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LAS DROGAS Y SUS
EXORCISTAS
El Tribunal Supremo de Estados
Unidos ha decidido «legalizar» los secuestros de ciudadanos extranjeros con
ciertas acusaciones pendientes en USA: la decisión se ha justificado
refiriéndose de inmediato a crímenes de narcotráfico. También la polémica y
verosímilmente anticonstitucional Ley Corcuera se legitimó en su día como medida
extraordinaria contra el tráfico de drogas. Por cierto que l disposición del
tribunal americano es una especie de «Ley Corcuera» pero a lo bestia, con
alcance internacional… Y Panamá fue invadida no porque su presidente fuese un
dictador que fastidiaba a su pueblo y se ciscaba en sus derechos civiles (ese
tipo de crápulas suelen morir de viejos, a poco que sean hábiles y guarden
algunas apariencias) sino porque se le atribuyeron colusiones con el
narcotráfico.
Las drogas y su tráfico, ascendidos a mal absoluto de una sociedad en busca de
chivos expiatorios y coartadas populistas, funcionan eficazmente como palanca
para forzar el derecho, tanto nacional como internacional. Cualquier aberración
jurídica o política, si se supone «eficaz» contra el narcotráfico, es aceptada
sin rechistar tanto por las derechas como por las izquierdas. La cruzada es tan
estimulante que cada vez ha más ilustres damas y probos caballeros entregados al
asunto de la droga: me refiero, claro está, a políticos, señoras de políticos,
obispos, señoras de obispos, médicos y policías de ambos sexos, educadores,
re-educadores, re-re-educadores, jueces, deportistas, cantautores y quién sabe
cuántos más. Por supuesto luchan contra ella, pero como para luchar hay que
abrazarse al adversario… Un reciente anuncio del Plan Nacional Contra la Droga
que les agradecía su esfuerzos diciendo «Gracias por engancharte a la droga»
tenía más chispa reveladora de lo que su ocurrente inventor seguramente supuso.
Entre tanto, los grandes narcotraficantes siguen haciéndose muy ricos, os
pequeños bastante ricos, los muertos por adulteración, sobredosis, gangsterismo,
etc…, aumentan en lugar de disminuir y, en general, se sigue viviendo de la
droga y para la droga, así como muriendo también por culpa de ella…, es decir,
por culpa del fruto prohibido.
¿Por qué se abusa de las drogas ilícitas? ¿Porque son drogas… o porque son
ilícitas? ¿Porque esas drogas conllevan forzosamente abuso… o porque no hay
información, educación ni posibilidad legal para su uso? ¿Por qué se ha creado
una «subcultura» de la droga, con su propio prestigio, sus caminos de perdición
y de rehabilitación? Las respuestas tienen siempre algo en común: mientras
ciertas sustancias estén prohibidas y por tanto su venta (y sobre todo su
falsificación) sea un negocio fabuloso, el llamado problema de la droga seguirá
siendo irresoluble y esta nueva encarnación moderna del Mal permanecerá
gloriosamente invicta. Pero no sólo la fuerza de las drogas proviene del negocio
de lo prohibido sino también, psicológicamente, de la tentación de lo prohibido.
Quien quiere huir del mundo escucha a todo el que le prometa un paraíso, pero
también a quien le prometa un infierno lo suficientemente entretenido. El caso
es irse donde la rutina de la cotidianidad ya no alcance, demostrar rebelión
contra las normas filisteas… o hacer cosas lo suficientemente degradantes y
terribles como para que le presten a uno esa atención mimosa que familiares,
convecinos y autoridades suelen regatearnos. ¡Cuánta propaganda han logrado
hacerle a las drogas quienes las prohiben y quienes las persiguen!
No conozco lo que el Proyecto Hombre hace por los toxicómanos a los que presta
su asistencia. En principio, el que ayuda quien reclama ayuda (pero desde luego
sólo a quien la reclama) merece todo mi respeto. Sin embargo, sus postulados
teóricos, al menos tal como los ha reflejado hace poco la prensa vasca, me
parecen la antítesis de lo que es cuerdo plantear ante la cuestión de las
drogas. Leo que el lema de su convocatoria el pasado 26 de junio en el velódromo
de San Sebastián fue: «Basta ya, sé libre». Admirable máxima que sólo exigiría
el complemento de exigir la despenalización de las drogas para que cada cual
pudiera ejercer responsablemente su libertad. Se dijo también en esa reunión:
«No queremos ni debemos acostumbrarnos a la presencia de las diversas drogas
entre nosotros.» Opino exactamente lo contrario. Las drogas han acompañado a los
hombres desde la antigüedad más remota y es absurdo pensar que van a desaparecer
en el momento histórico en el que es más fácil producirlas: precisamente lo que
hay que hacer es acostumbrarse a convivir con ellas, sin traumas, sin
prohibiciones puritanas, sin tentaciones diabólicas y con información
responsable. A las llamadas drogas les sobran mecenas, exorcistas, árbitros,
curanderos… y les faltan desmitificadores.
Fernando Savater, en Libre mente, Madrid, Espasa Calpe, 1995, págs. 113-115.
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