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PENSAMIENTOS
“TEODORO ROMÁN RIBOTE”
“El dibujo de la Música en una tímida
sonrisa”
(Jesús Manuel Piedra – 28 Septiembre 2005 )
-Publicado en el Libro Guía del “Otoño
Musical Castreño”-
Desde 1978 yo venía haciendo vida más o menos social
en Castro sobre todo los fines de semana.
Con 28 años empecé a salir con una Castreña con la que me casé en
primeras nupcias en Agosto de 1981 y de la que tengo una hija, Berta, que aún
hoy vive con su madre en esta bella Villa y Ciudad. Pero debido a mi profesión
de funcionario de Telecomunicación, trabajando en Madrid, Barcelona, haciendo
la mili por marina, y viajando por toda España vendiendo arte pictórico
aprovechando “otra” excedencia, tenía abandonada mi actividad coral. Y Fue en Septiembre de 1981 cuando, primero en el
Orfeón Castreño ( lo dejó mi querido y admirado Nicolás Torre) para “sacarles de unos apuros de conciertos
programados” y luego el inicio con el Ochote Los Templarios el mismo mes y año,
a quienes Don Julián, Castreño y Laredano, “chivó” mi condición de director, cuando me vuelvo a
incorporar a la actividad Coral y conozco a “TEO”, Director de la Agrupación
Coral Santa María y hasta entonces también del propio Ochote, pero los miembros
de éste querían volar por su cuenta. De ahí mi entrada en este proceso coral de
Castro, donde permanecí más de 14 años.
Recuerdo cuando me presentaron a “TEO”. No fue inmediatamente.
Antes, le ví dirigir, él siempre con partitura aunque
se sabía de memoria las obras (sobre todo de tanto copiarlas), cabello canoso, levantando
las cejas por encima de sus gafas de antiguo seminarista de los 60, esas con
semicírculo superior de concha y dentro del cristal otro semicírculo pequeño para
la presbicia, diez o quince años más que yo, y le observé. Siempre, los
directores observamos a los directores, como los cantores observamos a los
cantores, y los médicos a los médicos, y los políticos a los políticos. Y los
observamos con la predisposición “crítica”, se diga lo que se diga. Pues a
“TEO” le intuí con “mano” de director. Primero, con la impresión de que sus
conocimientos musicales no eran muy extensos, como los míos, pero esta imagen iba
desvaneciéndose en favor de la más auténtica: Teo
trataba la música con esmero, con mimo, con ilusión y también con decisión,
coraje y confianza. También voy a decirlo, con valentía. Y esto sólo lo hacen los músicos que saben y
sobre todo los músicos que saben trabajar. Porque entre otras cosas, “Teo” trabajaba muchísimo la Música.
He puesto dos títulos a este “recuerdo”. Uno de ellos
es “El
Dibujo de la Música”. Tengo ante
mí varias partituras de TEO Román Ribote. No hacía falta que firmara las copias que
hacía ni sus adaptaciones. Las suyas se ven “a leguas” aunque sólo esté
presente una décima parte de la hoja. Las Claves, las expresiones, cada nota,
las armaduras, las indicaciones, las letras
de varios tamaños por títulos, autor, etc., incluso las minúsculas….
Todo era un puro dibujo que “fabricaba”
en sus no muchos ratos de ocio
que le dejaba su actividad de técnico de TV y, sobre todo, por las noches. Y si
tienes delante una copia original de
dirección –todas las voces juntas-, veías colores; un color o dos para el
título, otro para los reguladores, otro para la letra, otro para las notas…
porque, además, lo copiaba TODO y ¡Tan bien!. Con lo que me fastidiaba a mí
hacerlo… pues él todo lo hacía como para una exposición. Al final lo agradeces,
porque cuanto más clara está una partitura más fáciles son las cosas. Voy a
pedir a los coordinadores del Otoño Musical Castreño que si es posible escaneen una cualquiera de las páginas copiadas por “TEO” y
la pongan en este Libro para que todos vean la obra de arte que hacía en cada
momento y comprendan este título que le doy.
El otro título es “En una tímida sonrisa”.
Siempre pensé que “TEO” rehuía el halago. Porque cuando le llegaba, él sonreía
empequeñeciendo sus ojos con esa tímida sonrisa de que hablo y no duraba mucho
junto al interlocutor, sino que tomaba en sus manos las partituras y seguía con
sus cosas. La cara que yo recuerdo de él es ésta. Esa sonrisa que arroja hacia
arriba las comisuras de los labios sin despegarlos, y casi como bajando
levemente la cabeza hacia un lado sus ojos se entrecerraban con cierto aire
pícaro, gustando de lo que oía pero sin dejarse llevar por ello.
No
puedo dejar pasar el tiempo, quizá dos años, en que estuvimos ambos
compartiendo la dirección del ya Coro de Voces Graves Los Templarios. Fue
cuando nos conocimos realmente. Cuando nos contábamos incluso cosas de tipo
personal, como su trayectoria como trompetista del Circo de “Pinito del Oro” viajando por todo
el mundo y que poca gente conoce.
En
un momento determinado que no voy a fechar aquí, la composición de ochote se
veía amenazada por diversas circunstancias y decidimos que el futuro debía ser el de un grupo más
amplio que contuviese más expectativas aglutinando más personas, con más
posibilidades y sin la restricción que,
por una parte, suponía el
conjunto de sólo ocho personas.
La
junta Directiva nos propone a “TEO” y a mí que compartamos la Dirección
Musical. Aceptamos porque a ambos nos gustaba el coro de voces graves, ambos
estábamos locos por la música coral y, por qué no decirlo, por Castro y sus
gentes. Fue en esta época cuando Goitia nos hizo a
Los Templarios ese bello mural ya clásico donde aparecen dos directores. Y
solventamos la mayor dificultad. Los dos, con fuerte carácter y en parte “diferentes”
modos de ver la música, teníamos el problema de la dependencia. Llegamos al
acuerdo inmediato de que cada uno iba a encargarse de unas determinadas
obras. El siguiente acuerdo sería qué
obras corresponderían a cada cual. Puedo decir con gran orgullo, que no
tardamos cinco minutos en ponernos de acuerdo. Yo respetaba a “TEO” y él me
respetaba mucho a mí. “Teo, me gustaría dirigir esta
obra”. Lejos cualquier susceptibilidad,
al igual que si ocurría al contrario. Y surgió una gran amistad entre
los dos. También recuerdo con cariño que cuando le decía algún piropo por sus
partituras, o alguna alabanza, me cogía del hombro y arrastrando la voz, una
gran voz y fuerte, sonreía y reía mientras me decía “Qué Jodido….. “ y me daba un abrazo. … Así hasta que me volví a quedar
sólo porque se marchaba a su tierra castellana por motivos de trabajo. Creo que
nunca discutimos. Porque con TEO, de música, no podía discutir, y, al menos
conmigo, era extraordinariamente humilde. Así que recuerdo esta época con mucha
gratitud. Porque además de humilde, TEO era enormemente afable y agradecido. Todo
demuestra, además, que tenía una gran generosidad. Como en su propia vida, con
una familia más que numerosa de la que estaba orgulloso.
Si la historia de los pueblos es más grande
por las personas que han contribuido a ello, Castro Urdiales es más
grande por la riqueza musical aportada por “TEO” en sus muchos años dedicados a
su música. Y algún día habrá de reconocerse y agradecerse.
No
hace mucho me enteré que había fallecido el pasado año más o menos por estas
fechas. Me apené mucho no haber podido acompañarle, pues ya habían pasado
varios meses. Por eso agradezco a Los Templarios que me hayan pedido estas
líneas.
Quizá
me haya sobrepasado en espacio, pero es
que… sigo viendo a ese “TEO” que me mira con tanta admiración o más de la
que yo le muestro, e inclinado sobre su mesa “dibujando la música del cielo”,
arquea un poco las cejas sobre sus ojos pícaros y mirándome por encima de sus
gafas de tipo seminarista de los 60 y arrojando hacia arriba las comisuras de
sus labios, me dice: “Qué jodido….” Y “TEO”
y yo nos volvemos a fundir en un gran abrazo.
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