Dinero, trueque y psiconoanalisis

 

“¿Acaso el que demanda no ofrece también un producto cualquiera o el signo representativo de todos los productos, el dinero?

(...) Por otra parte, ¿acaso el que ofrece no demanda también un producto cualquiera o el signo representativo de todos los productos, el dinero?

(...) La demanda es al mismo tiempo una oferta, la oferta es al mismo tiempo una demanda.”

Karl Marx, Miseria de la filosofía.

 

Dos aspectos nos ocuparán: primero el económico, con los limitados instrumentos que nos da el ser aficionados y no especialistas en la materia. Segundo, el del psicoanálisis, en el que nuestra posición respecto a la ética, como es conocido, es muy marcada.

Es cierto que la coyuntura habilita variados recursos para subsistir, los que sin ser ilícitos, abren la posibilidad de seguir viviendo. La gente acude al trueque como forma de procurarse lo esencial, o de paliar las carencias de la economía “formal”.

Que los psicólogos también lo implementen indica que, ciudadanos comunes, insertos en el nivel de prestación de servicios de la economía, allanan sus servicios a las condiciones imperantes (así como pueden aceptar a veces cheques diferidos, o bonos de la Obra Social a cobrar quién sabe cuándo, etc.).

Pero la promoción de tal sistema, aunque se indique que es coyuntural y de crisis, favorece y realiza los designios del mercado mundial: mientras éste licua capitales y maximiza ganancias a cualquier costo humano y material, deja restos, bolsones de pobreza que le son indiferentes y que necesita que no vayan a reclamar al centro del mercado: que no pidan dinero y más trabajo (aunque ya Lafargue, el yerno de Marx, proclamó el derecho a la pereza).

Detengámonos un momento en el análisis del significado del dinero: es cierto que representa trabajo acumulado, pero no de cualquier manera, como lo indica Marx (ver Filosofía de la miseria, los monumentales Teoría de la plusvalía y El Capital: ¡si los analistas pensáramos con un 1 % de la sagacidad de Marx [y de Freud] cuántos extraordinarios análisis habría, que no eximirían del coraje suplementario de tener que asumir el deseo! ).

Se trata de trabajo acumulado en una forma determinada y en relación con la acumulación del capital y la plusvalía, a la forma actual de producción.

En la forma actual de producción, con el dominio del capital financiero a escala global, las monedas tienden a unificarse (no a diversificarse): dólar, euro. El mercado es mundial (una de las causas del fracaso del socialismo: como decía Trotsky, sólo es socialismo si es mundial, si no es un bolsón sometido al mercado mundial y de difícil perduración).

La ilusión de una microeconomía de trueque, por más estética que pueda parecer, es la misma que llevó a algunos al error de creer que las economías latinoamericanas y otras eran semifeudales, desfasadas respecto al capitalismo central. No, tales economías son funcionales y parte integrante de dicho sistema, como lo han demostrado otros.

El dinero, al fin, es un símbolo abstracto, mercancía de las mercancías, sólo posible en un desarrollo global, que es irreversible, aunque no nos guste. La única opción frente a ello sería construir otra moneda alternativa “antiglobal” (aunque sería otra forma de globalización), quizás de valor solidario, apoyada en la conjunción de todos los movimientos antiglobalización del mundo (sin Tierra, Cuba, etc, etc.), respaldada así por una enorme fuerza de trabajo capitalizada de otra manera.

Ningún cupón de trueque logrará comprar un avión o una industria y si se cotiza en el mercado es porque lo respalda una industria.

Pero además el dinero ha dejado de ser la sal, o el metal, materiales que por lo accesibles, fungían de valor de intercambio (Kusnitzky, H.,La estructura libidinal del dinero). El dinero conserva incluso como arcaísmo las figuras que lo adornan (próceres, emperadores, reyes, Saint Exupéry en el franco, Freud en la corona austríaca de valor 5, etc.): Esas figuras hacían de emblema de garantía y de poder antiguamente, pero como lo dice Marx (Filosofía), era la ilusión de que los reyes manejaban la economía, que los manejaba a ellos. Lo que vale en realidad es la firma del Banco Central o el Tesoro Nacional: el dinero se garantiza a sí mismo porque es acumulación de capital.

Pero como también el actual capitalismo virtual financiero no maneja la economía, debe licuar capitales periódicamente y desperdiciar “superproducción” para maximizar ganancias: que los pobres busquen en los tachos de basura e intercambien productos, bruscamente degradados como si el dinero se hubiera reconvertido en cosa. Lo abstracto del dinero es aquí un concreto pensado y trabajado, como diría Marx (Introducción a la crítica de la economía política), y esto aunque se sustituya por plásticos, medios electrónicos o lo que sea.

La ventaja de Dios dinero es que, como valor universal que ha substituido a Dios, ha desacralizado el lazo social, obliga a trabajar y a buscar equivalencias de trabajo. Por ahora las sostiene el capital. Los que amamos la utopía, buscaremos la forma de que la sostenga la solidaridad. Pero no podemos negar esa realidad.

Pero hay más, como dice Kusnitzky, el dinero parece tener cierto origen sacrificial: como puro símbolo representa también, en parte, el sacrificio que el cuerpo humano le hace al símbolo, la sumisión a un pacto. Ningún pacto simbólico es en sí estético: ésta es una de sus posibles representaciones imaginarias (¿acaso Franklin o el águila del escudo yanqui, o las estrellas son estéticos?). El dinero solidario que imaginamos en nuestro delirio representaría el valor puramente abstracto de la solidaridad: representado por un mural de Berni o de Siqueiros o por una imagen de Buñuel como una hoja de afeitar cortando un ojo es estético pero no lo cambia en el fondo).

Es aquí donde podemos aplicar la expresión de Lacan de que el dinero es el significante que mata o anula a todos los otros: al ser una pura expresión numérica, se abstrae de todo contenido. Lo que permitiría, quizás, tener la esperanza de que deje de representar al Capital, evidente signo del goce como afán de lucro sin restricciones y del que no conviene hablar mucho, como dijo Lacan, porque es echarle leña a su favor.

O sea, el trueque nos consuela, pero no nos cura y sobre todo no nos exime de luchar contra el sistema actual y por la utopía, lo que nos llevará toda la vida y las vidas que vendrán, hasta que venga el androide, si fracasamos, o simplemente la especie humana se extinga.

Al fin, vamos al psicoanálisis.

Conocemos los efectos de las colectas (Freud al hombre de los lobos) y el no cobro y otros trueques en análisis.

Resulta que el dinero permite, como la libido, introducir una equivalencia entre valores de uso, de goce. He aquí la difícil articulación del marxismo con el psicoanálisis: la plusvalía del mercado es distinta a la del goce, aunque se articulan de forma muy compleja. O se trata de dos perspectivas opuestas (no excluyentes) de consideración del goce.

Voy a ser más simple: el psicoanalista necesita cobrar dinero abstracto para que su goce no se mezcle con el del analizante. El analizante no necesita saber qué hace con su dinero el psicoanalista: vive y goza como puede, en un círculo limitadamente exterior. Y si se encuentran tocando la cacerola o en un cine, o donde sea, bueno, qué se va a hacer. Las consecuencias transferenciales se jugarán en el análisis, o podrán alterarlo... Hay mucho más que decir, pero lo dejamos ahí.

Tiempo y dinero son tiranos ineludibles, por lo cual pretender manejarlos o sustituirlos (tiempo corto de Lacan y trueque) se presta a perversiones: es obvio que un paciente no me puede solucionar los problemas de azotea justo a mí, lo buscaré en otro lado; si me manda a viajar a Italia está mejor: allí no nos vemos y lo dejo en paz y me manda a mis ancestros, pero pierde valor simbólico, de palabra (ándate a...) al concretarse. Lo mismo que si acepto que me regale entradas a la cancha, como hacía un colega (ándate a la c...).

Quiero decir con esto que fijamos reglas que nos subordinan a ambos (analista y analizante) desde distintas posiciones, y esto no quiere decir para nada que las tenga todas conmigo. Cuando fijo mis honorarios de sesión está presente un valor de mercado que fija prestigios, escalas, modas del momento, valores del sector terciario de servicios, etc. Esto lo debo balancear con el valor que le doy a mi formación y autorización como analista, a mi capacidad de atender al analizante y él a mí, a los avatares impredecibles del amor y el odio de transferencia, al goce, etc.

Voy a ser más claro: un colega amigo muy apreciado me decía: cada vez que salgo de la clínica me baño con perfume antipsicótico. Hay que tener el dinero para conseguirlo y eso neutralizaba la pasión de la transferencia en la psicosis (así la llamo ya a la falta de transferencia) y la extraordinaria brillantez con que se entregaba y analizaba mi amigo. Si su goce luego lo perdió, los tratados por él no se enteraron de ello, y por lo demás, se beneficiaron de su extraordinaria capacidad.

Es así que ningún código psicológico de ética cubre la ética singular, jugada en cada analista y al mismo tiempo ética general de la división del sujeto. Mucho menos los códigos americanos, donde el águila genocida ha heredado a la mayor genocida con creces de la historia humana: la unión europea colonizadora. Ni sus ejércitos de salvación ni sus cuáqueros truequistas nos convencen, salvo que se unan al movimiento utópico. Y aparte. Hay gente buena en todas partes, contando hasta 10.

Bueno, me voy a canjear este artículo por un cupón de trueque en el reino de las buenas conciencias, ya que el viejo Freud me enseñó a cuidarme de mí mismo, porque soy peligroso. Poderoso caballero es don Dinero.

 

 

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