>>> de drogas y drogadictos <<<

¿Por qué drogarse?

>>> La respuesta es tan sencilla como el por qué escalar el Heverest, por qué volar en un Delta, por qué ir al cine a ver todas las películas de nuestro director favorito, por qué ver nuestros programa favorito, o por qué preferir la comida japonesa a la italiana, o la Coca Cola sobre la Pepsi. Por gusto, por el mero y más puro placer de hacerlo. Por lo que provoca el estado del ecstasy, el LSD, la marihuana o cualquier otra sustancia: el descontrol, la lluvia de imágenes, sensaciones y pensamientos, el baile irrefrenable, el conectarse con la música y las luces, el viaje interno y el viaje externo, el placer de ser uno mismo y de no ser nada por unos instantes. Gozar el alucine. Es una experiencia única, incomparable con cualquier otra.

¿Qué no se saben divertir de otra manera?
¿Sólo saben divertirse consumiendo estupefacientes?

>>> No. Precisamente la diversión que buscamos es ésa, el estado en el que nos pone una sustancia química o natural, ya sea legal o ilegal. Así como el torero arriesga su vida en una plaza de toros, o un alpinista escalando una montaña, o un aspirante a piloto volando un Delta, así nosotros somos adictos a otro tipo de adrenalina y arriesgamos nuestra salud y existencia como mejor nos place. "Las drogas destruyen y tú mereces vivir" reza un lema, como si los deportes extremos no fueran de alto riesgo y en los cuales puede perderse lo más preciado: la vida. ¿Cuántas neuronas pierde un toxicómano? ¿Y cuántas más pierde un boxeador? El primero es condenado y estigmatizado. El segundo es casi un héroe y es ovacionado. Si un torero muere en la plaza de toros, pasará a los anales de la historia taurina, incluso se le levantará un monumento. Un drogadicto pasará simplemente a formar parte de las estadísticas de muertos por sustancias ilícitas. Un comedor compulsivo es un "gordito simpático"; el borrachito "cuenta chistes buenísimos", a quien es víctima del consumismo se le dice "total, no es mi dinero, que haga con el suyo lo que quiera". En cambio el drogadicto es simplemente eso: un drogadicto, antisocial, que pone en riesgo los valores cristianos y familiares. No merece ninguna compasión, ninguna conmiseración; jamás será llamado "un drogadictito". Este individuo que representa lo opuesto a los estereotipos dignos a seguir (el deportista, el creativo, el que busca la superación económica, el trabajador) es el chivo expiatorio ideal para achacarle todas las frustraciones de esta sociedad enferma. ¿Quién no ha escuchado a  alguien decir: "a fulanito lo asaltaron unos marihuanos" o "a zutanita la violaron unos que seguramente estaban drogados". ¿Por qué no pensar que, quien asaltó a fulanito, es una persona con problemas económicos y que, en su desesperación, se arriesga a cometer un delito? ¿Por qué no pensar que, quien violó a zutanita, es un enfermo mental al que le urge asistencia médica y psicológica? No. Es mucho más fácil achacarle nuestros problemas a ese enemigo invisible llamado "drogadicto". A los gobiernos les conviene este chivo expiatorio; es el mejor pretexto para invadir naciones, para reprimir a los jóvenes, para cerrar antros, para realizar redadas, para atemorizar a la juventud, para tratarlo como un deficiente mental que "no sabe lo que hace" y al que hay que "proteger y cuidar de sí mismo y de sus adicciones". En todo caso, los drogadictos somos víctimas de esta sociedad que no nos ha dejado otra opción que el vivir en una nube embriagante. La sociedad debe preguntarse por qué engendra jóvenes que nos inclinamos por las adicciones, por qué queremos "escapar" de esta realidad sórdida, por qué queremos "evadir" nuestros problemas. Por otro lado, al gendarme mayor, al policía del mundo, léase Estados Unidos, no le conviene la legalización de ninguna droga; es el argumento perfecto para intervenir en otros países, derrocar gobiernos, apoyar Estados represores y dictatoriales. Caído el Muro de Berlín y sin rojos a la vista, a Estados Unidos le quedan pocos enemigos (pocos pretextos): los talibanes, los terroristas, los migrantes y los narcotraficantes. Pero en su combate contra las drogas, en lugar de legalizarlas, las prohiben y persiguen tanto a fabricantes como a consumidores (como si fueran la misma cosa). Sabemos que el fin de la prohibición del alcohol en Estados Unidos acabó con Al Capone y la Mafia; entonces ¿por qué no legalizar el ecstasy, el LSD, la marihuana, el hashish, el opio, la cocaína, etc.? Sencillamente porque es un negocio multimillonario en el que están involucrados y coludidos tanto los gobiernos como los narcotraficantes. Las muertes de tantos jóvenes por sustancias adulteradas deben achacársele a estos dos poderes que son cómplices. Porque no es la droga en sí la que mata, a menos que se trate de una sobredosis; es la baja calidad o lo adulterado de la droga lo que ha llevado a la tumba a muchos jóvenes (que, cabe señalar, en estadísticas no son tantos como los muertos por problemas de alcoholismo o a causa del tabaquismo). Hoy en día, las nuevas inquisiciones queman en su hogueras a los drogadictos y lanzan una enorme campaña de desinformación para que el común de la gente los considere poco menos que criminales.

¿Quién es un drogadicto?

>>> En principio casi tod@s lo somos. ¿Quién no consume té, café, tabaco, bebidas alcohólicas, Tafiles, Prozac, ginseng? Pero hay otro tipo de adicciones de las cuales se habla demasiado poco: el adicto a internet, el comedor compulsivo, la víctima del consumismo y la publicidad, el erotómano al que lo domina la lujuria, el jugador de juegos de azar, el que mata por estar al último grito de la moda, la anoréxica, la bulímica, el que adora su cuerpo y lo esculpe en un gimnasio, etc. ¿Por qué no dejar a un lado la hipocresía y asumir que casi tod@s hemos caído en algún tipo de adicción. De niños, nos gastábamos nuestro dinero en comprar "Miguelitos" y otros dulces irritantes. No por ello nadie nos llamó adictos, aunque lo fuéramos, y a pesar de que estos "inofensivos dulces" nos pueden producir graves lesiones físicas. En la adolescencia aprendimos a fumar y a beber y, dentro de lo que cabe, no está tan mal visto. Pero ¡ay! de aquél que se haya atrevido a probar la marihuana o sustancias más fuertes. Los ingleses toman el té a las cinco, incluyendo a su Majestad Isabel II, sin que por ello se le llame adicta a la reina. 

Legalización

>>> Abogamos por la legalización de las drogas, de todas ellas. Que estén al alcance de todos los consumidores mayores de edad, de cualquier religión, ideología, sexo o clase social. La legalización acabará con los cárteles y las mafias que adulteran las drogas o las venden sin un control de calidad. Acabará con la corrupción entre los narcotraficantes y los gobiernos que realizan componendas que sólo los benefician a ellos. Legalizar la marihuana, por ejemplo, ayudará a tantos enfermos en fase terminal a aliviar sus dolores. Los usos médicos de la marihuana no han sido explorados en su totalidad.  Legalizarlas pondrá fin a la persecución contra los consumidores que no tienen ninguna culpa ni han cometido ningún delito. Legalización es hablar de una verdadera democracia y de un mundo libre. ¿A quién se le ha podido ocurrir prohibir lo que la naturaleza nos ha dado: la marihuana, el opio, el peyote, los hongos alucinógenos, la amapola? Es como prohibir el consumo de cebollas, de ajos, de zanahorias o de alcachofas. Así de absurdo. También el epazote, el curry o el perejil, en exceso, pueden matarnos y no están prohibidos. Porque la prohibición sigue siendo y va de la mano con la represión. Es el Estado el que, además de todo, nos impone los gustos, la forma en la que "debemos" divertirnos y "ve" por nuestra salud. ¿Pero de cuándo acá le interesa al Estado nuestra salud? Si así fuera, combatiría la pobreza en todas sus formas; limpiaría el aire y las aguas de la contaminación; impondría un real control de calidad en la comida chatarra, en la fast-food, analizaría el contenido de ciertos programas de televisión que propician la violencia y la agresión. Y finalmente, ¿de cuándo acá el Estado es dueño de nuestros cuerpos y rige nuestras decisiones? Tenemos el derecho a enflacar, a engordar, a ir al gimnasio o no, ver tal o cual película, a ingerir lo que nos dé la gana. Porque somos dueños de nuestros cuerpos y asumimos nuestras responsabilidades: ya sea morir de una sobredosis o muriendo resbalando por la pendiente de una montaña al escalarla. ¿Cuándo nos tratarán el Estado y la sociedad como verdaderos adultos?

 

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