier droga, por las razones que cada
cual elija, es un derecho individual inalienable. Ni el estado ni la medicina
tienen autoridad alguna para controlar el cuerpo ni la vida de las personas, sea
en el terreno de la sexualidad, en la eutanasia e incluso en el suicidio. Exigir
el fin de la discriminación y persecución de las personas usuarias es,
sencillamente, una consecuencia lógica de aplicar el derecho a la diferencia y
el control de la propia vida. Durante mucho tiempo, homosexualidad y uso de
drogas tuvieron la misma consideración moral y legal: se trataba de conductas
desviadas que era necesario perseguir y corregir luego mediante la reeducación
obligatoria. Ahora que a discriminación por motivo de la orientación sexual ha
llegado a ser un delito, resulta incongruente que siga en vigor una legislación
que sigue discriminando a más de dos millones de personas en el estado español
por sus hábitos individuales de consumo.
Este planteamiento libertario debe
extenderse a todas las conductas relacionadas con las drogas, ya que el
extendido planteamiento de defender la despenalización del consumo, mientras se
mantiene la prohibición del comercio, no sólo no arregla los problemas más
graves, sino que es tan incoherente como defender la libertad de prensa mientras
se prohiben las librerías. El argumento del carácter mafioso de la mayoría de
grupos dedicados al tráfico de drogas no tiene validez: las mafias de las drogas
no son esencialmente distintas de cualquier otra empresa; la única diferencia es
que la presión para que cumplan las leyes laborales y de comercio —bastante
escasa de por sí en las empresas legales— es nula, lo que acaba perjudicando a
sus trabajadores y clientes, mientras enriquece a quienes las controlan.
La
prohibición de las drogas es un fenómeno global de dimensiones descomunales,
cuya pervivencia es inseparable de una concepción invasiva y autoritaria del
estado y de una moral hipócrita y xenófoba. Acabar con ella va a ser una de las
principales batallas políticas del próximo siglo, puesto que, pese a que la
situación va a seguir degradándose, la presión para impedir el cambio va a ser
brutal, dado que representa una de las bases del nuevo orden internacional que
aún se está conformando. Zutik asume el antiprohibicionismo como uno de los
planteamientos troncales de su ideario, teniendo muy en cuenta, eso sí, que no
se deben perder las escasas ventajas que la ilegalidad ha reportado, en forma de
recurso económicos extras, para países y colectivos empobrecidos, especialmente
entre el campesinado de muchos países del Sur. Frente a planteamientos de cariz
neoliberal, que propugnan como salida un mercado libre de drogas, Zutik defiende
una regulación que tome en cuenta el punto de vista de los países productores
del Sur, favorezca la autogestión y siga las reglas del comercio justo. Debemos
sacudirnos de encima la carga de una concepción puritana de las drogas que, no
sólo es ajena a nuestra tradición ideológica y cultural, sino que contribuye,
objetivamente, a perpetuar una situación injusta. El concepto comenzó a
desarrollarse a partir de las experiencias británica y holandesa, en los años
ochenta, aunque su origen cabe situarlo en el 20º informe de la Comisión de
Expertos de la OMS, de 1974. En él se afirmaba que "… el principal objetivo (…)
debería ser prevenir o reducir la incidencia y severidad de los problemas
asociados con el uso no médico de las drogas. Este es un objetivo mucho más
amplio que la prevención o reducción de drogas per se". Por tanto, la reducción
de daños parte del principio de aceptar que, nos guste o no, el uso de drogas va
a seguir estando ahí y es mejor que se produzca en las mejores condiciones. Por
supuesto, este planteamiento choca de frente con l idea de un mundo sin drogas
y, por eso, los documentos de la Sesión Especial sobre Drogas de la ONU de 1998,
los que marcan las directrices de actuación a nivel mundial para la década
1998-2008, no usan ni una sola vez la expresión "reducción de daños".
Las
actuaciones que se han desarrollado en este terreno, como el intercambio de
jeringuillas y los programas de metadona, siendo un avance imprescindible,
resultan claramente insuficientes, dado que sólo afectan a una pequeña minoría
del conjunto de usuarios. Además, se trata de una estrategia escasamente
consolidada, como lo demuestran las graves dificultades legales y el boicot por
parte de diversas instituciones estatales e internacionales a que se enfrentan
las nuevas actuaciones que se plantean, como los programas de heroína o las
salas de consumo higiénico, mal llamadas narcosalas. Consideramos que tales
medidas, si bien son insuficientes por sí solas, deben implantarse con urgencia,
antes de que el daño sea mayor. Por tanto, más que la legalización, la batalla a
corto plazo va a ser la profundización y diversificación de la política de
reducción de daños, aún hoy gravemente amenazada, ya que de hecho ni siquiera se
aplica en las drogas legales, como alcohol o tabaco, contra las que también se
empieza a aplicar la tolerancia cero.
La gran mayoría de las personas que
consumen drogas lo hacen porque perciben que, de una u otra manera, la sustancia
mejora su calidad de vida y no tienen intención de abandonar el consumo. La
dependencia física sólo afecta a una parte pequeña de quienes usan drogas
ilegales, y ese uso no acarrea grandes problemas de salud a la mayoría de
quienes lo practican. En realidad, los principales daños que sufren los
consumidores de drogas ilícitas (estigma, adulteración, represión directa y
desinformación) están directamente causados por la prohibición. Por tanto, la
aplicación hasta sus últimas consecuencias de la reducción de daños implica la
legalización. De hecho, lo sensato es defender que la reducción de daños sea el
principio rector de las políticas de drogas y deje de supeditarse a las
políticas represivas, dado que ahora se limita a reparar una pequeña parte de
las consecuencias más graves de las mismas.
En consecuencia, se deben
impulsar todas aquellas medidas intermedias que el actual marco legal permita
desarrollar, a fin de mejorar la calidad de vida de las personas usuarias y su
entorno, pero sin renunciar a superar los límites de ese marco, exigiendo ante
empresas e instituciones la derogación —cuando entre dentro de sus competencias—
o no aplicación de las legislaciones discriminatorias (como los apartados
correspondientes de la Ley de Seguridad Ciudadana y el Estatuto de los
Trabajadores) o que dificulten la implantación de nuevas medidas. Se debe
reclamar la creación de servicios públicos de análisis de sustancias y la
despenalización inmediata de la autoproducción de cannabis (sustancia ilegal más
consumida y que llega en pésimas condiciones al mercado), así como permitir su
producción y venta, al menos en circuito cerrado, como forma de paliar el
principal problema de salud asociado a las sustancias ilícitas, la
adulteración.
El otro reto es extender la reducción de daños a toda la cadena
de la producción y comercio de drogas ilegales, como propusiera en su día la
Coalición Internacional de ONGs por una Política de Drogas Justa y Eficaz, que
en su manifiesto fundacional, que Zutik suscribió en su momento, plantea una
serie de medidas paliativas básicas para reducir el impacto de la guerra contra
las drogas: despenalización del consumo y la producción a pequeña escala,
desmilitarización completa de las actividades anti-droga, fin de la política de
erradicación de cultivos y sustitución por proyectos económicos viables y
consensuados con las poblaciones afectadas, fin de as fumigaciones masivas,
respeto a la libertad de expresión en materia de drogas, etc.
En conclusión,
las políticas de drogas deben servir para establecer y mantener las condiciones
bajo las cuales la salud, el bienestar, el equilibrio y el enriquecimiento
físico, mental y espiritual de individuos y de sociedades pueden prosperar. El
objetivo que deben perseguir dichas políticas es el logro de una convivencia
pacífica entre seres humanos y drogas, basada en una legislación que no imponga
otros límites que los derivados del respeto a los derechos de terceras personas
y que elimine cualquier discriminación. Como primer paso, estas políticas deben
ser subordinadas a los principios integrados en la Declaración Universal de los
Derechos Humanos, la Convención sobre Biodiversidad y otros acuerdos
internacionales, en particular los principios que garantizan el respeto a los
derechos sociales, económicos y políticos y a la diversidad cultural de todos
los individuos, y a aquellos que toman en cuenta la sostenibilidad del
planeta.
No sabemos qué camino tomarán las políticas que regulan el fenómeno
de las drogas en el futuro, pero es seguro que, sean cuales sean las medidas que
se apliquen, las drogas seguirán estando ahí. Como cualquier actividad humana,
el uso de drogas conlleva riesgos y beneficios: se trata de sustancias que, bien
utilizadas, ayudan a las personas a vivir más sanas y felices, aunque algunas
tienen una gran capacidad adictiva o efectos secundarios que pueden llegar a ser
muy adversos, incluso mortales. Por lo tanto, la legalización de todas las
drogas no va a servir —ni lo pretende— para que las mismas dejen de provocar
problemas, pero es seguro que mejorará el balance entre daño y beneficio y
reducirá en gran medida la enorme cantidad de muertes, sufrimientos y
destrucción que ha provocado y provoca la prohibición, colocándonos por fin en
el camino hacia una convivencia menos traumática y más enriquecedora con unas
sustancias que han acompañado y, probablemente, acompañarán a la humanidad a lo
largo de su andadura.
Zutik, en documentos de la 3ª Asamblea
Nacional, Universidad de Leioa-Bizkaia, 21-22 de octubre de 2000, págs. 37-49.